Las cartas perdidas (4)

  10 Noviembre 2022

Un cántico a la memoria

las cartas perdidas-0«Que mi nombre no se borre
en la historia».

(Julia Conesa)

El documental Las cartas perdidas, de Amparo Climent, supone un recorrido auténtico y valioso por la vida de muchas mujeres españolas a las que el odio y la violencia golpearon, la mayoría de las veces con un final trágico. Climent acota su propuesta audiovisual desde 1936, con el inicio de la Guerra Civil, a 1945, en plena posguerra.

La narración fílmica, más que por la voz en off de Ana Belén, que propicia una adecuada contextualización, se sustenta en la emotiva enunciación de las cartas escritas en aquel tiempo por múltiples mujeres con ideas republicanas o que eran familiares de personas comprometidas con la II República.

Estas misivas, registro de una época de horror, son también una defensa de la libertad y la dignidad humanas, una afirmación de mujeres libres en un largo período de opresión. Existe en Las cartas perdidas una mágica mezcolanza de pasado y presente, pues un grupo de artistas actuales ponen voz —y mucho corazón— a las cartas que esas valientes mujeres escribieron ochenta, ochenta y cinco años atrás. Artistas como Gloria Vega, África de la Cruz, Resu Morales, Ana Gracia, Chupi Llorente, Miriam Tejedor, Luisa Gavasa, Ana Labordeta, Nora Navas, Alba Flores y Marisa Paredes.

Y junto con el hilo conductor de la lectura de las cartas, de esas palabras de memoria que derrotan al olvido, Climent emplea con notable acierto otras herramientas audiovisuales: las declaraciones de las supervivientes, niñas entonces, hoy veteranas, que resistieron la maldad imperante en cárceles, campos de concentración, pueblos, ciudades; la inclusión de canciones populares de los años 30 y de canciones de nuestros días, de cantantes como Rozalén, que piden que recordemos el pasado para construir un futuro cívico, tolerante; las imágenes de las ruinas que provocó la guerra, los muros de las prisiones, los caminos por donde tantos individuos tuvieron que transitar para cruzar la frontera francesa y alejarse de la amenaza de la muerte; y ese impresionante baile, donde el zapateado de la bailadora evoca con su estridente sonido tantos disparos que segaron tantas vidas en esplendor.

Cualquier país democrático tiene el deber ético, moral, de conocer su historia, porque al viajar por nuestra memoria también podemos valorar los logros de la democracia presente —pluralismo político, elecciones libres, servicios públicos, posibilidad de asociarse o manifestarse—, y más en España: nuestro país se desangró en una Guerra Civil de tres años y en una Dictadura de casi cuarenta.

En este sentido, la obra de Climent refuerza la imprescindible memoria democrática. Lo hace reivindicando la memoria de muchas mujeres de izquierdas que murieron por el odio extremo de sus adversarios, en una locura sangrienta.

Y quizá un trabajo fílmico tan digno y tan valioso pierde una oportunidad única para señalar que también existieron ejecuciones y torturas por parte de las tropas y los organismos republicanos en la Guerra Civil, y que hubo asimismo miles de víctimas en sectores conservadores, mujeres y hombres. Esto que indico fue incluido en la magistral novela de Antonio Muñoz Molina La noche de los tiempos (2009), y Muñoz Molina siempre ha escrito desde un pensamiento republicano, socialdemócrata.

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Dentro del documental de Climent, conmueven las imágenes de archivo; las fotografías en blanco y negro; los barcos que llegan a México con centenares de refugiados, muchos de ellos niños; la costa mediterránea entre Málaga y Almería por donde numerosas familias malacitanas intentaban huir de la masacre fascista; las rosas que se depositan en las tumbas de tantas y tantas fusiladas.

Mujeres libres, mujeres inocentes, que sufrieron torturas, violaciones, rapados de cabello. Muchas murieron asesinadas. El filme de Climent asegura su lugar en la memoria de las generaciones presentes y venideras.

Se trata de un largometraje con una importancia similar a la que tuvo Libertarias (1996), de Vicente Aranda, o la novela La voz dormida (2002), de Dulce Chacón. Las cartas perdidas recupera una luz esencial del siglo XX: la luz de miles de mujeres que las balas no lograron apagar.

«Creo que era una maestra republicana represaliada
la mujer que me regaló el primer “Quijote” que tuve
en mi vida, con su dedicatoria: yo tenía ocho años y
asistía a unas clases particulares que, en su pisito,
impartía a algunas muchachas ricas; ella defendía mi
derecho de pobre a saber, no solo no le cobraba por
las clases ni un céntimo a mi madre, sino que, además,
la animaba para que yo siguiera estudiando».

(Rafael Chirbes)

Escribe Javier Herreros Martínez

  

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