El contador de cartas (4)

  02 Diciembre 2022

El largo camino hacia la redención

el-contador-de-cartas-0Este filme de Paul Schrader tenía que haber ocupado un lugar privilegiado entre las diez mejores películas estrenadas en 2021, pero… al ser estrenada el 29 de diciembre, rompió todas sus opciones, porque ya se sabe que en la mayoría de las revistas o foros de cine califican las mejores del año a comienzos de diciembre, con lo cual las estrenadas en el último mes del año son olvidadas por los siglos de los siglos.

De todas maneras esto de las clasificaciones (1), calificaciones y otras zarandajas no deja de ser un juego. Sea como sea, el estreno el año pasado de títulos tan importantes como este excelente contador de cartas o de la no menos maravillosa West side story, de Spielberg, las impidió jugar con las mismas cartas que otros títulos de igual calidad.  

Schrader, gran conocedor del cine, experto en realizadores como Bresson, Ozu, Dreyer o Ford —por citar algunos de sus muchos directores admirados—, crítico y escritor cinematográfico, irregular en su trayectoria, con la balanza favorable hacia lo bueno, ha demostrado en sus dos últimas películas, esta y la anterior El reverendo, (2017), estar en plena forma, desmintiendo el bajo nivel de alguno de sus títulos anteriores: Caza al terrorista (2014) y Como perros salvajes (2016), en la que curiosamente también aparecía en un pequeño papel

Paul Joseph Schrader

Nacido en 1946 es crítico y escritor de libros sobre cine (los tiene sobre directores, géneros), guionista y director. Su hermano, Leonard, también es guionista y director; ha colaborado con Paul en dos de de sus films: Blue Collar (1978) y Mishima (1985).

Fue educado en un brutal fundamentalismo calvinista, que se refleja en su obra. Su padre impidió que fuera a una sesión de cine durante su infancia y adolescencia. No vio ni una película hasta que cumplió 17 años: Un sabio en apuros (1961), de Robert Stevenson, fue la primera.

Eso sí, luego se desquitó siendo un asiduo espectador de todo tipo de películas y en especial del cine negro. Su encuentro con el cine, le llevó a la Ucla Films Studies (antes, en el Calvin College había estudiado teología). Su comienzo en el mundo de cine fue como crítico para Los Ángeles Press; posteriormente formaría parte de la redacción de la revista Cinema Magazine.

Su inicio en la profesión es como guionista. En 1975, a partir de una historia de su hermano, y junto a Robert Towne escribe el guion de Yakuza, de Sydney Pollack. Un año después para Brian De Palma escribe el guion de la más que interesante Fascinación, una especie de variante de Vértigo, de Hitchcock, con un acentuado planteamiento psicoanalítico donde, de forma implícita, se plantea una historia (común en el cine de Schrader) de perdón/redención, pero, en este caso acentuado por un implícito sentido incestuoso. Para que la unión (De Palma es uno de los grandes conocedores y seguidores del de Hitch) con la película de partida sea mayor, el músico escogido para la banda sonora nada menos que es Bernard Herrmann.

Es el mismo año de Fascinación cuando se produce el encuentro y la amistad con Scorsese. Un encuentro que es pura dinamita, ya que une al calvinista Schrader con el católico Scorsese, ambos con una educación que como una losa va circunvalando todas sus obras.

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Su primera colaboración da lugar a la exitosa Taxi Driver, historia sobre culpa, redención y una lucha entre el bien y el mal impregnada de una estructura onírica, de pesadilla, una visión quizá provocada, en la escritura, por la afición a las drogas de Schrader (al parecer dejó de consumirlas en los años 90) y que recibe el primer premio en el festival de cine de Cannes. 

Un trabajo conjunto del guionista y el director que llevará a la unión de ambos en títulos posteriores: Toro salvaje (1980), La última tentación de Cristo (1988), Al límite (1999). Con El contador de cartas vuelven a encontrarse, aunque en este caso no sea en las labores de guionista y director sino como guionista-director (Schrader) y productor (Scorsese).  

