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Filmografía Nace un mito Mezclado, no agitado Un fenómeno de supervivencia Bond, un número uno Espías sin fronteras Al servicio de la guerra fresca Malos, brutos y feos Bond and girls Camarero, otro Martini
| | NACE UN
MITO
Por
Adolfo
Bellido
Una
película menor de espías, casi de serie B, estrenada sin demasiada publicidad
en la España de 1963 iba a ser el sorprendente de una de las series más largas
del cine. Su título era Agente 007 contra el Doctor No. Los actores que en ella intervenían
tampoco eran conocidos, mientras que el encargado
de contar aquella primera aventura (en cine) de Bond era poco más o menos que
un artesano del cine inglés: Terence Young, un realizador especializado en un
cine, sin demasiado interés, de aventuras.
La
película ni siquiera se benefició de un época de salida prioritaria, pero de
forma sorprendente alcanzó pronto un (si se quiere pequeño) prestigio (poco
merecido) tanto en España como en el resto de los países. Los exóticos
parajes donde transcurría la historia (Jamaica), la (no muy ágil) acción
sujeta a alternancias entre ardorosas refriegas amorosas y de las otras se
adornada con un amplio desfile de bellas mujeres con poca o translúcidas ropas,
expuestas a la dicha amorosa de yacer junto a un donjuanesco espía con tiempo
para amar... antes de que matase a aquel que se le pusiera en su honesto camino
de salvador del orden -y de los intereses- del gobierno de su serenísima
Majestad británica.
“Bond,
James Bond”, como se presenta en sus película, no sólo es un espía
cualquiera. Es un fuera de serie, alguien muy especial. Educado, refinado,
culto, un sex-symbol masculino que cuenta además con licencia para matar,
adelantándose en el tiempo a la impunidad concedida a los agentes del servicio
secreto del Impero por su jefe, un vaquero (inculto) y poco refinado, elegido y
erigido (de manera poca clara) en líder del mundo libre (?), santificador del
dinero y de quienes lo poseen como forma de aplastar a un mundo de descontentos
cada vez mayor. La realidad imita al cine.
¿Serán
algunas de esas señas de identidad las que lancen al estrellato a Connery desde
el personaje que representa? Probablemente, pues Bond es la representación de
un cierto mundo (perverso) soñado o perdido entre los caminos obtusos de
nuestro subconsciente. Todo cuanto quiera puede ser poseído por James Bond.
Desde su provocativa simpatía encierra un afán de poder, dominio, desprecio
hacia sus semejantes. Quiere lo mejor y vive al límite. Utiliza a las mujeres
para su disfrute como si fuesen objetos que se tiran cuando ya no sirven o han
sido convenientemente usados. Por si algo faltase Bond tiene licencia para
matar. Tela marinera.
Uno
de los peores castigos que puede sufrir Bond es sentir atacado su sentido fálico.
Sería, su perdida, el hundimiento del personaje. He ahí la razón de una de
las escenas más explícitas de Goldfinger: el malo de turno con atributo de rey Midas trata de
“castrar” al modélico espía. ¿Cómo sería un Bond asexuado? ¿Podríamos
imaginárnoslo? Mira que, si al fin, resulta que el sentido donjuanesco del
personaje no encierra más que un cierto afeminamiento de acuerdo al estudio del
Doctor Marañón sobre “Don Juan”.
James
Bond nació de la pluma de Ian Fleming, un discreto escritor británico, que
quiso convertir a su héroe en un reflejo de si mismo, aunque quizá se tratase
más de una sublimación que de una exacta simbiosis entre autor y personaje. La
vida de Fleming fue agitada. Durante la Segunda Guerra Mundial cumplió las
labores de corresponsal de prensa y de Comandante de la División de
Inteligencia Británica. Probablemente su pertenencia a la prensa no hacia más
que ocultar su labores de espionaje. Es posible que ni su inmersión en el
mundo del espionaje fuera demasiado activa, ni sus conocimientos en el
tema fueran tan profundos como los de otros dos escritores-espias británicos.
