El cuarto pasajero (2022), de Álex de la Iglesia

  13 Diciembre 2022

Sueño, frenesí, risa y terror

el-cuarto-pasajero-0Las películas de Álex de la Iglesia siempre tienen gran carga de humor, porque el humor criba, limpia de impurezas y hace que toleremos mejor lo muy dramático o lo solemne. Suele ser humor negro teñido de ciertos grados de pavor.

Pero, como ocurre con esta obra, De la Iglesia gana y cae mejor y entretiene más e incluso hacer pensar mejor cuando va más allá de la mera negritud, de una visión tenebrosa y oscura, para mirar hacia la condición humana en forma de comedia; es entonces cuando aflora su lado más divertido. Este es el caso de esta película.

Tiene la historia y sus avatares que parecen traídos del ultra cosmos, de las partes más elevadas y libres de nuestro psiquismo, de los sueños. O por decir mejor, parece sacada de un sueño turbulento con imágenes, escenas, contenidos, elementos, personajes raritos, bizarros, una trama que, aunque plausible, deviene poco a poco en algo inverosímil. Hay amor, hay peleas, ira, persecuciones, afanes, anhelos, seres que mutan, escenarios inconcebibles y conclusiones brutales.

Incluso puede uno tener la sensación de estar viviendo una alucinación y que el relato estuviera compuesto de partes traídas de lo más profundo e inverosímil, de una experiencia alucinatoria, pues no otra cosa son las imágenes y vivencias del soñar. Esta es una mis asociaciones principales sobre este filme.

Aunque, a decir verdad, el cine de Álex de la Iglesia es muy propicio para las asociaciones de todo tipo. En mi caso, esta película me aprovechó más y mejor después de verla que durante el visionado. Porque, eso sí, puedo asegurar que no es peli que se olvide. No. Se recuerda. Incluso cuando dormimos, el soñar la reinterpreta de forma caprichosa.

Porque veamos, cuando soñamos, lo que vemos, oímos, olemos o palpamos lo hacemos como si fuera real la cosa. ¿O no? Hay un gran sentido de realidad. Pues con estas mismas trazas, un inusitado y excesivo —como es su estilo habitual— De la Iglesia, nos va contando un cuento que gusta, por un lado; da mucho miedo, por otro; también inquieta y enamora; no nos perdemos ripio, o sea, mantenemos la atención todo el tiempo que dura el metraje; ¡ah! y a la vez divierte.

Es como si estuviéramos viendo y viviendo una historia insólita. Humor también hay. No olvidemos que en los sueños se ríe a veces con muchas ganas, sin que luego recordemos o comprendamos muy bien la causa de tanta gracia. Pues de esto hay también.

O sea que el filme parece enteramente fruto de una ensoñación donde los personajes y situaciones van y vienen con fluidez, en ocasiones con frenesí, los partícipes en el relato se entremezclan inopinadamente y cuando menos se piensa. Finalmente, como ocurre tantas veces antes de antes de despertar, asoma el amor y lo hace con ganas, con ímpetu y, sobre todo al final, de manera definitiva y bestial.

Sí, porque hay formas y maneras, las que más resultan y vienen que ni pintiparadas en tipos de cine como este, son las representaciones broncas y exaltadas, como que el mundo se fuera a acabar, pero no se acaba, continúa. Con Álex la cosa sigue sin fin, pero cuidado que vienen curvas.

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La modalidad estrafalaria de compartir coche

Compartir coche es una artificialidad que está muy de moda. Personas que muchas veces ni se conocen se introducen en un espacio vital mínimo e íntimo que se ve comprometido durante horas por gente extraña que no sabe cómo romper el silencio para hablar de temas y asuntos de lo más rocambolescos y en no pocas ocasiones tópicos (el tiempo, etc.) o estúpidos.

En esta cinta cuatro personas enlatadas en algo más de dos metros cuadrados están ahí, codo con codo, obligadas a mantener una posición corporal que impide mirarse a los ojos, forzados, como digo, a conversar, incluso sin ganas de hablar y sobre todo con unas normas de convivencia determinadas, que por lo común no son compartidas por todos los viajeros.

