Los jóvenes amantes (2)

  21 Enero 2023

Diferencia de edad, amor y edad subjetiva

los-jovenes-amantes-0Shauna y Pierre vuelven a encontrarse pasados quince años de su primer encuentro. Ella es una hermosa y elegante arquitecta retirada y él un médico casado felizmente y con hijos. Él la había visto solo una vez, mucho antes de caer en ese embrujo definitivo: un flechazo inapelable. Seres opuestos pero seducidos el uno por el otro, reconectan e inician de nuevo la aventura. Pero les acecha el fantasma de la diferencia de edad. Ella tiene 71 años y él 45. Viuda, madre y abuela, Shauna necesita reafirmar que después de todo es una mujer atractiva, cautivadora y plena.

Muy pronto, Pierre contará la verdad a su esposa e intentará que esa relación iniciada furtivamente se consolide. El contexto no es sencillo: además de la crisis familiar que desata la noticia, el vínculo se empieza a tambalear muy pronto.

Lo que experimenta Shauna no es una falta de deseo, a pesar de estar acostumbrada a una vida en solitario. Sus sentimientos son, de una parte, de sorpresa por la aparición de un intenso romance que ya no esperaba. De otro lado, la indecisión, determinada por los prejuicios sociales que suelen sobrevolar en un caso así; también cierta inseguridad personal que la lleva a una fría incredulidad. De modo que el planteamiento de la historia tiene su interés, pues apunta a la interrogante de si una septuagenaria puede tener aspiraciones amorosas estables con un hombre más joven. La obra responde a esta pregunta con sutileza, con discreción, sin declamaciones.

Antes de su muerte, la directora y guionista de origen franco-islandés Sólveig Anspach estaba trabajando con la guionista Agnès de Sacy en un nuevo largometraje, una historia de amor entre una mujer madura y un hombre mucho más joven, inspirada en la historia real de su madre. Posteriormente, la francesa Carine Tardieu recogió el relevo de esta película, reelaborando ​​el guion con De Sacy para finalmente dirigir Los jóvenes amantes, un emotivo y delicado drama romántico protagonizado por Fanny Ardant y Melvil Poupaud, que tuvo su estreno internacional en la Sección Oficial de la Fiesta del Cine de Roma.

Así pues, con un romántico y por momentos conmovedor libreto de Sólveig Anspach, Agnès de Sacy y la propia Tardieu, esta última acomete la empresa de este filme del cual dijo: «Responder al miedo a la muerte con el deseo de vivir es el tema principal de esta película, y eso es lo que Sólveig me transmitió con esta historia».

La verdad, es una forma muy efectiva de expresar este concepto, con una gran historia de amor atemporal, que pocas actrices podrían haber construido de una forma tan creíble y con tantos matices como Fanny Ardant. A la vez juega con los ritmos, la comedia y el drama en esta deliciosa y beatífica historia de amor, que cuida los detalles, especialmente las manos en primeros planos y la lluvia, bajo la cual se dan las escenas más intensas de este melodrama.

Creo de justicia apuntar que la película comienza de manera una tanto errática, de modo que le cuesta un poco encontrar el foco, centrarse, y no alcanza su velocidad de crucero salvo en la media hora final.

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La historia

Shauna y Pierre se conocieron por vez primera en el hospital donde estaba a punto de morir la mejor amiga de Shauna, y donde Pierre trabaja como médico. «Respiremos de nuevo el mismo aire, aprovechémoslo mientras dure», le dice Pierre a la mujer, mucho mayor que él, animándola a disfrutar de cada momento del presente mientras su amiga está viva. Hay dulzura y un intercambio instintivo en este encuentro. «Me hace bien», les responde Pierre a quienes le preguntan por qué permanece en el hospital en lugar de irse a casa. Probablemente él está recuperándose también de un dolor personal.

Quince años después, Pierre está casado con Jeanne (Cécile de France), tiene dos hijos y está dirigiendo una importante investigación sobre un tratamiento contra el cáncer. Los giros del destino lo llevan a encontrarse con Shauna, ahora una señora mayor, arquitecta consumada, que a los 70 años cree haber cerrado definitivamente el capítulo romántico de su vida.

La película retrata con delicadeza su gradual acercamiento (ella es 25 años mayor que él), entre sentimientos de pudor, atracción, agitación, pensamientos agradables, mensajes divertidos y manos entrelazadas. La relación representa un punto de inflexión para ambos: para él supone un redescubrimiento de sí mismo tras una importante pérdida, mientras que para ella significa el redescubrimiento de sentimientos que creía enterrados en el pasado.

Pero Shauna es una mujer sin futuro, según dice, y Pierre tiene una familia a la que ama: su mujer está dispuesta a pasar por alto la situación, pero se sorprende al descubrir la edad de su amante, mucho más que por el hecho de que la esté engañando. De hecho, se ríe, para luego derramar lágrimas aún más amargas. Entiende que, si esa es la realidad, no puede tratarse solo de una aventura, sino de algo más profundo.

La película, además de estar inspirada en la propia madre de Anspach, que a los 75 años redescubrió el amor con un hombre más joven, es también un canto a la vida, que la directora comenzó a desarrollar cuando era consciente de que la suya llegaría pronto a su fin.