Entre los guiones de Schrader para películas de otros directores se encuentran La costa de los mosquitos (1986), de Peter Weir, y City Hall (1996), de Harold Becker. No es raro que en algunas de sus películas, sobre todo en la época en la que tuvo problemas con la droga, aparecieran temas relacionados con sucesos extraños o donde sus personajes tuvieran relación con el mundo de la magia (no muy lejos, por otra parte, de hechos relacionados con la religión o sus creencias) como puede ser el caso de Touch (1997) o Caza de brujas: el sello de Satán (1994), realizada para televisión.

Su primera película como realizador es, sorprendentemente, una película social con robo incluido, es decir con ciertos elementos propios del cine negro: Blue Collar (1978), a la que seguirán dos filmes muy afines al mundo propio de Schrader dominados por el tema de pecado/culpa y redención, como son Hardcore, un mundo oculto (1979) y American Gigolo (1980), en cuyo final rinde un homenaje a su admirado Bresson, en una variante de la terminación de Pickpocket (1959), que casi volverá a repetir en El contador de cartas (2).

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No todo el cine de Schrader tiene el mismo interés, aunque suele abordar temas importantes, sin lograr, en varios títulos, construir un relato coherente. Es el caso de El beso de la mujer pantera (1982), frustrado remake de la excelente La mujer pantera, de Jacques Tourneur.

Mucho más interesante es la muy dura Affliction (1997) o la nada complaciente El placer de los extraños (1990). Entre sus mejores obras habrá que citar, además de algunos de los títulos ya señalados, Mishima (1985) y Posibilidad de escape (1992).

Como dato curioso hay que citar su versión, fallida, mezcla de fanatismo, religión, sexualidad, de la precuela de El exorcista (1973), de William Friedkin. Conocida como El exorcista: el comienzo. La versión prohibida (2005), el film una vez acabado no gustó a la productora que procedió a añadir nuevas tomas y proceder a un nuevo montaje, de lo que se encargó a Renny Harlin. La película fue un fracaso comercial, por lo que la productora decidió comercializar para video domestico el filme tal como lo había concebido Schrader, y que es, realmente, un total fiasco.

No es el único filme con el que ha tenido problemas. Los tuvo también, por ejemplo, con Caza al terrorista (2014), de la que pidió fuera quitado su nombre, ya que el filme fue remontado por la productora.

El siguiente título que rodó, Como perros salvajes (2016), supone un nuevo fracaso. Curiosamente en este filme intervino como actor. Su papel no era demasiado importante, pero quizá quería experimentar una nueva faceta, la de interpretación que tanto ha valorado como realizador. En varias entrevistas ha afirmado que lo más importante en un film (para decirlo se apoya en el libro que escribió Kazan sobre su vida) es el actor.  

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No se sabe si esa importancia que da al actor es lo que le llevó a casarse en 1983 (su segundo matrimonio) con la actriz Mary Beth Hurt con la que tiene dos hijos.

Schrader es impetuoso, engreído, impositivo, por lo que, por ejemplo, llegaron a producirse cada vez más enfrentamientos con Scorsese, al no estar de acuerdo en cómo este dirigía sus guiones. Y es que muy difícil conseguir que dos personas tan afines desde la ideología y el arte se puedan llegar a entender.

Quizá la razón por la que Schrader decidió dirigir sus propios guiones fue por sentirse traicionado por quienes realizaban sus escritos o por sentirse superior a ellos. Sentido de superioridad o de notabilidad del que Schrader está convencido. Por ejemplo, sin ir más lejos, cuando en Screen State le preguntaron cuáles eran las dos mejores películas realizadas en 2021, no tuvo reparo en incluir entre ellas a El contador de cartas.

En el festival de Venecia de 2022 se ha concedido el León de Oro (el gran premio) honorifico a Schrader por su aportación al mundo del cine. En ese acto se procedió al estreno de su último filme, Master Gardener (2022), donde nuevamente vuelve al mundo de la familia, el pasado del que parece imposible sustraerse: un camino hacia la liberación o el hundimiento definitivo.

