As bestas (2)

  13 Noviembre 2022

Bestias humanas

as-bestas-0En las diversas entrevistas que Rodrigo Sorogoyen ha concedido a raíz de la promoción de su última película, el director de Que Dios nos perdone (2016) se ha prodigado en la concesión de titulares: «Hay una mitad de España que no ve cine español. El prejuicio no está roto» o «El mundo rural es una olla a presión».

Queda claro que Sorogoyen se siente cómodo en su papel de detector de los males de la patria, en su remedo de intelectual adscrito a una realidad inmediata: la de la sociedad española. Esta función sociológica, este afán de captar la más rabiosa y palpitante actualidad se evidencia en As bestas, una producción trilingüe (en gallego, francés y español) que aspira a recoger y reflejar una nueva España multilingüe (que no plurilingüe, según el lingüista Ángel López) y los problemas que la acucian.

En cierto modo, el director madrileño se hace eco cinematográfico de las consecuencias que el tsunami político de la última década: desde la aparición del movimiento del 15-M (¡huy, qué lejano! ¿Nos acordamos aún?), surgimiento de nuevos partidos políticos, quiebra del bipartidismo, con esa enmienda a la totalidad a la anteriormente loada y admirada Transición, ha supuesto para la sociedad y la cultura española.

Una nueva generación de nietos de aquella Transición, nacidos en la década siguiente y formados en plena democracia, cuestionan el relato de sus mayores. A nivel cinematográfico, una reciente promoción de cineastas (en su gran mayoría mujeres), tal vez ya desencantados con la desaforada rapidez con que se ha consumido la llama de esa nueva  política, ha decidido buscar un asidero de verdad, un refugio de sinceridad en aquel espacio que el frenético devenir del desarrollismo y la modernidad (o al menos su simulacro, ese cine de los ochenta y noventa y dos mil tan urbano como sin compromiso; ese Almodóvar epítome del cine de la movida...) había dejado de lado: La España rural, la rebautizada como España vaciada, aquella pionera Castilla en el despoblamiento y aquella España de la inmigración interior (a los grandes núcleos urbanos), y la exterior (a países europeos: Francia, Alemania). La búsqueda de las raíces, el regreso a los orígenes de un país desnortado y superado por sucesivas crisis: económicas, políticas, culturales, identitarias…

De ahí que la geografía de la Galicia más interior, de la Galicia más profundamente rural (interior de Orense, Pontevedra), de una Galicia históricamente propensa a la emigración desde finales del siglo XIX y proclive a sufrir el problema del despoblamiento desde siempre, esta Galicia que en los últimos tiempos se ha puesto de moda a raíz de la revitalización turística de su más ancestral tradición religiosa, el Camino de Santiago, haya sido el escenario elegido por Sorogoyen para mimetizar un subgénero cinematográfico del cine norteamericano y aclimatarlo al modo hispánico: el retrato de esa América-Galicia profunda, poblada por una caterva de paletos (la basura blanca) relegados por el viento de la historia al atraso y la miseria, espiritual y material, en cuyo seno late una frustración proclive a devenir violencia a la mínima chispa que se le acerque a ese polvorín de rencor e ignorancia.

En este caso, la presencia de un intruso, de un forastero (como en Conspiración de silencio, 1955, de John Sturges o Perros de paja, 1971, de Peckinpah) actuará como mecha del conflicto. Un conflicto entre el campo y la ciudad; entre el atraso y el desarrollo; entre la pobreza y la riqueza; entre la reacción y el progreso, entre la barbarie y la civilización…, siempre que aceptemos el estereotipo y nos refocilemos en él, tal y como parece asumir Sorogoyen, que no sólo no cuestiona el lugar común, sino que además lo acrecienta.

Un corpulento Denis Ménechot (al que disfrutamos en la secuencia inicial de Malditos bastardos, de Tarantino, en 2009; o más recientemente en Custodia compartida, 2017, de Xavier Legrand; o en Solo las bestias, 2019, de Michel Farange) encarna a Antoine Denis, un orondo, casi obelixiano galo (tildado por sus vecinos como francés o gabacho con toda la carga despectiva asociada al gentilicio) que junto con su mujer abandona su vida en Francia para instalarse en el rural gallego, con el propósito de vivir de la agricultura ecológica y de la rehabilitación de las innúmeras casas abandonadas, desperdigadas por las vacías aldeas gallegas.

