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Liam
es un niño tartamudo de unos siete años que vive en un barrio de católicos
en el Liverpool de los años treinta. Anda preparándose para la Primera
Comunión y recibe de su maestra catequista y del párroco la peor
preparación: una triste educación religiosa basada en el
rigorismo moral de una mala conciencia de pecado y en el terror de
un Dios que castiga fulminantemente con un espantoso infierno. Su padre es
un obrero que está en el paro debido a la crisis económica que llega
hasta los muelles de Liverpool. Su hermano mayor ya trabaja también y
simpatiza con posturas de izquierda. Su hermana adolescente se emplea de
criada en el hogar de unos capitalistas judíos. Con estrecheces, viven
felices, pero la degradante situación laboral y económica arrojan al
padre de Liam por la pendiente del antisemitismo y del fascismo emergente,
que provocarán una tragedia.
Es una
lástima que este filme, que a ratos brilla con sabiduría académica,
falle en su totalidad por el interés de su director de supeditar la
historia que se cuenta al mensaje que se quiere transmitir. De ahí los
excesos y subrayados que minan la película y que hacen que en algunos
momentos pierda cierta verosimilitud: todo está supeditado al sermón que
la película quiere dar.
El
intento de analizar las causas y el porqué del fascismo y el
antisemitismo en las clases populares, infiltrado en el fondo como un
pensamiento “contra natura” entre los pobres se consigue a trancas y
barrancas en este último filme de Frears: éste llega a afirmar en la película
que el pensamiento fascista que surge en países tan democráticos como
Inglaterra y que lucharon tan decididamente contra el pensamiento
totalitario se debe a la alineación económica: el padre de Liam
es un obrero desesperado ante el despido de una empresa regentada por un
pulcro capitalista judío y feligrés de una iglesia que enmascara otros
tipos de alienación. Sin embargo en el filme todo esto aparece muy
deslavazado, sin casi lógica e incluso muy forzado: las dos torpes
secuencias finales (el accidente del cóctel-molotov y la petición de
perdón a la hija) así nos lo demuestran.
Muy digno
de tener en cuenta, a pesar que no se puede generalizar, la grave acusación
que se hace contra cierta educación religiosa basada en el rigorismo y en
el terror, donde al niño Liam se le educa a vivir bajo la sombra del
miedo a las llamas del infierno y del excesivo dolor y de la insoportable
culpabilidad de ofender a Dios por el pecado: al final, la conciencia del
niño queda totalmente tarada para el amor misericordioso de Dios. Algunos
fallos técnicos (como poner la ley del ayuno eucarístico del
postconcilio en la práctica religiosa de los años treinta) no
desacreditan el tenor de este discurso.
Sin
duda lo mejor de la película es el punto de vista que adopta Frears para
colocar su doctrina: la mirada de un niño tartamudo, que contempla el
mundo entre la inocencia y el terror de una educación culpabilizadora. La
interpretación del actor que encarna al niño tartamudo roza la
genialidad.
José
Luis Barrera
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Liam
Nacionalidad:
Reino Unido, 2000.
Dirección:
Stephen Frears.
Guión: Jimmy Mc Govern.
Intérpretes: Ian Hart, Anthony
Borrows, Anne Reid, Claire Hacket.
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