|
|
¡CAMARERO! OTRO MARTINI, POR FAVORPor
Elisa
Mª Martínez
Recuerdo
luchar contra el viento y la lluvia, una tarde de invierno inglés. El trayecto
desde el instituto a casa se convertía en una odisea para dos niñas de doce años.
Yo iba armada con un paraguas rebelde que apenas nos resguardaba del vendaval,
mientras mi amiga ponía gran empeño en leer a la vez que sus pasos
buscaban en la acera gris nuestras huellas de todos los días. Ayer, en las
estanterías del comedor, mi amiga había encontrado, al fondo, un pequeño montón
de libros arrinconados, olvidados y entre ellos había escogido una novela de
Bond. “Creo que en realidad estaba escondida”, decía por encima del
tráfico, “No se lo digas a mis padres, que la he cogido. Es que es un poco...
bueno, ya sabes... picante”. Intentábamos llegar a casa con un aspecto
que pudiera desmentir que veníamos de pelearnos con un gato en la alcantarilla
y sin que nadie averiguase el secreto, eso sí que fue una gran misión. *** Todo
el mundo insiste en ello, ha habido una más que notable evolución en las películas
de James Bond; las mujeres, antaño meros objetos decorativos, han pasado a la
acción. Desde que Judi Dench encarna al adusto M. muestra que es la única
verdaderamente capaz de meter en cintura al mujeriego agente que, por otra
parte, depende absolutamente de los datos que le suministre su superior para
poder evitar la catástrofe mundial. Y
en la más reciente entrega, el personaje interpretado por Halle Berry pelea
admirablemente y lucha hasta casi quitarle prácticamente todo el protagonismo
al agente 007, aunque, por supuesto, cuando ella se encuentra en un buen
aprieto, será él quien, en el último instante, la rescatará. Pues claro que
sí, por supuesto que hemos evolucionado. Tanto que ya casi hemos bajado de los
árboles. Por eso lo dicen todos. Personalmente, tanta liberación
femenina me da ganas de quemar el sujetador de una vez por todas. Estoy casi
segura que ha llegado el momento. Porque, y aunque hoy en día cueste creer,
cuando las películas de Bond irrumpieron estrepitosamente en las pantallas de
los 60, supusieron una cierta relajación moral en las costumbres cinematográficas
de aquel momento. James Bond, en representación de todos los seductores y
donjuanes, convertía su versatilidad amatoria en una de sus Desde
entonces, James Bond aparece siempre rodeado de un plantel de voluptuosas tías
buenas: exuberantes, atractivas, misteriosas, inocentes (o no tanto), exóticas,
aventureras, algunas incluso ligeramente masculinizadas, todas de fácil
asimilación (bueno, ya sabéis). Así, estas mujeres son objetos de usar y
tirar, forman parte integrante del legado “filosófico”de Fleming: películas
que son auténticos productos de una época de consumismo feroz, que entienden
perfectamente las necesidades de un espectador domesticado por las estrategias
de la televisión. Un desfile machacón de trucos visuales y efectos especiales
se encarga de mantener la atención de la audiencia a lo largo de una sucesión
de secuencias coronadas por pequeños momentos de clímax, que si bien se
ordenan in crescendo, se ofrecen descaradamente como
sustitución de una narración estructurada a partir de la coherencia
argumental. La atención mínima que requiere su asimilación hace que nos
acordemos de alguna escena especialmente espectacular o de los gadgets,
pero nos impide recordar a qué historia pertenecen o en qué momento del relato
aparecen. Da igual. Bond, en la prosecución de peripecias que debe superar para
salvar el mundo, salta de situación en situación, por inverosímiles que sean,
con la misma agilidad que salta de cama en cama. Lo de siempre. ¡Ay,
sí! Se me olvidaba otro elemento básico de una de las fórmulas más
taquilleras de todos los tiempos, lo de la chica “buena” de la peli. Es
decir, aparte de tía buena, es Buena y, por lo tanto, agraciada con el polvo
final de la película (un premio a tanta bondad). No debemos subestimar la
importancia de este personaje ni ignorar todo el potencial narrativo que ofrece
ya que gracias a ella destaca, a modo de contrapunto, la sumisa Miss Moneypenny.
Ésta es la más ferviente admiradora de 007 por mucho que la castigue con sus
insinuaciones. Se crea una verdadera relación sado-masoquista en la que es
imposible que se produzca un encuentro amoroso entre Bond y Miss Moneypenny (en
esta última película la ilusa secretaria tiene que conformarse con una
experiencia erótica virtual), quien además de permanecer sola, con este nombre
está condenada a ser pobre. Pues
vaya con los swinging sixties. Los fantasmas de todos aquellos
estereotipos nos siguen persiguiendo y tanto Freud y tanta leche en bote, ¿para
qué? ¿Para cuándo los chicos
Bond? Porque mientras el agente 007 va de polvo en polvo, las espectadoras deben
conformarse con el Bond de turno, *** El
mar es más azul de lo que soy capaz de soñar... Entre las olas que mueren
sobre la cálida arena surgen un sinfín de eróticos cuerpos desnudos que
bailan y se contonean seductoramente al son de una canción interpretada por ¡el
mismísimo Tom Jones! (¡Claro que sí!, ¿quién si no?). Son los auténticos
chicos Bond (¡por fin!). Entrelazándose, sus números de teléfono, quiero
decir, los títulos de crédito... Bueno, ¿qué más da?
¡Camarero!
Otro Martini, seco, por favor. (No me importa si está mezclado o agitado,
siempre que el camarero sea guapo y tenga una bonita sonrisa).
|