Arte es vida, vida es Arte
A Achero Mañas le gustan los títulos cortos y los contenidos intensos,
conocidos, presentidos o intuidos. Su primer largo (El Bola) y sus cortos anteriores (el comprimido
Miedo, Paraísos artificiales, Cazadores o ese pequeño frasco de pura
esencia cinematográfica que es Metro),
así lo demuestran. Pero al director también le gusta cuidar la
puesta en escena, los encuadres, la plasticidad de las imágenes,
las interpretaciones...
Noviembre, su último proyecto le ha costado más de dos años de minuciosa
elaboración; en este tiempo, el director ha elegido el reparto
meticulosamente, ha reescrito el guión varias veces, ha pulido
cada metro de película para conseguir el montaje más adecuado,
la sonorización más acertada,... Nada ha quedado fuera de su control.
El resultado: una película-puzzle, sin fisuras, donde cada pieza
está donde debería estar.
Noviembre es la historia de un grupo, de ocho jóvenes actores de teatro,
rebeldes, independientes, provocadores, solidarios... y muy, muy
creativos, que sueña cambiar el mundo con sus propuestas artísticas.
Un arte en estado puro, crítico, mordaz, revolucionario... sin
ataduras estéticas, éticas o económicas.
Su intención de crear un teatro vivo que fusione el arte con la
vida les hace apartarse de las enseñanzas regladas, los convencionalismos
estéticos, los circuitos comerciales... y salir a la calle, sin
escenarios, plateas, butacas o palcos que medien entre actores
y público. Un arte “libre, independiente y gratuito” será el resumen
de su ideario. Noviembre (nombre que adoptan por considerar que la suya será la próxima
revolución a la de Octubre) sólo existirá mientras no se traicionen
estas premisas.
Desde
un futuro imperfecto aquellos jóvenes idealistas, ya maduros,
reconstruyen con sus testimonios la vida del carismático amigo-líder:
Alfredo, el espíritu e impulsor del grupo que dio un vuelco a
sus vidas y a su concepción del teatro para siempre.
Noviembre es una película ecléctica, con muchas herencias evidentes: del
cine americano clásico; del cine musical; del teatro “interactivo”
de grupos de los setenta y ochenta y, consecuentemente, de ciertas
manifestaciones del arte de acción (happenings, Fluxus,...)
y conceptual (body art, performances,...); de la publicidad
de ultimísima hornada, que también se vale de estas tendencias
conceptuales; del cine documental,...
Tantos lastres no impiden que la película, una vez adivinados sus
referentes, vuele sola y en libertad, hacía cielos más o menos
abiertos y personales.
Del cine clásico americano, y de Ciudadano Kane (Orson Welles, 1940) en concreto, hay ciertos ecos
en la estructura narrativa: la reconstrucción de la historia de
un personaje (Alfredo) a través de los recuerdos de los que le
conocieron y compartieron con él sus experiencias.
De cierto cine musical hereda el montaje alterno, conjugando dos
historias en una: por un lado, la de los acontecimientos vividos
por los personajes (la vida-realidad) y, por otro, la de los números
teatrales que se escenifican (la representación-ficción), intercalando
ambos y haciendo a unos consecuencia de los otros. Ambas partes
son perfectamente autónomas y compatibles a la vez. Paralelas
y convergentes. Cabaret (Bob Fosse, 1972) o la reciente Chicago (Rob Marshall, 2002) son referentes muy aproximados, salvando
las distancias, además de por lo expresado, por la intensidad
de ambas líneas argumentales.
En Noviembre, en cambio, el ritmo narrativo es muy desigual
en ambas trayectorias. Cuando la línea que hemos llamado de la
vida-realidad (los acontecimientos) decae, en el último tercio
de la película, produce un vacío dramático que aboca a la desorientación;
la línea de la representación-ficción (las performances)
crece, se aviva y oxigena la película con un pulso acelerado,
dinámico y agresivo (que la cámara en mano potencia). Tal descompensación
entre ambas bien podría ser intencionada para enfatizar, aún más,
la creencia en la posibilidad de redimir al mundo a través de
la acción y creación artística; así, cuando la vida parece languidecer,
el arte la alienta y le devuelve el ritmo.
El toque documentalista lo aportan las tomas en directo, con cámara
digital, de los montajes callejeros. La peor calidad de imagen
que ofrece el formato digital permite crear texturas visuales
y cromáticas más expresivas. Esa textura, unida a la movilidad
de la imagen, la naturalidad interpretativa de los actores (que
durante meses han ensayado intensamente) y la reacción espontánea
del público, aporta realismo y credibilidad a esta parte de la
historia, creando connotaciones dramáticas más verosímiles que
aquellas en las que este efecto es intencionadamente buscado.
Por ejemplo, hay más drama en montajes como Los
olvidados, Atentado o El Mesías que en la postración de Alejandro, el hermano de Alfredo,
o en el propio desenlace final en el Teatro Real, ya que éstos
son presentidos, anunciados, y aquéllos no.
También hay huellas de documental en las opiniones de los compañeros
de Alfredo (filmados con total nitidez y sobriedad compositiva
en primeros planos sobre fondo negro) que contrastan con la naturalidad
formal de las anteriores. Se establece entre ambos tratamientos
un juego de contrastes simbólico, entre pasado y futuro, verdad
y mentira, realidad y ficción, vida-arte y muerte.
Su intención de rendir homenaje al teatro de los años setenta y
ochenta le lleva a utilizar
planteamientos temáticos y estéticos radicales y críticos como
los de los grupos catalanes Els Joglars, La Fura dels Baus, Els
Comediants... (el mismo director ha reconocido haberse inspirado
en ellos para crear las escenificaciones callejeras) y otros artistas
de décadas anteriores que, desde propuestas y acciones similares,
asociaban el arte a la vida y viceversa (Wolf Vostell, el grupo
Gutai, Alan Kaprow, el primer Claes Oldenburg y sus experiencias
en el Ray Gun Theatre,...), al cuerpo, a la naturaleza, a la sociedad
(Joseph Beuys), pretendiendo crear con ello cierta conciencia
de los males de nuestro tiempo.
Noviembre es una película idealista y sincera, más nostálgica que incisiva,
pero igualmente sentida. Una afirmación personal sobre la agonía
existencial que provoca vivir con un arte castrado y manipulado;
una apuesta por la esperanza, no por muy reivindicada menos intensa,
y la creencia en que el arte, además de “un arma cargada de futuro”,
es una necesidad, consustancial a la vida, cuya ausencia mata.
Purilia