El bar (2017), de Álex de la Iglesia

  11 Diciembre 2022

El bar como imago mundi

el-bar-0La película tiene un brillante arranque que es tal vez lo mejor, lo más kafkiano y digno de la intriga que la obra puede pretender. Elena, una bonita mujer, una pija en toda regla (Blanca Suárez, sensacional) camina por las calles de Madrid mientras habla por su móvil con una amiga a la que cuenta que va a tener una cita a ciegas y que espera que le vaya bien.

Luego un hombre habla por su móvil y parece que intenta cerrar un negocio. A continuación, unos policías levantan a un indigente que dormía entre unos cartones (Jaime Ordóñez, muy bien), el cual entre aspavientos y enfado se levanta y se marcha del lugar renegando.

Después aparece una señora que está comprando frutas y verduras, parece que va a pagar, pero no, acaba por dejar fiada la compra y se queda con el dinero.

Volvemos a la joven que hablaba por el móvil, varias personas que luego veremos en escena pasan alrededor. Una mujer mayor le intenta vender romero para la suerte y le pide algo, pero ella no le da nada, por lo que la mujer la maldice y le grita amenazante que morirá envenenada. Ella, la chica, corta la llamada. Entra en un bar donde hay varias personas, y otras que entrarán al poco.

Nacho (un Mario Casas estupendo), hípster, joven y apuesto barbudo, toma Coca-Cola mientras escucha por los auriculares conectados a su móvil. Entra luego un hombre voluminoso tosiendo y va directo al baño. La chica pide un cargador de móvil a la señora Amparo, la que parece dueña del bar (la siniestra Terele Pávez, genial), entra en escena terciando el gracioso Secun de la Rosa desde dentro de la barra y mostrándole un manojo de cables de todo tipo; ahora llega un barrendero que habíamos visto antes fuera; luego aterriza el indigente muy alterado, al cual ya conocen, y la dueña lo calma.

Un hombre pide su tostada con tomate, que se está demorando. Entra la señora de las verduras directa a la máquina tragaperras, da la espalda a todos, no saluda (la polivalente Carmen Machi). El indigente manosea a la chica pija. El hombre que espera la tostada, desesperado por la tardanza, se marcha; sale, y nada más asomar al exterior recibe un disparo en la cabeza y cae mortalmente herido.

Los clientes del bar entran en pánico, observan la escena, están aterrorizados, en shock. No hay nadie en la calle. El barrendero quiere salir para atender al herido y no lo dejan, pero finalmente se abre paso, sale a la calle, se inclina ante la víctima abatida y no tarda en recibir otro certero disparo en la cabeza cayendo muerto también.

Un grupo de personas quedan atrapadas en ese bar, dejando al descubierto sus vacíos emocionales, justo cuando el caos se apodera de ellos.

A De la Iglesia, como él mismo ha declarado, le interesaba «arrojar a un grupo de seres humanos al interior de un espacio único y coreografiarlos». Para hacerlo no se anda por las ramas y, pasados cinco minutos de metraje, ya ha reunido una decena de personajes diversos en uno de esos establecimientos con tragaperras y pinchos de tortilla aceitosos. Ellos aún no lo saben, pero casi ninguna de esas personas volverá a pisar la calle.

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La imago bar

Hay como una especie de concepto en el imaginario colectivo sobre qué cosa es un bar. No un restaurante o una discoteca, sino un sencillo local de barrio. Esa imagen universal en nuestra cultura latina, a la que por eso la llamo imago, define mentalmente el bar como lugar donde hay cabida para todo tipo de personas. Con algo de falta de higiene, suelen tener la TV a todo trapo y a toda hora, hay máquinas tragaperras y se puede desde desayunar churros con café hasta tomar un trago o una cerveza con tapa de ensaladilla amarillenta y oxidada.

El bar de De la Iglesia es todo ello y como tal funciona. Como dice nuestro director, un bar no es solo el lugar al que te vas a tomar el café y el cruasán cada mañana. No, es mucho más que eso: «Un bar es un imago mundi, una especie de reproducción exacta del macrocosmos».