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El pasado que vuelve

El cine de Schrader, el mejor, puede resultar repetitivo en cuanto temas, pero es aditivo en unos títulos donde crea personajes fascinantes en su complejidad. Ocurre con los que escribe para Scorsese, como también en varios de los que escribe y dirige, como Mishima,Afliction, Posibilidad de escape, El reverendo o El contador de cartas. Una complejidad que, sobre todo en el caso de Taxi Driver, bebe del Ethan de Centauros del desierto, de Ford. Un filme que ambos (Scorsese y él) consideran como el más importante de la historia del Cine.

Ambientes donde los protagonistas viven dominados por el dolor, la culpa, aprisionados por una sociedad o una vida oscura donde religión y sexo muchas veces van unidos. No hay que ir tan lejos como La última tentación de Cristo para encontrar a este calvinista de ansia moralizante porque ese sentido con caídas y sin triunfos aparece en todo su cine.

Después de la culpa, arrastrada a través de un calvario, normalmente aparecerá el perdón, aunque, para llegar a ese perdón deba romper con el pasado, con el transcurso de unos días sangrantes, y resucitar. No hay mejor explicación de lo anterior, que la presentada en Al límite, cuya acción tiene lugar en la Semana Santa. La pasión, el dolor de esos días, dará lugar a la luz del Domingo de Resurrección, instante en el que se vislumbra una luz hacia el futuro: la esperanza de que algo puede cambiar al recibir el perdón de una vida anterior. Un duro camino que hay que recorrer antes de entrever si un mañana es posible, la liberación.

Es el caso también de William (grandiosa interpretación la de Oscar Isaac) el protagonista de El contador de cartas, alguien que quiere borrar su pasado, como si eso fuera posible.

Lo hace eligiendo una vida repetitiva, aislada, mezclándose con otros como él que además arrastran su condición de perdedores. Gente solitaria que se reúne en casinos perdidos, alejados de las luces de los grandes casinos, donde transitan por ambientes tristes y oscuros tratando de ganar pequeñas cantidades para poder subsistir en la mesa de juego y que, como William, tratan de centrar su mente en jugadas, en la repetición de las mismas, una y otra vez, memorizando cada partida. Algo que para William supone la forma de intentar olvidar que fue, en un pasado cercano, entrenado para torturar y matar. Apartar de su mente aquellos días, aquel horror, quedando olvidado, por su meticulosidad, su aislamiento, ya que no es digno de formar parte de un mundo distinto.

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Su forma de aislarse, de sentirse libre de todo (ruidos, objetos) se marca muy bien en la primera secuencia de la película en la cual nuestro protagonista —como hará luego en cualquier nuevo motel de la nueva ciudad a la que llega en la constante huida del ayer— tapa, cierra toda la habitación con sabanas, lienzos de color blanco como si se creara ese mundo de pureza primigenia del que carece. Schrader construye muy bien la primera secuencia dejando la cámara quieta sin ver lo que está haciendo Williams, para luego mostrar toda la habitación decorada con la blancura que ha ido colocando en las paredes.

Hay quien ha atacado el filme por la falta de esplendor de los sitios de juego. Y es que no estamos en la partida de El rey del juego, en los casinos de la película del mismo título de Scorsese, ni en los que aparecen en La cuadrilla de los once y sus posteriores derivaciones, ni, por supuesto, en los lugares por donde transita James Bond, no, los lugares donde juegan Williams y sus contrincantes son tristes, oscuros, propios de los perdedores, que matan su aburrimiento jugando aburridamente.

¿Cuál es el pecado doloroso de William del que no puede liberarse? Ser un soldado al que uno de los jefes eligió para torturar, en muchos casos hasta la propia muerta, a iraquíes, encerrados en la prisión Abu Ghraib durante la invasión americana de Irak. Una prisión iraquí utilizada como tal desde 1959 por Irak con capacidad para unas trece mil personas, que fue traspasada a las tropas americanas desde 2003 a 2006, llegando a tener en ese periodo hasta siete mil prisioneros, encerrados por diversas causas: enemigos, rebeldes, autores de atentados, crímenes o, en muchos casos, encerrados sin cargo alguno. La prisión, una vez que dejó de estar bajo mando americano, siguió funcionando hasta el año 2014, año en el que fue clausurada.   

