Pacifiction (3)

  13 Septiembre 2022

Las ruinas de la inteligencia

pacifiction-0A lo largo de múltiples y amplias entrevistas (el estiaje informativo lo ha propiciado), Albert Serra ha desgranado una serie de boutades sobre esta su última creación (¿película?), en una suerte de rosario o panoplia sobre sus altas capacidades creativas, sobre su condición de excelso y aventajado y mohicano cineasta en un mundo en el que el cine agoniza; en un presente inmediato y vertiginoso en el que el arte no tiene cabida…, excepto en su obra.

Tal arrogancia o soberbia obviamente responde a una estrategia de captación, a una captatio benevolentiae que arremete contra la falsa humildad en aras de una intempestiva y nietzscheana provocación. Todo ello a partir de una renuncia o confesión íntima: el ínclito demiurgo se ha avenido a esculpir su filme más tradicional, ortodoxo, alejado de su anterior y experimental y arriesgada producción, que lo había convertido en una rara avis, en un solitario francotirador.

Pacifiction es otra vuelta de tuerca a su empeño vanguardista, tal y como el acrónimo del título ostenta (esa mezcla de Pacífico océano y ficción): que nadie espere encontrar una narración al uso, una renuncia al más acerado estilo serratino, ya que el director catalán utiliza su aparente renuncia a lo vanguardista como un cebo con el que tal vez pique algún incauto, pero ni mucho menos se desprende de su afán de enfant terrible.

En el entramado creador, Serra usa la narración (entendida como argumento de una historia) como un reclamo para deconstuirla, zarandearla, sacudirla y, de paso, acogotar al espectador. Si hasta ahora había subvertido el marco, la orilla por donde debería transcurrir la corriente narrativa, ahora se zambulle de lleno en dicho cauce, pero para problematizarlo, para socavarlo, para seguir insistiendo en la imposibilidad de un discurso prístino, claro, diáfano y transparente.

Y esa imposibilidad del decir en el fondo responde a la imposibilidad de aprehensión del absoluto, al fracaso del impulso romántico de cuya constatación dieron buena cuenta los autores realistas, un Flaubert que levantó acta novelística de esa incapacidad de alcanzar el cielo en un mundo cada vez más material, más pragmático y más mediocre. Solamente espíritus ilusos (Emma Bobary) albergarán en su imaginario infestado de literatura (mala, romántica, sentimentalista) el sueño de alcanzar la gloria, mientras que el realismo como movimiento estético certificará la derrota, muy a su pesar más íntimo, del ideario romántico.

Frederic Moreau, en La educación sentimental, contemplará los estragos del tiempo en el rostro ajado de su antiguo amor, la lucha imposible contra la realidad temporal y su deterioro inherente. Albert Serra, no obstante, opondrá un personaje inmenso en esta su pseudonarración al que dotará de una fuerza titánica para soportar los embates de la modernidad, la mediocridad omnímoda; le otorgará la lucidez racional, casi legal, de una mirada notarial (fría, ¿distante?) que testimoniará la destrucción de un paraíso, del paraíso perdido, cuya única posibilidad de restitución es a través de la palabra, de la imaginación, de la ficción.

Ese personaje será el comisionado francés de una isla de la Polinesia, territorio de pruebas y ensayos nucleares en tiempos remotos, interpretado por un gigantesco Benoît Magimel (el joven alumno con el que fornicaba su desesperación la Isabelle Huppert de La pianista, de Haneke, en un lejano 2001). Su presencia estructura la leve trama, sustentada a su vez sobre un Mcguffin de honda raigambre literaria. Este alto funcionario reinterpreta un nuevo capitán Ahab al acecho de su ballena-Leviatán moderno: un supuesto submarino nuclear francés que ha sido enviado a la zona para reemprender las pruebas nucleares.

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Este es el ardid con el que Serra sustenta un guion de dos horas y tres cuartos, ahí es nada, con sus puntos álgidos y sus desfallecimientos, pues ciento sesenta y cinco minutos son muchos minutos. Pues el comisionado es un político de raza que aspira a desempeñar con la mayor probidad (esa es la paradoja) su papel institucional.

Magimel consigue imprimir a su personaje las hechuras de ese traje blanco colonial que constantemente viste (a excepción de alguna secuencia), al modo de un patricio colonial, de un rico hacendado, de un patriarca poderoso que se preocupa por su grey, por el bienestar de ese pueblo polinesio que forma parte de Francia, de esa Francia colonial todavía existente, tan alejada de la metrópoli pero, sin embargo, padecedora de los mismos males: desidia, corrupción, hedonismo nihilista y… pureza inmaculada, paraíso perdido, aunque sea literariamente, a través de la mirada ahíta de un hombre blanco que en su cansancio es un epítome del derrumbe y agotamiento de toda una civilización —la nuestra—, en cuya mirada siempre tornasolada por sus lentes aún se atisba un resquicio de esperanza, de lucidez; cuyo constante diálogo, cuyas abundantes palabras no resultan verborrea, sino templada y acrisolada conciencia de la finitud, del acabamiento.

Una serie de largas secuencias engarzadas por la presencia del cándido —por su albina vestimenta, su toga colonial— comisionado (personaje tan querido a esos cónsules y expatriados británicos de Graham Greene. O que podría habitar entre los pliegues de las novelas de Simenon, en los territorios de ultramar) es el mecanismo con el que avanza lenta, muy lentamente esta tan tenue como densa, opaca narración, enmarcada por una naturaleza tan exuberante como bella, sin rasgos de preciosismo, apelando a una belleza austera, parca, realista, que ofrece sus mejores frutos a través de una perspectiva alejada, racional, digna de la mirada del comisionado que sabe distinguir perfectamente el heno de la paja.

