Adiós, querido, e insustituible, Godard

  17 Septiembre 2022

El cine ha perdido su último genio

jean-luc-godard-0El director que no se doblegó a nada, ni a nadie, en su búsqueda de una nueva forma de expresarse a través de imágenes y sonidos. Realizó casi 130 películas y en ellas destaca sobre todo la constante búsqueda de ir un más allá, de construir y deconstruir todo como, incluso, señala uno de sus últimos títulos: Adiós al lenguaje.

Uno de los directores que le admiró, Olivier Assayas, dijo, en una comparación con el arte de Picasso, que su obra atravesaba su época, al intentar todo, siendo absorbido por todo. Un cineasta que fue varios cineastas, con muchas vidas que vivió de forma simultánea. Para Assayas, Godard estuvo en el cine y fuera.

Para Macha Méril, la protagonista de Una mujer casada (1964), Godard estuvo en el cine y fuera, le daba igual el cine, entendía la fuerza de las imágenes, hasta qué punto era posible usar el cine como instrumento de rebelión, de revolución: era un agitador más que un cineasta. Macha tenía razón a medias. Tenía claro que era un agitador, pero también como cineasta. Lo que quería era ir contracorriente, dar la vuelta al lenguaje conocido, estereotipado, marcado. Si el cine era eso, él trataba de demostrar que era mucho más que eso. De ahí que el espectador normal, y algunos críticos cómodos, somnolientos, rechacen sus películas, sobre todo su última etapa.

Su idea, su sentido era el despertar de ese público adocenado, capaz de soportar el tópico por el tópico, el lenguaje académico, repetitivo. Su cine estaba hecho para pensar, ir más allá del simple significado de la apariencia de lo cual no se libraban ni sus filmes más comerciales, aparentemente, como podría ser El desprecio (1963), sobre una novela de Alberto Moravia y cuya protagonista era Brigitte Bardot. En ella rendía su homenaje a un director que amaba, Fritz Lang, que interpretaba en el filme el papel de director.

Godard nació en París en 1930. Al ser sus padres de ascendencia suiza, se trasladaron a Suiza donde Godard adquirió aquella nacionalidad. Luego volvería a París donde estudiaría en La Sorbona, se introduciría en los grupos cinéfilos, en los cineclubs, para pasar a hacer crítica en la emblemática y mítica revista Cahiers du cinema.

Allí, bajo el patronazgo de André Bazin, coincidió con Truffaut, Chabrol, Rivette, Rohmer…, los padres del movimiento conocido como la nouvelle vague, un movimiento fundamental para el cine, en el que se partían de ciertas propuestas del neorrealismo italiano, pero barnizadas por otros sesgos temáticos. Amaron el cine norteamericano, el de los grandes, reivindicando la obra de los que serían los grandes clásicos, implantaron una nueva manera de mirar la historia de cine.

Uno de sus realizadores preferidos, frente, al principio, a la incomprensión de Bazin, fue Hitchcock. El primer libro que se escribiera sobre el gran director fue de Chabrol. De Hitch Godard decía: «Durante veinte años, lo consiguió todo». Cuando en Cahiers du cinéma dijo que Hitchcock era el cine y los demás eran una porque­ría, de golpe, los Cahiers y el camarero de la esquina estuvimos de acuerdo. Eso define toda una época.

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Su primer largometraje, Al final de la escapada (1960), surge casi al mismo tiempo que la del entonces su amigo y compañero de Cahiers, Truffaut y Los cuatrocientos golpes (1959), pero los amigos terminan por enfrentarse. Truffaut va a optar por un cine más comercial, algo que no es el caso de Godard, máxime cuando este le pide ayuda a aquel para una película, a lo que Truffaut se niega por eso, porque el cine de su compañero de crítica y de primeros pasos en el cine, no va a dar dinero.