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Su buen propósito es insuflar nueva vida a aquel paraje superficialmente yermo para atraer a nuevos (re)pobladores, al tiempo que el matrimonio disfruta de una calidad de vida imposible de encontrar en la urbe.

Su oposición, como un propietario más que es, a la instalación de los molinillos eólicos en su aldea, le granjeará la animadversión de la pareja de hermanos Xan y Lorenzo, arquetipos del aldeano gallego —según Sorogoyen—, a los que encarnan un siniestro Luis Zahera y un pseudodiscapacitado Diego Anido.

Sorogoyen, comienza con un prólogo filmado a cámara lenta y con un propósito casi documental, antropológico: mostrar la lucha del aldeano gallego para atrapar y marcar a esos caballos salvajes y libres que pueblan —estos sí, as bestas, no emigran como las personas— ciertas regiones boscosas gallegos; una secuencia que nos retrotrae a la lucha ancestral minoica entre el hombre y el toro.

Tras este ejercicio folclórico entra a trapo con una secuencia marca de la casa: en una taberna de aldea, un paisano (Xan), rodeado de otros parroquianos, profiere un discurso sobre la prevalencia de la pena de muerte en Francia hasta el año 1977, más tarde incluso que en España.

Sus palabras no fluyen de manera intelectual o digresiva, sino que emanan de una sabiduría topicalizada y envuelta en una retórica violenta que no sabemos a qué responde, hasta que después de casi siete minutos de proclama y engallamiento, con el plano sin cortar, por un lateral hace acto de presencia la fornida figura de Ménenchot, interpelado por el apóstrofe francés.

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Este mecanismo, el plano largo y sostenido con la cámara prácticamente estática; esta especie de plano-secuencia sin movimiento, en manos del director de El reino (2018) se convierte en un leitmotiv, en un paralelismo constructivo.

Volverá a usar el mismo mecanismo en la larga secuencia en que Antoine, acodado lateralmente en la barra de la taberna, entabla su última conversación con Xan y Lorenzo, a fin de encontrar un acuerdo, un pacto imposible que ponga fin a las hostilidades y permita la convivencia pacífica. Se repetirá el procedimiento en una largo y tenso diálogo entre Olga, la mujer de Antoine, y su hija Marie, en la cocina de la casa.

Sorogoyen compensa el estatismo de la cámara, su posible roce con la quietud y rigidez teatral, mediante la tensión in crescendo de las palabras, de los diálogos de los personajes, cuyo tono y decibelios suben desaforadamente para intentar rellenar dramáticamente el estatismo cinematográfico.

Una violencia verbal exacerbada intimida al espectador y ocupa la pantalla, sin que añada ningún matiz nuevo a unos personajes de diseño demasiado plano y cuyos gritos no rellenan las lagunas diegéticas.

Y, sin embargo, deberá recurrir a las palabras el director y coguionista para suplir las carencias que unas elipsis sin trabar obligan a formular, pues en caso contrario el discurso quedaría incompleto. La palabra es necesaria porque el montaje no responde a las incógnitas. De ahí, esa yuxtaposición de secuencias que estructuran la historia, cuya tensa violencia aumenta sin una gradación lógica y coherente.

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Después de la escena en la gasolinera que acaba con un escupitajo de Xan a la cara de Antoine; o después de la emboscada nocturna en un sendero cuyo desenlace hubiese sido funesto para Antoine sin la presencia de su mujer (?), no tiene mucho sentido la secuencia de la taberna mencionada en que se aspira a lograr un armisticio o una tregua.

