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En esta sección comentaremos los filmes proyectados en la Filmoteca de la Generalitat Valenciana que difícilmente podríamos contemplar fuera de su ámbito. Son las joyas de la programación, películas raras o inencontrables, que van siendo recuperadas por los restauradores y que perviven gracias a los esfuerzos de las cinematecas, que sólo con esos rescates justificarían más que sobradamente su existencia. MR.
MARSHALL CABALGA DE NUEVO Por
Antonia
del Rey
Esta primera película del que luego se convertiría en director emblemático del cine español asombra hoy por lo original y arriesgada, al estar producida en un momento difícil para la libre expresión cinematográfica y en el contexto de un ambiente social tan pacato, en el que sin embargo supo sortear escollos diversos, y aparentemente tan insalvables, como el de la censura. Pese
al tiempo transcurrido, los entrañables habitantes del pueblecito imaginario de
Villar del Río siguen pareciéndonos tan cercanos y reales como lo fueron en décadas
pasadas. Y, aunque los cambios habidos en la sociedad española desde entonces
son obvios, a través de sus actitudes y sus ilusiones reconocemos de inmediato
esa parte de nuestro pasado, que no por distanciarse en medio siglo del presente
deja de estar latente en nuestro estilo de vida cotidiano. Y es que hay un poso
de aquel pintoresco modus vivendi que forma parte irremediablemente de
nuestra “sustancia cultural”, de nuestras costumbres y usos más arraigados,
y que nos hace reconocible esa forma de picaresca que desconfía siempre de los
representantes del poder, por temor a sus abusos. Por no hablar del ingenio para
salir airosos de situaciones comprometidas y, cómo no, de esa concepción
ambivalente del amigo americano, que nos lleva a admirarlo e imitarlo mientras
lo despreciamos íntimamente. En este sentido, ¿no serían nuestros actuales
gobernantes un ejemplo oportuno con el que justificar en parte la última
afirmación? Aunque cabría preguntarles cuáles son en la actualidad las
promesas y las supuestas ventajas que podremos obtener de tan incondicional
entrega. Como si no hubiéramos aprendido la lección, parece no existir temor
alguno en sus En cualquier caso, y volviendo a la película, ¡Bienvenido, Mr. Marshall! es un alarde de puesta en escena y una lección de cine, donde, mientras se evidencia la precariedad de la vida rural española del momento, se ponen en cuestión usos institucionales como el patriotismo desmedido, escenificado por el régimen gobernante a la menor oportunidad. Y se logra, precisamente, parodiando el propio cine de género histórico alimentado oficialmente para cantar las glorias imperiales de nuestro pasado. En este sentido, las tres secuencias que remiten respectivamente a las pesadillas del hidalgo –que emula las glorias de sus antepasados como heroico conquistador de tierras americanas–, a las del párroco –atormentado en el juicio que se sigue contra él al más puro estilo thriller– y a las del propio alcalde –convertido en victorioso protagonista del duelo celebrado en un saloon del Oeste– resultan caricaturas ejemplares de estos prototipos genéricos. Todo ello narrado siempre con un tono amable, que nunca raya en lo sensiblero y que mezcla la comicidad con detalles de amargo realismo. O, si no, recordemos la secuencia en la que todo el pueblo desfila ante el alcalde para expresar el deseo que espera le sea concedido por los americanos –percibidos como una suerte de Reyes Magos, capaces de satisfacer las peticiones más dispares, desde un tractor último modelo hasta una humilde barra de chocolate–. Desde tales presupuestos, resultaría hoy difícil negar la vigencia de la película y su carácter crucial para entender una parte de nuestro pasado y, por lo mismo, de nuestro presente.
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