Avatar: El sentido del agua (2)

  29 Enero 2023

¿Pandora o Jauja?

avatar-2-0James Cameron vuelve con una secuela de Avatar (2009) que es más bien un remake. El canadiense ha cumplido la promesa implícita en su primera entrega de retornar a Pandora, el idílico mundo creado enteramente por CGI allá en la primera década del 2000. A nadie puede extrañarle tal decisión, si tenemos en cuenta que aquella gallina tenía todavía muchos huevos de oro que poner: podría decirse que sus efectos 3D apenas habían sido igualados por alguna película como La invención de Hugo o La vida de Pi, y desde luego que nunca habían sido superados por mucho que las sagas de superhéroes de Marvel o DC se empeñasen en conseguirlo.

Cameron redobló la apuesta en este sentido, y durante diez años siguió investigando para mejorar sus efectos, al tiempo que escribía y rodaba horas y horas de metraje como para completar cuatro películas más. Del resultado, visible ahora en las pantallas de todo el mundo, no podemos decir nada más que en un aspecto técnico, es el esperado: apabulla el nivel de detalle y el cuidado que el autor de Terminator ha puesto en su nueva película.

Sorprende la capacidad de inmersión que otorgan sus avances visuales; se constata su solvencia realizadora y su dominio del espectáculo cuando comprobamos cómo dosifica la carga estética: en un lento crescendo, la película deleita desde el principio, pero no es hasta la batalla final que Cameron nos lleva hasta un paroxismo que no se siente excesivo porque ya nos hemos habituado a la estupefacción visual. Sin embargo, en ese momento, la película nos hace notar que todavía quedaba margen para nuestro sentido de la maravilla.

Todos esos años han valido la pena; Cameron, como ya sucediera en Abyss o Terminator2, ha hecho evolucionar de nuevo la técnica cinematográfica.

Sin embargo, poco más puede decirse de un filme que no avanza en ningún otro aspecto. Avatar: El sentido del agua, responde a los cánones del western que ya asumiera su primera entrega. Nada novedoso hay ya en que los protagonistas sean los nativos de Pandora y los antagonistas los aliens terrestres. Nada en los conflictos clásicos que a lo largo de la película se presentan, eso sí, en todas sus variables posibles: externos, internos y fatídicos. Nada, en resumen, en la motivación de los extrapandorinos para colonizar un planeta remoto y hostil.

Tal y como sucediera en su antecesora, un MacGuffin en forma de riqueza material que ansían los terrícolas se constituirá en paradigma de la maldición de los recursos para el idílico planeta-Gaia.

Esta vez es una suerte de elixir de la eterna juventud que puede encontrarse en los fluidos de ciertos animales, aunque tanto hubiese dado que fuera el extasiante canto de un pájaro, el analgésico que brotara de una fuente secreta o el irrompible, impermeable e ignífugo tejido hilado a partir de las maravillosas plantas empáticas de Pandora.

Pueden hacer sus apuestas para las próximas tres entregas, porque lo que parece seguro es que Cameron y sus coguionistas seguirán apostando por la tensión ecológica que se da entre el uso y disfrute conservativo de un don por los apegados a la naturaleza, y la explotación de este mismo don transformado en mero recurso económico por los invasores.

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Es una intención loable, crítica. Pero quizá Cameron haría bien en asumir que con la iteración de su leitmotiv está ignorando su propia advertencia: la gallina de los huevos de oro no ha de ser explotada hasta el límite, so pena de fenecer.

Porque Pandora no puede seguir equiparándose con Jauja si su historia quiere aportar algo; el equilibrio ecológico se mantiene siempre entre luces y sombras, y todo don exige un sacrificio: las fieras devoran a sus víctimas y las plantas a veces envenenan a sus depredadores; la naturaleza es benévola, pero también libera fuerzas incontrolables, que mantienen vivos —es decir, hábiles, activos y vigilantes— a los moradores de sus dominios.

Si Pandora se caracteriza siempre como un paraíso terrenal, sin zonas oscuras, las películas de Avatar caerán irremediablemente en la autocomplacencia del puro escapismo hedonista y la pueril concepción del buen salvaje. Cinco entregas de lo mismo pueden hastiar hasta al más entusiasta del culto a la Pachamama: no olvidemos que incluso la deidad andina era proclive a sacudir ocasionalmente la tierra con destructivos seísmos.

Cameron ha querido complejizar la narración clásica de Avatar con la inclusión de varias líneas argumentales, cada una de ellas con sus respectivos conflictos: el catálogo es exhaustivo, pero poco novedoso; casi puede calificarse de lección canónica sobre las relaciones de amistad, familiares, existenciales y generacionales. En este último sentido, la fructífera, aunque accidentada, rebeldía juvenil toma el protagonismo sobre lo que en la anterior entrega era el típico viaje del héroe, pero sin que este desplazamiento hacia otro de los motivos narrativos clásicos suponga una innovación pareja al virtuoso ejercicio técnico.   

Solo encontramos alguna deriva interesante en la historia paterno-filial de Spider y Quaritch, pero como es propio de casi toda deriva, acaba por culminar en naufragio: los sentimientos encontrados y los conflictos internos apenas están esbozados, los arcos poco o abruptamente desarrollados, y lo que parecería ser el inicio de una relación interesante, se ha querido dejar para una entrega posterior.   

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Cameron, además, parece empeñado en glosarse a sí mismo: por doquier encontramos referencias —cuando no escenas calcadas—, a películas como Aliens, el regreso, Terminator 2 o, por supuesto Abyss y Titanic. Sobre si esto es simplemente un juego de autorreferencia o una muestra de abulia creativa, este cronista no se atreve a juzgarlo: tanto la narración estereotípica como los guiños nostálgicos bien pueden responder al intencionado criterio de construir una película sencilla, apta para todos los públicos; la saga Avatar no anhelaría nada más allá de reventar las taquillas y engatusar a la Academia de Hollywood para lograr una buena cosecha de premios Oscar.

Pero también puede ser que, como sugerimos antes, Cameron haya querido abarcar mucho y logrado apretar poco, descuidando los entresijos y complejidades de un libreto que cojea con respecto al abrumador despliegue visual de la película.

Como es sabido, la obsesión del canadiense por controlar cada escena al detalle —dado que luego él mismo será quien las realice— le lleva siempre a ser responsable único del guion de sus filmes. Esto no implica que no coescriba sus historias —la de Avatar: El sentido del agua, es en parte creación de Josh Friedman—, pero sí que la construcción literaria y dramática sea subsidiaria de la técnica: primero Cameron visualiza, después, escribe.

Es una manera de hacer cine. De hacer un tipo de cine. Nadie va a pedirle a Cameron que sea Scorsese, Hitchcock, Bergman o Allen. Tampoco a ellos se les va a pedir que sean Cameron. Que todos convivan en nuestras pantallas es una riqueza. A Cameron se le puede seguir exigiendo que apueste por la revolución técnica, que cree personajes femeninos fuertes y que estimule y epate nuestro sentido de la maravilla. También, por cierto, que nos ayude a enseñar a los jóvenes qué es una historia clásica en varios actos con arcos y conflictos universales.

Si de paso revienta taquillas y gana una ristra de Oscar, mejor para él. Lo importante es mantener vivo el cine... y a fe mía que Cameron lo logra.

Escribe Ángel Vallejo | Imágenes 20th Century Studios España

  

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