Por supuesto, cada uno de su padre y de su madre. Se dan también en estas situaciones particularidades y detalles que tienen su importancia y que cada cual tiene los suyos: cómo huelen, si transpiran, si es pijo o facha, simpático o intratable, cordial o frío, ocurrente o zonzo, animado o depresivo, estable o histérico, etc.

El coche compartido es, como bien señala Medina, «una anomalía del capitalismo colaborativo». La definición, por exacta, no deja de tener su gracia.

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Cómo es la historia y la historieta

Inicialmente aparece un personaje que claramente espera ansiosamente un encuentro. Se trata de Julián (Alberto San Juan), un hombre maduro de cincuenta años, del cual sabremos que es divorciado y que tiene problemas económicos y de trabajo. Julián es uno de tantos que comparte su automóvil con gente desconocida por medio de una aplicación de móvil, pero su especialísimo interés es compartir su coche con la bonita Lorena (Blanca Suárez), una joven que viaja a menudo de Bilbao a Madrid, ida y vuelta, con él. Lorena no falta nunca a la cita mientras Julián babea cada vez que la ve aparecer.

Hace ya meses que Lorena tiene una plaza fija en el coche de Julián; también ocupa un lugar en el corazón de este hombre apuesto, estirado y convencional. De hecho, Julián quiere aprovechar el viaje que cuenta la historia para de una vez por todas y haciendo acopio de valor y mucho ensayo, poner las cartas boca arriba con ella, declarar su amor a Lorena y comprobar —ojalá que sí, piensa para sus adentros— que su amor puede tener recorrido, o sea, aceptado por la chica, que tenga visos del éxito, pues ella es una joven a la que lleva veinte años («que veinte años no es nada»).

Pero la cosa empieza a joderse cuando ve venir a los otros ocupantes que compartirán viaje. Incluye inopinadamente a un inquietante pasajero llamado Juan Carlos (Ernesto Alterio), cuya conducta, sorna, cara de cemento armado y etcétera provocará un radical cambio en el rumbo de los acontecimientos, con episodios insólitos, extravagantes, intolerables e incluso violentos.

El otro pasajero es Sergio, un joven atractivo (Rubén Cortada) que se ha colado en el lote, pues se ha hecho pasar por un familiar suyo que en el móvil parecía menos agraciado, pues él resulta ser un buen mozo, un potencial rival, un entrometido que ha engañado con su apariencia, lo cual suscita los celos de Julián, pues para colmo se sienta atrás junto a Lorena: ¡vaya inconveniente! Julián no contaba con un guaperas al lado de su amor y tampoco había imaginado que delante y casi por imperativo se ha colocado el tipo más incordio nunca conocido.

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En definitiva, la peli va de cuatro personas muy diferentes, todos juntos en el flamante coche de Julián, con el propósito de compartir los gastos de la gasolina, plan Bla bla car, de Bilbao a Madrid pasando por Álava y más sitios y un intenso romance que late en el corazón del dueño del automóvil.

Tenemos así a Julián como alto ejecutivo que pone el coche y su porte de hombre formal (y ocultamente enamorado); Sergio que es un joven bien parecido, puesto en artes marciales y macrobiótico; una Lorena sonriente, reluciente y encantadora; y lo mejor/peor, según se mire, Juan Carlos, un tipo que redefine, transgrede, desborda y se salta los límites.

O podría decirse que es la historia de un coche compartido que hace aflorar aspectos poco saludables de los viajeros: la ira reprimida de un «pringado» pegado a una chica guapa que no cree tener ninguna posibilidad de ligársela, pero que está acechando por si cae algo, o sea, un pagafantas; la egolatría y la sinvergonzonería de un buscavidas; la cobardía hipócrita de un guaperas; y la chica que incluso se puede salvar como la heroína de una comedia romántica y salvaje.

Sobrevolando, una serie de personajes que en nada ayudan, más bien resultan peligrosos y mal encarados, como los guardias civiles de tráfico, los dueños de un hotel donde paran unos minutos o el público que encuentran en una gasolinera.