Uno de ellos de gran interés. El otro un gran escritos. Me refiero, claro está,
a Jonh Le Carré y a Graham Greene. Le Carré aun vive y en sus escritos y artículos
se muestra extraordinariamente lúcido. Para comprobarlo basta, por ejemplo,
leer su articulo de prensa sobre las escondidas razones que llevan a Bush a la
Guerra (de forma equivocada e indigna) contra Irak. Fleming no se aproxima en
ningún concepto a ellos. Eso si, sus novelas alcanzaron un cierto éxito (al
menos efímero), debido, incluso, a la “categoría” de algunos de sus
apasionados lectores. Tal es el caso de dos personajes enlazados en sus vidas y
tan diferentes entre si como fueron el presidente John Kennedy (al que le
entusiasmaba sobre todo la novela “Desde Rusia con amor”) y Lee Harvey
Osward (el presunto asesino del presidente americano).
Los
datos de identidad de James Bond fueron explicitados someramente en las primeras
novelas de Fleming: ingreso en el servicio secreto británico en 1938, en 1950
le fue concedida la licencia para matar. Bond recibió en 1953 la Gran
Condecoración reservada a los espías en el momento de retirarse. Pero a él le
fue entregada cuando seguía en activo. Y es que como Bond sólo hay uno. Cuando
en 1951 Fleming escribe la primera novela de la serie (“Casino Royale”),
Bond tiene treinta y cinco años. Durante los doce siguientes en los que Fleming
sigue contando las aventuras de su espía, Bond no envejece. A lo sumo llegará
a contabilizar treinta y siete años. No se debe olvidar que los espías británicos
sólo pueden estar en activo hasta los cuarenta y cinco años: razón por la que
sin duda el personaje no envejecía.
Fleming
sufrió varios ataques cardiacos en sus últimos años de vida. El primero en
1961 durante el proceso de producción de la primera película (con anterioridad
existía una producción dirigida exclusivamente al mercado televisivo) de la
serie, Agente 007 contra el doctor No.
Fleming murió a los cincuenta y seis años víctima de una trombosis coronaria.
Ian
Fleming bautizo al protagonista de sus novelas con el nombre de un ornitólogo.
El número 007 que le concedía la licencia para matar se debía a hechos: una
historia del escritor Rudyard Kipling y el número en clave del espía favorito
de la Reina Isabel de Inglaterra. Fleming escribió en total catorce novelas en
las que Bond era el protagonista, así como dos recopilaciones de historias
cortas del personaje.
El
primer actor en el que se pensó para dar vida a James Bond fue en David Niven
(curiosamente haría un filme paródico basado lejanamente en la primera novela
de Fleming: Casino Royale). No fue el único actor que los productores tuvieron
en mente. También pensaron (y trataron de convencer) en Gary Grant, Richard
Burton, James Mason, Peter Finch, Peter O´Toole, Roger Moore... Este último
interpretaría a Bond en siete títulos. El primero de ellos fue Vive
y deja morir, 1973. Algunos críticos opinan que es Roger Moore quien más
se acerca al personaje literario de Fleming.
Fue
finalmente un actor prácticamente desconocido el encargado de meterse en la
coraza de Bond. Se trataba de un actor escocés de tercera (por lo menos) fila
llamado Sean Connery. Su cuyo mayor gloria personal hasta ese instante era el
haber quedado tercero en el concurso de Mister Universo. Al parecer su nombre
llegó a los productores por dos caminos diferentes:
-
Peter
Hunt, que luego montaría algunas películas de la serie, y que dirigió, en
1969, 007 al servicio de su Majestad,
le comunicó a uno de los productores, Harry Saltzman, que había conocido
en el rodaje de Operación
Snafu a un actor que podría servir para interpretar a James
Bond.
-
Cubby
Broccoli regresa de Hollywood con la foto publicitaria de un actor que
trabajó en una producción Disney. Tiene un físico, como pueden
contemplar, impresionante.
Se
trata, en ambos caso, del mismo personaje, Sean Connery. Las primeras películas
en las que intervino como actor de reparto o muy secundario eran de 1951.
Connery era en aquella apertura de los años cincuenta un joven de veintiún años.
De
todas maneras (de forma amañada o no) Connery llegó a interpretar a Bond después
de ser el ganador de un concurso organizado por varios periódicos ingleses con
el fin de elegir al hombre más acorde para interpretar a 007. Premio que
naturalmente recayó en Sean Connery.
