| EL DILEMA (¿Dónde entrarían
estas o aquellas películas? ¿Dónde colocarlas? Están bien pero no llegan a ser buenas,
pero tampoco merecen ser tratadas como obras medianas. Lo dicho un dilema)
Novena Puerta, La (The ninth gate). Producción: Hispano-Francesa-USA, 1999. Director: Roman Polanski.- Guión: Enrique Urbizu, John Brownjohn, Polanski.- Argumento: la novela “El club Dumás” de Pérez-Reverte.- Intérpretes: Johnny Depp. Enmanuelle Seigner, Lena Olin, Frank Langella
El esquema siempre repetido de las novelas de Pérez Reverte (una búsqueda de un misterio del - y en el - pasado) se encuentra también en “El club Dumas”, novela de la que se ha servido Polanski para hacer La novena puerta . El problema de la novela es que no se trata de una única historia sino que hay dos, una de las cuales se introduce a la fuerza en la otra. Es la forma de vender dos obras al pecio de una.
Al parecer el primer intento de guión, debido al muy respetable Anthony Shaffer iba por ahí, pero su forma de acceder a la novela no gustó a nadie, así que se redactó un segundo guión. El encargado fue un director español, poco interesante por otra parte, Enrique Urbizu, quien, con muy bien criterio eliminó una de las dos historias. De ahí que se cambiase el título original, ya que la secta de seguidores de Dumas no iba a aparecer por parte alguna. Polanski y su habitual colaborador, John Brownjohn, dieron los últimos retoques. Con tanto guionista por medio se podría pensar que estabamos frente a un gran guión. No es así aunque superé con creces a la mediocre novela de Pérez-Reverte.
En el film aparecen dos temas “made in Polanski”: la presencia, y dominio, del mal y un planteamiento (cínico) policiaco que nos lleva a la búsqueda de la verdad. El film puede entenderse como una especie de cruce entre Chinatown (el personaje del investigador, que comercia con los libros) y La semilla del diablo (la presencia del maligno) aunque también puedan reconocerse ecos de El baile de los vampiros , Frenético y La muerte y la doncella. El personaje (estupendamente) interpretado por Johnny Depp (Corso) está visto como un policía clásico del cine americano, poco honesto, sin escrúpulos de ninguna clase. Esta existencia y planteamiento con respecto al personaje principal y su semejanza con los films de la serie negra queda perfectamente asumido en la secuencia de la seducción (diálogos incluidos) de Lena Olin. El aspecto misterioso lo pone la propia mujer de Polanski (Emmanuelle Seigner), a cuya ambigüedad de las primeras apariciones (y desapariciones) sucede toda una progresión que conduce a la aseveración de la presencia de un Lucifer-mujer, bastante discutible e increíble. La ambigüedad o ambivalencia se mantiene a lo largo del desarrollo de todo el film, incluso en su propia reflexión - en caso de existir - final ¿A dónde se quiere llegar? ¿Qué representa o es la luz del mal? ¿Por qué Johnny Depp es el buscado por el maligno siendo sujeto a su juego de seducción? ¿Por qué necesita el diablo centrarse en él, si puede resolver todas las cosas por si mismo? ¿Acaso la bajada a los infiernos de Corso no es producto de su propio ansia maléfica? Depp no es el clásico héroe, sino más bien un antihéroe. Algo que quizás no capta el espectador, al identificarse (muchos jóvenes) con el protagonista y sus ansias de alcanzar un dinero fácil, que le del poder. Polanski lo tiene claro, y da claves al espectador para que no se dejen engatusar por los métodos del protagonista, por su falsa inocencia. Al comienzo, en la segunda modélica escena del film, introduce un no menos conseguido plano de inserto para mostrar que el protagonista, ejemplo de la juventud (y candor), es un sinvergüenza de tomo y lomo: las manos del parapléjico cerrándose sobre la manta al escuchar como engaña a sus familiares.