Conforme avanza la road movie, el cuento se va abriendo al exterior e incorporando a personajes estrafalarios —genial Carlos Areces en su personaje reservado e impasible— y situaciones extraordinarias e incluso fantásticas que concluyen en una huida enredada y angustiosa de cuanto se ha ido sembrando en el curso de los acontecimientos y que se resuelve en un remoquete y en una explosión sideral.

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Película ligera y onírica

La película se desplaza dejándose llevar sin falsos decoros. Cada cual, dentro de sus desdichas, sus dudas y sus secretos más íntimos y recónditos. Los cuatro pasajeros, los cuatro personajes, hacen lo que pueden por huir, tanto del coche que los transporta, como también de ellos mismos.

Es una obra veloz y ligera en todo sentido, a veces a velocidad vertiginosa. Además, apenas empezar ya conocemos casi todos los detalles esenciales de los cuatro ocupantes del coche e incluso sus intenciones. También intuimos inclinaciones aviesas y poco recomendables, algunas de ellas.

Pero lo llamativo de este filme es que hay una extraña y pegajosa fuerza (onírica de nuevo) que les va devolviendo una y otra vez al punto de partida. O sea, no pueden salir del coche por la misma razón que tampoco pueden dejar de ser quienes desearían ser o desearían no ser. No pueden escapar del vehículo ni de sí mismos Una posición donde pienso que más de un espectador se encontrará, razón suprema para no despegar el culo de la butaca.

Esta cinta me ha recordado a Jo, qué noche (1985) de Scorsese: una historia igualmente loca e increíble, que va en un crescendo continúo, en zozobra constante, en angustia permanente.

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En El cuarto pasajero hay secuencias tan desatinadas y están tan colocadas en el guion de Jorge Guerricaechevarría y De la Iglesia, que por momentos desearíamos despertar y sentir alivio y otras sensaciones dulces, o sea, salir del relato y de sus derivaciones de pesadilla. Pues ¿cuántas veces no nos hemos sentido aliviados al despertar y comprobar que la realidad es mucho más plácida que el mal sueño que estábamos teniendo?

La película también me ha recordado a Con quién viajas (2021), de Martín Cuervo, donde el delirio y la paranoia se disparan dentro también de un coche. Personajes que interpretan de manera fantástica y delirantes detalles, sobre todo del conductor, que incluso lleva a pensar a los pasajeros blablacar que es un asesino en serie.

A la vez, este film es un ascenso hacia el vacío que deviene en el anverso de una inopinada comedia romántica y hasta en una feliz reelaboración del cuento de Cortázar, La autopista del sur, llevado al cine por Luigi Comencini en su obra El gran atasco, 1979, solo que aquí, en vez de ser la autovía Roma-Nápoles, el monumental atasco es para entrar a Madrid.

Una especie de broma como cine de autor, en una película saturada de accidentes, gritos, giros sorpresa, acelerones y derrapes. Un atasco de lo más concurrido con escenas tan desatinadas y graciosas que por momentos te puede hasta doler el vientre de reír con las ocurrencias que el libreto le endosa a un Alterio que se sale de gran jeta y a la vez tranquilo y parsimonioso hasta en las situaciones más alocadas.

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Y es en este embotellamiento que no acaba y que podría evocar la imagen del detenimiento y el parón para siempre, de empantanamiento total, cuando la película se expande, crece, se reproduce e incluso, a un tris de morir, resucita. Cuando creíamos que ya no daba para más, en la recamara De la Iglesia nos tiene reservada la apoteosis final y definitiva.

Es sobre todo en esta parte tercera de la cinta cuando el filme se llena a rebosar de un humor ocurrente y creativo que provoca carcajadas por momentos, risas muy a menudo y dolor de mandíbula. Abandona De la Iglesia el deseo de parecer inteligente, para arrojarse al fangal de la locura total, al cenagal de la locura más intempestiva e inopinada.