Dicho de otro modo, un universo. «En un bar tú entras, te sientas, y al lado tuyo puede haber un asesino, un director de banco, una persona que cambiará tu vida para siempre o alguien que en cuanto le mires te mata. Un bar es la vida». Además, todas las clases sociales están ahí representadas y con todas las consecuencias, en una reproducción exacta del cosmos.

Pero sigamos, en esta cinta De la Iglesia de nuevo comienza con lúcida intuición y muchas preguntas saltan por los aires como fuegos de artificio o pensamientos atropellados: ¿Y si un día nos quedamos atrapados en uno de esos rancios bares mañaneros? Porque cualquiera puede entrar en un bar que, en definitiva, es un lugar de paso. Pero ¿qué cosa puede ocurrir si hay un diluvio, un incendio, un asalto de maleantes, un desastre atómico, un francotirador apuntando a la puerta, o llega un enfermo con Covid 19 galopante última generación? O sea, ¿cómo actuaríamos si algo nos impidiera salir a la calle?

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A la espera

Lo que viene a continuación es el intento desaforado de pedir ayuda con los móviles, pero resulta que, o están descargados, o no hay cobertura. El indigente intenta salir, pero la dueña lo convence de que no lo haga. Por la TV no dicen nada (engañan). El indigente da asco y la señora de la máquina tragaperras se da cuenta, al mirar a la calle, que ya no están los cadáveres. Todo parece un mal sueño.

Lo que resta es que la todopoderosa televisión diga algo, que haya un comunicado oficial (pero nada, engañan); que alguien o algo envíe señales de ayuda, que alguien venga al rescate. A falta de noticias o pruebas del establishment, los clientes del bar no tardan mucho en empezar a culparse unos a otros.

Por la cosa de los nervios la chica del celular exclama que en realidad ella no frecuenta ese tipo de bares, con lo que la señora dueña se siente muy ofendida y le monta el pollo.

El barman empieza a desvariar, incluso insinúa que a los muertos los han abducido los extraterrestres, o que el gobierno está experimentando con ellos para ver cómo reaccionan en situaciones límite. Otro de los parroquianos refiere la posibilidad de que haya terroristas. Lo cual deriva en quitarle la mochila al de la barba y ver si dentro de ella hay algún artificio explosivo, pero lo que hay es un disco duro que acaban pisoteando con saña, incluida la chica pija.

Se señala también el maletín de otro hombre y un tercero, a la sazón expolicía (Joaquín Climent), acaba sacando una pistola. En una rápida maniobra, el indigente se lleva el maletín y entonando canciones religiosas se aferra a él. Maletín que es abierto ante las espantadas caras de los concurrentes que ven como de él sale ropa interior femenina. Un fetichista (Alejandro Awada) que queda al descubierto. Para su vergüenza y sonrojo, pero el mendigo ríe pícaramente.

Luego el capítulo del hombre en el baño cuya puerta abren de un disparo, un hombre que parece estar muriendo. La mujer ve una jeringa, luego observan un contingente policial en la calle y piden ayuda, pero los ignoran. Al poco, en la calle, prenden fuego a unos neumáticos de coche, provocando gran humareda. Por la TV se habla de potencial fuego en Madrid (siguen engañando).

Es el punto en que sale el hombre del baño, hinchado y los ojos lechosos y saltones a punto de estallar. Cae a plomo y muere, por una foto se sabe que es un militar que estuvo en África y que posiblemente se ha contagiado de un virus. Ahora, los del bar están más aterrorizados que nunca y piensan que las autoridades los ignoran y que van a morir.

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Contagio y segregación

Los más jóvenes se relacionan entre si y dialogan con el el expolicía y con el hombre fetichista. Buscan señales en el móvil. A renglón seguido y visto el semblante hinchado del intruso del baño, corre que vuela la idea de un contagioso virus y se produce en el bar la segregación entre quienes tocaron al muerto (enfermo) y quiénes no.

