Hasta los huesos: Bones and All (2)

  12 Enero 2023

Experiencia que oculta mundos psíquicos recónditos

hasta-los-huesos-0Había leído por encima observaciones como que iba de un amor entre adolescentes marginados en una especie de road movie de cientos de kilómetros por los EE. UU., afrontando su pasado y poniendo a prueba su amor. Hasta ahí todo OK.

No habían pasado diez minutos cuando mi esposa me dijo: «Te espero fuera». La primera vez que nos había ocurrido esto. A mí, la verdad, salvo el terror psicológico o los dramas morales de calado, el resto de las temáticas filmadas las encajo con absoluta tranquilidad. Pero he de decir que había razones para salirse ante la primera de las escenas, muy cruda (luego vendrían más) que, hete aquí, son de tipo antropofágico, con imágenes que yo no había visto antes en una peli con tal acritud.

Entre salidas y entradas, finalmente llegamos a un acuerdo feliz y pude visionar la cinta que, dicho sea de paso, no es mero gore o simple porquería, aunque hay escenas gore necesarias para la evolución de la historia. Es una obra con sus puntos de interés, como ahora iré explicando.

Novela y trama

Cuenta la historia el primer amor entre Maren, una joven que está aprendiendo a sobrevivir al margen de la sociedad, y Lee, un vagabundo con ideas muy intensas que vive relegado. Cuando se conocen, se unen en un viaje de mil millas que les lleva por carreteras, pasajes ocultos y caminos alternos en los Estados Unidos de Ronald Reagan. Pero a pesar de sus esfuerzos, todos los caminos conducen a sus aterradores pasados y a una última parada que determinará si su amor puede sobrevivir a su forma de ser.

La película resulta de la adaptación al cine de la novela romántica adolescente de Camille DeAngelis, novelista y escritora de viajes estadounidense, que nos habla de humanos caníbales, a modo de subespecie que entre ellos se reconocen por el olor. El relato se centra sobre todo en dos caníbales adolescentes, Bones y All, novela que ganó un premio Alex en 2016, cuya trama trata temas como el feminismo, la soledad, las familias disfuncionales, el amor, el odio hacia uno mismo y, sobre todo, el problema moral de comer carne humana.

En Virginia, década de los 80, la adolescente Maren Yearly es invitada a una inocente fiesta de pijamas por una amiguita de colegio. Tras escaparse por la ventana, pues su padre la tiene encerrada con pestillo en la puerta, una vez en casa de la compañerita, en un momento del juego, le muerde inopinadamente el dedo cortándolo prácticamente (subrayado en la escena del crujido del hueso al partirse con el mordisco). Ensangrentada la cara y la ropa llega agitada a su casa. Su pobre padre, soltero, Frank, le urge a lavarse, coger el poco equipaje que tienen y mudarse precipitadamente a Maryland, para quitarse de en medio.

Cabe añadir que la madre abandonó a la niña llevándose con ella un secreto que la joven no tardará en descubrir: su tendencia caníbal, compulsiva y adictiva. Por lo tanto, el ir y venir de padre e hija está asociado a los desmanes y crímenes cometidos por la afición antropófaga de Maren.

El padre, desesperado, poco después del decimoctavo cumpleaños de Maren, acaba por abandonarla dejándole su documentación, dinero y una cinta magnetofónica donde le relata a su hija lo que le pasa desde muy tierna edad. Le cuenta la historia de su primer episodio antropófago a los tres años y la muerte de su niñera. A lo largo de los años se dieron incidentes similares mientras su padre la fue ayudando a eludir las consecuencias. Pero a Frank le angustiaba sobremanera la falta de remordimiento de Maren, y concluye el audio deseando que algún día pueda superar sus impulsos. En este punto, Maren, que habrá de aprender a sobrevivir por su cuenta, decide viajar a Virginia, donde nació su madre, Janelle, de quien no tiene recuerdos.

Al tomar el autobús a Columbus, Ohio, se tropieza con un excéntrico personaje que la sigue por el olor, es Sully. Acaban en una casa donde una anciana agoniza. Tras unos interesantes diálogos mientras él manipula unos pollos en la cocina, al despertar, la muchacha se encuentra a Sully comiendo el cadáver de la mujer y se une a él. Se da cuenta que hay otros como ella, «comedores» o «alimentadores». Poco después, huye.

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Pasando alguna página, mientras Maren intenta robar suministros en un supermercado de Indiana, conoce a Lee (Chalamet), quien no tarda en zamparse a un hombre que acosó a una mujer dentro de la tienda. Lo cual ya nos deja a las claras que Lee es tan come-carne-humana como ella, aunque haya defendido a una señora maltratada, al modo de un caballero de la triste figura, pues además de lo cortés, tiene ese aspecto de delgadez y debilidad nuestro protagonista.

Lee roba la camioneta de su víctima y se ofrece a llevar a Maren, quien aspira a ser alguien respetada por la gente y ganarse la vida honradamente. Mientras se embarcan en un viaje por carretera a través del país, Maren y Lee se enamoran y durante una breve estadía en la ciudad natal de Lee, en Kentucky, Maren cae en la cuenta de que Lee nunca habla de su padre, y que evita ser visto por la ciudad. Su hermana menor, Kayla, que desconoce su naturaleza, lo regaña por sus constantes partidas.

