Plumas (2)

  21 Septiembre 2022

Avicultura

plumas-0Dicen que Cecil B. de Mille decía que una película debe comenzar con un terremoto y a partir de ahí ir in crescendo. Valga eso, si vale, para el cine espectáculo, pero cambiando los parámetros también podría servir para otros planteamientos, y esta película lo asume desde el principio.

Una pantalla en negro sobre la que se superponen gemidos, de los que cuesta distinguir su procedencia y naturaleza (¿alegría? ¿miedo? ¿llanto?), acaba abriéndose y mostrando lo que esconde: un hombre se está quemando, intuimos que por su propia mano. No volveremos a saber nada de él. Es como la portada de un libro, que no es el libro aún pero que anuncia lo que contiene. Y menuda portada. Difícil el crescendo.

No hacen falta más inmolaciones, pero podrían darse, porque motivos, lo veremos, no escasean. La película, aunque nos prive del fuego, conduce en su lógica interna hacia él.

Las imágenes que siguen al arranque diseñan el terreno de juego, si es que no estuviera diseñado ya. Un espacio angosto, decrépito, ruinoso, en el que un hombre somete, humilla y ningunea a su mujer. Ella acepta su sumisión, baja la vista y no la va a levantar prácticamente en toda la película. Sí, un retrato social, político y cultural de la sociedad árabe, egipcia en este caso, y sin aflojar en ningún momento.

Como no es fácil de digerir tanto drama, el hilo conductor de la película, mínimo, parece optar por la comedia, pero sólo lo parece. En una fiesta de cumpleaños, que sirve para abigarrar aún más el espacio, para mostrar la pobreza acompañada por las ínfulas de quienes nunca escaparán a ella, porque la tienen metabolizada (esa fuente tan chic que el propietario ha comprado y de la que tan satisfecho se siente, hasta el punto de presumir orgulloso ante su jefe), y dejar bien a las claras los roles de unos y otros, un truco de magia convierte al anfitrión en una gallina. Es un truco, no hay problema. Es saludado con risas, pero el mago no es el más ducho de su oficio, y la conversión acaba siendo irreversible. El pater familias ha desaparecido y su lugar ha sido ocupado por una gallina.

Este incidente podría suponer una liberación, y la mujer, auténtica protagonista de la película, estaría en condiciones de alzar la mirada. Pero ocurre todo lo contrario. La gallina no aporta el sustento familiar (hasta le prohíben a la familia comer huevos) y encima genera gastos, bien sea en sus intentos de devolverla a su forma humana, bien por las visitas al veterinario y los tratamientos que le prescriben cuando su salud parece flojear. Y eso con el añadido de que continúa ocupando el lugar de privilegio de su antecesor, esto es, la cama familiar, donde come y realiza su santa voluntad.

La aparición gallinácea es una anécdota. La comedia no resiste el peso del drama que recorre de arriba abajo la película, y si acaso se expresa en algunos toques surrealistas, como la visita al circo en busca del mago que ha desaparecido en vista de su incapacidad para deshacer el entuerto, o la demencial consulta del veterinario. Los intentos iniciales por restaurar la situación acaban siendo desatendidos, y la historia se convierte en el relato de la mujer por sobrevivir y sacar a sus hijos adelante, con la toma de conciencia de que el poder opresor no desaparece, sino que, a la manera foucaultiana, está en todas partes.

En realidad, no hay tal historia, Plumas es más bien el marco de una historia, el diseño del espacio en el que suceden las historias. Se nos muestra la implacable maquinaria que no considera las necesidades sobrevenidas de la familia, la ciega burocracia, la ayuda, que acaba siendo interesada, de la familia (propuestas sexuales que ella rechaza con un arrebato encomiable de dignidad), la maldad de los ricos o las escasas muestras de solidaridad; femenina, claro.

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La tragedia es personal y sistémica. No hay ningún problema en que el niño trabaje; es más, acaba siendo la única salida posible. La confiscación de sus escasos bienes (nevera, lavadora, televisor) se hace sin ningún reparo para pagar una deuda que no deja de crecer, y el televisor juega el papel esperado: la droga ilusionante que promete mundos maravillosos que nunca llegarán, sea el chalet con piscina que el padre promete a sus hijos al principio, y que acaba reducido a la fuente muy chic, sea la promesa final de una primavera que no se atisba por dónde puede surgir.

Pero el efecto apaciguador ahí está, y por eso no sorprende que sea el primer electrodoméstico que es recuperado cuando es posible. Y por supuesto el dinero, omnipresente, llenando el plano, pasando de mano en mano, tan sucio y deteriorado como las paredes o los muebles, pero dominándolo todo. Sí, la crítica al capitalismo.

En esta descripción contextual los personajes son lo menos importante. La protagonista no sufre ninguna evolución. Su mirada baja del comienzo se mantiene a lo largo de toda la película. Apenas la oímos hablar, y sólo sonríe una vez, viendo a sus hijos jugar en el agua. La cámara también la ignora. En muchas ocasiones el plano la corta, o la deja fuera, porque una y otra vez se recrea en el detalle, y ese detalle hace referencia siempre a la degradación de la vivienda (también la de los ricos, que no escapa a los desconchados, a la decadencia), a la suciedad, a los papeles pintados que se caen, al humo de la fábrica contigua que entra por la ventana… La focalización en lo muy particular acentúa la angostura de los espacios, la opresión que es física, pero que también es emocional y mental.

Al final llegamos a la conclusión de que la cosa está muy mal, de que aquel a quien vimos arder al principio tendría motivos de sobra, pero también que el vuelo de la película ha sido un tanto corto. Muchas alforjas para este viaje. Eso sí, ganó el Gran Premio de la Semana de la Crítica en Cannes. No puede extrañarnos.

Escribe Marcial Moreno  

  

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