Connery nació en 1930 en Edimburgo. Su difícil infancia transcurrió en uno de
los barrios mas pobres de la ciudad. Cuando tuvo edad suficiente para hacerlo se
alistó en la Royal Naval. Al dejar la Armada Británica no sabía que
dedicarse. Deambuló por diversos trabajos antes de ser actor de cine y teatro.
Ejerció de albañil, guardaespaldas y hasta de pintor de... ataúdes. Terence
Young el director del primer Bond cinematográfico ya conocía al actor. Había
trabajado en 1957 en una de sus películas, Actión
of the tiger. Pero cuando debe interpretar al espía británico Connery no
deja de ser un actor inexperto. Y lo que es más importante carece del
refinamiento que requiere su personaje. Será Young el que inicie a Connery en
los secretos de la alta vida mundana. Le hará valorar el placer de una buena
comida acompañada del necesario vino Gran Reserva, preferentemente un Dom
Perignom, y de vestir (y moverse) con la misma elegancia que lo hiciese Beau
Brummel... aunque lleve unos vaqueros.
Connery
interpreta su primer filme de la serie Bond por no mucho dinero, pero puso
condiciones: poder interpretar otros papeles que se le puedan ofrecer. Como
contrapartida se compromete a intervenir en varios títulos interpretando al
agente británico. La imposición que el actor propugna le será beneficiosa.
Será la forma de irse convirtiendo en un excelente actor, algo que
evidentemente no era, y se nota en demasía, en Agente 007 contra el Doctor No. Su protagonismo en títulos como La
mujer de paja (Basil Dearden, 1964) o (sobre todo) Marnie,
la ladrona (Alfred Hitchcoch, 1964) es esencial para modelar su persona
hasta convertirle actualmente en uno de los mejores actores del momento actual.
Su calidad ha ido aumentando progresivamente con los años.
La
propaganda, aquí en la España de férrea censura del primer filme del agente
007 estrenado en la primera mitad de la década de los años sesenta del siglo
pasado, incide en la sexualidad y violencia del personaje: “Su mano derecha le
sirve para empuñar el revólver, la izquierda para poder acariciar a cualquier
hermosa mujer”. En el primer filme Bond aparecen ya, pues, las más
importantes líneas definitorias del personaje y que constituirán algunas de
las claves más importantes de las posteriores películas de la serie:
-
el
“encanto” hipnótico, casi animal, del personaje principal merced a la
presencia de Connery, que aparece más afianzado a medida que va trabajando
en la serie;
-
la
presentación (a otros) de Bond por medio de unas palabras características,
repetidas a lo largo de la serie: “Me llaman Bond, James Bond”.
-
el
machismo del personaje más acuciante en las primeras películas. Los
cambios que van definiendo a Bond se van a alterar con el fin de que se
correspondan con una actitud políticamente correcta, cambiante según el
momento en el que nos encontremos. Se trataría, de acuerdo a lo propuesto
en este punto, del papel asignado a la mujer que pasa, a lo largo de la
serie, de una actitud pasiva o sumisa a otra activa. En otro orden de cosas
puede ser el habito al tabaco. En las novelas de Ian Fleming el personaje
llega a fumar mas de 70 cigarrillos diarios elaborados especialmente para él
con una mezcla de tabaco turco y griego muy fuerte. En las primeras películas
de la serie fumará regularmente, pero en las últimas ha abandonado el
tabaco. Algo parecido ocurre con la bebida. Impenitente bebedor en los
primeros títulos va dando paso a un contenido y selecto “catador”. Se
trata de aceptar la propia hipocresía de toda una sociedad escondiendo su
fariseismo en hechos nimios con el fin de obviar lo realmente importante.
-
determinadas
aficiones, orientaciones, amores y desamores, así como la utilización de
amigos y enemigos acordes con los tiempos. Papel preponderante de la energía
nuclear, de los medios de comunicación, de la era espacial, el ordenador...
-
la
presencia de una secuencia anterior a los créditos que unas veces es
importante para el desarrollo del filme y otras veces aparece como un algo
aparte a todo lo que va a venir a continuación. Una forma que,
probablemente, encuentra su sentido en las series televisivas.
