Holy spider (Araña sagrada) (1)

  18 Enero 2023

El asesino hogareño

holy-spider-0El uso político del cine, como el de cualquier otra manifestación artística, ha sido una constante desde sus más tempranos orígenes. Su instrumentalización para la causa acometida por los totalitarismos fascista y comunista (Leni Riefenstahl, Sergei Eisenstein) redundó en la exaltación de la propaganda como mecanismo de captación y legitimación, pero, sobre todo, como artefacto estético.

Es más, su supervivencia a lo largo de los años debe más a la aportación estética que a la ética. Las películas de propaganda nazi y comunista que permanecen en el canon son ejemplos artísticos más que políticos, cuyos idearios trasnochados han declinado mientras que su vehículo cinematográfico sigue manteniendo vigencia.

No será este el caso de Holy spider, desde luego. Casualmente, los astros históricos se han alineado en el firmamento para que el afán de denuncia que empapa toda la película haya sido inflamado por las revueltas y protestas que han prendido en Irán a raíz de la muerte de una joven a manos de la Policía de la Moral, una siniestra denominación de nítidos ecos orwellianos.

Pues Holy Spider se ha erigido como un ariete con el que atacar y denunciar la Teocracia reinante en la República Islámica de Irán; una teocracia que casa mal con la res publica, en tanto en cuanto el aparato administrativo está regido por toda una iglesia-clerecía de imanes y religiosos que profesan el Corán como faro absoluto en los aspectos privados y públicos.

Dicha teocracia se remite a la revolución de 1979, la que impuso en el poder al Ayatolá Homeini, exiliado y prohijado por la República francesa, la cual ha sufrido la cólera islámica en los últimos años mediante una serie de sangrientos atentados islamistas-terroristas.

Por supuesto, la denuncia ahora se ha modernizado y se ha centrado en destacar el papel servil, la sumisión que padecen las mujeres en dicha sociedad teocrática y (hetero)patriarcal. No hay más que recordar la campaña auspiciada por las actrices francesas: los mechones de las binoches, en solidaridad, mejor, en sororidad con las mujeres iraníes, cuya negativa a cubrirse el pelo con el prescriptivo pañuelo fue la causa y es la continuación de su rebelión contra el injusto orden establecido.

Para llevar a cabo tal denuncia, el director ha apostado por guionizar unos sucesos históricos: los asesinatos de prostitutas cometidos a principio del siglo XXI en la ciudad santa de Mashhad (una panorámica nocturna de la ciudad la ofrece desde el principio como una tela de araña en la que las mujeres serán los chivos expiatorios de un asesino-sociedad arácnidamente religiosos), segunda urbe iraní tras la capital Teherán y lugar de peregrinación sagrado al santuario del octavo imán Reza.

Partiendo de una premisa inobjetable, incluso banderín de enganche en todo el Occidente librepensador, democrático y feminista; esgrimiendo la reivindicación de los humillados derechos de la mujer como catalizador ético y detonante político, el director acomete una película pésima, tan burda en el fondo como en la forma y, tal vez lo peor, falsa y sofista.

Es tan obvia y aceptada la tesis que apadrina —libertad para las mujeres—, que una soberbia desmedida en su modalización acarrea un resultado nefasto (nefando), en que el espectador es tratado como un ente pueril, carente de cualquier rigor intelectual o, en caso de que lo poseyese, dispuesto a zafarse y desprenderse de él para participar en una misa laica y feminista que sacrifica el arte en aras de la política.

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Esa imagen vía televisión de las Torres Gemelas neoyorkinas como chimeneas humeantes después del impacto de los aviones terroristas, no sólo se utiliza como anclaje histórico (estamos en septiembre de 2001, aunque ahora en Irán), sino que muestran que frente a la barbarie de origen religioso, frente a una regresión medievalizante, el director —posiblemente de manera inconsciente, lo cual no es disculpa, sino peor: necedad— ha atacado con otro discurso con idénticos tintes religiosos, aunque estos sean ahora de carácter progresista, liberador, laico y feminista, pues todos ellos no consiguen hilvanar un relato con coherencia dramática y consistencia narrativa, pues cualquier menudencia de tipo formal podría arruinar la gran indignación que nos invade.

De esta forma tenemos no una batalla dialéctica, sino una lucha de ofensa islamista frente a otra ofensa de raíz liberal-occidental-feminista. Y en este caso en concreto, la negación de la negación no conduce a una síntesis nueva, sino a la nada y al vacío estético (ergo, ético y político también).

El director Ali Abbasi recurrirá al género del thriller para embastar su sofístico guion, y aun siendo aquel un género tan agradecido y flexible, el resultado es un despropósito, un relato exasperante por sus carencias y sus trampas, no por su vigor narrativo y contestatario, de los que carece. Por supuesto, los convencidos de antemano, aquellos que acuden a ver la película como si de un exorcismo-misa laicos contra el statu quo iraní se tratase, comulgarán congraciados con la hostia fílmica que les ofrece Abbsi. Los demás seremos convictos de casi dos horas de pésimo cine.

Tal vez el director se sienta solidario con la desgracia que hermana a las mujeres de su país con las mujeres mexicanas, ambas sometidas a un feminicidio institucionalizado. Pero como la película no es un documental, para tejer el patrón de cine noir son necesarios un asesino (un psicokiller islamista, un muy lejano remedo de ese misógino predicador Harry Powell encarnado por Robert Mitchum en La noche del cazador) y un audaz investigador (una aguerrida reportera).