Los contagiados van al sótano (cada vez van más abajo), con un ataque de claustrofobia de la señora ludópata, y encuentran un desagüe, el mendigo intenta bajar por una alcantarilla por la que apenas cabe, locura total. Quién lo hubiera imaginado unos minutos antes.

Por momentos El bar vibra y va jugando con la intriga y el misterio, mientras somete al espectador a un excitado carrusel que se pasea entre la comedia, el misterio, la rechifla y sobre todo la impotencia. Incluso roza el volátil territorio de la metáfora, pues la situación evoca una potencial realidad, como que podría ser la de cualquiera de nosotros.

Los personajes empiezan a concretarse, a definirse, y nos podemos poner del lado de Mario Casas, quizá de Blanca Suárez, incluso del lado de Carmen Machi, o de Terele Pávez, dado el caso.

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Pero se tuerce la cosa

Finalmente se incendia el bar y todo queda destruido, menos la pistola, suben luego y el camarero dice que el miedo cambia a las personas, pero Mario dice que es el miedo el que nos muestra realmente cómo somos.

El indigente afirma que todos somos ratas y reza y clama cual falso profeta. Estas y otras situaciones nos recuerdan a la celebérrima y gran película de Luís Buñuel (salvando las diferencias) El ángel exterminador (1962). Atrapados todos, en el bar, en subterráneos y cloacas, nadie sale a la calle, a nadie se le ocurre abrir la puerta, recluidos debido a una «fuerza oculta» que les impide abandonar la clausura en que se encuentran.

Además, por el móvil del hombre que murió se enteran de que tenía varias dosis para el virus. El indigente se pone una de las dosis y hay un forcejeo. La ludópata coge las vacunas, pero estas caen a una pocilla. La chica cae al agua fecal y recupera las jeringas.

Todos bajan y Mario pelea con el indigente que tiene el arma; aparece Mario con el arma y se supone que el mendigo ha muerto. En diferentes pasos, Mario quiere matar a la ludópata, pero no puede. Finalmente, esta aparece muerta y reaparece el indigente, que mata al camarero, y todos huyen; por una escalera la chica, Mario casas y el indigente con una barra de hierro: ambos mueren. Ella se pone la vacuna, sale a la calle y pasea por la calle como ida y en paños menores, una mujer le da su abrigo, se cruza con el hombre de la cita a ciegas y así acaba la peli.

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Lo que no puede ser

No es de recibo que, transcurrido un primer tercio de película enérgico y provocador, ahora el caos fagocite toda la tensión y el juego psicológico en ciernes. Además, lo hace casi del tirón, por lo que toda progresión dramática acaba tirada por las cloacas, nunca mejor dicho.

De la Iglesia parece proponer un juego de selección-eliminación. La historia avanza para que al final sólo quede el más fuerte (darwinismo alexiano), el suertudo o quien gane en la pelea, pero apenas se da opción para que el espectador sienta alguna simpatía o empatía por alguno de los personajes. Y como es sabido, si no hay identificación, no hay tragedia. Más bien hay mucho ruido, y eso impide un desarrollo eficiente del drama en el interior o en los túneles del bar.

Confundidas las cosas, la cinta concluye en un errático sálvese-quién-pueda, en lo profundo de unas pestilentes alcantarillas. Tal vez habría sido mejor tantear y regular los afectos, para ofrecer un juego de estrategia más calculado. Por ejemplo, en un gradiente: un poco de decepción, luego algo de sorpresa y concluir con cierto nivelito de catarsis. Ello para que la cosa no parezca, como efectivamente parece, que sencillamente estamos ante un final errático e incluso arbitrario.

Además, no parece muy aleccionador un acto final en que los personajes clave se encuentren luchando en aguas fecales sin al menos una pizca de metáfora ética y épica, elemento de análisis o argumento mínimamente útil socialmente hablando.