¿Qué cuenta tiene que rendir, cerrar del pasado? ¿Cuál es su gran pecado del que necesita ser absuelto si ni siquiera hay posibilidad de hacerlo posible?

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El sádico gerifalte de la prisión, papel interpretado por William Dafoe, no tiene escrúpulos: martiriza a los prisioneros y enseña a sus subordinados a hacerlo. William ha aprendido y luego ejercido esa labor de torturador, primero con reticencia, luego como algo cotidiano, normal, repetitivo, como luego lo serán sus juegos de cartas, con los que trata de olvidar las barbaridades que llevó a cabo en aquella prisión.

El pasado se intenta olvidar, pero por mucho que se intente siempre está ahí, de manera que basta cualquier cosa, encuentro, lucidez dentro del amodorramiento, para que vuelva a surgir ese pasado, mostrado en el filme por medio de una serie de flashbacks. Para William el pasado vuelve en la figura del hijo de un antiguo compañero de aquella prisión, quien le notifica cómo su padre, incapaz de resistir al horror de los actos llevados a cabo en el pasado, se ha suicidado. Le propone a William encontrar y matar a aquel superior que les enseñó a sacar fuera esa bestia escondida.

En la escena de esa muerte, Schrader vuelve a usar el mismo planteamiento de la primera secuencia. La lucha entre William y su exjefe no se ve, se intuye. La cámara no acude a presenciar ese acto, se aleja del mismo, o mejor lo oculta mientras escuchamos solamente sonidos, ruidos, jadeos… Nada más efectivo que esa ausencia.

En un momento del filme, William ha conocido a una mujer negra, que le ayudará en el juego, con la que hace amistad. En la secuencia final, William está en la cárcel por el asesinato cometido (o quizá también por todos los otros), la mujer acude a verlo. Ambos están sentados en la habitación de visitas de la cárcel, separados por un cristal, cada uno de un lado. Sin palabras las manos de ambos, con el cristal por medio, se unirán (sin poderse tocar). El amor, como en El reverendo, salva a William, un encuentro con una persona que, como él, forma parte del grupo de los perdedores.

Pero en esas manos que quieren tocarse, sin poder hacerlo, hay un gesto de misericordia, de perdón, de aceptación o remisión de una culpa. Estamos en el final de una de las primeras películas como director de Schrader, American Gigolo, aunque allí hay unas palabras entre el hombre y la mujer.

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Dos finales que a su vez proceden de otra película dirigida por unos de los realizadores más admirados de Schader, Bresson. Se trata del filme Pickpocket. Allí el carterista encerrado recibe la visita de la mujer que le quiere. Y en la mirada entre ambos se produce la misma complicidad y perdón que en estas dos películas de Schrader.

En los tres casos se podría decir las palabras que surgen de la película francesa: «¡Cuan largo ha sido el camino para llegar hasta ti!». Frase que resume en gran parte a Bresson/Schrader, el largo camino que hay que recorrer para encontrar la redención, el perdón por toda una vida equivocada, sesgada por la culpabilidad de hacer lo prohibido, lo que nunca debió hacerse.

El amor, en definitiva, como redención, absolución de una vida equivocada, delictiva, pecadora.

Escribe Adolfo Bellido López

Notas

(1) Este año, si no nos equivocamos, deberá tener, por parte de expertos cinematográficos (?) de todo el mundo, la votación de las diez mejores de la historia del cine que cada diez años lleva a cabo la revista inglesa Sight and sound. Recordamos que hace diez años la mejor de todas, por primera vez, quedó esa maravilla que es Vértigo de Hitch.

(2) Probablemente el libro más conocido de Schrader sea el dedicado a tres de sus más admirados directores:  El estilo trascendental en el cine: Bresson, Ozu y Dreyer (1972).

  

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