Entre el amor y la desolación
El título del filme, y su lanzamiento
publicitario, han servido para confundir a más de un espectador.
Unos no habrán ido a ver al pensar que era de terror en la línea,
pongamos por caso, de El sexto sentido o Los otros. Otros lo habrán visto porque pensaban que iban a asistir
a un compendio de sustos más o menos gratuitos. Los primeros se
habrán perdido una inteligente película fantástica, los segundos
se sentirán defraudados. Por supuesto nada tiene que ver este
inteligente filme con la bazofia que estaban dispuestos a consumir
el segundo grupo de espectadores.
Sobre el papel había ya algo que hacia
pensar que esto no iba a ser una historia macabra y sin sentido
con la única finalidad era asustar. Realmente detrás de este título
se ocultan dos guionistas de reconocida calidad y el propio director
del filme. Los guionistas son Milo Addica responsable de Monster´s
ball, atractiva sobre el papel pero fallida por su poco acertada
dirección, y Jean-Claude Carrière, uno de los más conocidos guionistas
de la etapa europea de Buñuel. Por su parte del realizador, Glazer
(nacido en 1966), nos había llegado una interesante primera película:
Sexy beast, por la que
Ben Kingsey fue nominado al Oscar.
El muy apreciable primer largometraje
de Glazer, rodado en parte en nuestro país, mostraba algo inusual
en el cine moderno: dejar que el espectador pudiera contemplar
pausadamente lo que ocurre en el plano. O sea que se evitaba tanto
un montaje rápido como una cámara en continuo barrido. Incluso,
por fortuna, carecía de esa música chillona que parece inundar,
avasallar, el cine actual. Resultaba sorprendente todo ello, en
cuanto Glazer procedía del campo del spot publicitario. Allí,
ya se sabe, todo es rápido.
La segunda película que ha realizado,
esta sorprendente Reencarnación,
resulta insólita por más de lo mismo. Está muy bien rodada. Con
calma, sosiego, como debe ser. Una sensata manera de narrar lo
que acontece. La cámara se fija en lo que ocurre y en el actor,
erigido en esencia del relato. Nada de efectos especiales. Se
huye de una forma narrativa gratuita, ególatra. Glazer, logra
un bello e insinuante filme, basado en los actores. Resulta elegante,
sobrio e inquietante. Por supuesto envuelto
en claros referentes fílmicos, uno de los cuales hace alusión
a La semilla del diablo,
debido tanto a los ambientes en los que se desarrolla como
en la forma de retratar a la actriz principal. Los lugares son
casas habitadas por gente de una clase social adinerada. Detrás
de su aparente felicidad se instala la duda y la tragedia. Por
su parte, la semejanza entre Mia Farrow y Nicole Kidman se consigue
incluso al haber cortado el pelo (y peinado) a la protagonista
del filme (Anne) al estilo de la Rose Marie polanskiana.
Hay filmes cuya inquietud, desasosiego
del espectador, se epiloga después de su proyección. Lo misterioso
de su desarrollo, a veces abstracto, es su valedor. El evitar
dar una explicación a los hechos presentados (¿por qué debe darse
si el misterio forma parte de lo inexplicable?) motiva la perplejidad
de los espectadores. Ha ocurrido siempre con las mejores obras
fantásticas del cine (y de la literatura). Es el caso de la ya
citada La semilla del diablo
como lo es también es de Retrato
de Jennie, 2001, una
odisea del espacio o, por citar otro ejemplo más, el de Suspense,
la excelente adaptación que filmara Jack Clayton de la novela
de Henry James Otra vuelta de tuerca. Al terminar la película
muy pocos espectadores entendían lo que se había tratado de comunicarse.
Otros, de los llamados entendidos, se equivocan en sus apreciaciones,
al aducir extrañas calificaciones a la novela (y por tanto a la
película) al basar sus palabras en curiosas implicaciones morales
dictadas por algunos bienpensantes, trabajadores a destajo de
sus profesiones, que dicen estudiar el “mal” en el cine y la literatura
del siglo XX.
Dejemos a un lado tal disquisición ya
que el concepto del mal, como el del bien, son hechos subjetivos,
para desembocar en la importancia comunicativa de los autores
a partir de una meditada propuesta sobre el uso del punto de vista
narrativo. De tal sopesada reflexión parece servirse también Glazer,
especialmente al socaire de los filmes citados de Polanski y de
Clayton. Del primero aparecen, como he dicho, diversos elementos
ambientales, mientras que del segundo se toman algunos momentos
álgidos de la extraña relación entre el niño “adulto” y la mujer,
tal cuál es aquí (la polémica y destacable) escena en que Anne
besa en la boca al niño, probable reencarnación de su difunto
marido. En Clayton tal beso, de carácter necrófilo, le servía
para cerrar sus desasosegantes imágenes.