O tal vez, como apunta Oti, estamos ante un cine, el de Álex de la Iglesia, que tiene un dejo de tebeo «y tanto las situaciones como los personajes encuentran su forma en el esbozo, lo bidimensional y la intención cómica dentro de la tragedia». Una idea muy interesante. Tal vez habría que visionar este cine en un «tono Bruguera».

Así y todo, estamos ante una película bien dirigida coralmente, con unos personajes que intentan sobrevivir en un momento crítico, humor negro, acontecimientos supuestamente terribles que hacen perder la cordura de los personajes, como pasa con el común de los ciudadanos, que intentan guardar las apariencias en una sociedad que los corrompe cada vez más y más.

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Algunas asociaciones generales

Cuando se visiona una película se pueden ver muchas cosas, cada cual las suyas. Esto depende de la propia experiencia de vida, de la cultura cinematográfica, de los intereses, depende también de los «heurísticos», o sea, esas taxonomías mentales que nos presiden a modo de reflejos condicionados o algoritmos de enfoque, y también influye la formación, las lecturas, los estudios o el oficio que tengamos.

Aunque este filme tiene sus limitaciones, sin embargo, desde mi manera de ver, entiendo que encierra una cantidad de reflexiones e ideas adyacentes que van pegadas a la película, a poco que sepamos mirar.

El bar, para empezar, es una metáfora de la vida. En la vida hay multitud de gente, tus vecinos, amigos, incluso familiares, a los cuales apenas has tratado, apenas conoces y lo peor: no te interesas en conocerlos ni en decirles «buenos días», porque vives centrado en tus asuntos, tus hijos, el trabajo, planificar las vacaciones, pequeñas ambiciones y otros asuntos más privados.

Pero puede ocurrir que un día, en el metro, en un bla bla car o en un bar entables una relación con un tipo que no conoces y que sin tú saberlo es un psicópata en toda regla o un santurrón, que de todo hay.

Luego está esa idea de que ¿quién no ha fantaseado alguna vez que nos ponen en una situación límite, de miedo, como en las películas? Y si así fuera, como en esta película, cada cual reaccionaría de una manera: huyendo, ejerciendo la violencia e incluso puede que con amor. Es impredecible. De la Iglesia no es muy optimista y por eso él mismo ha declarado que a esas miserias e impulsos malignos los ha querido vestir de comedia «graciosa», humor negro que sirve de escudo, a fin de aliviar lo tremendo que se oculta en las personas, como para no «agobiar», digamos.

Un humor porque el humor tamiza, alivia, como ocurre en el psicodrama de Jacobo Leví Moreno (padre de esta técnica), en la cual los pacientes, al representar en el escenario su drama y su propia neurosis, acaban riéndose de su conflicto y, a la postre, sanando (se le ha llamado al psicodrama la «terapia del buen humor»).

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Moreno decía que «el hombre enferma en sociedad y debe ser sanado en sociedad». Y esa sociedad mantiene diferentes vertientes del humor que sirven para sanar, como esas que surgen en conversaciones o en comentarios ingeniosos. Es el humor el que nos integra, nos facilita, nos relaja, nos protege. La peli hace uso de este recurso para exponer situaciones terribles en clave de sorna.

Por lo tanto, según lo veo, esta cinta es como la representación de una sesión de psicodrama, donde sus protagonistas ponen en común sus filias, fobias y tendencias más ocultas e improbables, pero con su vis cómica (que hay que saber captar); o sea, se cuentan y nos cuentan las ideas o sentimientos que pueden angustiar, tintado de sano humor noir.

Nos encontramos también con el capítulo del poder, un poder que cada vez disimula menos sus felonías y engaños, como cuando hacen humo tras el tiroteo para ocultar los crímenes como si de un incendio se tratara, lo cual sale en la TV, etc., y luego nadie sabe en realidad qué está pasando. ¡Ah! Y la policía aporreando («la violencia institucionalizada», que decía Marcuse). Es decir, los «manda» tratando a la gente como idiotas y sin perder el tiempo en circunloquios. El poder como una esfera muy por encima de los ciudadanos, que somos los «paganos» de la fiesta que en la peli, no sólo pagan, sino que son agredidos, engañados o marginados.

