Poker Face (2)

  14 Enero 2023

Varias películas en una y ninguna buena

poker-face-10En este Poker Face, o sea, Cara de póker, un hombre muy rico de nombre Jake Foley (Russell Crowe), ludópata de 57 años, es un hombre para quien la vida es un juego que hay que saber jugar. Por motivos que se irán desvelando poco a poco, Jake tiene una visión sombría del futuro, momento en el que brinda a sus mejores amigos juntarse para celebrar una noche de póquer de alto riesgo, noche que no podrán olvidar, con la oportunidad de ganar más dinero del que nunca pudieron imaginar. Una mano y las cartas a punto de ser repartidas.

Además, para jugar, deberán revelar algunos de sus secretos más ocultos y oscuros. Con el transcurrir de la noche irán descubriendo la razón sustancial por la que participan de esa partida.

Jake se ha enriquecido en el campo de las nuevas tecnologías, descubriendo la forma de convertir el software de póquer en línea en un programa de vigilancia sofisticado que ha vendido a algunos gobiernos que anhelan espiar a sus ciudadanos.

En los primeros momentos del filme se oye una voz en off donde Crowe explica cómo a él y a sus colegas de infancia les encantaba jugar cualquier tipo de póquer. «Cuando aparecieron las primeras computadoras personales… en 1994, instalamos el primer sistema de póquer en línea del mundo, y al reestructurar el código de las cartas a los países, reestructuramos el programa en un software de vigilancia para su venta militar. Lo llamamos Rifle y nuestros clientes son los gobiernos». Ese fue el origen de la riqueza de nuestro protagonista.

Además, Jake es un veterano jugador que ve la mesa de juego como una alegoría de la vida. Su plan se ha precipitado tras recibir unas turbadoras noticias de su médico. Es por esto que organiza esta reunión de póquer con sus antiguos camaradas a los que no ve hace mucho tiempo. Entre ellos está el alcohólico Mikey (Liam Hemsworth); Alex (Adem Young), un autor de éxito; Paul (Steve Bastoni), un alto funcionario del gobierno; y el socio comercial de confianza Drew, empresario de altos vuelos que llega tarde (RZA).

También están presentes en la reunión Daniel MacPherson, como el abogado de Jake, y Elsa Pataky, como la repartidora de cartas a quien la cámara no tarda en presentar en un cabal enfoque del escote.

Uno de estos amigos es un mentiroso impenitente. El otro es una víctima de chantaje y está engañando a Jake. El tercero es un adicto a la botella y con tendencias suicidas. La cosa es que Jake tiene, supuestamente, la medicina justa para que estos tipos se enfrenten a la realidad.

La principal noticia y sorpresa que Jake tiene guardada para sus camaradas, entre otras, se refiere a su salud. Lo que ignora es que un grupo de tres ladrones armados han planificado robar, de forma paralela a la trama-póquer, las valiosas pinturas de su mansión.

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Pero antes que la película llegue a los naipes, Jake va a un retiro chamánico y visualiza el océano. Se sienta en una galería de arte y se pierde en las pinturas. Mira amorosamente a su esposa e hija. Tiene monólogos internos. Es como si el filme se permitiera un entreacto de retiro espiritual de Jake con un Chamán, interludio que parece pensado —digo yo— para proporcionar a la cinta un lugar de sosiego, un breve recreo y tiempo para el respiro.

Este es el segundo largometraje que dirige Russell Crowe, con el cual pretende hacer una obra que case la elegancia con una película de serie B, cinta que viene a ser un desconsolado estudio del arrepentimiento.

Pero hete aquí que el guion está compuesto por elementos muy manidos y trillados, por lo que el libreto no alcanza la necesaria coherencia, quedando la cosa al final desvaída y con escaso pulso y coherencia.

En el reparto, en el rol del millonario y taciturno personaje sumido en un mundo de problemas, tenemos a Russell Crowe, un actor ganador del Oscar, que es la pieza central, la presencia dominante que intenta conferir a este thriller la necesaria seriedad. Incluso podemos tener una sensación más o menos complaciente de su trabajo, a pesar de la considerable ansiedad que siente su personaje, y aunque los giros y ciertos momentos resulten decepcionantes.

Le acompaña un grupo de actores y actrices de reparto como el bebedor, encarnado por Liam Hemsworth; Steve Bastoni como Paul Muccino, el político; Aden Young, como Alex Harris; el socio Andrew Johnson, RZA; Elsa Pataky como Penélope, la que maneja los naipes; Brooke Satchwell (segunda esposa), Molly Grace, como Rebecca Foley, la hija; Daniel MacPherson como el abogado como Sam McIntyre; Dan Matteucci; Jack Thompson (Shaman Bill); Paul Tassone como Victor, el villano principal quien con una teatralidad exagerada bordea lo caricaturesco; Matt Nable como el ladrón Billy; o Benedict Hardie, otro de los ladrones; Jacqueline McKenzie; K. Callan; Lynn Gilmartin. Todos correctos.

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La dirección de Crowe es bastante endeble, pues pretende ofrecer un thriller familiar, de amistades y de póquer, que también es una película de atracos, sin olvidar una semblanza de la amistad entre hombres. Pero creo que la cinta sobreestima el efecto fascinador con que el espectador recibe la imagen de Jake, su voz en off inquietante, que traslada la imagen de un espíritu exhausto y en conflicto y que enfrenta un ajuste de cuentas.

Crowe, con su barba y su aspecto imponente, aporta cierta autenticidad de hombre cansado y canoso a su papel. Lo malo es que el misterioso hombre rico no resulta ser lo suficientemente asombroso como para que concluya cautivador el misterio que lo rodea.

