La novelista y su película (3)

  02 Febrero 2023

El tiempo que queda

la-novelista-y-su-pelicula-0En Delante de ti, la segunda película de Hong Sangsoo estrenada el pasado año en España (la que ahora nos ocupa es la tercera), el director coreano nos presentaba a una actriz madura que hacía balance de su vida. El resultado contenía claroscuros, pero ella lo vivía con la resignación, y hasta con la alegría, de conocer el momento en el que se encontraba, sus posibilidades y sus límites.

Ahora, en La novelista y su película, el tema vuelva a ser el mismo, aunque el enfoque varíe levemente. A través de la filmografía de Sangsoo vamos descubriendo las distintas etapas de la vida, de la nuestra y también, claro está, de la del director, la cual cada vez se insinúa más a través de sus personajes.

Es la segunda vez, si excluimos apariciones más circunstanciales, en la que el protagonismo corresponde a un personaje maduro. En este caso se trata de una novelista (Junhee) que ya no escribe, como otros han dejado atrás lo que fueron, o han traicionado aquello en lo que alguna vez creyeron. Las ilusiones de los protagonistas juveniles de sus películas más tempranas, que en otra época ocupaban el centro del relato, han dejado ahora paso al desengaño de aquellos mismos jóvenes ya entrados en años.

Esta mujer, arrastrando un pasado que se le adivina, pero que no acaba de comparecer en la pantalla, se desplaza desde Seúl hasta una ciudad alejada y mortecina para encontrarse con una antigua amiga, a quien no le ha contestado sus llamadas, aunque le reconoce su gran ayuda en el pasado. Lo que entre ellas hubo no lo sabremos: la película es también, como otras suyas, un artilugio que descansa sobre el fuera de campo, aunque en este caso nos sea lo que cae fuera de la pantalla, sino lo que los personajes esconden.

De esta manera, aunque el pasado aparezca difuso, se trae a primer plano la relación entre ese pasado y el presente, el punto sobre el que se construye la película. Los personajes de más edad han dejado atrás todo o parte de lo que fueron. En ocasiones con resignación, en otras con cierto desgarro. La relación que se establece entre ellos y los jóvenes pone en contacto esos dos tiempos («Es una amiga mayor», es la forma en la que la actriz describe a la librera), y lo hace básicamente bajo el parámetro de la admiración. Al admirar lo que fueron señala aún más el hecho de haber dejado de serlo.

Los recuerdos y las traiciones se esparcen por toda la película. En algunos casos evocan un tiempo idealizado, como el compartido por la novelista y el poeta, quien solo escribe ya cuando bebe, y cuya remembranza es contemplada por la propietaria de la librería con una mezcla de sorpresa, admiración y nostalgia, unos hechos que ella no compartió y no volverán.

A veces aferrarse al pasado lleva el coste de una claudicación, como el director que traicionó a la novelista y que se somete a las exigencias comerciales de su trabajo, sin atender a otros criterios, actitud de la que no parece sentirse muy orgulloso, como demuestra el intento de esquivar a la mujer.

En el caso de la joven actriz, quien también ha abandonado su profesión, la situación es distinta a la de la novelista. Aquella lo ha hecho gozosamente, sin que con ello su vida haya perdido el rumbo, además de transmitir la sensación de que se trata de una opción transitoria, que puede revertirse en cualquier momento, como de hecho así va a suceder. Para Junhee, en cambio, se trata de una clausura, un giro radical que, en lugar de abrir nuevas perspectivas, clausura las que estaban vigentes.

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El pasado de la protagonista se adivina esplendoroso, al menos así lo atestigua la admiración de los jóvenes, y su cierre es un acto forzado, en parte por la fidelidad a un proyecto que no puede seguir desarrollándose, pero no porque se renuncia a lo que fue. El fin de la literatura no representa la renuncia a seguir creando, y así se expresa en su voluntad de recurrir al arte cinematográfico, como también el interés por el aprendizaje del lenguaje de los signos, nuevas maneras de expresar lo que debe seguir siendo dicho.

En la escena en la que intenta dominar el lenguaje sígnico está contenido tanto el interés de la protagonista por continuar buscando métodos de expresión, como el momento vital en el que se encuentra. Esa especie de poema habla del crepúsculo que se acerca, pero de la necesidad de apurar los últimos momentos de luz, la necesidad de vivir mientas se pueda.

En la descripción de su bloqueo artístico se refleja casi una teoría estética, que muy bien podría ser aplicada al mismo director de la película. Se trata de captar la realidad, tal cual es, sin adulterar. No es necesario para ello recurrir a un documental, a una mirada externa que aspire a borrarse, sino que una película con guion perfectamente puede hacerlo, ya que la realidad es capaz de brotar de los intersticios de la ficción. Más aún, esta sólo es válida cuando deja aflorar esa realidad, cuando es capaz de generarla desde sus herramientas.

De ahí la observación de lo que ocurre, de ahí el uso del telescopio o los prismáticos, el paseo por el parque (otra de las constantes del cine de Sangsoo), la captación de los olores, de la gente que se recrea. Como el director coreano, la escritora quiere poner su pluma, su cámara, a reflejar el mundo exterior de los objetos y las personas, ofreciendo una imagen fiel de ellos. Lo mismo que parece pretender el director de la película, con su estilo cada vez más depurado, construido a base de planos fijos en los que sus característicos zooms son cada vez más escasos y sosegados, y cuya intensidad brota tanto de los diálogos de los personajes como de la actitud que ellos muestran en los mismos.

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Frente a lo que pudiera parecer, el cine de Sangsoo no es en absoluto literario. Una mera reproducción de lo que los personajes recitan resultaría completamente anodino, y si no lo es, es porque a ello se le suman los gestos, las miradas, las posiciones de quienes hablan, los objetos, lo que ocurre en segundo plano. El diálogo es casi el MacGuffin que nos pone en contacto con unas personalidades que van mucho más allá de lo que dicen.

Para la conexión con la realidad se recurre con frecuencia a los ventanales. Los personajes charlan muchas veces frente a ellos, al tiempo que, ajenos, deambulan por la calle transeúntes. El ventanal es conexión y separación a la vez, y en este caso es utilizado para marcar aún más la ruptura de Junhee con el tiempo que agota: la niña queda fascinada por la joven actriz, conecta con ella, mientras la escritora permanece ignorada.

En este mundo en el que la gente deja de fumar, donde ni siquiera se permite la utilización del cigarrillo electrónico, último recurso de quienes siguen intentándolo, donde los jóvenes caen derrotados por el alcohol, el postrer intento de mantenerse en pie no tiene muchos visos de resultar exitoso.

La película, es cierto, se rueda. Sin embargo, su exhibición es más que problemática, y la crítica la ha ignorado casi por completo. En el intento de ser fiel a lo que muestra, se recurre al color, de tal modo que pueda aparecer así la belleza de las flores, pero se trata de colores muy saturados, que distorsionan más que reproducen, que no cumplen el mandato de dejar aparecer la realidad.

Y al final, tras los créditos, un plano vacío en el cine en el que se acaba de proyectar la película, para la actriz protagonista como única espectadora, es todo un balance de lo conseguido. Sangsoo, aunque parezca que repita una y otra vez la misma película, se está haciendo mayor, y su cine está siendo testimonio de ello.

Escribe Marcial Moreno | Imágenes Atalante

  

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