No mires a los ojos (2)

  21 Noviembre 2022

De la sombra de Millás a la sombra jungiana

no-mires-a-los ojos-0Félix Viscarret emprende una película que tiene sus riesgos, también su morbo y su tensión. Parte de una idea novelada que es tal vez más apropiada para el papel impreso que para la pantalla, pero esta empresa se asienta sobre un terreno inestable de dudas, verdades que en ocasiones pierden pie. Una propuesta, en fin, a la vez turbia, iluminada, esclarecida.

Es mi parecer que la elección de argumentos metafísicos, excesivamente imaginarios o impalpables, a no ser que estén muy bien llevados al guion y bien elaborados, lastran en gran medida el cine. No sé hasta qué punto la elección de temas metafísicos, líricos o intelectuales, difíciles de llevar al celuloide y, además, poco gratificantes, cara al espectador, es buena idea. Pues lo que se suele buscar en una película es algo más narrativo y ameno, o como poco, más entretenido.

El asunto es que un hombre, Damián, acaba de ser despedido de su trabajo después de veinte años como carpintero en una empresa. Es un hombre solitario, sin familia ni pareja, sólo algunos conocidos, y tener que abandonar su trabajo es quedar en el aire, como evaporarse.

De esta guisa, su reacción no puede ser más airada y furiosa: sale corriendo velozmente para esconderse en el primer lugar que encuentra al poco de escapar del taller: un armario antiguo que han cargado en una furgoneta, armario que irá a parar a un dormitorio familiar como antiguo legado de un abuelo.

El armario va a la sazón en un camión de mudanza y el pobre Damián, entre los bamboleos del transporte en camión, llega al fin a la casa de una familia, el matrimonio compuesto por Lucía (Leonor Watling) y Fede (Àlex Brendemühl), una pareja de edad mediana que vive en una casa con su hija adolescente, María (María Romanillos). El mueble es colocado en el dormitorio del matrimonio.

Por la fuerza de una pulsión insólita, Damián decide quedarse con la familia en forma clandestina, haciendo algunos ajustes al armario y a la pared de fondo, para tener espacio vital. Se convierte, así, en una presencia misteriosa y secreta que a partir de entonces va a observar de todo y a moverse por la casa como una sombra, de ahí el título de la novela de Millás: Desde la sombra. Y puedo asegurar que, siendo este comienzo un tanto difícil para desarrollar una película, Félix Viscarret sale convenientemente airoso del aprieto.

Además, esta sombra de Millás es también el arquetipo «sombra» que ideara el conocido psicoanalista Carl Gustav Jung como el «lado oscuro» de nuestra personalidad, rasgos y actitudes que nuestro Yo consciente no reconoce como propios; un inconsciente que pugna por mostrarse y manifestarse, pero que el Yo reprime constantemente.

La parte recóndita que, por razones diferentes, se va haciendo visible en nosotros, esos contenidos de los que podemos tomar conciencia sólo afloran por medio de la terapia o en el curso de la propia vida. Como en el filme, cuando el personaje va asumiendo sus frustraciones, las experiencias vergonzosas, los dolores, temores o inseguridades alojados en su lado oscuro, que asoman según discurre su experiencia de sujeto oculto y voyeur y en diversas entrevistas con periodistas de TV imaginarios.

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La cosa es que Damián no tarda en hacerse con las rutinas y los horarios de la familia. Por la mañana, él aprovecha para desayunar, higienizarse y realizar tareas del hogar como lavar la vajilla del desayuno o hacer las camas cuando el matrimonio y la hija salen cada cual a sus cosas y él queda a sus anchas en la vivienda.

Damián ha encontrado un hogar postizo a la vez que un cubículo que, cual útero materno, le mantiene en un lugar secreto, preservado y seguro.

De otro lado, en diferentes escenas, la película ha ido contando la historia de Damián y ofreciendo su perfil psicológico, con unos imaginarios programas de TV en el cual el personaje cuenta su caso y avatares, sus fobias y filias, su vida y otros pormenores.

Viscarret va haciendo este proceso con intriga, dándonos a conocer a Damián y al resto de los personajes, sus pareceres, y preparando al espectador para entender la existencia del hombre encerrado en el viejo ropero, de su coexistencia y entendimiento con la familia con la que convive. Incluso Lucía empieza a amar a un supuesto «fantasma», también él quiere a la mujer y se encariña con la hija; y Fede, el esposo, no es de su agrado, lo cual nos introduce en el mundo imaginario del personaje y sus circundantes. También sabemos de cuán feliz se siente Damián en esa situación de «compañía a distancia».

