| EL DILEMA (¿Dónde entrarían
estas o aquellas películas? ¿Dónde colocarlas? Están bien pero no llegan a ser buenas,
pero tampoco merecen ser tratadas como obras medianas. Lo dicho un dilema)
La niña de tus ojos de Fernando Trueba
Nada es lo que parece. Aquel grupo de personas que van a hacer una comedia folclórica con todos los medios que Alemania pone a su alcance, se da cuenta de que la idea que los alemanes tienen de España es un tópico que no coincide con el propio tópico que representa las comedias folclóricas de la época. En el grupo de cineastas y actores españoles se perpetran pequeñas traiciones que tienen como fin la satisfacción o insatisfacción de la sexualidad o el llevar adelante la realización de la película solventando los impedimentos que la obstaculizan, entre ellos y más importante el que la actriz Macarena - interpretada magistralmente por Penélope Cruz (por fin un director consigue que deje de gritar) - se inmole en la cama del insaciable y baboso Goebbels empujado por el director de la película, Fontiveros - Antonio Resines -, su actual amante, para conseguir todos los decorados, extras y medios técnicos que necesita.
Será precisamente la folclórica - frente a la imagen tópica que tenemos de ellas - la que toma conciencia de la situación de los judíos y de los gitanos que aparecen en el plató rodeados de guardias que los tratan como si fueran ganado. Se enamora de un judío ruso y hace lo posible por salvarlo. Ese hecho convierte en inviable la continuidad del rodaje y hará que todos se unan como una piña y terminen diciendo lo que verdaderamente piensan del régimen franquista.
Extraordinario personaje el del traductor. Las mejores escenas tienen lugar cuando él está presente. Dirige la vida de los otros traduciendo sus palabras, modificando el mensaje o callándolo.
Está muy bien la escena en que el director Fontiveros - que conoce la muerte del padre de la protagonista en una cárcel de la España nacional donde ha sido encerrado por anarquista - aprovecha para darle la noticia cuando están rodando la muerte del protagonista masculino, el fascista Julián - Jorge Sanz - .
El guión tiene el mérito de presentarnos la evolución de los personajes y de que el espectador llegue a comprender que por debajo de los tópicos hay personas que han sufrido la represión y que tienen miedo y pasan hambre, lo que aprovechan otros para corromperlos. Al final nos damos cuenta de que existen los fascistas que pertenecen a la burguesía y al aparato del poder - embajador de España y señora - y los de abajo que tienen que disfrazarse de fascistas para poder comer.
Esta es la comedia que se podría haber hecho en la posguerra desde la España peregrina dándole la vuelta al tópico nacionalista andalucista y que desde dentro no se pudo hacer por la censura. Muy bien la dirección de actores - hay que ver lo que Trueba consigue de Santiago Segura y Penélope Cruz -. COMEDIA PARÓDICA Y CRÍTICA. CINE. HISTORIA. Daniel Arenas. El hombre que susurraba a los caballos de Robert Redford (Consultar SIN PERDÓN del nº 1 de EN CADENA DOS)
Ojos de serpiente de Brian De Palma Tras una prolongada ausencia del thriller y el terror, durante la cual se ha dedicado a realizar encargos de la gran industria con "grandes" estrellas (tipo Mission: impossible y Atrapado por su pasado), De Palma vuelve al género que mayores logros "autorales" le permitió, gracias a títulos como Vestida para matar, Fascinación o Carrie.
Un largo plano-secuencia inicial (en realidad falso, porque hay varios raccords invisibles haciendo que crucen personajes muy cerca de la cámara, o a través de barridos de cámara), en el que seguimos al personaje interpretado por Nicholas Cage, nos permite conocer su mundo: pequeños sobornos, apuestas, irregularidades cotidianas, una esposa, una amante... Es el mundo subjetivo de un policía que controla perfectamente su barrio... hasta que aparece un político empeñado en paralizar un proyecto militar y sus guardaespaldas, amén de los encargados de liquidarlo.
A partir de aquí la historia se complica y nada de lo que hemos visto es verdad: en realidad, nosotros no hemos visto nada, ha sido Nicholas Cage el que cree saber lo que ha pasado. Todo es mera apariencia, como el plano-secuencia inicial, como el propio escenario de la pelea de boxeo (en realidad un casino), como su amigo el guardaespaldas (un asesino), como la hitchcockiana rubia implicada en el asesinado del político (una morena), como la propia pelea (un combate amañado) y así hasta desmontar todo lo que habíamos visto hasta ahora.
Sólo hay un elemento que muestra la verdad: las cámaras de televisión, desde sus múltiples ángulos de visión, van mostrándonos la realidad de todo lo acontecido, la verdadera cara de personajes y situaciones. Se desmontan las distintas confesiones que hemos ido oyendo e incluso viendo (rompiendo además la subjetividad de una de ellas a través de espejos, en una solución visual ingeniosa que demuestra lo que más le interesa a De Palma: contar con la cámara), se desvela la falsedad de los distintos puntos de vista con los que se nos ha mostrado la historia (en lo que parece un homenaje a Rashomon de Kurosawa), incluso el decorado (que dará paso a un nuevo edificio, el Millennium). Todo es mentira, simple apariencia.
