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Los
hermanos Almodóvar han financiado esta película, tercera del director
mexicano Guillermo del Toro. Sus dos filmes anteriores, Cronos
y Mimic, se desarrollaban en espacios cerrados (una casa, unos subterráneos),
lo que generaba un ambiente opresor. Algo que se hermanaba con el tono
terrorífico y absorbente de ambos relatos.
El terror
que utiliza el director no es simple, ni afín a los tiempos actuales, es
decir no viene condicionado por los (repetidos) sustos que se prodigan a
lo largo y ancho del metraje. Su terror linda con los fantasmas y los
horrores que cada uno de nosotros llevamos dentro. Sus películas expresar
un mayor terror en cuanto se apoya en el misterio, linda sutilmente con lo
inexplicable. Terror a lo desconocido, a lo que se oculta en nosotros
mismos (aunque se refleje exteriormente) y trata de aprisionarnos y
hundirnos sin remedio.
Si
tuviera que comparar el filme con algún otro, tendría que recordar
algunas de las producciones de Val Lewton de los años cuarenta. O, más
cerca en el tiempo, Suspense
(la que es sin duda la mejor adaptación cinematográfica de “Otra
vuelta de la tuerca” de Henry James) de Clayton. Se ha dicho que El
espinazo del diablo tiene que ver con “cositas” como El
sexto sentido. No lo creo, ya que la forma de enfocar el tema (la
muerte, los fantasmas) es muy distinta en ambos títulos.
¿Qué
aporta este filme a los dos anteriores del director? Más bien poco. Lo
bueno, especial, de sus otros dos títulos sigue presente: la particular y
muy lograda atmósfera inquietante, el barroquismo de la puesta en escena,
el cuidado con el que está tratada la banda sonora (los ruidos, susurros,
los propios silencios), la utilización del color. Pero también se
encuentra lo malo o, al menos, lo más discutible, algo que aquí se
articula mucho más claramente. Señalaré, así, el defectuoso (con unos
personajes que entran y salen de la historia a gusto del “hacedor”) y
alargado guión, la escasa definición de algunos personajes, la levedad
de la trama central (mucho ruido y pocas nueces), la utilización de una
simbología que alterna el tono esperpéntico con inadecuados o forzados
procedimientos....
En el
filme hay imágenes sorprendentes. Y, como siempre (incluyéndose dentro
de la trama instaurada en la presencia del misterio), aparecen una serie
de elementos religiosos: el Cristo que se coloca en el patio, la “comunión”
con granos de café para alcanzar fuerza. Junto a ello hay que situar la
historia –o historia- cerrada que se quieren comunicar, pero que deja múltiples
puertas abiertas por las que escapan demasiadas cosas. Es sorprendente,
por ejemplo, lo conseguido con un escenario exterior propiciado por una
planicie casi desértica y en la que se alza el extraño
edificio-residencia, donde han ido a para unos niños, hijos o familiares
de republicanos. Gran solar que parece recordar el entorno que rodea a un
fuerte en un western (o una película colonial), en cuyo interior viven
una serie de seres amenazados por enemigos que se presienten fuera. Y que
en el filme también están dentro.
Existen
momentos muy logrados desde el punto del vista de un “entrevisto”
misterio e incluso desde la forma de plantear ciertas secuencias (la
entrega de la vitola a la mujer por parte de uno de los niños como si
fuera un anillo), que marcan el tono que debiera tener la película.
Con todas
estas bazas y otras más el filme no se remonta a grandes alturas. El guión,
por ejemplo, no se sostiene, no define, ni logra que la narración camine
como debiera. Los elementos no terminan de encajar o hacerse explícitos.
Pondré un ejemplo: la bomba-guerra misterio (¿deudora del monolito de 2001?)
que se mantiene erguida señala la presencia de un misterio (no estalló)
y una realidad que encierra a los personajes (en todas sus vidas hay
corazones y presencias ocultas dispuestas a hacerse visibles, salir fuera
y explotar). Pues bien, ese juego en principio curioso, termina por
presentarse como demasiado “machacón”. Otros momentos equivocados en
resolución, pero válidos en idea: Luppi con la escopeta, frente a la
ventana, esperando a Noriega, mientras va muriendo (otra referencia al
western) o la forma en que éste descubre (en la pierna ortopédica de
Marisa Paredes) donde la mujer guarda el oro.
