James Caan, in memoriam

  14 Agosto 2022

Un sentido recuerdo

james-caan-00El pasado 6 de julio falleció a los 82 años un actor que marcó época y que en los años 70 fue el mejor pagado de Hollywood. Una figura atractiva, musculada y con un repertorio actoral meritorio.

Hizo primero series de TV y luego significadas películas como El Dorado (1966), penúltima cinta de Hawks (la última sería Río Lobo, 1970); La muerte llama a la puerta (1966), de Curtis Harrington; Un puente lejano (1977), de Richard Attenborough; 1941 (1978), de Steven Spielberg; Un viaje desde el corazón (1998), de Paul Quin; Dogville (2003), de Lars Von Trier, y, en fin, muchas más, algunas de las cuales comentamos más abajo.

Tras conocer su fallecimiento en su casa de Beverly Hills, la Academia de Hollywood lanzó un mensaje en Twitter así de contundente: «Su fallecimiento marca el fin de una era». No hay mejor reconocimiento.

De igual manera, sus camaradas del sindicato de actores SAG-AFTRA, mayoritario en Los Angeles hollywoodienses, manifestaron que tres de sus películas, La canción de Brian (1971) (TV); Misery (1990) El padrino (1972), son ya historia del cine, lo cual es también un reconocimiento muy importante.

El deportista convertido en héroe expresó una trazabilidad única en el caso de Caan, que ya lo había intentado con La canción de Brian (1971), y dio vida al atleta Brian Piccolo, diagnosticado de cáncer en la cumbre de su éxito. Un papel que ni pintado para él, deportista de élite convertido en mito trágico.

Con la ficción de Rollerball (1975), el actor se quedó grabado en la retina de los amantes de un cine físico, del cine de fuerza que se prodigó en los años setenta. Caan con sus patines o roller-skates, deslizándose a toda velocidad e intensidad en un deporte de ficción, alrededor de una pista circular, donde nuestro actor ofreció su mejor perfil de hombre duro víctima del sistema, interpretando a un astro venerado en la arena del nuevo mundo romano donde el premio significaba la gloria, y la derrota una muerte segura.

Pero sobre todo Caan será recordado por la imagen eterna de Sonny Corleone en El padrino, cuando muere acribillado por los hombres de Barzini. Fue elegido especialmente por Coppola —de quien era amigo— para el papel.

De origen judío y nacido en 1940 en el Bronx de Nueva York, Caan hizo de su acento peculiar y de su semblante serio y duro una seña de identidad. Jugó al futbol americano, practicó artes marciales y entrenó con el maestro de karate Tak Kuboda. Políticamente fue partidario de Donald Trump en 2016, distando mucho esta tendencia de sus colegas en el mundo de los estudios de cine de California.

Poco después del estreno y éxito de El padrino, Caan pudo aprovechar este impulso. Pero incomprensiblemente rechazó participar en la saga Star Wars y en Superman. Pensó en alcanzar de nuevo escenas únicas o papeles protagonistas con grandes realizadores. Pero Hollywood se iba rindiendo ante la penetración de las franquicias (como Tiburón o tantas otras)La contemporaneidad exige renuncias y tiene virtudes crematísticas que Caan no supo ver.

Algunas películas de Caan

Comentamos de este gran actor tres películas: una psicológica sobre la ludopatía, El jugador (1974); una gran película de acción y fuerza que se me quedó grabada cuando la vi en su estreno, Rollerball (1975); y una comedia distraída, Mickey ojos azules (1999), de Kellly Makin.

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El jugador (1974)

Cuando aterrizó en Hollywood, Karel Reisz se hizo cargo de trasladar a la pantalla un malévolo guion de James Toback que resulta a la vez que atrevido y eficaz.

Gran película sobre la ludopatía que tiene un desarrollo dramático y colabora a entender mejor el espinoso tema del juego y sus consecuencias.

El protagonista, Axel, lo interpreta soberanamente ese gran actor que fue James Caan, que en esta película, además de respetado profesor de Literartura, es todo un enfermo del juego, con un serio problema que le impele a apostar sin tregua para riesgo de su integridad moral y física.

Cuando no está en el aula, el mundo de Axel se torna oscuro y lleno de problemas. Apuesta casi por cualquier cosa y vive una vertiginosa carrera por ganar. Lleva acumulados más de 44.000 dólares en deudas que con su sueldo de profesor de universidad no puede pagar.

Como solución acude a los bajos fondos de la ciudad donde encuentra más dinero fácil y a la vez, más problemas.

Axel ya ha acudido a su madre (Jacqueline Brookes), a su abuelo (Morris Carnovsky), e incluso a su novia Billie (Lauren Hutton) para poder saldar la cuantiosa deuda. Alex apuesta a lo imposible para conseguir darse un chute de emoción. Hace también un gran papel en el film Paul Sorvino, junto a unos secundarios de lujo entre los que destacan un joven James Woods en uno de sus primeros papeles, Burt Young o M. Emmet Walsh.

Buena música de Música de Jerry Fielding y excelente fotografía de Victor J. Kemper.

Recuerda esta cinta a la novela de Fiódor Dostoyevski con el mismo título, El jugador, publicada en 1867, que trata la temática con gran sutileza y perspicacia.

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Rollerball (1975)

Qué maravilla el Rollerball del canadiense Norman Jewison, tan eficaz e intuitivo como siempre, tan artesano y bueno, con una realización de maestro.

Gran guion, enorme historia la que escribe William Harrison, y un reparto en el cual sobresale en su mejor momento un enorme James Caan que se salía de la pantalla y de la pista, nunca mejor dicho; sin olvidar a la bellísima Maud Adams.