Una especie de club nocturno regentado por un pétreo Sergi López (lacónico, prácticamente mudo), con el trillado nombre de Paradise Night, sirve de lugar de encuentro de las fuerzas vivas, de los poderes fácticos de la colonia. Allí es donde el almirante francés y parte de su tripulación desahogan sus pasiones: beber, bailar, estar con los y las esculturales camareros y camareras que sirven en el Club-Discoteca.

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El almirante es caracterizado como un ser grotesco, una caricatura física y funcionalmente, un ejemplo de esa Francia renuente a perder la antigua grandeur y capaz de renovar las pruebas nucleares aun a riesgo de causar la destrucción total. Un discurso apocalíptico de este almirante, en la proa de una lancha rápida, de regreso a su fantasmal embarcación; un discurso de tono profético y paranoico remedo o guiño al Kubrick de Doctor Strangelove (1964) clausura el filme, que no su sentido, cuando dicha lancha desaparece del encuadre en medio de un maravilloso amanecer polinesio.

La visita,  recepción, banquete y el agasajo de una célebre y oriunda escritora, en cuyo discurso de alabanza el comisionado realiza una encendida defensa de los valores de la Ilustración, de la razón, frente a tanto sentimentalismo dominante; la descripción de unas pruebas de surf en medio de unas gigantescas olas en las que parece que nos vayamos a sumergir junto con nuestro protagonista, quien en su labor de representante del gobierno francés no escamotea ocasión para ejercer sus dotes políticas, de servidor público para toda aquel a quien pueda ayudar o serle útil; una reunión política con las nuevas generaciones de indígenas, dispuestos a utilizar la violencia para boicotear las supuestas pruebas nucleares, ante quienes el comisionado muestra toda su autoridad y su poder dialéctico, pues más sabe el diablo por viejo que por diablo.

El descubrimiento de la supuesta conspiración alentada por un ebrio diplomático portugués con la ayuda de un supuesto espía norteamericano, en orden a la estrambótica correlación de intereses internacionales: la expansión rusa, china, la omnipresencia americana; su relación con una bella camarera del club nocturno, amante y confidente del que hace uso para extraer información (la camarera es un travestí, un guapo hombre; o quizá sea un símbolo más de lo híbrido, de esa fusión entre realidad y ficción que aletea por toda la pantalla, de manera oblicua, sutil); la supuesta inversión en un hotel abandonado y en ruinas, edificado sobre un territorio sagrado; esa excursión nocturna en busca del supuesto submarino o embarcación que ratifique sus temores sobre el recrudecimiento de lo nuclear, así como su constante contemplación del horizonte con unos prismáticos en busca de esa Moby Dick que puede destrozar su pequeño-gran paraíso.

Ese vuelo en avión que nos muestra la belleza de la isla sólo apreciada en todo su esplendor desde la distancia, hecho que propicia una reflexión sobre el punto de vista y la perspectiva de toda aplicación a la propia dinámica de la película; vuelo para visitar en otra isla a un amigo y candidato a alcalde, conversación en la que se extrapolan los entresijos del mecanismo político…, hasta llegar al discurso más famoso (y aventado publicitariamente), aquel en que se afirma «la Política es como una discoteca», afirmación que incardinada en la diégesis explicita el carácter de representación, de exhibición: la pista de baile como equivalencia de la pista política, a la que en mayor o menor medida todos salimos a bailar, por nuestro propio impulso o incitados por ese almirante francés que alberga aviesas intenciones y que incita a sus hombres a abandonar la barra para ocupar el centro de la pista.

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Esta secuencia responde a una fotografía metálica, a una textura distinta. Ahora, en la discoteca se agolpan todos los personajes que han discurrido en la trama, incluso el supuesto comisionado, desprovisto de su traje blanco y de sus gafas de sol, en medio de una atmósfera hipnótica, por irreal, o tal vez onírica, con el explícito cometido de recabar nuestra atención.

La secuencia final remite a la inicial (a excepción de una panorámica prólogo de un puerto en cuyas instalaciones se acumulan una cantidad ingente de contenedores: sí, el comercio mundial, la globalización, la explotación colonial sigue por otras vías…): el almirante y su pequeña patrulla, a quienes habíamos visto desembarcar al ocaso, están embarcando al amanecer para retornar a su barco-submarino fantasma.

La mirada del comisionado, nuestra mirada, ha contemplado la escena. Que cada uno extraiga sus propias conclusiones. Las de la película de Albert Serra remiten a un cine vanguardista, a una mirada tersa, reposada en su contemplación, que bascula entre momentos de profunda belleza y situaciones ridículas, prescindibles.

Un cine minoritario, que ofrece delicatessen, platos gourmets, no aptos para todos los paladares. Godard, Resnais, Rohmer, Antonioni... La mirada se educa; el canon varía. Entre tanto, Serra parece atenerse a aquella afirmación pessoana (vía Álvaro de Campos): «!Mierda! Soy Lúcido», o la más cercana de Gil de Biedma: «y vivir como un noble arruinado / entre las ruinas de mi inteligencia».

Escribe Juan Ramón Gabriel

  

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