Editorial agosto 2022

  30 Agosto 2022

El final del verano...

agosto-alcarras-0Queda lejos aún, aunque no parece que los 23 días de septiembre que todavía prolongan la estación más larga del año sean ya tomados como período estival por la mayor parte de los mortales. En efecto, el inicio del curso académico y el general retorno al trabajo de la ciudadanía parecen dar un aire otoñal a lo que en realidad son todavía días del Largo y cálido verano.

Me perdonarán, con esta referencia a la maravillosa película de Martin Ritt protagonizada por Paul Newman, Joanne Woodward y Orson Welles, la reiteración temática ya esbozada en el editorial anterior, pero es que lo de los incendios catastróficos ha seguido copando la actualidad de un agosto desolador: Bejís y la Vall d’Ebo, dos de las joyas naturales de la Comunidad Valenciana, han sido completamente arrasadas por un fuego inmisericorde.  

Un desastre similar, en su justa medida, parece haber sacudido el panorama educativo valenciano: el TSJCV ha venido a intervenir en el inicio de curso con una cautelarísima que elimina la arbitraria imposición de la enseñanza por ámbitos en nuestra Comunidad. Hay desolación y alborozo por igual, según uno se halle en el bando que cree que es bueno fusionar asignaturas y que profesorado de castellano o valenciano imparta historia y viceversa, o sea de los que creen que un profe de matemáticas no tiene formación suficiente para enseñar el funcionamiento de la célula, o el de biología estrategias didácticas para impartir geometría.

Lo cierto es que de aquellos polvos del ordeno y mando vienen estos lodos incapacitantes: todos los sindicatos educativos y gran parte del profesorado estaba desde hace meses en contra de la imposición —no así de la aplicación voluntaria—, de tal metodología. Si se hubiera hecho caso entonces, escuchando voces sensatas que llamaban a una aplicación progresiva, con medios suficientes y evaluación diagnóstica, no estaríamos a escasas dos semanas del inicio de curso con todo por reorganizar y con profesorado en riesgo de exclusión.

La sensatez indica que con el curso por comenzar no es momento de que los centros renuncien a los ámbitos y se lancen a hacer cambios organizativos, pero Conselleria hará bien en no vender esto como un éxito: simplemente el profesorado no sigue estrategias suicidas, porque sabe que juega con el futuro del alumnado. Los políticos no parecen pensar más que en réditos electorales a corto plazo.

Pero no olvidamos que este es un editorial de carácter cinematográfico. Vayamos —más o menos— con ello.

Premios (académicos) y castigos (taquilleros)

Este mes se cumplieron 25 años de la muerte de Lady Di, un personaje que ya en vida formó parte de la cultura popular, pero que, tras su fallecimiento, elevada a la categoría de mártir, ha visto surgir toda una iconografía en su nombre.

Varias realizaciones se han inspirado en su vida, entre películas y series, entre las que destacan Diana, protagonizada por Naomi Watts, o las series The Queen, de Stephen Frears, con Helen Mirren en el papel de Reina Isabel II y The Crown, protagonizada por Emma Corrin.

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La última de las ellas —Spencer— fue obra del chileno Pablo Larraín. Protagonizada por Kirsten Dunst, que recibió una nominación al Oscar por este trabajo, se estrenó en el festival de Venecia en 2021, pero pasó sin pena ni gloria por la pantalla grande, obteniendo una pobre recaudación de 21,5 millones de dólares, quizá debido a su pobre distribución fuera de EE. UU. y Reino Unido.   

Y ya que hablamos de los premios de la Academia de Hollywood, las películas Alcarràs, de Carla Simón; Cinco Lobitos, de Alauda Ruiz de Azúa; y As bestas, de Rodrigo Sorogoyen, son las tres películas preseleccionadas para representar a España en los premios, en la categoría a Mejor Película Internacional.