No me
parece tampoco acertado el comienzo-reflexión de Luppi del principio,
repetido al final, que señala simplemente la conexión con una historia
contada desde él mismo: su propia presencia de fantasma, de ser sin vida.
¿No todo, en la guerra (de fuera o dentro, general o personal), forma
parte de un mundo de seres destinados a la propia muerte? Una cosa son las
múltiples puertas que intenta abrir El
espinazo del diablo (hasta el propio título muy forzado explicitando
la presencia de los niños que “nunca” debieron nacer, y que ahora
–fetos en formol- sirven de alimento a los adultos, para aislarle de sus
males o miedos) y otras las que realmente cierra. Lo complejo del relato,
las sugerencias no admiten una relación/planteamiento ni lógico, ni
verosímil. La historia etérea debe quedar suspendida en el aire y no
tratar de adaptarse a unos planteamientos lógicos. De ahí el error. E
incluso la pretensión de explicitar hermosas sugerencias, Un error que
parecen cometer los (buenos o apreciados) directores del ahora mismo con
relativa frecuencia. Lo veíamos hace poco en un instante de la última
película dirigida por Mamet, State
and Main (un movimiento de cámara para mostrar la maleta –ya
“sabida”- que contiene el dinero con el que ha sido comprado el
personaje) y lo comprobamos en Del Toro (Noriega da al niño algo que ha
cogido a su novia a la que acaba de asesinar. El espectador “sabe” que
es la vitola, sin embargo el director se “ve “obligado a mostrarla).
Hay
personajes incomprensibles (el de Noriega, que además está fatal como
actor) o el de Marisa Paredes (y no digamos de alguno de relleno), pésimos
diálogos (¡que mal dialogan muchos de nuestros guionistas!), y
situaciones mal ensambladas (Noriega volviendo a la residencia en la
camioneta, el encuentro y asesinato de su novia). Sin olvidar lo
incomprensible (o forzado) de algunas de las múltiples historias (Noriega
y el oro -¿el de Moscú?-).
La
historia de la extraña residencia con los niños, recuerda las del
“comic” Paracuellos del
dibujante Carlos Jiménez. Es por eso por lo que el director le pidió que
realizase el correspondiente story-board,
y quizás, por eso añadiese, como un homenaje a él, la presencia de los
dos niños protagonistas aficionados a los tebeos y al dibujo. No es el único
homenaje puesto que el personaje de Marisa Paredes y su pierna ortopédica
parece un “reflejo”del bueñuelesco Tristana
¿Será esa la razón por la que un personaje de un filme diga que su
padre nació en Calanda?
¿Qué
será mañana de esos niños? ¿Dónde caminan en su soledad? ¿Qué ha
supuesto para ellos esa guerra? Del fuerte-recinto perdido, dominado por
el intenso sol de la meseta, salen los niños y comienzan a marchan hacia
el futuro. Quizás atrás, para siempre, han quedado los fantasmas. ¿Quién
sabe? ¿Acaso podemos dejar a un lado todos los temores que hemos –o nos
han- creado a lo largo de la vida? ¿Y que ocurrirá con los recuerdos
metidos en la carne generando los más terribles fantasmas?
Esperemos
que Guillermo del Toro (apreciado sugeridor pero no, por el momento, buen
ensamblador de narraciones) sea capaz de crear historias en vez de
sensaciones o, por el contrario, que en su próximo filme plantee sólo
sensaciones y olvide la historia. Del Toro es un fenomenal creador de atmósferas,
pero eso por si mismo, como refleja este irregular (y a veces
contradictorio) filme, no basta. Las imágenes, además de funcionar de
forma independiente, deben formar un todo, la película.
Mr.
Arkadin
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El
espinazo del diablo
Nacionalidad:
Española-México, 2000.
Dirección:
Guillermo del Toro.
Argumento
y guión: Guillermo del Toro, Antonio Trashorras, David Muñoz.
Fotografía:
Guillermo Navarro.
Intérpretes:
Fernando Tielve, Marisa Paredes, Eduardo Noriega, Federico Luppi.
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