En el viaje, los jóvenes se encuentran con Jake y Brad; es por cierto Jake quien afirma que el éxtasis del canibalismo consiste en comerse el cuerpo todo con los huesos incluidos, que ése es el acto que marca un antes y un después en tan sublime experiencia canibalística (recordamos que el título es «hasta los huesos»).

Maren se rebela por el hecho de que Brad no es como ella o como Lee (caníbal), sino que elige voluntariamente participar en el canibalismo, haciendo un ejercicio de voluntad y aprendizaje. Jake vuelve a referir la intensidad emocional que experimenta al consumir un cuerpo humano «con huesos y todo». Finalmente, la pareja huye cuando los hombres están dormidos, son gente de poco fiar.

Prosiguen ambos el viaje que los lleva por carreteras, pasajes ocultos y caminos alternos de la América profunda, una odisea a través de carreteras secundarias y carriles intransitables. Pero a pesar de sus esfuerzos, bravuras y denuedos, todos los caminos les conducen a sus aterradores pasados de violencia y canibalismo.

Una última parada determinará si su amor puede sobrevivir a sus afinidades, diferencias y avatares diversos, todos de máxima complicación e intensidad emotiva con imágenes a menudo, duras. Un final apoteósico para una peli delirante y excesiva.

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Reparto

El reparto está muy conseguido con Taylor Russell como Maren Yearly, una chica confundida por su pulsión caníbal y necesitada de afecto. Timothée Chalamet se empodera muy bien de su personaje como Lee, el joven marginado-antropófago, con un oscuro pasado de violencia intrafamiliar. Taylor Russell y Timothée Chalamet conducen sus vidas y su relación en la pantalla con una profunda y misteriosa mixtura de afecto y barbarie. Estos protagonistas consiguen que lo espantoso adquiera un tono natural, del mismo modo hacen que lo natural parezca terrible. Como apunta Oti: «son víctimas y beneficiarios de su maldición».

Está sensacional, inquietante y llenando pantalla el talentoso actor de teatro (y dramaturgo) Mark Rylance, que encarna a Sully, un maduro caníbal que protagoniza escenas de auténtico pavor, adobando con gestos y una voz y palabras cavernosas que quisieran además justificar filosófica o ideológicamente sus apetencias de carne humana fresca; pues eso sí, él no mata a sus presas.

André Holland está muy bien como Fran Yearly, el atribulado y desbordado padre de Maren, que ya no se fía ni de encerrar con llave y pestillos a su desbocada y silvestre hija capaz de morder a saco el inocente dedo de una amiguita o vaya a saber a quién.

Michael Stuhlbarg y David Gordon Green están turbadores y dan miedo como Jake y Brad, el uno caníbal, el otro aprendiz de ídem y ambos relatando el disfrute de sus inconfesables festines.

Chlöe Sevigny es la madre, una mujer interna en un psiquiátrico, supuesta enferma mental que se ha merendado sus propias manos, que se abalanzó contra su hija y le espetó y sugirió con toda fuerza que más le valiera morir, cuando esta la localizó.

Aparecen otros actores y actrices de reparto como como Jessica Harper (la abuela), Kendle Coffey y Anna Cobb.

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La antropofagia desde la psicodinamia

En la psicología, el canibalismo se entendería la resultante de impulsos orales agresivos mal controlados. De hecho, un conocido psicoanalista llamado Karl Abraham, en la fase oral del bebé (etapa de succión del pecho) distingue un subestadio oral pasivo pre-ambivalente (pues el nene aún no reconoce a la madre) y otro subestadio, coincidente con la aparición de los dientes y el morder (hacer daño al pecho), ya ambivalente (reconoce al objeto nutricio, madre), que nuestro autor llama etapa sádico oral u oral canibalística, tendente a dañar y a dominar. Son, obviamente conceptos simbólicos y no hay que entenderlos al pie de la letra, o sea, no es que el bebé sea un caníbal, pero tiene su equivalencia metafórica.

De otro lado es probada la existencia del canibalismo ritual como ofrenda a los dioses o como manera de obtener la fuerza y el valor del guerrero enemigo comido por el vencedor.

Y psicopatológicamente, el trastorno canibalístico denominado vorarefilia, define el deseo de ser comido y/o comer a otros y puedo decir que no he conocido en mi vida este cuadro que más parece de película, como la que aquí estamos tratando.

Desde la perspectiva psicoanalítica y lo que devino interdicción, es conocida la obra de Sigmund Freud Tótem y tabú, 1913, que habla sobre el deseo y la prohibición y analiza una supuesta «horda primera», ancestral, en la cual los hijos se rebelaron contra el «padre primordial», que tenía la exclusiva de las hembras y otras prebendas.