Habría que plantear si con Depp ha querido, pues, Polanski, ejemplarizar a una juventud capaz de venderse para alcanzar el “poder”. Podría ser eso como también que el caminar del protagonista represente la última sublimación del mal. El mal dibujado como bonito y excelso. Algo de eso, aunque de forma muy soterrada, se esconde en el irónico planteamiento de Polanski que dice, riendo, haber realizado un spot publicitario del demonio, dado a través de su propia mujer: ¿la luz como símbolo de una sexualidad plena? Recordemos que sentidos parecidos se movía el final de La semilla del diablo : una parodia de la adoración de los Magos ante la llegada a la Tierra del ser infernal.
La contradicción que presenta el film, su carácter de obra de mensaje y de diversión, produce también un caos en el acontecer de los acontecimientos, que por culpa (sentimos discrepar del productor español) del ya indicado mediocre guión, hace agua, sobre todo, en su última parte (principalmente a partir del robo del libro de detrás de la nevera del hotel, con el torpe desliz de dejar los ladrones en el suelo el paño que lo envolvía). Quedan apuntes temáticos (el poder y la obsesión por el dinero), secuencias maravillosamente contadas o resueltas (apare de las citadas hay que recordar la marca de sangre que Lucifer deja sobre la frente de Corso), la atmósfera conseguida (el fuego-infierno invadiendo la casa de la poseedora de uno de los libros): A su lado pensan momentos mal conseguidos, torpes y previsibles (la persecución por el Sena salida de Frenético, la secuencia del ritual demoniaco con unos cuantos mentecatos salidos de cualquier film del montón...)
Como dato positivo también habrá que tener en cuenta la ironía de más de un momento como la presencia de los (idénticos) hermanos “Ceniza”. Una excelente fotografía llena de matices oscuros da el ambiente tétrico necesario para lograr, en definitivamente, un film fácilmente visible. Detalles que muestran los gestos del protagonista al entrar o al sentarse en la sala de conferencias son propios de alguien que conoce el oficio. Polanski aun en películas menores es capaz de demostrar que sabe lo que es hacer cine. Y en eso La novena puerta es ejemplar. Adolfo Bellido
Paris- Tombuctú .- Nacionalidad: Española, 1999.- Dirección: Luis García Berlanga.- Guión: Luis G. Berlanga, Jorge G. Berlanga, Antonio Gómez Rufo y Javier G. Amezcua.- Intérpretes: Michel Piccoli, Concha Velasco, Amparo Soler Leal, Concha Velasco, Javier Gurruchaga
Un compañero de redacción; J. L. Barrera, me hizo notar la identidad del final de última película de Berlanga con el cierre-inicio del último Woody Allen. La petición de ayuda del neoyorquino, Help, se corresponde con el terror del español (Tengo miedo L.), que restalla, en el plano final, sobre tirinenes de una esperpéntica España. La mítica Calabuch vuelve a ser re-encontrada en el caminar de un extranjero. Ambos protagonistas, un físico famoso en aquella, un cirujano plástico en esta, llegan por casualidad a un lugar de la Costa Mediterránea huyendo de un mundo que detestan. Su idea es encontrar el lugar soñado. El mítico edén perdido. Pero mientras el sabio atómico encontraba un mundo parado en el tiempo, pero amable, solidario o simplemente enternecedor, el cirujano plástico de esta (aparente) pira funeraria de Berlanga, encuentra la desazón, el horror, y el engaño agazapado en ese lugar que no es más que el “culo” del mundo lleno de sinvergüenzas en mayor o menor escala. Ni el Sur existe, ni Paris-Tombuctú tampoco, y menos la paz que explotan las agencias de turismo. El protagonista de ahora, al contrario que el físico que volvía a su vida de antes, se queda en Calabuch, pero casi a la fuerza, doblegado por a la sexualidad desbordada de una falsa hija de Manolete (excelente Concha Velasco como casi todos cuantos componen esta dolorosa traca), tan ridícula, frustrada y salida de madre como sus dos hermanos o hermanastro (Amparo Soler Leal y Javier Gurruchaga). Máscaras los tres, que como el resto de personajes acompañantes (no seres sino estereotipos), muestran el hedor de ese pedacito de tierra mediterránea donde lo único que cuenta es el dinero. Todo ha cambiado para nada. Los discursos de fin de año de hoy tienen el mismo tono que los de ayer, los guardias civiles siguen con su tricornio aunque de la patria hayamos pasado a las patrias, del toro solitario a las chicas en bañador, de las protestas a los anarco y vengativos maridos. Todo es posible dentro del mayor caos esperpéntico que Berlanga haya filmado hasta ahora (y todo parece indicar que será, a sus 78 años, lo último que haga). No queda, como se suele decir, títere con cabeza. Personajes reales se unen con otros de ficción en una sucesión carreril de personajes o secuencias a cual más descabelladas.