Es fácil imaginar que hacerse cargo de este proyecto era una responsabilidad para Tardieu. Al crear a su propia Shauna, la directora francesa tuvo que encontrar el tono adecuado, firmando una película llena de gracia, que nunca cae en lo morboso, proponiendo a la vez diversas reflexiones.

Hasta los personajes secundarios son interesantes e importantes, sobre todo la hija de Shauna, Cécilia (interpretada por Florence Loiret-Caille, una actriz a la que Anspach le tenía un gran cariño y que probablemente sea su alter ego, en este caso). Cécilia es una mujer en la medianía de edad, melancólica, que vive sola después de que su hija haya abandonado el nido («síndrome del nido vacío»), y que sufre y se inquieta al ver a su madre enamorada, cuando ella hace tiempo que no que ya no lo está.

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El amor entre edades dispares

Carine Tardieu desmonta clichés en torno al amor en esta película, un amor entre personas de edades muy dispares, en la que un hombre en la cuarentena se enamora de una mujer de más de 70 años. Lo hace de una manera sutil y emocionante. La película funciona muy bien, también y en gran medida por la química que se da entre Ardant y Poupaud, que hacen gala de entrega y complicidad.

Tardieu demuestra su maestría gestionando las emociones sin salirse de la plantilla y del esquema de lo que podríamos llamar cine romántico francés, una cinta abierta a un público de todas las edades, gustos y condición, sin truculencias ni escenas escabrosas o extemporáneas.

Un amor que enseguida se viste con la fuerza del cariño con que la cineasta cuida a cada uno de sus personajes, que quedan envueltos en una suerte de tierna elegancia. La directora hace auténticos malabarismos con los tópicos y acierta a inscribirse en la contemporaneidad, sin que se note la presión de una trama «en la que figura desde la Francia multicultural a consideraciones éticas sobre la mastectomía, pasando por la normalización de cualquier tipo de amor más allá de las convenciones o la visibilidad de los cuerpos –de mujeres– castigados por la edad» (Engel).

Las escenas de cama son finas y a la vez prudentes, y nuestra directora demuestra delicadeza, y se confirma como alguien que dignifica la tercera vía, o sea, un cine comercial y de autor de incontestable calidad, que encierra también algo de crítica social y que desde luego no supone un riesgo a la entidad del filme.

Esta película no es varias cosas. No es tramposa, no es en sentido estricto (a su autora no parece interesarle) un tratado de autoayuda sobre las bondades de la vejez, ni reivindicación o acto de justicia en pro de las nuevas sensibilidades, tampoco un folletín ni una feel good. Estamos ante una cinta que, sobre todo, aborda el concepto de amour fou (amor de gran intensidad, amor loco) de forma cálida, empática e incluso utópica

El filme acierta igualmente a acercarse a temas como la reconquista del amor perdido y, en particular, la crisis del hombre de mediana edad, sus temores y vacíos (crisis de los cincuenta).

En el reparto, Melvin Poupaud está convincente como protagonista, pero la película es mucho de Cécile de France, que encarna a una mujer despechada que acaba resignada; y, por supuesto, es decisivo el rol interpretado por de Fanny Ardant que es la figura nuclear; también la hija, encarnada por Florence Loiret-Caille.

Acompañan muy bien otros actores y actrices de reparto, como Sharif Andoura, Sarah Henochsberg, Martin Laurent, Olenka Ilunga, Manda Touré, Julia Gómez y Corey McKinley. Los personajes transmiten humanidad, el flechazo, la ternura y la emoción de los enamorados.

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Si el filme consigue mantener una permanente dignidad a pesar de tanta pena y tanta herida es básicamente gracias a los protagonistas y sobre todo a la pareja protagonista, que nunca condesciende a ningún recurso fácil. Fanny Ardant sabe hacer valer el peso de su nombre y de su historia (trabajó para François Truffaut y Alain Resnais, entre otros) y demuestra que todavía está en condiciones de hacerlo.

Por su parte, Poupaud demuestra ser un actor versátil y, además, se las ingenia para dotar a su personaje de una verdad que la película no necesariamente le provee (pues no queda bien explicado el flechazo en ella). Y no olvidemos a Cécile de France, que encarna a la esposa indignada, que logra reaccionar con valentía y entereza cuando se da cuenta de que aquello que parecía imposible, se vuelve inevitablemente real.

Otra película similar y edad cognitiva

Es una película que me ha recordado a otra que vi en mi juventud y que por alguna razón me impresionó, titulada Cuarenta quilates (1973), de Milton Katselas, con Liv Ullmann como protagonista, una mujer madura que se siente atraída por un joven a quien dobla en edad. Ambos decididos a disfrutar un tiempo juntos, inician un romance mientras veranean en Grecia. Como ella anda por la cuarentena (entonces 40 era mucha edad), él le explica que eso es como un diamante de 40 quilates. Y de ahí el título.

La señora de esta película tiene más de 70 años, o sea, 70 quilates, una maravilla de la joyería romántica contemporánea. Actualmente, los diamantes tienen más quilates.

Ser adulto mayor es una cuestión generacional y de época, de sentimiento, más que de DNI. Hoy las personas mayores están mejor, más activas e ilusionadas que una o dos generaciones atrás. Y las señoras han subido unos peldaños en la mágica escalera de los años, índice que hoy se entiende mejor desde lo que en Gerontología se conoce como edad cognitiva o edad subjetiva.

Es decir, la ciencia ha comprobado que la edad está sobre todo en el corazón y en el espíritu.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

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