Los hijos mataron al padre (crimen primordial), comieron su carne para asumir sus atributos (antropofagia: la llamada cena totémica del padre asesinado, que simboliza la internalización del padre y de su autoridad o ley) y mantuvieron relaciones con las hembras (endogamia). Con el tiempo la cosa devino culpa y el advenimiento de tres tabúes que, nadie duda, son pilares de nuestra civilización: el tabú del crimen, el tabú del incesto y el tabú de la antropofagia.

Thomas Mann quedó impresionado por esta obra y la declaró en 1929 una obra maestra del ensayismo alemán; y afirmó que sus disertaciones «impulsan la esfera de la medicina profundamente en el campo de las ciencias humanistas y al lector interesado en la cuestión humana le abren en forma brillante inmensas perspectivas hacia el pasado del alma, con profundidades remotas, referencias sociales y místicas-religiosas».

No entraré ahora en el sacramento católico de comer el cuerpo de Cristo, que Freud entendía como una reparación simbólica por el crimen primordial del padre; ahora, un hermano es inmolado y se ofrece a la humanidad.

Todos estos argumentos sobre los tabúes y concretamente sobre el de la antropofagia es principal en esta película que sin ser de zombis ni de ficción, toma el canibalismo como una tendencia humana más o menos presente en la sociedad, lo que podría parecer un elemento turbador, pero no lo es, Guadagnino más bien pretende abordar otros temas; como él mismo ha declarado, esta cinta pretende ser ante todo una reflexión sobre el amor entre criaturas que viven al margen de la sociedad. Pues la antropofagia es una prohibición tan asumida universalmente que, salvando algunas pequeñas tribus de indígenas muy primitivas, es respetada por toda persona viviente.

Es decir, el canibalismo, considerado como uno de los más arraigados y poderosos tabúes culturales, funciona aquí no tanto como metáfora sino como un subterfugio o pretexto argumental, sin que nuestro director parezca en absoluto interesado por el género fantástico o en sus posibilidades subversivas.

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Aspectos técnicos y de fondo

Desde luego, el italiano Luca Guadagnino hace un buen trabajo de dirección, con un excelente guion de Dave Kajganich, que adapta la novela de DeAngelis, poniendo el canibalismo como punto de fuga. Una historia de encuentro y viaje entre una chiquilla humilde que tiene que huir y un joven que pasa la vida desapareciendo.

Aunque la trama tiene como núcleo central la relación entre los dos jóvenes, está infiltrada así mismo de otros personajes y acaecimientos que mantendrá en vilo al espectador y le hará «cerrar la boca y también tenerla abierta» (Oti).

El viaje de los jóvenes se anima con los códigos del estilo road movie y por una música gustosa y ochentera de Leonard Cohen, Joy Division o New Order. En el transcurso del trayecto hay paradas que estremecen, como el episodio con la madre, y otras pavorosas, como la entrada en escena de Sully, que es lo más espeluznante, lo más poderoso y sangriento del filme.

Además, como apunta Zurro, la película: «es lo que se conoce como un coming of age, una película de descubrimiento y crecimiento». O sea, cómo, con el paso de la edad, dos inadaptados a los que siempre han señalado de la peor manera, consiguen encontrar algo de luz juntos.

Me recuerda esta peli a Malas tierras (1973), de Terrence Malick: dos jóvenes asilvestrados y solitarios, enfrentados al mundo, huyendo en coche de la policía, a tiro limpio. La luz, los cuerpos, el itinerario, incluso la banda sonora de Trent Reznor y Atticus Ross, remiten a esta cinta de Malick.

Lo bueno es que en el corazón de tanta desazón Guadagnino no pierde el norte de la estética y abrillanta, en cierto modo, los conflictos personales y sociales de los jóvenes. Además, no predica mucho sobre la dimensión ética de esos personajes. Incluso, la condición de fragilidad e indigencia de Maren y Lee hace que el espectador, aunque a una distancia prudencial, se aproxime emocionalmente a ellos.

Hay una cuestión, en el desafío entre el bien y el mal, entre el amor y la dentellada, Guadagnino queda entre sorprendido y atónito y no remata bien el duelo.

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Cerrando

Recordando otra película, caigo en la cuenta de que esta compulsión carnívora retratada en el filme es muy diferente del canibalismo de Hannibal (2001), de Ridley Scott, personaje que es mucho más psicopático, cínico y criminal.

Esta apetencia de Guadagnino es, según lo pienso, un canibalismo vinculado a la rebelión, a la marginación y la identidad disidente. No dudo que está diseñada pensando en una audiencia joven, gran parte de los cuales han abrazado el veganismo, vegetarianismo y otros «ismos», para los cuales esta peli resultara bizarra, chocante e incluso retadora.

Queda igualmente vinculada la cinta con la pobreza, la falta de oportunidades, la escasez de vivienda para la juventud, la crueldad de la supervivencia y la vergüenza secreta de ese tipo especial de hambre y de otras hambres igualmente inconfesables que acompañan en ese período de supervivencia.

Y sin duda Hasta los huesos es una película extravagante, chocante, peregrina y escandalosa. Es también aterradora, desagradable y sorprendente en su ensortijado idealismo romántico.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

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