En este mundo irreal Damián se pregunta a sí mismo como si fuera el invitado a un programa de entrevistas de máxima audiencia, recurriendo también a modo incluso de terapia, a la seriedad de Iñaki Gabilondo (periodista admirado de su padre), para que este le haga las preguntas adecuadas y al que consultar asuntos espinosos. Situaciones conocidas y familiares en la obra de J. J. Millás. Sin embargo, este lenguaje imaginario y literario no resulta fácil de ser llevado al cine, y en algunos momentos el filme pierde algo de intensidad y amenidad, e incluso para algunos espectadores, comprensibilidad.

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Leonor Watling hace un gran trabajo en el papel de Lucía, una mujer madura, personaje que da profundidad al relato, unido el desconcierto ante la presencia que ella siente en el armario, cual espíritu o ectoplasma, de un lado comprometido en las labores del hogar, pero también colaborando en dibujar su profundo retrato de la soledad y la enajenación que ciertas señoras, madres o esposas como ella, pueden padecer en el encuadre de la vida de pareja y familiar, en algún momento de sus vidas en edades rondando la cincuentena.

Muy solvente el guion David Muñoz y el mismo Viscarret, adaptación de la mencionada novela de Juan José Millás, capaz de contar lo más detestable de la mejor manera posible, un entramado que es sorpresivo a cada instante, una historia intrigante que va pasando de género en género (parece muy actual esta dinámica), incluyendo el musical bajo la ducha y un tono donde la realidad se entremezcla con la ficción, la ilusión con el deseo y el duelo con los defectos y rémoras de los otros. 

Todo lo cual sería una ecuación para definir esta compleja película que deviene experiencia estimulante para algunos y espectáculo sobrecogedor e intrigante para muchos. Toda una vivencia para celebrar en la pantalla, disfrutar del visionado y agradecer imágenes tan destacables como emocionantes, como el episodio de las avispas o el enfrentamiento de Damián con el novio chorizo de la hija, novio que queda totalmente descuadrado y con pocas ganas de volver por la casa.

Porque estamos ante una cinta original, resbaladiza, incluso podría hablarse de un relato de pavura, una metáfora de la alienación con tintes morales, todo ello en el interior de un mueble. Y digo «morales» porque Damián, en cierto modo, se convierte en la conciencia moral (un súper Pepito Grillo) de la familia, poniendo coto, a veces de manera expeditiva, a los desvaríos, tanto del novio de la joven María, como vengando las infidelidades de paterfamilia Fede, ¡y de qué manera!

Un interesante relato que gira en torno a la incomunicación y la soledad («a mis soledades voy / de mis soledades vengo»), la soledad como mal pandémico y universal. Ello, al hilo de un personaje retraído y solitario, encarnado por un Paco León comedido, que consigue crear un rol turbador y a la vez minimalista en el gesto; él mismo cristaliza en fantasma que es un genuino espía desde su lugar, desde su madriguera, de los secretos de una pareja, a la vez que crea lazos ficticios provenientes de su mente, con la esposa.

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Un punto de vista, el de Viscarret, a todas luces delirante, que es llevado por nuestro director al extremo, deformando la realidad y usando la organización de cada secuencia para mostrar esa perspectiva, combinando una cotidianeidad patológica con cierto elemento de ensueño, onírico, reformulando el concepto de «cerca de la casa» (huis clos) en forma perversa, como para hablar de cierto deseo oculto, de los temores, los fracasos, el ansia de reconocimiento y por supuesto la necesidad de sentir (la sombra jungiana).

El cineasta navarro sabe también llevar a la pantalla el humor y el surrealismo elevados a su potencia máxima en la novela. Así, un cine meritorio capaz de hacer inmersión en las oscilaciones y complejos movimientos de la mente neurótica, con su capacidad de construir ideas según las miserias, complejos y privaciones del ser que las cobija, no solo desde el interior del armario, sino también fuera de él.

Con una música ad hoc de Mikel Salas, tiene una fotografía meritoria de Álvaro Gutiérrez. En el reparto, acompañan muy bien Àlex Brendemühl, María Romanillos, Juan Diego Botto, Marcos Ruiz, Susana Abaitua, Luisa Gavasa, Sebastián Atienza, Noelia García, Paula Isiegas e Iñaki Gabilondo, interpretándose a sí mismo.

Película interesante, aceptable diría yo, con intensos toques dramáticos, con intriga y un barniz de humor muy particular. Argumento alucinatorio, oniroide, y un protagonista que actúa fuera de la racionalidad, lo cual que su proceder resulta de todo punto llamativo y pintoresco.

Viscarret consigue una atmósfera psicológica envolvente entre la realidad y el sueño, hibridando cierta comicidad con afecto, violencia y brutalidad. Un filme original, arriesgado, formal argumentalmente, que puede gustar a unos o repeler a otros, por los enredados caminos que transita y hace transitar, al espectador.

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Entrevista con Paco León y Leonor Watling

  

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