| EL DESENCANTO (películas de las que esperábamos mucho más de lo que
nos ofrecen)
I Want you de Winterbottom
Reflexiones sobre el deseo (no el amor, de ahí el título) de una serie de personajes capaces de encerrar sórdidos mundos. La belleza no es la belleza, ni el mal está donde parece. Ideas como para llenar momentos de gran cine. Lo que ocurre que la grandilocuencia, el creerse por encima de lo humano y de lo divino, llevan la película a ninguna parte. Para Winterbottom (Jude) el cine se hace con imágenes inconsecuentes, con planos cortos, con técnica de videoclip. Es decir el director confunde a Godard con Leloluch. Eso es lo grave. A ambos directores franceses sólo le unen dos hechos (inconsecuentes desde el punto de vista de una realización). Concretamente el ser ambos franceses y el haber iniciado su carrera en, prácticamente, los mismos años. La película (fea de foto como corresponde a la historia narrada) tiene el gran defecto de prometer más que de ser, de utilizar el mismo sentido de falso cine de tantos directores que creen aun que:
La traca que es este film, su escaso sentido de la media (a pesar de su pequeña duración), acaba por implantar la tozuda representación de algo inconsecuente y peligroso por su falso sentido de la imagen capaz de engañar a espectadores despistados. De todas formas, una rareza, difícilmente clasificable. Adolfo Bellido
Verano de Corrupción de B. Singer. A algunos les deslumbró la torpe anterior obra de Singer, Sospechosos habituales. Un juego de circo tramposo pero fácilmente reconocido al servicio de grandes actores. Una novela de S. King (ahora) sirve de base al fin. Corresponde a la etapa más psicológica y de menor truculencia del escritor. Al menos no se da el terror de forma explícita. Ya se han mostrado, en este sentido, algunos ejemplos en cine de la obra de King. Dos de ellos eran de R. Reiner como Cuenta conmigo y Misery. La obra de Singer está más cerca de la última de Reiner que de la primera. Un terror que trata de ponernos en aviso sobre el fascismo en estado de larva o de invernación, que nos amenaza. Algo agazapado y que crece sin cesar. Costa Gavras lo había explicado mucho mejor con La caja de música (y a medias con El sendero de la traición). E infinitamente mejor lo habían pintado Bergman en su maravilloso film titulado El huevo de la serpiente. Aquí todo está cogido por los pelos. Las preguntas (las del espectador) se agolpan. Resulta tan increíble que el chico descubra al alemán perseguido por crímenes de guerra como que un antiguo huésped de un campo de concentración vaya a parar a una cama cercana (en el hospital) a aquella en la que se encuentra hospitalizado el nazi de marras (estupendamente, eso si, interpretado por Ian McKellen). Tampoco tiene mucho sentido que el interés de alguien por un tema esté en función de sus propias ideas. Al menos aquí, ese hecho está mal dado. Una cosa es saber y otra distinta sentirse atraídos por el mal. Nefasto el sentido de alternancia (lo que hace el chico, lo que hace el nazi) utilizado en el montaje de más de un momento. Detalle inconsecuente es el del cartel que aparece en segundo plano señalando una recompensa por el gato desaparecido (acaso quiere ser gracioso, acaso significa la "huida" del animal ante la presencia del mal-peligro). Un único momento logrado en el film: el nazi poco a poco, ante las órdenes del chico y vestido de general alemán, va "sintiéndose" dominado por su pasado. Una pena de película. Aburrida como ella sola. Su desarrollo no da más que para un cortometraje. O sea que se alarga inútilmente. FASCISMO. CREACIÓN DEL TERROR. Arkadin
Veinticuatro punto siete de Sh. Mcadows
El cine social está de moda. Pero creer que con unos tipos que dan el pego, con una música entre lo marginal y lo sublime y con una fotografía que acentúa hasta el hartazgo el claroscuro, se está haciendo cine social, es menospreciar el cine y malvender lo social. En esta película no sólo nos encontramos ante una historia entre increíble y sonrojante, sino que el director, además, piensa que moviendo mucho la cámara y filmando escorzo tras escorzo, está consiguiendo transmitir un desgarro que alcanza a ver el espectador más crédulo. Y por si faltase algo, al final, por obra y gracia de esa especie de mezcla entre asistente social, abogado, mangar de boxeo y madre ursulina que interpreta Bob Hoskins, todos los marginados acaban la mar de amigos. Pues que bien. Marcial Moreno |