Ya en las primeras películas, aparte de su amor por el cine norteamericano y por algunos géneros como el cine negro, al que dedica Banda aparte (1964) —años más tarde Tarantino rendirá su homenaje a Godard con su productora a la que llama Banda aparte—, Made in Usa (1966) y también la anterior y excelente Alphaville (1965) en la que convierte París en una ciudad del futuro donde los sentimientos y el amor ya no existen.

En realidad, en sus películas como Vivir su vida (1962) o la excepcional Pierrot le fou (1965), expresa su amor y desamor con Anna Karina, su mujer y actriz principal de varias de sus primeros títulos. Un amor que, como muchas otras cosas, se escapa de su vida, donde los amigos dejan de ser amigos, distanciándose cada vez más de todo lo que le rodea.

El rodaje de La China (1967) es el inicio de lo que será su obra políticamente más comprometida. En ella conoce a la que será su nueva mujer, después de la separación de Anna Karina, Anne Wiazemsky (nieta de François Mauriac) a la que ha conocido en el rodaje de Al azar de Baltasar (1966), de Robert Bresson (1). Es el momento del compromiso social y político de Godard, que se erige en un dirigente en los sucesos del mayo del 68 y donde, incluso, en pleno mayo paraliza junto a otros compañeros las proyecciones del Certamen Internacional de cine de Cannes.

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Su politización le llevó a realizar un cine totalmente comprometido con los problemas sociales y políticos de su tiempo. Películas contra la guerra del Vietnam, alegatos marxistas en un vano intento de concienciación de los espectadores, que querían diversión, evasión, títulos de carácter, con toda la ambigüedad que supone la palabra o género, documental.

En 1968 realiza Sympathy for the devil en la que narra el proceso de creación de la canción de los Rolling Stones. Crea con Jean Pierre Gorin y Anne Wiazemsky el grupo Dziga-Vertov, realizando filmes de clara ideología marxista, en los que desaparece la autoría y se huye de imágenes preciosistas. Películas duras de ver y de digerir. Ejemplos claros de un cine combativo. Lo que intentaba el grupo era realizar filmes militantes de política radical con los que hacer frente al cine comercial, incluso al sentido (lo que se considera como tal) del propio cine.

Su propuesta era preparar al espectador para la revolución que estaba a punto de llegar (no hay que olvidar que surge a partir de los movimientos revolucionarios que tienen lugar en varias partes el mundo al final de los años sesenta). Las películas significaban la lucha del grupo a través de lo que realizaban. Lo importante era el grupo que las realizaba, no alguien único que las dirigía.

El grupo Dziga-Vertov se acabó disolviendo. La revolución no se produjo, todo quedó en un amago esperanzador. Cuando el grupo se rompió, también terminó la relación de Godard con Anne Wiazemsky. De todas maneras, entre las últimas películas realizadas para el grupo se encuentra Aquí y allá (1976), en la que colabora la que será su tercera esposa, la directora y actriz Anne-Marie Mieville, quien también codirige junto a Godard Comment ça va? (1976) y colabora en las miniseries documentales Six fois deux/Sur et sous le communication (1976, seis episodios) y France/tour/détour/deux enfant  (1977, doce episodios).

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Posteriormente, intenta volver al cine más comercial utilizando actores de renombre, aunque era algo que había experimentado en un filme hecho con el grupo Dziga-Vertov, Todo va bien (1972), con Yves Montand y Jane Fonda (quizá, por los intérpretes, sea el único filme del Grupo que tiene un estreno más normalizado).

Luego vendrán Sálvese quien pueda, la vida (1980), con Isabelle Huppert; Nombre: Carmen (1983), Detective (1985), Yo te saludo, María (1985), filme que, al igual que ocurriera con La última tentación de Cristo (1988), de Scorsese, con guion de Schrader, soliviantará en nuestro país, de forma gratuita y absurda, al catolicismo más retrogrado, que intenta boicotear su exhibición por distintos medios. Pero, entonces, la censura, por suerte, no existía en nuestro país y pudieron ser estrenadas en España. Aunque eso de la censura es muy elástico, ya que existen diferentes tipos de censura, una de ellas es la de las propias distribuidoras que se niegan a exhibir, salvo honrosas excepciones, películas complejas, diferentes. Es, por ello que el cine de Godard nos ha llegado tan poco.

