Editorial diciembre 2022

  31 Diciembre 2022

Pasar a la Historia

diciembre-sin-novedad-en-frente-0Acaba el año 2022, uno de los peores de los que tendremos recuerdo en los próximos años, por haber sido el del inicio de una guerra, la de Ucrania, cuya intensidad y magnitud sobrecogen al viejo y castigado continente europeo, que se creía a salvo de la misma crueldad que azotó Irak o Siria pocos años antes.

No se atisba un final para el conflicto, y poco parece que puedan querer aprender de la historia los patrocinadores de la barbarie: el estancamiento de los frentes recuerda cada vez más a la centenaria Gran Guerra, de cuya absurda ignominia se ha hecho eco hace poco una magnífica película, Sin novedad en el frente, de Edward Berger, que reinterpreta sin tergiversar el clásico literario de Erich María Remarque.

La verdad de sus páginas —y sus fotogramas, también elaborados por Lewis Milestone en 1930 y por Delbert Mann en 1979— contrasta con las engoladas voces de quienes hablan de sí mismos como lo hacen los iluminados: estos pretenden pasar a la historia glosando sus actos, ignorando que será la propia historia quien decida dónde, cómo y por qué grabarlos a fuego, o simplemente convertirlos en un irrespirable humo denso y pestilente en sus páginas.

Sobreactúan sin darse cuenta de que con su egocentrismo, arrastran a propios y ajenos a los abismos de un pasado que se empeñan en desenterrar, ya sea reavivando viejos rencores o arcadias míticas, ya bombardeando mercados y hospitales. Parecen vivir fuera de su siglo y anhelar tiempos oscuros en los que su escasa y mortecina luz destaque. Ignoran seguramente —o les da exactamente igual—, que de lo que se trata es de procurar que la oscuridad no avance, no de invocarla para después combatirla, enfrentándonos a todos en el proceso.

Entre estas gentes abundan los creyentes en el destino manifiesto y los salvapatrias de distinto pelaje. Un reciente ejemplo cinematográfico —Argentina 1985, de Santiago Mitre— muestra cómo se las gastaban semejantes individuos: investidos de autoridad militar, estaban seguros de su impunidad, sin llegar a pensar que los poderes civiles pudieran siquiera toserles. El golpe de realidad que recibieron de unas instituciones blindadas por la voluntad de unas pocas personas verdaderamente heroicas, dispuestas a resistir las bien asentadas costumbres reaccionarias, acabó por hacerles ver cuál era su verdadero lugar en la historia. 

Pero no hace falta remontarse hasta los lejanos ochenta para tener noticias de algunos de estos fantoches: últimamente, desde el potentado Trump —a quien hace poco se le ha acusado de asaltar el Congreso por persona interpuesta— hasta el agricultor, maestro —y a la sazón presidente del Perú— Pedro Castillo, reo de rebelión por autogolpe de estado, se han empeñado en pasar a la historia por la vía de los hechos.

Salvando las distancias, algo parecen tener en común ambos individuos: un populismo naíf, un gusto dudoso por los sombreros autóctonos —ya sean gorras de béisbol o chotanos de paja— y una escasa confianza en las instituciones que deben controlarlos.

Naturalmente, al otro lado del charco no estamos a salvo de tales tentaciones: la duradera polémica sobre la renovación de los distintos órganos judiciales ha enfrentado a los dos bloques políticos dominantes en nuestro país, hasta el punto de que ambos se han acusado mutuamente de golpistas y antidemócratas. A fe mía que ninguno puede hacer valer su integridad con la cabeza bien alta: La clase política de este país lleva años en franca decadencia, y con la misma falta de respeto y confianza en su valor que los generales ochenteros y los golpistas posmodernos, hacen decaer también nuestras instituciones en sus manos.

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Ya los personajes de Ethan Hawke y Julie Delpy lo dijeron en Antes del amanecer: aquellos que poseen la altura ética para dedicarse a gobernar no suelen querer hacerlo, y los que tienen una decidida voluntad de mando no suelen destacar por tener esa altura.

No seremos nosotros quienes digan que no hay políticos dignos, pero no dejemos de señalar a —y guardarnos de— los que hacen política solamente para pasar a la historia.

A rey muerto, rey puesto

2022 ha sido un año especialmente balompédico; el mundial de fútbol de Qatar, que acabó por ganar Argentina, coronó a Lionel Messi como uno de los grandes de la historia de este deporte junto a Pelé, Di Stéfano, Maradona, Beckenbauer o Cruyff. La cosa no pasaría de ser anecdótica si no fuera porque en el mismo año que Messi entra, Pelé sale. En efecto, hace pocas horas que O Rei nos ha dejado tras una larga enfermedad.

El brasileño fue indiscutidamente coronado como el mejor futbolista del siglo XX, habiendo ganado tres copas mundiales. Messi no se le puede comparar en esto, y tampoco en lo que realmente nos interesa: siempre afirmó Pelé que de no haber sido futbolista le habría encantado ser cineasta, y no puede decirse que no lo fuera: protagonizó una película dirigida por John Huston —Evasión o victoria, en 1981— y otra con el director irlandés como compañero de reparto —Once más uno, de 1983—, pero ya antes había sido la estrella en A marcha, de Osvaldo Sampaio, en 1972. Además, fue productor ejecutivo de su propio biopic: Pelé, el nacimiento de una leyenda, de 2016.

