R. M. N. (3)

  07 Enero 2023

Europa a la intemperie

rmn-0Cuando la idea de Europa se ve zarandeada, cuando aquel ideal de unión económica y espiritual está más cuestionado que nunca, cuando se percibe como una imposición sospechosa, bien está lanzar una mirada honesta, liberada de los fórceps de la corrección, al magma del que debería nutrirse ese proyecto fallido. Cristian Mungiu (siempre recordado por 4 meses, 3 semanas, 2 días) lo hace con la solvencia habitual.

Allá, en el Este, porque todo aquello es el Este, sin más, para el europeo acomodado y tutelar, como es el Oeste para los inmigrantes asiáticos que se conforman con ese escalón intermedio, nos encontramos con una comunidad rural en la que conviven rumanos, húngaros y alemanes, más los inmigrantes asiáticos y los visitantes ocasionales, en la que se va a mostrar la crudeza de lo que no siempre se dice, de lo latente, del germen destructivo de esa utopía cada vez más inalcanzable.

Un germen que no anida sólo allí, sino que ha infectado, ahora que el término pandemia nos resulta tan familiar, también a los pulcros occidentales que lo observan, lo observamos, desde la distancia, a los hijos de la libertad, la igualdad y la fraternidad, por muy rimbombantes discursos con los que intentemos disfrazar lo que no debe ser nombrado, reconocido. O si no, atendamos a ese cooperante francés empeñado en contar osos, las amenazas del ganado de los lugareños, personaje ridículo a fuerza de sintomático.

Podría ser una nueva película-admonición, pero no lo es, y ahí es donde reside su importancia. Mungiu no censura, no carga las tintas, no señala culpables o inocentes. Son los propios hechos lo que se manifiestan, y entre ellos, entre toda su crudeza, consiente en la aparición de líneas de fuga que sacuden el discurso convencional, que incitan a ir más allá de la acusación estereotipada y autoprotectora.

La resonancia magnética a la que aluden las siglas del título busca lo que hay tras la piel de esta sociedad, que es cualquier sociedad, y que se revelará en toda su crueldad, pero también en sus miedos, sus fracasos, sus deseos y sus frustraciones. Una mirada dura pero respetuosa, la única manera en que es posible entender el mal más allá de las proclamas, siempre listas para ser aireadas.

La película se divide en dos partes claramente diferenciadas. En la primera, Mungiu hace lo que mejor sabe, describir un entorno, trazar un paisaje humano en toda su complejidad, valiéndose de la puesta en escena y de los numerosos detalles que en ella inserta. La llegada del protagonista a su pueblo sirve para dibujar el marco en el que van a tener lugar los disturbios racistas de la segunda parte, y que podamos entender las raíces de los que brotan.

Nos encontramos con una sociedad que, bajo la apariencia de la cohesión, está fracturada entre las dos comunidades principales que la habitan, la húngara y la rumana (los protagonistas, todos con sus parejas rotas, son un reflejo a nivel individual de esa escisión), y que además aparece transida por la violencia, la cual se manifiesta en el recurso a las armas de fuego, defensa ante unos osos acechantes o protección en un entorno, el que rodea al pueblo, peligroso. Ese entorno convierte a la comunidad en un grupo enclaustrado, atrapado en sus miserias.

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La violencia y las armas no excluyen al niño, al que su padre pretende adiestrar en su uso, y del que recela por hacer punto, no vaya a extraviar su sexualidad de macho. Por su parte, las mujeres siguen siendo objeto de sospecha, incluso las más poderosas, las que dirigen la fábrica, exigidas en esa vida privada para que mantengan las buenas costumbres, y censuradas cuando parecen no hacerlo.

La idea de comunidad está muy presente. Los actos sociales, en la iglesia o en las fiestas, tienen un innegable aire fordiano, si bien no con la luminosidad que tenían en las películas del maestro (tampoco exentas de momentos sombríos, como el baile de los oficiales al final de Dos cabalgan juntos). Aquí todo resulta más turbio, y aunque en algunos momentos surjan destellos de refinamiento, como ese cello con el que parece purificarse la protagonista, desprenderse de la costra que le adhiere el medio en el que vive inmersa, el tono general conserva la agresividad que todo lo impregna.

No parece haber escapatoria posible. Se habla de los muchos que han emigrado a Alemania, pero al mismo tiempo la película descansa en el regreso de uno de ellos, símbolo de todos los que se fueron, y además se habla de la expulsión de los gitanos, de crímenes pasados, de explotación laboral, todo bajo el manto de nieve que cubre al pueblo, aislándolo, conservándolo.

La segunda parte está dedicada de forma explícita a lo que hasta eso momento sólo había sido apuntado: el racismo, y ahí la narración se torna más rutinaria. Aunque se focalice en la llegada de los emigrantes asiáticos, ese sentimiento recorre todos los ámbitos, empezando por el seno mismo de la comunidad, partida en rumanos y húngaros, con la soberbia de estos últimos (los húngaros no piden en las calles, se vanaglorian) respecto a aquellos, y de todos ante los gitanos. De hecho, el incidente que desencadena la vuelta de Matthias ejemplifica ese racismo de ida y vuelta: el del alemán llamándole gitano con desprecio y el del trabajador rechazando ser calificado de gitano, desmarcándose de esa etnia.

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Todo ello va a confluir en el punto clave de la película, ese plano fijo de quince minutos en el que Mungiu filma la asamblea vecinal en la que se discute si los inmigrantes deben ser expulsados del pueblo. Se trata de uno de esos momentos en los que el cine desborda sus límites, se convierte en un auténtico testimonio de la realidad. Como si de una danza perfectamente orquestada se tratara, tan perfectamente que hasta desaparecen sus líneas argumentales, como si no hubiera guion alguno, se van sucediendo las voces de unos y otros respecto al tema que se debate, y mucho más.

El racismo es el hilo conductor, pero de su mano surgen miedos atávicos, causas pendientes, agravios sin resolver, demandas insatisfechas. En esa asamblea en la que parece que nadie toma la palabra a título personal, sino que es la masa quien habla (y formando parte de ella el médico y el cura, los que deberían ser autoridades morales, introducir la sensatez), emboscados en ese plano general que se difumina en el fondo perdiendo sus contornos.

La violencia antes descrita se materializa aquí, pero también se explica. En ese batiburrillo de opiniones está contenido el origen de los populismos, la concepción degradada de la democracia (reducida a mera contabilización numérica), el sentimiento exacerbado de pertenencia, siempre excluyente, la argumentación construida para avalar las ideas establecidas de antemano, y no para evaluarlas, el desprecio a la solidaridad, y la podredumbre de una Europa cada vez más lejana, cuyos fondos son otorgados desde despachos que no atienden a las necesidad de quienes han de recibirlos.

Despachar con una mueca de desprecio lo que allí se expone equivale a ignorar la realidad y a enquistar los problemas. El director lo sabe, y por eso nos coloca ante un espejo que nos devuelve una imagen menos grata de la que desearíamos, pero que es la nuestra.

El final tiene un tono que pretende ser esperanzador. Los peligros que amenazan fuera y que nos rodean parecen conjurarse con la música del cello, con la cultura. Ardua tarea la que tiene por delante.

Escribe Marcial Moreno | Imágenes Caramel Films

  

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