Ese había recorrido ya una senda sin regreso. Ahora bien, esta ausencia de nexos vía elipsis será reemplazada por diálogos. Esos diálogos nos informan de: Antoine es profesor y su labia ha convencido a algunos aldeanos para que se opongan, con él, a la instalación de los molinos eólicos (lo dice algún personaje, un guardia civil, para más inri); Antoine hace seis meses que se opuso a dicha instalación y hace dos años que aterrizó allí (dicho también); Antoine después de ir dando tumbos por el mundo, después de una colosal borrachera se despierta en la aldea, se queda prendado de las estrellas y decide instalarse allí (más información relatada por el propio Antoine, que no parece entrar en contradicción con su vida de profesor burgués y urbano); su condición de intelectual es una desventaja para sus vecinos (afirmación de la guardia civil también)…

A nivel estructural, la película sufrirá un importante cambio de rumbo en el minuto noventa. El resto de la narración se convierte en una larga coda estrambótica de más de cuarenta minutos, recayendo el foco ahora en Olga, la mujer de Antoine.

La visita de su hija Marie dotará de protagonismo femenino a una historia en la que la testosterona lo invadía todo. Marie es una joven desnortada que atacará la tozudez de su madre por permanecer en un entorno completamente hostil y que sufrirá la réplica violenta y verbal defensiva de su madre cuando le reprocha su falta de proyecto vital y su infelicidad.

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Se deduce (Sorogoyen deduce) que el arraigo con la tierra, con las raíces ancestrales es necesario para conformar una moral, un proyecto vital, una dicha (toda la logomaquia entre madre e hija transcurre con un vetusto retrato familiar prototípico, pendiente sobre la cabeza de Marie).

Obviamente, habrá un entendimiento femenino, una sororidad que incluso alcanzará a la madre de los dos vecinos hostigadores. Ahora Sorogoyen parece percatarse de la importancia del matriarcado en el rural gallego. Nos enteramos (se nos dice) que ha transcurrido un año. Olga ha tomado las riendas de la situación: ella dirige, organiza y gobierna, Antoine ausente. Los hermanos Xan Y Loren(zo) han prácticamente desaparecido de escena, su violencia y su hostigamiento parecen haber cesado, después de una escena climática, de un culmen virulento que nos ha retrotraído al prólogo inicial.

El título confirma la anfibología que se sospechaba. Entre medias, lo mejor de la labor de Sorogoyen: la puesta en escena de esa Galicia profunda, atávica; la creación de un clima ponzoñoso en medio de un paisaje paradisíaco; la mirada entomológica a utensilios, cultivos, casas, aldeas, mercados.

La creación de una atmósfera y un escenario por los que se desenvuelven unos muñecos sometidos a un ventrílocuo, más que unos personajes libres y soberanos. La caracterización externa, la prosopografía es magnífica: la torva mirada de Xan, velada por el licor de café o el orujo, especie de absenta rural necesaria para soportar la dureza y el fracaso de su vida, mirada que se proyecta sobre los espacios en que se posa: la lóbrega taberna, su sórdida y turbia atmósfera; menos verosímil la constitución de Antoine, cuya corpulencia bastaría para arramblar con cualquier bestia que se le pusiera al alcance.

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Demasiado simple, maniquea, la trama para un filme que quiere indagar, bucear en las raíces de una España profunda que vuelve a primer plano y que se contenta con ratificar clichés perennes.

De esa España carpetovetónica aún quedan rescoldos en Galicia y en otros lugares. Todavía los agravios enquistados, las rencillas, envidias y rivalidades dan lugar a estallidos incontrolados (primitivos, bestiales) de violencia. Al fin y al cabo, se ha confirmado que el detonante de la denuncia que originó la detención de Federico García Lorca y su trágico final fue una prosaica cuestión de lindes que arrastraba su padre, no su orientación sexual ni sus ideas políticas.

Sorogoyen orquesta un western gallego con las hechuras de un urbanita madrileño, con la intención de enfundar la prepotencia política en aras de mirar y retratar la humildad telúrica, a la que rinde un contradictorio homenaje.

Difícil reivindicar una tierra sin sus habitantes, sin sus claroscuros. Difícil confeccionar una buena cosecha si no se mima y se trabajan todas las variables, todos los flecos. Una fruta rutilante en su envoltorio externo puede carecer del grado de dulzura adecuado.

Escribe Juan Ramón Gabriel

  

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