NOVIEMBRE  
 
Título orginal: Noviembre
País, Año:

España, 2003

Género: Drama
Dirección: Achero Mañas
Intérpretes: Óscar Jaenada. Ingrid Rubio. Paloma Lorena. Juan Díaz. Juan Margallo. Ángel Facio. Javier Ríos. Adriana Domínguez. Juan Díaz. Héctor Alterio.
Guión: Achero Mañas
Montaje: Nacho Ruiz Capillas
Distribuidora: Alta Films
Calificación: Pendiente por calificar
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Arte es vida, vida es Arte

A Achero Mañas le gustan los títulos cortos y los contenidos intensos, conocidos, presentidos o intuidos. Su primer largo (El Bola) y sus cortos anteriores (el comprimido Miedo, Paraísos artificiales, Cazadores o ese pequeño frasco de pura esencia cinematográfica que es Metro), así lo demuestran. Pero al director también le gusta cuidar la puesta en escena, los encuadres, la plasticidad de las imágenes, las interpretaciones...

Noviembre, su último proyecto le ha costado más de dos años de minuciosa elaboración; en este tiempo, el director ha elegido el reparto meticulosamente, ha reescrito el guión varias veces, ha pulido cada metro de película para conseguir el montaje más adecuado, la sonorización más acertada,... Nada ha quedado fuera de su control. El resultado: una película-puzzle, sin fisuras, donde cada pieza está donde debería estar.

Noviembre es la historia de un grupo, de ocho jóvenes actores de teatro, rebeldes, independientes, provocadores, solidarios... y muy, muy creativos, que sueña cambiar el mundo con sus propuestas artísticas. Un arte en estado puro, crítico, mordaz, revolucionario... sin ataduras estéticas, éticas o económicas.

Su intención de crear un teatro vivo que fusione el arte con la vida les hace apartarse de las enseñanzas regladas, los convencionalismos estéticos, los circuitos comerciales... y salir a la calle, sin escenarios, plateas, butacas o palcos que medien entre actores y público. Un arte “libre, independiente y gratuito” será el resumen de su ideario. Noviembre (nombre que adoptan por considerar que la suya será la próxima revolución a la de Octubre) sólo existirá mientras no se traicionen estas premisas.

Desde un futuro imperfecto aquellos jóvenes idealistas, ya maduros, reconstruyen con sus testimonios la vida del carismático amigo-líder: Alfredo, el espíritu e impulsor del grupo que dio un vuelco a sus vidas y a su concepción del teatro para siempre.

Noviembre es una película ecléctica, con muchas herencias evidentes: del cine americano clásico; del cine musical; del teatro “interactivo” de grupos de los setenta y ochenta y, consecuentemente, de ciertas manifestaciones del arte de acción (happenings, Fluxus,...) y conceptual (body art, performances,...); de la publicidad de ultimísima hornada, que también se vale de estas tendencias conceptuales; del cine documental,...  

Tantos lastres no impiden que la película, una vez adivinados sus referentes, vuele sola y en libertad, hacía cielos más o menos abiertos y personales.

Del cine clásico americano, y de Ciudadano Kane (Orson Welles, 1940) en concreto, hay ciertos ecos en la estructura narrativa: la reconstrucción de la historia de un personaje (Alfredo) a través de los recuerdos de los que le conocieron y compartieron con él sus experiencias.

De cierto cine musical hereda el montaje alterno, conjugando dos historias en una: por un lado, la de los acontecimientos vividos por los personajes (la vida-realidad) y, por otro, la de los números teatrales que se escenifican (la representación-ficción), intercalando ambos y haciendo a unos consecuencia de los otros. Ambas partes son perfectamente autónomas y compatibles a la vez. Paralelas y convergentes. Cabaret (Bob Fosse, 1972) o la reciente Chicago (Rob Marshall, 2002) son referentes muy aproximados, salvando las distancias, además de por lo expresado, por la intensidad de ambas líneas argumentales.

En Noviembre, en cambio, el ritmo narrativo es muy desigual en ambas trayectorias. Cuando la línea que hemos llamado de la vida-realidad (los acontecimientos) decae, en el último tercio de la película, produce un vacío dramático que aboca a la desorientación; la línea de la representación-ficción (las performances) crece, se aviva y oxigena la película con un pulso acelerado, dinámico y agresivo (que la cámara en mano potencia). Tal descompensación entre ambas bien podría ser intencionada para enfatizar, aún más, la creencia en la posibilidad de redimir al mundo a través de la acción y creación artística; así, cuando la vida parece languidecer, el arte la alienta y le devuelve el ritmo.

El toque documentalista lo aportan las tomas en directo, con cámara digital, de los montajes callejeros. La peor calidad de imagen que ofrece el formato digital permite crear texturas visuales y cromáticas más expresivas. Esa textura, unida a la movilidad de la imagen, la naturalidad interpretativa de los actores (que durante meses han ensayado intensamente) y la reacción espontánea del público, aporta realismo y credibilidad a esta parte de la historia, creando connotaciones dramáticas más verosímiles que aquellas en las que este efecto es intencionadamente buscado. Por ejemplo, hay más drama en montajes como Los olvidados, Atentado o El Mesías que en la postración de Alejandro, el hermano de Alfredo, o en el propio desenlace final en el Teatro Real, ya que éstos son presentidos, anunciados, y aquéllos no.

También hay huellas de documental en las opiniones de los compañeros de Alfredo (filmados con total nitidez y sobriedad compositiva en primeros planos sobre fondo negro) que contrastan con la naturalidad formal de las anteriores. Se establece entre ambos tratamientos un juego de contrastes simbólico, entre pasado y futuro, verdad y mentira, realidad y ficción, vida-arte y muerte.

Su intención de rendir homenaje al teatro de los años setenta y ochenta le lleva a  utilizar planteamientos temáticos y estéticos radicales y críticos como los de los grupos catalanes Els Joglars, La Fura dels Baus, Els Comediants... (el mismo director ha reconocido haberse inspirado en ellos para crear las escenificaciones callejeras) y otros artistas de décadas anteriores que, desde propuestas y acciones similares, asociaban el arte a la vida y viceversa (Wolf Vostell, el grupo Gutai, Alan Kaprow, el primer Claes Oldenburg y sus experiencias en el Ray Gun Theatre,...), al cuerpo, a la naturaleza, a la sociedad (Joseph Beuys), pretendiendo crear con ello cierta conciencia de los males de nuestro tiempo.

Noviembre es una película idealista y sincera, más nostálgica que incisiva, pero igualmente sentida. Una afirmación personal sobre la agonía existencial que provoca vivir con un arte castrado y manipulado; una apuesta por la esperanza, no por muy reivindicada menos intensa, y la creencia en que el arte, además de “un arma cargada de futuro”, es una necesidad, consustancial a la vida, cuya ausencia mata.

Purilia