En total, entre papeles protagónicos, cameos y producciones, el nombre del astro brasileño apareció nada menos que en once películas y una serie de televisión, algo que la Pulga atómica parece lejos de conseguir, aunque viva cien años. Y es que el carisma es algo que, además del talento futbolístico, Pelé poseía de sobra. Eso le ha ayudado a pasar a la historia por algo más que patear un balón.

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Cien años no es nada

El pasado 24 de diciembre, se conmemoró el nacimiento del animal más bello del mundo. Alguien divino tuvo por fuerza que nacer en esa fecha, y lo hizo hace cien años. Alguien que pasó a la historia por méritos propios, dejando una huella imborrable en la historia de la cinematografía por su versatilidad, pero también por escribir capítulos con nombre propio en los anales del hedonismo.

Para quien quiera conocer la vida de Ava Gardner en nuestro país —donde residió durante trece años—, puede verse la serie de Paco León Arde Madrid. Para quien quiera saber por qué vale la pena celebrar su centenario y por qué Gardner sí merece pasar a la historia, basta con visionar, si no todas, al menos alguna de sus películas: Melodías de Broadway, de Vincente Minnelli; Mogambo, de John Ford; La condesa descalza, de Joseph L. Mankiewicz, o La noche de la iguana, de John Huston, son buenos ejemplos… pero si queremos continuar con el actualísimo leitmotiv mencionado más arriba —salvapatrias y guerra— , quizá la mejor película sea Siete días de mayo, de John Frankenheimer.

Los próximos cien años

Las catástrofes ecológicas, desde luego, no van a la zaga de las bélicas y las políticas: en EE. UU. padecen una sequía que según se dice no se ha producido desde hace siglos —y hablamos de agua, por supuesto, no de creatividad cinematográfica, aunque nunca se sabe— y que no parece vaya a remitir próximamente. Ahora mismo sufren con Elliot, una borrasca que ha dejado temperaturas de hasta 50º bajo cero en el norte, y ha situado cerca del punto de congelación a la subtropical Florida.

Mientras tanto en Valencia «disfrutamos» de navidades con 23 grados sobre cero.

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El tiempo está verdaderamente loco, y quizá por eso la conciencia ecológica parece haberse apoderado de las pantallas estadounidenses. Desde aquella lejana El día de mañana, de Roland Emmerich, la autoculpabilidad se ha ido abriendo paso hasta 2022, a medida que asumimos que el cambio climático puede tener que ver con nuestras actuaciones.

Y digo esto porque tal conciencia parece reflejarse en las aguas de la nueva entrega de Avatar, que ahora recorre los mares de Pandora. Se dice que la espectacularidad del filme —algo a lo que Cameron nos tiene acostumbrados— produce también cierto desasosiego entre los espectadores: es tal la belleza de los paisajes, que muchos se deprimen al despojarse de sus gafas 3D y despertar en su fea realidad.

Eso indica varias cosas: la primera es que somos cada vez más dados a las patologías insulsas, típicas de sociedades acomodadas sin problemas acuciantes como la guerra o el hambre. Pero también que desconocemos la belleza real de nuestro propio planeta, quizá por la imposibilidad —material o imaginativa— de escapar de las fronteras de lo cotidiano.

Pero, sobre todo, que el poder de sugestión y el sentido de la maravilla de la cinematografía sigue siendo amplio: nadie dice que las producciones de Cameron —que ha pasado a la historia por taquillazos e innovaciones técnicas como las de Terminator, Titanic o la anterior entrega de Avatar— tengan por qué ser obras maestras, o ni siquiera buenas películas; pero sin duda el norteamericano muestra uno de los caminos —el espectáculo puro— por los cuales el cine puede todavía salvarse.

El otro debe ser el de las películas verdaderamente interesantes, bien escritas y construidas: ese tipo de cine por el que aboga Scorsese y que no tiene que ver con superhéroes o remakes de clásicos en live action.

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Si antes hemos hablado del efectismo huero de Emmerich —con su Día de mañana y su 2012— justo sería reconocer que la reciente obra de Cameron quizá deba aprender más de la magnífica Princesa Mononoke de Miyazakique de la Pocahontas de Disney. Si hay algo que se acerque al deseado equilibrio entre el sentido de la maravilla y los buenos guiones, son las películas de Ghibli, y estas no eluden tampoco ninguno de los candentes temas de la actualidad.

Pero dejando a un lado comparaciones odiosas, puede decirse que Avatar rinde todavía una nueva idea que no por conocida —también forma parte del núcleo duro de las películas de Miyazaki— es menos interesante: la juventud es el futuro y ella deberá tomar pronto el mando sobre los destinos de nuestro planeta.

La cuestión es si podemos enseñarle a esta juventud algo sobre la política, la guerra, la naturaleza, la historia y, en una palabra, la vida. 

Para ello, quizá lo mejor sea consensuar programas educativos y leyes duraderas que no lleven el nombre de sus patrocinadores —en un intento absurdo de pasar a la historia de un modo tan ridículo como efímero—, y cuyas aportaciones no sean —como el cine de Emmerich— nada más que efectismo y vacua escolástica.

Pero sobre todo esa enseñanza podría consistir en fomentar —cuando no recuperar— las aportaciones de nuestros mejores cronistas: los cineastas que con sus obras dejan un verdadero poso en la historia simplemente contando buenas historias

Escribe Ángel Vallejo

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