El primer
plano de la película es un picado del río Charles y el puente
que lo cruza, en Boston. Poco a poco, la cámara va descendiendo
y sobrevuela los tejados de los barrios humildes, con sus
casitas de madera envueltas en una atmósfera gris y azulada
que confunde las aguas y el asfalto. Todo comienza y acaba
con la vida de tres niños que juegan en la calle. Mientras
escriben sus nombres en el cemento húmedo de la acera, dos
supuestos policías secuestran a uno de los niños, Dave, que
es violado y vejado. Tras escapar, vuelve a casa, pero ese
episodio condicionará la vida de los tres y sus secuelas emergerán
veinticinco años después de forma fatal e inevitable. Todos
los personajes quedan atrapados por un episodio que marcará
sus vidas y, como en las tragedias, uno de ellos deberá morir
para limpiar la culpa de alguno y castigar la indiferencia
de otro.
Dave Boyle (Tim Robbins) se convertirá un hombre tímido, introvertido y complejo. Su vida es un fracaso
y tan gris como su barrio. Fue el que no escribió su nombre
completo en aquel cemento fresco. Jimmy Markum (Sean Penn),
el listillo del grupo, se convertira en comerciante de dudosos
negocios tras su estancia en la cárcel. El tercero, Sean Devine
(Kevin Bacon), se hará detective de homicidios. Cuando la
hija de Jimmy, Kate, aparece asesinada, las sospechas recaen
sobre Dave, que es ajusticiado por el propio Jimmy, mientras
los policías Sean y el sargento Whitey (Laurence Fishburne)
atrapan a los auténticos asesinos. Se trata de dos niños,
uno de ellos hijo de un antiguo compinche de Markum, que lo
delató tiempo atrás.
A primera vista parecería un relato policíaco de género negro,
con el clásico final desdichado en el que todos pierden, la
venganza se superpone a la injusticia y los fuertes sobreviven
a los débiles. Pero no es así, se trata de una tragedia en
el sentido más clásico del término, pues los personajes están
atrapados desde el principio por un hecho que conducirá sus
vidas hacia un destino fatídico. No podrán esquivar el fatum
ni controlar los acontecimientos. Todos sufrirán intensamente,
y su dolor los hará profundamente humanos mientras sus actos
los llevarán al cumplimiento inevitable de su destino. Son
héroes trágicos porque están condenados y tienen conciencia
de ello, son antihéroes porque sus pequeñas vidas podrían
pasar desapercibidas en las páginas de sucesos.
Los personajes
Jimmy es el líder del grupo, el que incita a los otros a la primera
travesura, el trasgresor de las normas. Tomó el mal camino
y ha enderezado su vida, pero se siente culpable de lo que
le pasó a su amigo. Cuando al final lo mata, dice: “aquí
enterramos nuestros pecados y lavamos nuestras conciencias”.
Sus palabras son las de un personaje trágico, pero esa es
la tónica de casi todos los diálogos de la película. Cumplen
la función de hacer avanzar la historia pero trascienden la
acción para cobrar sentido simbólico. Como personaje, impulsa
los acontecimientos, toma decisiones, pero es víctima de ellos.
Su papel es fatídico porque es el instrumento del destino
y no puede huir del sufrimiento. En pleno dolor por la muerte
de su hija se da cuenta de que la violación de su amigo marcó
su vida. A una pregunta de Sean responde que si él hubiera
ido en aquel coche, no se habría atrevido a cortejar a su
mujer, y Kate no habría nacido, ni habría sido asesinada.
Ni él querría a toda costa atrapar al culpable y darle su
merecido, como sucede después. En otro momento de intenso
dolor dice ante su hija muerta: “sé que he contribuido
a tu muerte pero no sé cómo”. Es el personaje que más
se acerca al conocimiento
de su papel en la tragedia, incluso sugiere que es el personaje
de una historia y no puede salir de ella. A la pregunta de
Sean sobre la última vez que vio a Dave, contesta: “hace
veinticinco años, cuando le vimos partir en aquel coche”.