Es moda inclusiva señalar que son mayoría femenina —dos directoras y un director— los nominados, y por seguir la corriente aquí también lo haremos. Creo que cabe felicitarse porque la notable aportación de las mujeres al arte en general —sobre todo en ámbitos narrativos, donde siempre han destacado— lleve camino de convertirse en excelente. No porque ello constituya una reparación histórica —difícilmente puede enmendarse lo que por su propia inexistencia como tiempo caduco es ya irreparable— sino porque la aportación de un mayor caudal de talento redunda en beneficio de todos.

Dicho lo cual, esperemos que llegue el tiempo para dejar de señalar el protagonismo femenino en la cinematografía, en la medida en que este sea ya absolutamente cotidiano y por ello poco digno de mención. Es necesario para ello que la calidad sea el elemento principal, y a fe de Encadenados, vistas las notas que en Delitos y faltas tienen las películas mencionadas, este es el caso.

Ojalá el buen trabajo se vea recompensado en la taquilla.

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Sí, otra vez la inclusión forzada

Hay, sin embargo, una derivada de la mencionada inclusividad que, al hilo de series como Los anillos de Poder, Sandman o películas como Thor, love and thunder, ha generado polémica últimamente: se trata de la sustitución de personajes tradicionalmente blancos por protagonistas negros o de cualquier otra etnia «minoritaria». Algo que todo el mundo consideró una deliciosa excentricidad artística en Mucho ruido y pocas nueces, de Kenneth Branagh, cuando Denzel Washington interpretó sorpresivamente a Don Pedro, pero que siendo norma hoy, empieza a agitar las aguas en las que chapotean los opinólogos del fandom, un charco poco dado a matices o dudas razonables.

Como yo también me precio de poder opinar, señalaré que creo que esto puede interpretarse de dos formas: la primera hace referencia a la necesaria inclusión de personajes de distintas procedencias o raíces étnicas, que han sido ignorados o injustamente apartados del protagonismo cinematográfico por razones parecidas a las que lo han sido las mujeres.

He de decir que esta pretensión me parece loable, pero poco consistente con la profusión absurda que estamos viendo últimamente en Hollywood: no se trata de guiones originales, escritos para la ocasión, en los que por fin el personaje negro no sea siempre el comic relief o el primero en morir, o el chicano el delincuente habitual vinculado a las bandas y el narcotráfico; tampoco un legítimo interés en investigar la historia de los derechos civiles y sus vicisitudes, que necesariamente otorgarían un merecido protagonismo a los olvidados del cine estadounidense, como sucediera en las clásicas Matar a un ruiseñor, Arde Mississippi, Haz lo que debas o en las más recientes Green book, Judas y el mesías negro y hasta Déjame salir.

No; se trata de historias clásicas, de mitos universales reescritos para que cuadren con la nueva visión utópica de un mundo multicolor.

Creo, más bien, que tal política responde a una inconfesada y quizá inconsciente exhibición de superioridad moral de los biempensantes patrocinadores culturales de Norteamérica y a la idea de que la cinematografía, vía ingeniería social, pueda tener un carácter edificante: el hecho de que su sociedad sea feliz, aunque imperfectamente multirracial, parece ser la excusa para, por un lado, contentar a los innumerables clientes de etnias diversas que quieren verse representados protagónicamente en las pantallas, y por el otro, para patrocinar y exportar este modelo como ejemplo de arcadia cívica al resto del mundo.

Si la historia no se pliega a nuestro modelo, cambiemos la historia, parecen decir: si Europa, y en menor medida Asia y África, nos han proporcionado los mitos fundacionales y las narraciones clásicas, nosotros las mejoraremos, adaptándolas a un modelo deseable de sociedad del que somos paradigma: es bien sabido que una civilización se conoce y reconoce en sus mitos, así que pongamos a un Aquiles afroamericano, a una Ana Bolena de piel de ébano y a un Heimdallr (hijo de Odín y nueve mujeres gigantes, no me pregunten cómo es posible esto) interpretado por Idris Elba.

Ruido ideológico aparte, creo que pocos son capaces de ver que esta supuesta inclusión es en realidad un perfecto ejercicio etnocéntrico. Queda reforzada esta conclusión cuando constatamos la paradoja de que toda producción que no sea «inclusiva» quedará excluida —si no resulta directamente cancelada—, de la fiesta de la cinematografía hollywoodiense.