La película de Glazer cuenta una historia
inquietante: la aparente vuelta a la vida (el nuevo nacimiento)
de alguien que vuelve para recuperar a su esposa. Lo extraño de
tal situación se deberá a que la mujer tiene un determinada edad
y el esposo (?) amante, devuelta su existencia nada más muerto,
sólo tiene 10 años. ¿Es cierto lo que está ocurriendo? ¿Todo es
una pesadilla? ¿Existe el amor por encima del tiempo? ¿Qué hay
más allá de la muerte? ¿Es todo una farsa o se asienta en una
realidad difícil de admitir? Película sobre el amor, el resentimiento
y la culpa. Nada menos y mucho más se cuenta en unas imágenes
sugerentes precisas donde al final nada se explica, proponiendo
una abertura al diálogo.
El título original, Rebirth (Nacimiento), parece exponer con precisión,
cuál es el camino sobre el que transita la historia. No es raro,
pues, que los dos nacimientos que aparezcan en el filme sean objeto
de especial importancia. Es el inicio del misterio de la vida,
de su sentido. El resto esa vuelta a la existencia o la mentira
del pequeño y, a la vez, adulto protagonista, será el hilo conductor
que no lleve hacia el centro de lo narrado. Bien narrado, insisto
una vez más, pues no de otra forma sería posible acercarse con
seriedad a un título que, bien mirado, podría aparecer como increíblemente
ridículo. Tal es sobre la base su historia. Hecho éste que lleva
a afirmar que las historias son lo de menos. Lo importante es
la forma de contarlas.
Pequeños detalles, gestos, intercalan
nuevas variantes en Reencarnación.
¿Por qué el marido, si es tal, decide presentarse cuando su mujer
va a liberarse del pasado y tratar de enderezar una vida? ¿Está
Anne enamorada del que será su nuevo marido o era a John, el anterior,
al único que quería? ¿Por qué John niño si es el marido no quema
las cartas que envío en el ayer a su amante? ¿A quien quería de
verdad el verdadero John? ¿El amor puede generar un sentimiento
de culpa? Anne al final del filme, llorosa, muestra su desespero
en la playa vestida con el nuevo traje de novia. ¿Hacía dónde
camina su nuevo matrimonio? ¿La llegada de John supone una liberación
o una condena? ¿Nos movemos en los bordes de la lucidez o en los
de la locura? Probablemente más esto que aquello ya que, además,
Anne nunca sabrá que su “fiel” marido la había sido infiel con
una mujer que pertenecía a su círculo de amigos.
Ahí es nada todo ese juego e hipocresías
y mentiras que la película va desgranando. El dibujo de la familia
de Anne resulta irónicamente ejemplar: una especie de clan conspirador
dominado por una madre autoritaria. Nada menos que Lauren Bacall.
La primera secuencia del filme, prologada
por una voz en off sobre pantalla en negro que explicita
ya por dónde va a ir el relato, es todo un ejemplo de buen hacer.
Unas tomas largas, un ritmo lento, crean un hálito expectante
en un inicio donde hasta la utilización de la música resulta ejemplar.
Luego, frente a momentos muy logrados habrá otros redundantes
e inútiles. Tal es el caso de la introducción hacia el final,
en forma de flash-back, del enterramiento de las cartas.
Incomprensible que de esa forma se hunda una idea excelente: la
llegada de la amante de John a la casa de Anne con las manos sucias.
Tal instante resulta, en si, clarificador de lo que pasa: enseña
sus manos sucias a John-niño mientras niega, por una parte, que
él sea la reencarnación de John y, por la otra, pide que le “ayuda”
a lavar sus manos. Tal instante, como he dicho, se frustra por
la inclusión de las imágenes (vistas al comienzo) en las que se
mostraba cómo el niño seguía a la mujer al parque. Lo otro, John-niño
ha cogido las cartas enterradas, consecuencia de la anterior nunca
debió ir, al igual que ocurre en muchos momentos del filme, más
allá de lo sugerido. Las manos llenas de tierra, la mirada de
la mujer, el niño-adulto pidiéndole que no diga nada a Anne son
suficientes. No hay que ir más allá, ser demasiado explícitos,
o mejor, redundantes.
Ni el filme es precipitado, ni la música
suena más que lo necesario, incluso permite, loable en el cine
moderno, la presencia de silencios cuando el momento lo requiere.
Un forma positiva de valorar el arte cinematográfico.
Una excelente interpretación de Nicole
Kidman, en un año de excelentes interpretaciones femeninas (las
protagonistas, entre otras, de Conociendo
a Julia, Million Dollar baby, El secreto de Vera Drake...).
Sin su aportación sería imposible llevar a efecto el más prodigioso
de los momentos de la película: su primer plano sostenido de más
de un minuto en el que mirada y pensamiento siguen caminos distintos.
Un instante donde se muestran todas las dudas y vacilaciones de
la mujer simplemente basándose en la minuciosa observación de
un rostro. Ante nosotros se despliega su búsqueda por asentarse
en la verdad. Basta para ello la fija mirada adelante (sin ver
el espectáculo que transcurre en un escenario y que también es
ocultado al espectador), unos ojos que se cierran, el rictus de
unos labios, pequeñas muecas, gestos que explican sin palabras
todo un proceso interior del personaje. Aunque sólo fuera por
ese plano ya merecería la pena ver este insólito filme. En definitiva,
una auténtica sorpresa.
Adolfo Bellido