La libertad de Berlanga está ahí. Como está ese final triste donde un hombre debe acomodarse en un sitio que tampoco le gusta. Lugar en el que incluso nunca llegará el nuevo milenio, parado por siempre en la repetición de un letrero luminoso en el que se indica que “faltan 2 segundos”. Todo sigue igual aumentando por las corrupciones a todas las esferas, por nuevas formas de contrabando, por comunicaciones a distancia con teléfonos móviles. La falsa caridad sigue ahí doliente con gente de color convertidos en esclavos modernos, con seres llegados de países del Este a los que se les lleva de acá para allá. Sobre unos y otros la mierda (no es raro, por ello, la presencia de una fabrica de retretes) como eje central de algo que no funciona. Monjas delirantes, curas criminales (¿homenaje a aquel otro Luis maravilloso?), una alcaldesa cuya figura se refleja en el cristal de un personaje políticio conocido (y no es el único caso de unas presencias que conducen a otras). Al final mientras alguien se queda, otros deciden marchar, salir rápidamente del maltrecho Calabuch para buscar ese lugar “edénico” sobre la Tierra, que parece no existe. Los que ahora huyen terminarán “cayendo” en otro sitio, donde el mundo girará tan sin sentido, ni aparente solución como en Calabuch.
Poco a poco el circulo, se cierra. El seguimiento temático (el itinerario del personaje principal) está claramente calcado de Calabuch . Las situaciones por las que pasan los protagonista de aquella película y de esta son semejantes. Las conclusiones no. Al igual que los otros personajes han perdido su inocencia en el camino. Dentro del caos solamente un ser sigue imperturbablemente haciendo lo mismo: pintando con lentitud sus carteles, deteniéndose en las sinuosos S. Un personaje representado en ambos films por el mismo actor Manuel Aleixandre, una especie de alter-ego del propio Berlanga. Película irregular marcada por el desgarro, donde los chistes (la acumulación de ellos) terminan por quedar en petardos sin estallido debido a la tristeza que emana de su contenido. Un film donde lo único verdaderamente importante es la acumulación de ideas, denuestos, vacilaciones, dudas o mala uva de Berlanga, que pasa repaso y abofetea a todos cuantos se cruzan en su camino. Si de alguna manera tuviéramos que definir el film, relacionarlo con otros, diríamos que es una mezcla del mal gusto de Happiness a través de la visión de Kusturica. Una manera de definir lo que es este confuso y desordenado caos que termina por ser, por decirlo otra vez, fiel a Berlanga y a una esperpéntica falla, llena de muñecos vulgares y afeados, donde cualquier cosa puede ocurrir.
Berlanga, además, trata de dar un repaso personal a un mundo que se le escapa de las manos. Por eso es, está desgarradora historia, una vuelta y revuelta a todo su cine anterior. Por allí pasan y están los pobres de Placido convertidos ahora en refugiados del antiguo Este europeo o emigrantes africanos, el personaje que desde su soledad sólo puede comunicarse con un muñeco ( Tamaño natural por medio del mismo protagonista), el San Dimas de Los jueves milagro , el garrote vil de El verdugo , los guardias, la playa... Todos los antiguos fantasmas acuden a la cita del creador para reírse, y dolerse, en (y de) si mismos. Tan errática como dolorosa París-Tombuctú se erige en una fría reflexión sobre un presente y un pasado configurados de un atroz panorama, al que ni siquiera podrá freno la llegada de un nuevo milenio. Simplemente porque siempre el milenio quedará atrás, parado en un tiempo que jamás será el futuro de un nuevo y distinto siglo. Todo quieto y parado por y para siempre. Calabuch no existe. Adolfo Bellido
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