LA GRAN MENTIRA (películas alabadas por la crítica y ensalzadas por el público que no son más que auténticos camelos envueltos en un -falso- cine de calidad)
Los amantes del Círculo Polar de Medem. (Consultar SIN PERDÓN del nº 0 de EN CADENA DOS)
El milagro de P. Tinto. Nacionalidad. Española, 1998. Dirección: Javier Fesser. Guión: Javier y Guillermo Fesser. Intérpretes: Luis Ciges, Silvia Casanova, Pablo Pinedo. Primer largometraje en la filmografía de su director, que intenta mantener el estilo humorístico-caricaturesco con el que dotó a los dos cortos que le sirvieron de iniciación: Aquel ritmillo y El secdleto de la tlompeta. En este caso, al disponer de un tiempo mayor, se ve obligado a reiterar hasta la saciedad las bromas y los recursos formales más llamativos neutralizando el efecto sorpresa y la originalidad. De esta forma, si lo que se pretendía era suscitar "la carcajada más sana e inteligente" -según alguien dijo-, no sólo no logra su objetivo, sino que consigue sumir al espectador en una suerte de sobresaltada modorra a fuerza de tanto golpe, ruido, batacazo y zafiedad descontrolada. Impone así a su película unos usos formales que beben del tebeo y del dibujo animado en versión Warner y que, de paso, marchan al ritmo que marcan los tiempos, donde cierta moda fílmica pretende devolver el cerebro de los espectadores a un estadio de infantilismo bobo en el que sólo cabría la estética de lo soez, lo imbécil y lo brutal. Tiene todo ello un tufillo fascistoide que escandaliza, y que consiste en hacer de la crueldad un trampolín para la rechifla, de la estupidez un puente para inferir supuestas agudezas críticas y del ruido y sobresalto los ejes de la agilidad formal. Bien es cierto que podemos aceptar la clave de broma para pasar el rato en la que estaría resuelta la película. Pero sin pasar de ahí. Porque, a pesar del delirante embrollo de situaciones y personajes, la historia no traspasa los umbrales de historieta que se impone a sí misma, sin lograr llevar al espectador más allá de la carcajada fácil. Superar esa frontera es un reto que sólo alcanzan los de directores de genio -o de mucho oficio- cuando a través del humor suscitan en los espectadores reflexiones de bastante más calado.
Si Javier Fesser está llamado a lograr tal objetivo, el tiempo lo dirá. Puede que si se olvida de tantos elogios como le han llovido y emprende una sana revisión de sus excesos consiga convertir sus futuros proyectos en películas de interés. Conocimientos técnicos no le faltan y, en vista del éxito de público obtenido con P. Tinto, mantendrá seguramente el respaldo de las empresas productoras. Ambas cosas lo capacitan para ofrecer al público obras más consistentes con las que podría alejarse de la moda del nonsense disfrazado de caricatura genial y crítica y dar muestras, de una vez por todas, de ese gran talento que se le ha reconocido con insistencia. COMIC. Antonia del Rey Reguillo |