Después de esta etapa su obra se hace más hermética, más innovadora. Godard lo tiene claro y sabe que las imágenes sirven para jugar con ellas. En una entrevista dijo: «El cine es lo único que nos ha dado un signo. Los demás nos han dado órdenes. El cine es un signo que debe interpretarse, que nos lleva a jugar con él, a vivir con él».

Sus últimos experimentos con la imagen y el sonido llegan casi a la abstracción, como ocurre con Adiós al lenguaje (2014) o, la que puede considerarse la última película que realiza, El libro de las imágenes (2018). De cualquier forma, el compromiso político de Godard siguió estando siempre presente como demuestran títulos muy lejanos de los años ochenta: Film socialismo (2010) y Los puentes de Sarajevo (2014). En cierta ocasión Godard se definió diciendo: «Primero fui un cineasta burgués, después pasé a ser un cineasta progresista, para terminar no siendo un cineasta sino simplemente un trabajador del cine».

Pero desde sus comienzos fue sin duda un luchador, un personaje comprometido, como prueba que uno de sus primeros títulos, El soldadito (1963), fuera, en principio, prohibido por la censura francesa. Y es que la censura, aunque no lo creamos, existe en todos los lugares.

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Autor también de una impresionante, y muy personal, Historie (s) du cinéma, realizada en 8 episodios para televisión entre 1898 y 1999.

Reacio a los premios de los festivales, que no recogía o despreciaba, obtuvo un primer premio (Oso de Oro) y dos segundos (Oso de Plata) en el Festival Internacional de Berlín, una Palma de Oro especial y un premio del Jurado en el festival del cine de Cannes, dos Leones de Oro, uno de ellos al conjunto de su obra, junto a un premio especial del jurado en el festival de cine de Venecia, dos premios Cesar (los galardones del Cine Francés) y hasta un Oscar honorífico. 

Pocos realizadores han recibido tantos y menos aun los que han merecido como este revolucionario del cine siempre en su intento de abrir nuevas vías en el campo de la imagen, de su lenguaje, lo que siempre fue la divisa de su obra: «El lenguaje es algo que no se dice, que puede mostrarse parcialmente y hacerse oír. Técnicamente, el cine puede hacerlo».

Imagen y sonido forman un todo, o siguen caminos contrapuestos. Eso está en sus últimos y maravillosos ensayos.

El hombre que en sus inició ya dinamitó el cine con A bout de soufflé (Al final de la escapada) siguió siempre fiel a sí mismo. Para el rodaje de aquel primer filme tuvo a un principiante (luego uno de los grandes actores franceses) como fue Jean Paul Belmondo y a una actriz, Jean Seberg, que había interpretado sus dos primeras películas en Hollywood nada menos que con Otto Preminger (Santa Juana, 1957, y Buenos días, tristeza, 1958). Jean, acostumbrada al mundo hollywoodense, se quedó extrañada al encontrarse con una película de la que decía: «Estoy en medio de una película francesa y es una experiencia larga y absolutamente demencial. No hay iluminación, no hay equipo de sonido ni de vestuario, ni siquiera hay un guion, se va escribiendo sobre la marcha. Lo único bueno es que es tan poco Hollywood que consigo no estar nada pendiente de mí misma».

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Aquella película fue el inicio del maestro, en la que bebía indirectamente del cine negro y en la que Belmondo imitaba a Humphrey Bogart, con su gesto llevándose el dedo al labio. Y la actriz tenía razón, el filme se rodó sin responsable de vestuario (nunca existió en el cine de Godard), sin la grandeza de los rodajes de Hollywood, de forma rápida, en pocos días.