En este punto la comedia pasa de metafísica a sencillamente física. Por ejemplo, hay una escena en la que Juan Carlos, durante el atasco, se introduce de polizón por la cara en un coche ajeno, donde obviamente no conoce a nadie, pero con su locuacidad y don de gentes no tarda en hacerse con las riendas de la situación, cae simpático a los viajeros, y al poco todos hablan entre ellos como si se conocieran de toda la vida, ríen, se besan y a pesar de todo el embrollo que hay fuera, ellos, los del coche, acaban cortando jamón de una manera tan natural y familiar, tan rara como memorable, tan cómica, tan inesperada y tan simpática que te apetecería estar ahí y coger una loncha de jamoncete con pan y pasarlo bien con todos esos personajes improvisados. Y las vértebras pueden doler de la risa.

Y llegará el final, los amantes se han confesado su amor, se quieren, no hay resquicio de duda, pero deben huir para no ser apresados por infringir tanta norma y por tanto dislate... Un final en el que todo explota en progresión felizmente geométrica.

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Reparto y cierre

El reparto es sensacional, con un muy acertado y eficiente San Juan como enamorado que no se rinde bajo ningún concepto, que insiste de manera pertinaz con altos y bajos en su ánimo, pero firme en su amor como un noray de amarre inconmovible. Blanca Suárez está, además de muy bonita, sensacional como muchacha rozando la treintena y decididamente enamorada, pero en silencio.

Alterio está fuera de órbita, en el mejor sentido, en un papel que es motor principal en la cinta, el típico caradura elevado al cubo, que siempre se sale con la suya, sin barreras ni límites a su egoísmo, con insólitas dotes de hechizo, persuasión y manipulación por sus rasgos psicopáticos. Un memorable trabajo como jeta de presumida alta alcurnia, sujeto que aturde y desquicia, que acaba resultando entrañable por la habilidad de salirse con la suya (tenemos el ejemplo en un San Juan, cuya resignación frente al indomable Alterio es núcleo principal del humor del filme).

Rubén Cortada, sensacional como joven apuesto y ducho en taekwondo, que incluso se ejercita en una alocada pelea en el marco del embotellamiento. Y actores de reparto que están inmensos, afines al equipo del director, necesarios para que el ritmo no decaiga, como Carlos Areces, Jaime Ordóñez, Carolo Ruiz, María Jesús Hoyos, Josep Maria Riera o Enrique Villén.

Hay cierto costumbrismo esperpéntico apoyado en el bien hacer y el encanto de los intérpretes, donde Alterio se lleva la palma. Situaciones realmente brillantes, cómicas y geniales, como para aplaudir sobre la marcha, como la escena en la tienda de la gasolinera que acaba en un todos contra todos y que escapan por los mismísimos pelos. También los encuentros con los de la benemérita que resultan espasmódicos y de romper diafragma de tanta risotada, incluso las contenidas; o las paradas en el atasco que vaya, aquí no hay playa.

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Hay en todas estas escenas de desenfreno, personajes plenos de drama, como el protagonista, un hombre mediocre y psicorrígido que debe sacar su animal interior para conseguir a su amada y defenderla frente a sinvergüenzas y dragones sociales que la quieren devorar. Y como respuesta general a todos los males, la rebelión, el desmán, la anarquía, la cosa de que a mí la chica no me la van a quitar.

Película muy divertida que no busca la sofisticación ni el barroquismo, sino que va directa al gag visual, a la situación absurda y rocambolesca, a la «construcción y deconstrucción del estereotipo» (Medina), a la totaler Wahnsinn, la total galskap, la totalne szaleństwo, sea, a la locura total o, como decía el maestro Peter Yang (DEP): «¡Qué viva la Pepa!».

Y un disparatado final que deviene deliciosamente absurdo, desmesura total, pomposamente grotesco, y como guinda, Alterio de nuevo en su salsa, todo lo cual es para nota y para pasar un rato muy bueno, risa y risotada incluida.

Un road trip sin duda pensado para los espectadores que estiman el lado más cómico y comercial del director, un De la Iglesia más fino, más pulido, menos grueso, más certero en dar en el centro de la diana, pero no Diana cazadora, sino con Diana la cazada. Amén.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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