La cinta pone también sobre el tapete la falta de acuerdo entre las personas, porque la gente de hoy tiende a no quejarse de nada, aguanta lo indecible, no se une frente a la injusticia y permanece callada; y si agrede a alguien es a su prójimo inmediato, no a los gobernantes o a las fuerzas oficiales. De eso hay también mucho en El bar.

Desde luego, esta película es rica en evocaciones, a poco atento que se esté en su dimensión alegórica, o sea, saliendo del cúmulo de personajes, desavenencias y locuras mil, a mí se me ocurre que la película habla de nosotros, de cada uno, de nuestras rencillas con el hermano, con el vecino, con los demás en general.

Asociaciones intelectualizadas

Ahora me permito, no por afán ni deseo de ser pedante sino porque es así como me ha ocurrido, que he asociado esta película con algunas ideas, premisas o maneras de enfoque conocidas por demás, pero que me han venido a la cabeza. Son estas:

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Asociación 1: Lobo es el hombre para el hombre

Lo primero que se me vino con relación a tanta truculencia y delirio es el dicho que Hobbes extrajo de la obra dramática Asinaria, del comediógrafo latino Plauto (250-184 a. C.), donde este afirmaba: «lobo es el hombre para el hombre» (lupus est homo homini).

La frase de Hobbes, en ese sentido, contiene el concepto del animal salvaje que el hombre lleva dentro, siendo capaz de realizar grandes atrocidades y barbaridades contra pares de su propia especie, contra su prójimo. Lo cual es evidente en esta peli. Como que nuestros enemigos potenciales son nuestros allegados y demás congéneres que nos rodean. Y yo mismo, cada uno de nosotros, somos de terror con muchas de las cosas que hacemos frente a los demás y que luego justificamos, pues decimos, por ejemplo, que son para conseguir cosas que yo quiero hacer, o para salvaguardar a mi familia, etc. Y nos engañamos, pero como vamos de guay y de buenos, pues cuela, sobre todo para uno mismo.

E igual lo que hago es manipular, conseguir beneficio a costa de terceros. Porque eso que llamamos normalidad es un montaje social artificial que hace la vida soportable. Pero por lo bajo hay un subsuelo sucio y enfangado como el del bar, que nos aterra descubrir, pero que a poco que se rasca, sale. Como ocurre en los personajes de la peli, cuando se ponen en situaciones límite, de supervivencia, de vida o muerte, sale lo genuino e incluso maligno de cada uno.

De la Iglesia dice que hay dos tipos de personas: los que se preocupan por el colectivo y procuran buscar una solución común y los que procuran salvarse a sí mismos, lo cual es el comienzo del terror en la vida, a cualquier nivel. Porque veamos, lo que lo que descuella y salta a la vista es el peligro, la fragilidad, la muerte, algo de lo que no queremos hablar pero que es.

Hay muchas maneras de peligro que nos ponen en riesgo: el terrorismo, los crímenes e incluso el hurto o la estafa. En suma, la cercanía de la muerte es algo que eludimos. Hay una bonita letra del folklore argentino, de Benjo Cruz, un cantor muy desconocido que dice: «voy a cantar esta copla por si acaso muera yo, porque nosotros los hombres, hoy somos, mañana no».

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Asociación 2: El infierno son los demás

Porque como vemos en la película, el infierno está en un bar a las 9 de la mañana, sí, es la cercanía del horror, y ese horror está presente en el mendigo airado, en el hombre con pistola, etc.

Cada día el horror se evidencia en cómo tratamos a los colegas, a los compañeros, a la familia. Todo esto me lleva asociar esta obra con el escritor francés Jean-Paul Sartre, que acuñó en su pieza teatral A puerta cerrada (1944) una frase desoladora y terrible: «El infierno son los demás».