-
unos
créditos excelentes para introducir al espectador en el género, el
personaje y el sentido de la historia. Las películas del comienzo de los años
sesenta del siglo pasado nos ofrece créditos realmente magníficos como
obertura del filme. Desde diferentes ópticas podíamos referirnos a los que
abren, por una parte, filmes humorísticos como es el caso de La
pantera rosa de Edwards (imitados en la última película de Spielberg, Atrápame
si puedes) y que dieron lugar a la existencia de un personaje de dibujos
animados (La pantera rosa), y por otra a una serie de películas de acción
como ocurre con las de James Bond o la trilogía de westerns de Leone-Eastwood
(Por un puñado de dólares, La
muerte tenía un precio y El
bueno, el feo y el malo). Existe una gran semejanza entre los créditos
de los westerns indicados y los pertenecientes a la serie Bond.
-
El
impacto de la música del propio genérico (al igual que ocurre en el caso
de los filmes citados en el caso anterior: la de Mancini en el título de
Edwards, la que Morricone preparó para Leone), que en este caso fue
encargada a toda prisa a John Barry. El compositor tuvo que “crearla”
sin que le fuera posible ver ninguna secuencia de la película. Barry
para salir del paso acudió al repertorio de su banda de jazz (“The John
Barry Seven”) tomando prestado el tema “Bea´s Knees”. Por el trabajo
en la película Barry cobró tan solo cinco mil dólares: En compensación
compuso durante varias años la música de las posteriores películas de la
serie.
-
La
constante presencia de escenarios exóticos pasando, con pasmosa facilidad,
de un lugar a otro del planeta.
-
La
presencia de una serie de personajes fijos como pueden ser el severo jefe de
Bond (M), la secretaria Miss Moneypenny, enamorada platónicamente de Bond,
o Q el armero oficial del servicio secreto y que proporciona los nuevos
artefactos a nuestro agente.
La
actriz principal que acompaña a Bond en el primer título era. al igual que
Connery, prácticamente una desconocida. Surgía, ya hacia la mitad (larga) del
filme, del mar “arropada” con un bikini blanco, como una especie de Venus
(“made” Botticelli) surgida de las aguas. En la España de los sesenta
aquella imagen resultaba turbadora, pasando a ocupar un lugar de oro en la
memoria colectiva de los españolitos “acogotados” por la dictadura. Honey
(Ursula Andress) nos sonaba a música celestial. Pero el impacto fue general
hasta el punto que a esa aparición se le rinde un explícito homenaje en la última
película de Bond estrenada (Muere otro día,
2002). Ursula Andress, que nunca pasaría de ser una mediocre actriz, cobró
solamente por su interpretación 345.000 pesetas. Entonces estaba casada con el
actor y director cinematográfico John Derek.
Ursula
Andress no es el único personaje femenino que aparece en el filme. En él
abundan las perversas frente a aquellas otras buenas (bondadosas o sumisas)
mujeres. Uno y otro grupo tienen el mismo objetivo consistente en pasar (aunque
luego puedan traicionarle) increíbles momentos de dulce éxtasis junto al falócrata
Bond. La chica que le recibe en Jamaica o las sirvientes del Doctor No estarían
entre las primeras. Las segundas se explicitarían en la mujer adinerada (?), o
de clase alta (?) que ha ido a buscar a Bond a su propia casa (excelente el
contrapicado en que se nos muestra sus piernas desnucas mientras juega con
“pelotitas” de golf). Un gesto, el de ir a buscarle, convenientemente
cumplimentado por Bond al disponer a hacerle los honores amorosos mientras mira
(de reojo) el tiempo que aun le queda para trasladarse al aeropuerto para dar
comienzo a su misión (“tengo el tiempo suficiente” dirá poco más o
menos). Esta anónima amante es la primera mujer
seducida por Bond-Connery en la serie. Una forma precisa de presentar una
intercambiante relación amorosa en el paso de seductor-seducida al de
seductora-seducido.