Y digo nunca mejor dicho, porque Rollerball es un deporte-juego de ficción en el cual, en un ruedo y sobre patines a toda mecha, ayudados por otros participantes en motocicletas que colaboraban con los patinadores a tomar velocidad, donde vale todo, los jugadores se emplean en introducir una bola de acero lanzada con enorme fuerza mecánica, en una cibernética cesta, que en realidad es un hueco en el lateral de la pista.

Mucha violencia, la vida pendiente de un hilo, mucha emoción en la pantalla, los gladiadores del siglo XX en una fábula futurista que cada vez es menos futurista. Sobre todo en la final mundial, cuando no hay tiempo y el enfrentamiento es a vida o muerte, a ver quién sobrevive. Trepidante es poco.

Esta es una cinta fantástica, con abordajes filosóficos y un importante tinte de melancolía. A la vez es una oda a la rebeldía y una apología contra el absolutismo. Y defensa de la cultura, los libros, el saber. Esta es una película que en su momento parecía profética —ahora se comprueba que lo fue en muchos aspectos—, arbitrariamente arrinconada y sin embargo, un filme más que interesante.

Las grandes ciudades tipo megalópolis desplazan a los estados, competiciones deportivas mundiales, grandes corporaciones dominantes y un descrédito por conocimiento en una sociedad de la imagen. Poblaciones multirraza, hombres al peso, el fin de la espiritualidad, exceso de lujo y dispendio, esnobismo en el arte, ostentación, sexo. Todo ello nos siuena ¿no? Por lo tanto es una peli profética que anticipó, cuando el siglo XXI era impensable, mucho de lo que vemos hoy en multitud de planos de esta vida materialista, violenta, bizarra y carente de perspectiva humana.

Película, en fin, sólida, técnicamente impecable, narración intensa y atrayente, con fondo para pensar largo y tendido, gran fotografía del británico Douglas Slocombe, espectáculo a tope y hasta una prominente música que incluye el Adagio de Albinoni y piezas de Pyotr Ilyich Tchaikovsky.

Ciencia ficción con mensaje e incluso, en muchos aspectos, obra premonitoria.

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Mickey ojos azules (1999)

Película con sus toques de amor y humor, una cinta que se digiere con facilidad y que hace gala de unos excelentes intérpretes, sobre todo en el plantel de actores de reparto que son quienes aportan mayor brillantez y alegría, con un James Caan repartiendo juego en la comedia. Es una peliculita para entretenerse y no despotricar demasiado tras su visionado.

En la historia el empleado de una casa de subastas de arte de Manhattan, Michael Felgate (Hugh Grant) está enamorado y desea casarse con la bonita y alegre Gina (Jeanne Tripplehorn), una profesora de la que aún no conoce a su familia, con su papá a la cabeza (James Caan). Esta es la cuestión.

El canadiense Kelly Makin hace un trabajo en este film que promete en su comienzo, con un inicio animado, que finalmente no sabe cerrar con acierto, le falta brío final, y concluye con una última parte algo más plana, aunque siempre siguiendo el lindero del humor.

Acompaña a ello un guion de Adam Scheinman y Robert Kuhn que sigue esta línea de más (inicio) a menos (segunda parte), y que termina de forma muy previsible, aunque la cinta da lo que promete.

La música de Basil Poledouris —a la que se añaden temas interpretados por Dean Martin, Frank Sinatra, Rosemary Clooney o Louis Prima— resulta adecuada e idónea para la materia tratada. La fotografía de Donald E. Thorin pasa el corte de calidad.

En el equipo actoral tenemos a un estereotipado Hugh Grant que hace lo que suele hacer siempre y que tan buen resultado le ha dado habitualmente. Jeanne Tripplehorn es una actriz bonita y vital que transmite su entusiasmo al espectador. El gran James Caan de los años setenta, ahora mayorcete pero de muy buena pinta, cumple sobradamente, pues su presencia es todo un valor que yo agradecí mucho cuando lo vi aparecer.

Acompaña un elenco de secundarios de lujo como Burt Youg, James Fox y Joe Viterelli, que interpretan magníficamente el arquetipo de los capos de siempre, con sus tópicos, modales, tics, frases y métodos: están excelentes.

Una vez vista de nuevo esta cinta no hace mucho, diré que se puede pensar la cosa en positivo, pues son tal vez la previsibilidad, la sencillez, los gags y los variados toques de comicidad lo que hacen de ella un efectivo artilugio para reír cándidamente con la presencia del resultón Grant, el poderoso Caan y la preciosa y expresiva Tripplehorn.

Cinta vodevilesca, en fin, que se anticipa a las posibles sorpresas, filme que tiene margen para refrescantes divagaciones donde no falta el masoquismo de un Grant zarandeado en la historia por mafiosos italoamericanos, juegos intraducibles entre el idioma académico británico y el slang o registro coloquial e informal usado por los estadounidenses.

Y para que no falte de nada, una proclividad muy actual por la gerontofilia cinematográfica según la cual los bromistas o graciosos son por lo común gente de la tercera edad: la abuela de la subasta, la vecina entrometida, el maratón de vejestorios, los gánsteres ya abuelos y el propio Caan que no se rinde y continúa haciendo olos”.

Esta película, entendida en clave medio nostálgica medio relajada, puede pensarse como un producto comercial que gusta a un determinado público inclinado al cine de distracción (distracted cinema). Podríamos imaginar que Kelly Makin vuelve a resucitar profesionalmente personajes como los mafiosos de antaño y las pasadas comedias sesenteras.

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Artículo parcialmente publicado en FilmAffinity 

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