Ese decir que «el infierno son los otros» alude a una naturaleza que habita en nosotros y que es inmanejable, que no comprendemos, que no dominamos, donde afloran tendencias con capacidad para desestabilizarnos y para cuestionar nuestra visión cotidiana y nuestro proyecto de mundo. O sea, Sartre apela a la dificultad de la trascendencia en los demás, porque en la convivencia con los otros corremos el riesgo de quedar a su merced, de alguna manera.

Así, al modo de los personajes del bar, el infierno es vivido por el tormento que inflige la mirada de los que están allí, la distancia interpersonal que a veces es casi inexistente y provocativa, el entrometimiento omnipresente, el tratar al otro como intruso de riesgo. En fin, todo lo que se actualiza en la convivencia, en el trato, en el devenir diario, donde se reedita el duelo o una manera de combate para someter al «otro».

El filósofo Vicente Fantone escribió: «Cuando cruzo mi mirada con otro, entablo con él un duelo; y si lo obligo a bajar la vista y entregarse como cosa bajo mi mirada, habré conseguido que deje de mirarme y de convertirme en cosa; yo seré su infierno, y no él el mío». Pues de eso hay también bastante el filme.

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Asociación 3: La agresividad como instinto básico

Nadie negará que nuestra película es bastante violenta por donde se la mire. Hete aquí que la psicología, en contrapartida con la noble tendencia al concierto y la afiliación que preside a los grupos humanos (que la hay, claro), en oposición a esta tendencia ha estudiado igualmente el potencial hostil, disgregante y destructor de las personas. De hecho, hay constancia de cuán excepcional es la existencia de grupos o comunidades no violentas, capaces de adaptarse a su entorno sin violencia, de forma saludable y productiva (podrían ser algunos conventos monásticos, verbigracia).

Esta tendencia al ejercicio de la fuerza para ofender o perjudicar ha hecho que estudiosos como Storr (1969) hayan señalado que en la naturaleza «no se da otro caso igual de trato brutal hacia los propios semejantes como en el hombre; el hombre es la especie más cruel y sin piedad de cuantas pueblan la Tierra». Sigmund Freud también defendió la tendencia a la agresividad como «una disposición instintiva innata y autónoma del ser humano».

Para el psicoanálisis freudiano, además del instinto de Vida o Eros (que tiende a conservar la vida), existe su antagonista o instinto de Muerte (Thanatos), del que la violencia agresión, sería su representante. También es sabido que para Freud las previsiones sobre el futuro de la humanidad no son nada halagüeñas. En absoluto consideraba al ser humano como «una criatura tierna y necesitada de amor que sólo osaría defenderse si se le atacara, es, por el contrario, un ser entre cuyas disposiciones instintivas debe incluirse una buena porción de agresividad».

Desde una consideración como la freudiana, la agresividad se autogenera de forma endógena y las personas no somos educables para el control de la agresividad, prueba de este extremo es la eterna presencia de guerras y confrontaciones. Prueba alegórica al menos es esta película.

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Asociación 4: Aglomeraciones

Cuando aumenta de forma significada, como en el bar de esta película, el número de personas por metro cuadrado, suele aumentar el recelo, la paranoia y la disposición a la violencia. Lo cual han demostrado sobradamente los etólogos (estudiosos del comportamiento animal) y otros científicos (es sabido que la agresión se dispara en los animales en hábitats reducidos como una jaula).

En este filme, además de otros precipitantes, en los protagonistas encerrados en un espacio limitado se produce todo tipo de dudas y suspicacias como la posibilidad de que haya un terrorista, el contagio por parte de otros, etc. Es decir, aumenta el egoísmo del sálvese quien pueda, el miedo a nosotros mismos, que es también un coadyuvante que favorece el enfrentamiento y el ataque.

Habría para más, pero en algún renglón debo poner un punto final. Lo que sí digo es que la película, sin ser brillante ni excelente como cine, sí lo es por su poder evocador, como espero haber demostrado.

Desearía no haber cansado mucho ni producido hartazgo en quien haya leído este escrito, lo cual, de ser así, es otra forma de agresividad.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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