La diligencia (Stagecoach, 1939), de John Ford

  24 Agosto 2022

Un western épico y único

la-diligencia-0Estudiaba hace ya bastante tiempo el Bachillerato y lo hacía en un colegio interno de padres salesianos. El fundador de los salesianos fue San Juan Bosco que, amén de hombre cercano y gran educador, era diestro también en su juventud como saltimbanqui, en juegos de magia y otros números. Siendo ya sacerdote, en Turín, él mismo montaba un espectáculo con sus habilidades, atraía a la gente, y a continuación del número circense invitaba al público a participar de la misa.

Sea por esta u otras razones, Don Bosco, que murió en 1888, diez años antes de la primera película, es considerado por muchos el patrón del cine. Quizá por esto, los salesianos siempre han tenido filmotecas importantes, críticos y especialistas de cine, y en el caso de mi colegio un hermoso cine-teatro equivalente a los que había en pueblos o ciudades. Se fomentaba la afición cinéfila. Nosotros visionábamos una o dos películas cada semana.

Pero lo más llamativo en aquella época de exigencia y austeridad era que una vez en cada curso académico, durante una semana se suspendían las clases y ese tiempo se dedicaba al cine, a su estudio, cine fórums y por supuesto visionado que en aquella semana era de tres películas diarias. Sí, ¡tres pelis con sus respectivos análisis! Y la cosa iba de cine bueno.

Pues bien, La diligencia fue una de esas películas que pude ver en los siete años que allí estuve, hasta tres veces. Me empapé en el mejor sentido de diligencia y de Ford y de western: ¡una maravilla! Es cine antiguo —probablemente un joven hoy ni se digne— pero es una obra superlativa.

Esta obra maestra del maestro de maestros John Ford fue el primer western que puso en valor este género cinematográfico que hasta entonces era subvalorado y poco reconocido por el público y la crítica. Lo que son las cosas. A partir de esta verdadera obra cumbre del Séptimo Arte, las películas del «lejano oeste» se convirtieron en un importantísimo y singular género del cine norteamericano, que gozó de una gran salud y popularidad durante décadas, y aún hoy.

La historia habla de grupo de viajeros variopintos, algunos de difícil trato y conflictivos, que emprenden un largo y duro viaje en diligencia. Las relaciones entre los personajes llegan a ser tensas en ocasiones y, para que no falte de nada, hasta son atacados por los indios.

Esta obra es puro perfume far west, 99 minutos inmersos en la esencia de aquellos tiempos del siglo XIX en que el hombre blanco se abría paso por paisajes inhóspitos del oeste americano con problemas de toda índole, la mayoría con tintes violentos, pues había que sobrevivir en un mundo rudo sin ley y en muchas ocasiones hostil.

Si Ford ha sido —como muchos dicen— el más grande director de cine, el enorme John Wayne fue el arquetipo por antonomasia del vaquero-pistolero, hombre duro, pero también tierno, en fin, un vaquero único que llenaba pantalla.

Y, además, en esta cinta está rodeado de secundarios con enorme caché: Claire Trevor, Thomas Mitchell (ganador del Oscar), John Carradine o Andy Devine entre otros.

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Toda una obra coral en la cual Ford sabe encajar a los personajes y hacerlos bailar, dramáticamente, en una historia elegante y con ritmo, como si fuera una sinfonía. Además, la trama y la interacción de los personajes constituyen todo un análisis social y psicológico entre hombres y mujeres de ascendencia muy diferente: el riguroso sheriff, el médico bebedor, el banquero, la prostituta, el tahúr, la mujer de clase social alta y por supuesto John Wayne comandando el carruaje, junto a la gente buena del pueblo: el cochero, el pasante de güisqui, etc.

Es una película que nos mantiene pegados a la butaca por su interés, suspense y sus fases de enorme emoción, con un ritmo mantenido constante y sus crescendos de infarto, como las escenas en las cuales la diligencia es asaltada por los indios que constituyen todo un alarde técnico para aquellos entonces.

Tiene además un guion de lujo salido de la pluma de Dudley Nichols (adaptación del cuento del escritor Ernest Haycox, Stage to Lordsburg), una fotografía superlativa de Bert Glennon con un novedosísimo manejo de la cámara, un montaje de lujo y canciones populares que amenizan la narración haciéndola más veraz si cabe.

Una de esas películas que el aficionado al cine debe ver sin excusa. Pero no sólo el cinéfilo, sino toda persona que guste del cine, más aún si es amante del western.

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Artículo parcialmente publicado en FilmAffinity  

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