Todo esto no tendría en principio nada de malo, si nuestro pensamiento no fuera, con carácter general, fuertemente dicotómico: a lo deseable se suele oponer simétrica e inconscientemente lo infame, y queda claro que la representación fílmica de una sociedad en exclusiva blanca y europea es considerada —últimamente— como epítome del mal. Esto es lo que de verdad preocupa de una moda que realmente no tendría por qué ser más que un ejercicio de moral frívola y autoculpable.   

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Para gustos, los colores

Porque no es, desde luego, la primera vez que Hollywood —o cualquier otra tradición cinematográfica, como las producciones de la UFA en el periodo alemán de entreguerras, el cine soviético o las películas de Sáenz de Heredia y nuestro NO-DO, no nos pongamos exquisitos— intenta imponer agendas morales o sociales, señalando a su vez a los enemigos de la civilización.

Sin necesidad de recurrir a los consabidos Código Hays o al Macartismo y la caza de brujas, no hace mucho tiempo el puritanismo conservador hizo que, en Troya, de Wolfgang Petersen, Patroclo fuese presentado como primo de Aquiles, cuando todo el mundo mínimamente familiarizado con la epopeya homérica sabe que eran amantes. Por aquel no tan lejano ¡2004!, la sodomía, aun más soslayada que mostrada, todavía se consideraba un acto contra natura poco digno de ser siquiera sugerida. Sin duda pocos valientes como Kubrick, en Espartaco, se atrevían a hacer metáforas y caracoleos con tal tema.

Y ya que hablamos de esto, no dejemos de señalar que gran parte de los peplum de los años cincuenta y sesenta presentaban a la familia romana como la típica americana: blanca, anglosajona y protestante.

El blanqueamiento de personajes, igual que el ennegrecimiento de caras, también es típico de épocas infaustas de Hollywood: Laurence Olivier, Angelina Jolie o Joseph Fiennes han interpretado a personajes que en realidad eran negros. Dejo al buen entender de los lectores el constatar si este mecanismo responde a la misma idea que la de la inclusión, o es una cuestión fundamentalmente distinta: cálculos comerciales o puro racismo que consideraba a los afroamericanos incapaces de interpretar con solvencia un papel, pueden ser dos puntos de partida interesantes para evaluar este fenómeno.

Tampoco es la primera vez que los norteamericanos reescriben falazmente la historia: la película U-571, de Jonathan Mostow, pretende que el submarino alemán y la máquina enigma que albergaba fueron capturados por estadounidenses, cuando en realidad fue una hazaña de la marina británica.

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Sobre si tales infundios tienen algún efecto real sobre el público, es algo largamente discutido que excede las pretensiones de este editorial... pero no me resisto a señalar que mientras en los años cincuenta la mayor parte de la población mundial otorgaba los laureles de la victoria contra los nazis a la Unión Soviética  —que sacrificó más de veintitrés millones de jóvenes—, hoy día casi todos creen que los principales protagonistas de desembarco de Normandía fueron los que llevaron el peso de la guerra en Europa. Me pregunto si Hollywood habrá tenido algo que ver en este cambio de percepción generacional.

Lo cierto es que este vaivén programático excita los ánimos de progresistas y conservadores a lo largo de las diversas épocas: la reacción desmedida a todo lo que suena inclusivo es ahora elemento común en los foros de debate, del mismo modo que el escándalo farisaico por la impúdica exhibición de costumbres sexuales «desviadas» lo era hace unos años. Hay quien dice que esta polarización no es sino una burda estrategia comercial: que vean tus películas y series y hablen de ti, aunque sea mal.

Cálmense todos un poco, por favor: el río revuelto solo favorece a los pescadores.

Tiempo habrá, de aquí a unos años, para que acabemos por considerar tan ridículo el antiguo puritanismo y la hegemonía protagónica de los blancos, como la contemporánea inclusividad a toda costa de ciudadanía étnica o sexualmente diversa.

Lo que no podemos saber es en qué nueva moda idiota estaremos metidos entonces.

Escribe Ángel Vallejo

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