El suspense brilla por su ausencia pues no se trata de descubrir la identidad del asesino: a los quince minutos se sabe quién es con ese plano detalle del anillo en su dedo que, por si alguien no se ha percatado, se remarcará ostensiblemente, al igual que una serie de detalles se subrayan enfáticamente, mientras otros se eliden o suponen por arte de birlibirloque.

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Los personajes son romos, planos, sin ningún atisbo de profundidad psicológica. Ni se inmutan ante nada ni su rostro expresa ninguna convulsión interior. El asesino es hogareño, ya que le gusta perpetrar los crímenes en el domicilio familiar, aprovechando la ausencia de su familia, la noche de los jueves antes del día del rezo en la mezquita, familia que pernocta en casa de los suegros. Allí, en su más confortable intimidad, les deja utilizar el baño para sus abluciones (una incluso se lava su chochito), hasta que de manera protocolaria las estrangula: a veces con sus pañuelos; otras, con sus propias manos. Luego las amortaja con la alfombra del comedor (dieciséis alfombras son muchas para que su mujer no sospeche).

Hay episodios chirriantes para la verosimilitud genérica: la manzana manchada con el carmín de una de las víctimas (pues las suele agasajar con fruta antes del happening), descubierta por su inocente hija, sale volando por la ventana hasta la calle. Los zapatos de otra víctima se esconden debajo de... la nevera.

Este padre cuarentón es un excombatiente veterano que sobrevivió a la larga guerra irano-iraquí. Parece ser que arrastra cierta culpa por no haber muerto allí inmolado como un mártir, obsesión esta por el martirologio que obviamente se atribuye al asfixiante clima religioso en que se ha criado y chapotea. Sufre ciertos ataques de furor contra su hijo; llora por un dolor que lo tortura en alguna secuencia, pero cuando en el juicio es inducido a argüir locura para rebajar o eludir el castigo, se niega y se enorgullece de su faceta de ángel exterminador del vicio y de la corrupción.

El reclutamiento de las prostitutas responde al mismo esquema: ellas dan vueltas alrededor del santuario del Imán Reza los jueves por la noche (¿y la Policía de la Moral?). Ellas se maquillan y llevan tacones, lo cual delata su condición mercenaria (amén de los gritos con que son increpadas desde los automóviles: «¡Putas!»). El pater familias monta en su moto y se dedica a dar vueltas por la ciudad, por la zona del santuario (al modo del Nani Moretti de Caro diario), hasta que convence a alguna y la lleva al hogar.

Su cacería redentora y purificadora tendrá fin cuando la osada periodista le tienda una trampa ante la impericia y la desidia de la policía. Ella se disfrazará de ramera y actuará como cebo. La periodista es una urbanita procedente de la capital Teherán. Allí ha perdido su puesto de trabajo por no transigir con el acoso de su jefe, aunque la versión que ha trascendido y que es vox populi es que ella era una provocadora, una arpía fumadora y protoccidental.

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El capitán de la policía se muestra remiso ante las indagaciones de la valiente reportera (destaca el atraso en los mecanismos de investigación, la falta de pruebas de ADN, la ausencia de un protocolo policial y efectivo y, en especial, la desmotivación por tales feminicidios) e incluso lleva a cabo una incursión nocturna en la habitación del hotel de la periodista a la que tras ofrecerle un cigarrillo compartido se apresta a acosar y tildar de «puta».

Finalmente, en la secuencia que debería ser climática y desemboca en previsible, asesino y perseguidora se encuentran juntos en el comedor-escenario criminal. Después de una encarnizada lucha y de gritar por la ventana, ella consigue escapar ante la impotencia y resignación de su raptor. Al día siguiente, la policía lo detiene. Su detención desata una ola de indignación a favor de su liberación: sus asesinatos son considerados por el pueblo como actos purificadores. El asesino es un héroe religioso. Se solicita su liberación.

Comienza un juicio tan controvertido como inverosímil en su desarrollo. Todo apunta a que es un paripé. Se le ofrecerá una huida en el momento de la ejecución orquestada por sus antiguos compañeros de armas con la aquiescencia del juez-imán religioso, pero en un —más que sorprendente, irrelevante— giro de guion injustificado, finalmente es ajusticiado.

Las imágenes finales reproducen la entrevista de la periodista al hijo de la araña, nombre con el que ha sido bautizado por la prensa el psicópata. El hijo se muestra digno vástago del padre dispuesto, ante el requerimiento popular, a continuar y desarrollar la labor profiláctica paterna. Así, hasta el último fotograma, el sermón laico se mantiene. La sociedad iraní está enferma, padece una misoginia endémica, la religión islámica propende, auspicia y cobija el feminicidio.

Las propias mujeres iraníes casadas (la periodista está soltera) admiten el asesinato de sus hermanas descarriadas. Todas las víctimas son toxicómanas, enganchadas al opio, o mujeres-madres solteras repudiadas socialmente y arrojadas a la marginación…, frente al menosprecio de sus propias familias, renuentes a perseguir la justicia si ello conlleva remover las aguas escandalosas.

Una historia malbaratada por un tratamiento simplista, maniqueo, urgente y precipitadamente reivindicativo. Lo obvio por sí mismo no basta para forjar un instrumento útil tanto estética como, por consiguiente, políticamente. Malos tiempos para la lírica, para la política, para la filosofía…

Escribe Juan Ramón Gabriel | Imágenes Karma Films

  

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