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EL VALOR DEL CINE (ráfagas reflexivas sobre temas relacionados con la actualidad fílmica)

 

Ser idiota en la vida

Por Juan de Pablos Pons

Aunque parezca mentira, también podemos ver de vez en cuando en nuestras salas de cine, películas que no sean norteamericanas, y por tanto tener alternativas a determinados modelos de narrar o de concebir las relaciones humanas. Por añadidura, el cine español lleva una buena racha, y mantiene una línea ascendente, en consecuencia no quedan muchos huecos para poder conocer propuestas cinematográficas de otras latitudes. Estos días tenemos la oportunidad de ver en la pantalla grande un film francés, que no ha sido mal recibido por la crítica y el público. Su título La cena de los idiotas. Es una producción de 1988 dirigida por Francis Veber y que se basa en un texto teatral del mismo autor. Desde el punto de vista cinematográfico, el origen del texto determina la puesta en escena hasta tal punto que tenemos la impresión de estar frente a un escenario, en que por ejemplo el recurso al teléfono resulta quizás excesivo, dado el anclaje espacial que sufren los personajes. El trabajo de los actores, especialmente en el caso de Jacques Villeret, resulta brillante, en el contexto de una historia que utiliza todos los recursos de la comedia ligera que responde al modelo que conocemos como vodevil.

 

Pero lo realmente interesante de esta propuesta es su planteamiento de fondo. Que de manera sintética podemos formular así: resulta divertido reírse de un idiota. El argumento nos propone a un grupo de triunfadores - en los negocios -. que dedican la noche del miércoles a cenar con unos invitados especiales: los idiotas que cada uno de ellos aporta; luego de una búsqueda concienzuda que incluyen rastreadores y contactos. Sobre esta idea, formulada al principio de la película con un estilo directo y sin demasiados detalles - el vodevil no los exige - , la historia avanza apoyándose en la palabra, fundamentalmente en el juego de los diálogos generados entre el anfitrión Pierre Brochant y el invitado el señor Pignon (interpretado por Villeret). Estos personajes quedan "atrapados" en un lujoso piso parisino y el primero termina siendo víctima del pobre idiota. La situación se escapa de las manos al autor de lo que iba a ser una broma cruel entre amigos, hasta el punto que ni siquiera nadie cena. Si exceptuamos a un inspector de hacienda tan inverosímil que resulta creíble.

 

Más allá de la historia, divertida por otra parte, hay una idea que flota sobre el planteamiento. El poder económico permite actuar sin limites. La actitud desalmada del anfitrión se va volviendo contra él, en gran medida porque los personajes que le rodean también actúan de forma poco respetuosa con la ética. Y las "lecciones" que reciben vienen como consecuencia de actuaciones poco edificantes. Parece que triunfar en la vida tiene poca relación con el respeto al prójimo. Y el final feliz de la historia consiste en dejar las cosas como estaban al principio. Quizás hay una lectura inquietante: tratar de ser bueno en la vida tiene el riesgo de que te tomen por idiota.

 

Película indudablemente lograda como comedia, y que nos permite reírnos un rato, sobre todo de los triunfadores.

 

Otro título actual en el que también aparece un idiota - en otra acepción que la calle le suele otorgar -, es la excelentemente promocionada Entre las piernas de Manuel Gómez Pereira. El hecho de que estemos ante otro género, el relato negro, no supone un cambio de esquema, en cuanto que haya historias con idiota. Una de las acepciones de idiota, en el uso real y cotidiano del idioma, es el de cornudo. Cosa que le ocurre al policía del film interpretado por Carmelo Gómez (desde aquí reivindico su trabajo, parece que menos ensalzado por los críticos que el de sus compañeros protagonista). Se trata de una historia muy bien planteada, apoyada en un arranque llamativo que propone las dificultades intrínsecas de un triángulo amoroso. Historia que pierde fuerza en la medida que la tensión inicial generada por la pasión que salta entre los personajes incorporados por Victoria Abril y Javier Bardem, con trabajos que exigen mucha expresión corporal, se va frenando por las reacciones razonables y nada épicas del policía burlado. Hasta el punto de que al final, que es el más realista de todos los posibles - y por tanto el más alejado de la sorpresa -, da pie a que el espectador piense que el marido traicionado, se lo ha buscado "por idiota".

 

Finalmente, otra manera de presentar la idiotez. La última película de Lars von Trier, Los idiotas, propone una dura historia en la que pone en cuestión qué es lo que debe ser considerado normal o correcto, y quien debe decidir que lo es. Un dilema fundamental que se nos presenta a través del punto de vista de los que están al otro lado del espejo. Película inteligentisima, provocadora y por tanto no exenta de riesgo si se trata de que su mensaje llegue a determinados públicos.


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