Y añade: “creo que los tres subimos a aquel coche... Esto
es un sueño... Somos como niños imaginando nuestra vida”.
Al final abandona ese tono unamuniano y toma el camino del
pragmatismo, llevado de la mano por su mujer Annabeth (Laura
Linney) a ver en familia un desfile, donde su mirada se cruza
con la de Sean. Éste hace un gesto con la mano imitando a
una pistola y Jimmy se encoge de hombros.
Dave, al principio de la película, lanza la pelota a una alcantarilla
con su palo de hockey y ese hecho es el origen de todos los
acontecimientos que se sucederán a continuación. Al quedarse
sin juego, los niños deciden escribir su nombre en el cemento.
Sean y Jimmy lo hacen, pero Dave deja el suyo incompleto,
como incompleta será su vida. Es una víctima desde el comienzo,
un niño cuyo pasado condicionará su presente y su futuro.
Su única hazaña, salvar a los niños que matarán a Kate, de
un pederasta, le cuesta la vida. No puede enfrentarse a su
verdad y por eso miente cuando Jimmy le interroga y le obliga
a confesar el crimen que no cometió. Su voz es la de la víctima
propiciatoria, alucinada y confusa, y su mirada es la del
miedo de reconocerse a sí mismo. Sus palabras ante su hijo
dormido tienen un sentido existencial: “el hombre no es
un hombre, es un niño en un mundo de sombras”. Cuando
su mujer, Celeste (Marcia Gay Harden), le pregunta sobre la
película que está viendo en la televisión, él le dice que
es una de vampiros y, más tarde, se identifica con ellos porque
una vez que se entra en su terrible y perverso mundo, no se
puede salir. El tema de los vampiros como símbolos del mal, aparece de nuevo cuando los matones de Jimmy
van a buscar a Dave y le dicen: “somos un par de murciélagos”.
Al subir Dave al coche, el
plano es idéntico al de la entrada en aquel otro coche de
su niñez: uno de los hombres se vuelve hacia atrás, apoya
su brazo en el respaldo del asiento del coche y le mira maliciosamente. Como el viejo pederasta,
sabe lo que le espera, mientras Dave va, tímido y aturdido,
hacia su muerte.
Sean, el policía, es el que menos se implica en los hechos pero
tampoco puede controlarlos. Su mirada es más distante que
la del resto de personajes y siempre aparece mirando la ciudad
desde el puente, sobre el río. Sabe que Jimmy ha asesinado
a Dave pero no sabemos si hará algo. Quizá piense que no vale
la pena. El gesto del final, cuando extiende los dedos hacia
su antiguo amigo, es ambiguo: puede ser de amenaza o complicidad.
En muchos momentos le dice a su compañero, el sargento, que
no es ya amigo de Sean y Dave, pero también está atrapado
por lo que sucedió y no puede ignorarlo.
La tragedia
La película es una tragedia porque en ella confluyen todas las
características del género. La dualidad de los personajes,
profundamente humanos y singularmente profundos en sus reflexiones,
expresadas mediante unos diálogos breves y brillantes, llena
de sentido el perfil de sus personalidades. Son antihéroes
en su insignificancia y hombres conducidos a un destino trágico
por la venganza, en unos casos, y por la cobardía, en otros.
Son, pues, hijos de sus pasiones, y las circunstancias les
obligan a sus respectivos papeles de víctimas y verdugos.
El azar funciona como motor de los acontecimientos, cuyo final
es la muerte propiciatoria del héroe trágico (Dave) como forma
de liberar a los otros de la culpa. La estructura argumental
explica la importancia del azar en el desenlace final de forma
magistral, mediante la simultaneidad alternante de escenas.
Mientras Jimmy intenta arrancar a Dave la confesión del asesinato
de su hija, Brandon, el novio de Kate, da una paliza a su
hermano y al amigo de éste por haber matado a su novia. Las
dos escenas se van alternado de forma fragmentaria, contribuyendo
a la tensión narrativa del filme de una forma muy eficaz.
Pero también muestran la influencia del azar en el fatal desenlace.