Pero sus imágenes quedarán siempre en el recuerdo: la de Seberg con su jersey en el que se leía, y pregonaba, el Herald Tribune, en aquel primer encuentro con Belmondo en el que el actor le suelta la pregunta: «¿Tú nunca llevas sujetador?». Un filme difícil de olvidar, donde se pone por testigo a Faulkner, un escritor célebre, en el aeropuerto a su llegada a París habla de las mujeres que ha amado (personaje nada menos que interpretado por el excelente director Jean-Pierre Melville) o donde el protagonista muere solo en una calle, cerrándose él mismo los ojos en su último momento.

Era el comienzo de la obra de uno de los más grandes y complejos directores (en su trato, en su forma de dirigir, en las dificultades que encierra su cine siempre en busca de algo nuevo) de la historia del cine. Un primer largometraje del que su protagonista dudaba, incluso, que se llegase a estrenar (2).

Godard decía que rodaba cada nueva película contra la anterior. Lo que quería decir, nada menos, que no deseaba repetir esquemas, en la búsqueda de lo nuevo, de novedosas formas de expresión. Aquel joven que, en principio, sólo quería escribir una novela que la publicara la editorial Gallimard, se convirtió en el más inconformista y revolucionario de los directores no sólo del cine francés sino del cine en general.

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Godard decía cosas como estas: «Nosotros, los cineastas, tenemos a la vez palabras e imágenes, y debemos sufrir dos veces, es decir, definir e imaginar al mismo tiempo. Estamos condenados al análisis del mundo, de lo real, de nosotros mismos, mientras que ni el pintor ni el músico están condenados a ello. El cine no existe en sí. Es un movimiento. Una película no es nada mientras no se proyecta y el hecho de proyectarse es un movimiento; la película no está en el aparato de proyección, ni sobre la pantalla, es un movimiento en el que hay que entrar. No veo gran diferencia entre mi vida y el cine; al principio tenía ideas sobre el cine, ahora las vivo».

Godard quiso hacer su vida, y la llevó como quiso, contra viento y marea. Incluso escogió su muerte —ha querido que se sepa—: fue por un suicidio asistido. Según parece no estaba enfermo, pero sí agotado. Tenía 91 años y, en un momento, decidió marcharse. Su tercera mujer y colaborada (él también intervino como actor en alguna de las películas que ella realizó), Anne-Marie Miéville, ha declarado que por el afán que siempre tuvo Godard de llevar la contraria en tantas cosas debía escribirse sobre su tumba el siguiente epitafio: «Jean-Luc Godard, al contrario».

De los muchos comentarios y artículos que se han escrito estos días con motivo de su muerte, me quedo con el final del bello texto que Alaua Ruiz de Azua, directora de esa buena película española que es Cinco lobitos, ha dedicado en el diario El País a la muerte del gran Gordard: «Yo venía de frecuentar un cine comercial, el indie americano o lo autoral que estuviera en cartelera. Hay muchas formas de hacer cine, pero quiero creer que las normas y los modelos de representación están para cuestionarlos. Esto alimenta el juego infinito que es el cine y desde luego, me alimenta como cineasta. Y, sobre todo, cuando una escribe, rueda o edita… pensar que además de hacer cine, podríamos estar jugando. De Godard me llevo su libertad como legado».

Escribe Adolfo Bellido López

Notas

(1) Anne Wiazemski, la segunda mujer de Godard, escribió un libro sobre su encuentro, relación y posterior rodaje de La China. Se título Un año ajetreado. Un libro recomendable en el que Anne habla sin tapujos de la relación entre ambos, su amor y sus desavenencias. Lo peor es que sobre este libro el engreído y mediocre director Michel Hazanavicius, que quizá se cree grande por el inmerecido Oscar que ganó por El artista (2011), ha realizado la insulsa Mal gusto (2017), cuyo único empeño parece ser desacreditar a Godard, algo que, en definitiva termina volviéndose contra el más bien mediocre cineasta.

(2) Bastantes películas de Godard se encuentran editadas en DVD. Existen también varias en la plataforma Filmin. En Netflix se puede acceder a Los carabineros.

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