Una idea bonita, como el título ("snake eyes" significa tanto "ojos de serpiente" como "la casa gana": recordemos que la acción transcurre en un casino disfrazado para un combate de boxeo). Lástima que David Koepp (firmante de Parque jurásico, El mundo perdido, Atrapado por su pasado o Mission: impossible) cada vez desarrolle peor sus guiones. Un ejemplo: en la última escena, Nicholas Cage se dirige al lugar donde está oculta la única testigo, le sigue de cerca su falso amigo que, cuando descubre el escondite, avisa a sus secuaces para que vengan a recoger los cadáveres de la chica y Nicholas Cage. La acción toma otros derroteros y es el falso amigo (un perfecto y comedido Gary Sinise) el que fallece... pero de los secuaces no se vuelve a saber nada en el resto de la película: ¿se los ha llevado el huracán que recorre la parte final del relato? Salvando las insuficiencias de la historia, De Palma se dedica a lo suyo, al dominio de la cámara, a contar con imágenes: junto al plano-secuencia inicial habría que otro recorriendo por encima las habitaciones de un hotel hasta llegar a la que nos interesa, y un tercero al final, que nos muestra durante los títulos de crédito el paradero de una de las asesinas desaparecidas (su anillo forma parte del nuevo decorado: el hotel Millennium). Al final, el sabor de boca que deja el film es agridulce: se disfruta su virtuosismo técnico y la habilidad de Brian De Palma con su puzzle visual... pero se echa en falta una mayor consistencia de la historia. Una pena. TELEVISIÓN. MEDIOS DE COMUNICACIÓN. Sabín. Pequeños guerreros de Joe Dante (Consultar SIN PERDÓN del nº 1 de EN CADENA DOS)
Ronin de John Frankenheimer
Varios rótulos sucesivos se toman su tiempo para explicarnos qué significa "ronin" (un samurai que ha perdido a su señor y vaga por el mundo alquilando sus servicios como mercenario). Una primera escena nos presenta a los protagonistas (un grupo de "ronin" interpretado por excelentes actores: Robert De Niro, Jean Reno, Stellan Skarsgard, Natascha Mcelhone). Hay tensión, pero no disparos, ni peleas, ni espectacularidad gratuita. También es una escena que se toma su tiempo para que comprendamos a los protagonistas. Y estos cinco primeros minutos marcan la pauta del film: Frankenheimer se toma su tiempo para que comprendamos lo que pasa y por qué, exposiciones claras y contenidas, con unos diálogos formidables de David Mamet (que firma el guión con el pseudónimo Richard Weisz porque el sindicato le obligó a compartir los créditos con J. D. Zeik, un joven guionista de cuyo trabajo sólo queda una cosa en el film: el sugerente título). Frankenheimer es uno de los pocos "clásicos" en activo. Fruto de la "generación de la televisión" de los años 50, junto a Sidney Lumet, Delbert Mann o George Roy Hill. Y esta película, desde el mismo título, es un clásico relato de perdedores que sigue al pie de la letra la máxima de Hitchcock: en cada lugar utiliza los elementos suyos más conocidos. En Ronin hay persecuciones por las estrechas callejuelas de Niza, una utilización eficaz del río Sena y sus elementos (puentes, barcazas) cuando la acción transcurre en París, la ciudad de Van Gogh, Arles, con sus monumentos, su teatro romano y sus turistas (víctimas fáciles de nuestros samurais deshonrados).
Y hay, cómo no, un descomunal McGuffin: una maleta que todos quieren conseguir y cuyo contenido acaba no importando absolutamente nada. O mejor dos, porque tampoco Robert De Niro es el "ronin" que nos habían hecho creer (sigue siendo un agente de la CIA) y el samurai del título es Jean Reno: todo ha sido una enorme mentira dirigida a encontrar al "señor" que ha contratado a estos samurais, de ahí el interés de De Niro por saber siempre quién les ha contratado, en realidad un terrorista del IRA que impide la paz mundial (¡eso sí es un McGuffin!). Aunque la sombra de la nefasta Heat de Michael Mann hace su aparición en los larguísimos tiroteos y las interminables persecuciones en coche (eso sí, todo ello impecablemente filmado), y la omnipresente música con toques orientales de Elia Cmiral acaba cansando, lo cierto es que Ronin es un título que se disfruta por sus inolvidables diálogos, por la solvencia de los intérpretes y, sobre todo, por la claridad con que Frankenheimer expone la historia: estamos ante un clásico, en todos los sentidos de la palabra.Sabín. |