Dave miente para salvar su vida y muere antes de que la policía
intervenga y atrape a los auténticos responsables. Ambas escenas
son de una gran violencia y dramatismo y en ellas está contenido
el mensaje fundamental de la historia y su sentido existencial:
no podemos luchar contra el destino.
También los personajes femeninos contribuyen a crear el tono trágico
del relato, especialmente Celeste, la mujer de Dave. Representa
a una persona atormentada por las dudas y confundida por la
conducta de su marido. Cuando finalmente se decide a confesar
a Jimmy su creencia de que Dave pueda haber asesinado a Kate,
desencadena el fatal final que llevará a la muerte a su esposo.
Su mirada expresa miedo, y su aturdimiento la lleva a permanecer
en un estado de estupor, que, en la escena del desfile, contrasta
con la aparente alegría doméstica que muestran los amigos
de su esposo acompañados de sus familias. Representa la soledad
de la traición y de la cobardía. Cuando sonríe para saludar
a su hijo, montado en una de las carrozas del desfile, éste
la ignora y mira con timidez y tristeza al frente. Ambos son
víctimas de lo que ha pasado y están condenados por ello.
La otra mujer, Annabeth, representa la seguridad de los pragmáticos
y los fuertes en una sociedad insensible como la americana.
Ella está fuera del conflicto y no quiere problemas. Sólo
le interesa su familia y que su marido, Jimmy, cuide de ellos,
progrese en sus negocios y, como dice finalmente, “llegue
a gobernar este país”.
Psicológica y social
El filme
también muestra la evolución interna de los personajes, lo
que la injusticia puede hacer a las personas, cómo evolucionan,
cómo son, cómo sienten y perciben la realidad. Ésta es una
historia de sentimientos y pasiones, de conflictos no superados.
Cada personaje es hijo de su destino: Jimmy entra en el mundo
del delito y la delincuencia, y, aunque se salva temporalmente,
nunca pierde el contacto con matones y ladrones, ni su control
sobre ellos. Dave es un personaje perdido en el sufrimiento
de sus recuerdos y obsesiones y se muestra impotente para
superarse. Muere por mentiroso, pero sobre todo por ingenuo,
al creer que si confiesa el delito que no cometió salvará
la vida. Sean parece haber salido del ambiente del barrio,
pero no es capaz de conseguir que triunfe la justicia. Los
tres están solos con su particular tragedia. Los tres saben
que dejaron solo a su amigo en el pasado y que el sufrimiento
es el pago por ello. También es una película social porque
denuncia una sociedad en la que los inocentes no reciben la
ayuda y la justicia que merecen. Son los verdugos los que
sobreviven, y los causantes del conflicto quedan impunes.
La América feliz lo es a costa de los débiles, y la hipocresía
y el cinismo gobiernan en el mundo, como se hace patente en
el desfile final.
El lenguaje
cinematográfico alcanza aquí una eficacia y brillantez insuperables.
La sobriedad de las imágenes y lo medido de los planos nos
sitúan ante una forma de narrar que iguala a los clásicos.
El coche que se aleja, el rostro aterrado del niño tras la
luna trasera, es un excelente travelling que encuadra
las dos figuras de los amigos que ven cómo la vida se les
va en esa calle larguísima con las dos rayas amarillas en
el centro. El mismo plano se repite al final, cuando todo
ha acabado, con los dos amigos mayores, cerrando la historia
y también la posibilidad de ambos de escapar a su destino.
También se repite la imagen del cemento endurecido con el
nombre de Dave a medias. Y, por encima de todo,
el Río Místico, ese símbolo que remite al significado
del filme. Río humanizado que recoge y oculta todas las miserias
humanas. Metáfora heraclitiana, por su unidireccionalidad
que alude al paso inevitable del tiempo y a la imposibilidad
de volver atrás. Imagen onírica del subconsciente individual
y colectivo, que esconde y arrastra las experiencias vitales
de la infancia y la adolescencia. Misterio, en fin, de lo
latente, profundo e interior del ser humano. Y, sobre todo,
símbolo del hombre, pues su destino final es la muerte.