Tampoco los compañeros de Jake están bien dibujados ni resueltos en sus perfiles. Cada uno de ellos con sus propios secretos que tienen sus consecuencias en la trama y en Jake en particular. Son tipos simples y molestos: el político abstraído, el típico mujeriego, el bebedor que camina sin rumbo, etc.

Por lo que esta reunión de viejas relaciones no tiene demasiado interés ni encantos singulares, y deviene problema de guion toda vez que Jake desvela su siniestro motivo oculto para convocarlos.

Crowe, junto a Stephen M. Coates (del cual es la historia), son los autores de un libreto que tiene la ocurrencia poco fértil de introducir forzadamente una complicación al relato: la llegada de unos ladrones armados al mando del peligroso Víctor. La banda quiere robar las obras de arte de Jake. Pero la llegada de los malhechores, lejos de dar un nuevo impulso la historia de amistad, básicamente confluye en acción sin suspense ni excesiva emoción: decepcionante.

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Además, a gran ritmo se van produciendo los eventos principales del filme: persecución de coches sin mucho sentido, el juego de cartas que pasa velozmente, y otros elementos como el veneno y, sobre todo, el diagnóstico de cáncer terminal de Jake, sus profundas y oscuras crisis personales, los compañeros cada cual con su tema, y así, una retahíla no exenta de apresuramiento.

El juego de póquer (apoyándose en un lenguaje audiovisual potente y claro que simplifica algunos conceptos algo complejos), se interrumpe cuando resurgen los secretos, se desarrollan planes de venganza y los ladrones irrumpen en la casa de Jake. La cosa converge, como escribe Roper, en una «película de atracos ingeniosa y serpenteante y un thriller psicológico con una trama cada vez más inverosímil que vuela completamente fuera de lo normal».

Y hablando de la enfermedad de nuestro protagonista, el título Cara de póquer tiene menos que ver con el juego y más con el hombre que finge no estar enfermo, a pesar de que le asedian sus propias cavilaciones, lo cual no puede eludir ni esconder.

El guion hace igualmente una narrativa recargada cuyos incontables elementos apenas tienen tiempo de ser bien asimilados por el espectador. Esta obra, filmada por cierto en Australia, es una mezcla de intriga, telenovela, acción, suspense y cinta lacrimógena que no termina de cerrar, a pesar de tener cierto brillo —aunque superficial— y un elenco experimentado. Quiere ser muchas cosas diferentes en un tiempo de ejecución muy breve: una hora y treinta y nueve minutos que no soportan tanta carga.

Como escribe Boetti, es una película que «mete en una olla un poco de todo lo que encuentra mano: la voluntad algo perversa de Jack de empujar a los jugadores hasta más allá de sus límites éticos, las confesiones ventiladas cuando el alcohol empiece a correr —que uno se quiere suicidar, que al otro lo extorsionan con un video encamándose con una chica, y así—, algún intento por recurrir a la emotividad más crasa manoteando una enfermedad terminal, secuestros, robos y una venganza que de tan imposible se vuelve irrisoria».

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O como apunta Harvey: «Hay demasiadas cartas en la baraja narrativa del segundo trabajo del actor-guionista-director; una desordenada mezcla de drama de personajes, aventura, thriller criminal y aún más».

Mi parecer es que el mensaje importante de la película vendría a ser cómo un hombre rico no puede tenerlo ni comprarlo todo.

Y más. Jake, está aún en el proceso de duelo por la pérdida de su esposa diez años antes, por lo cual se siente incompleto, aunque está agradecido a su amada segunda esposa y mantiene una buena relación con su adorable hija adolescente, Rebecca. Estos sentimientos de amor se agudizan por su alarmante diagnóstico médico.

Crowe, eso sí, transmite, a pesar de su robustez, vulnerabilidad, y está «agradablemente discreto» (Harvey), sugiriendo un personaje en plena encrucijada espiritual, lo cual que toda esa historia de reunir a los amigos, el juego, etc., se antoja algo artificial e incluso traída de los pelos.

El director de fotografía Aaron McLisky ofrece una mirada afanosa y elegante, la cámara se posa sobre los brillantes coches de alta gama y deportivos, que Jake regala a sus amigos, y acierta a filmar el lugar donde se desarrollan los hechos como una fortaleza lujosa y llamativa, a las afueras de Sídney.

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Música de Anthony Partos y Matteo Zingales que incluye, en los créditos finales, una poderosa balada coescrita por Crowe, quien también contribuye con otras tres canciones a la banda sonora. 

Hay estética cálida y la sensación de que Jake hace un intento de regresar a su juventud primera. Al poco de comenzar hay un flashback en tono sepia donde podemos ver a Jake y sus amigos cuando eran niños alegres e inocentes y montaban en bicicleta, en los años 70. Cinco jovenzuelos australianos de campo que, no obstante, ya se sentían atraídos por el póquer.

Cuando sale a la luz la situación de Jake, hay un final que pretende ser doloroso, pero el cambio tonal final no le sale bien a Crowe y la idea queda a medias.

En la escena última parece que el sentido de esta película es hablar sobre la adicción, las relaciones padre-hija o cómo las amistades sufren cambios con los años. Habría resultado incluso conmovedor si lo que presenciamos durante el metraje hubiera analizado cualquiera de estos temas. A cambio, lo que tenemos es una historia revuelta que parece pretender ser varias películas al mismo tiempo, pero falla estrepitosamente en todas.

Desde mi manera de ver, lo más sustantivo de esta historia es que debemos aprender a valorar lo que tenemos, pero esto resulta, por lo que se ve en pantalla, un sarcasmo en toda regla.

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Imágenes Vértice 360 

  

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