El
principal personaje femenino de Agente 007 contra el Doctor No se salva exclusivamente por la
“potencia” de Ursula Andress. El “yo estoy aquí, míreme” evita el ir más
lejos en el intento de conocer y entender el personaje. La extraña pescadores
de conchas se introduce a la fuerza en el relato. Ni es comprensible, ni creíble
su historia como forma de expresar su presencia en el lugar. Honey es, sin duda,
la mujer más tonta e infantil de las películas de la serie. Su babosa
ingenuidad hace temer, por momentos, que nos enfrentamos a un personaje con un
cierto retraso mental.
Mirándolo
desde el momento actual para absurdo aceptar que Honey sea la “heroína” de
la película. Pero realmente (hoy) tampoco se entiendo que lo sea el personaje
de Bond. O al menos que su presencia hiciese posible la continuidad de la serie.
Y es que Bond se mueve por la historia, salvo en algunos instantes más
conseguidos, con una simpleza propia del encanto de la más elemental de las
cintas de serie B. Piénsese, por ejemplo, en como es drogado (sin saber tampoco
muy bien la razón para ello) con el desayuno ofrecido (tanto a Honey como a él)
por las servidoras (¡bien se lo montaba el “malo” de la historia
convenientemente troceado por tanto animal marino de aviesas intenciones!) del
repelente Doctor No.
El
enfrentamiento entre unos (los malos) y los otros (los buenos), ambos de
pacotilla, se resuelve en Agente 007
contra el Doctor No con gran simpleza. Se trata exclusivamente de lograr que
los momentos -escenas- más “emocionantes” se eleven a gran altura. En
realidad no son más que pequeños fuegos de artificio como ocurre en secuencias
tales como:
-
la
inicial con esos falsos ciegos (¿a qué viene toda su marcha por diferentes
lugares de la isla hasta llegar al lugar donde van a matar al prepotente
individuo?)
-
la
aparición del extraño monstruo en la noche (un vulgar vehículo) reciclado
de películas misteriosas de dudosa enjundia.
-
la
final con el intento del Doctor No de boicotear (y Bond tratando de hacerlo
posible) el lanzamiento de un cohete en Cabo Cañaveral desde su ingenuo (más
que ingenioso) laboratorio de tres al cuatro.
Escenas
estas, y otras (la de la peligrosa araña asesina deambulado por la cama de Bond
y de la que se deshace con presteza) que no hacen más que producir esa sensación
de cine seriado, hecho de jornadas, de fácil consumo y no demasiados vuelos. Es
preciso indicar que no estamos ante una película de gran presupuesto. En
realidad no costo más allá de cincuenta y tres millones de pesetas. Su rápido
rodaje se concluyó en a menos de seis semanas, incluidos los exteriores en
Jamaica. Se comenzó el dieciséis de enero de 1962 siendo una de las primeras
secuencias en rodarse la de la salida del agua de Honey. Hacia el final de
rodaje hubo que pedir unos seis millones de pesetas mas para ultimar los
decorados.
Por
lo planteado se entiende claramente que el primer filme de la serie Bond es tan
simple como eficaz, más interesante por lo que muestra y esconde que por lo que
realmente ofrece. Su objetivo (conseguido) es poner en marcha nuestro más recóndito
rincón del subconsciente. En Agente 007 contra el Doctor No por no haber ni existen los
aparatosos inventos utilizador como defensa y ataque por James Bond (coches,
yates, armas sofisticadas) y que su presencia sería institucionalizada a partir
del siguiente título de la serie, Desde
Rusia con amor. Contra el Doctor No, James Bond sólo se defiende con una
pequeña pistola: una Beretta calibre 26 que será cambiada en las otras películas
de la serie por una insustituible Walther PPK. No existe ni tan siquiera, en
este primer título, acciones aventureras espectaculares. Todo es demasiado
simple y cuya razón de existencia se apoya en una total ilógica real y
narrativa: nuestra pareja protagonista es capaz de moverse -eso si, sin saberlo.
Las
películas de Bond más que de un director son obra de un productor. En este
caso fueron dos los que pusieron en marcha la serie. Uno fue el canadiense Harry
Saltzman quien en 1961 adquirió los derechos de ocho de las novelas del agente
007 por cincuenta mil dólares pero con la condición de que el rodaje de la
producción de la primera película de la serie tendría que llevarse a cabo en
un máximo de seis meses. El otro productor fue Albert R. Broccoli que estaba
interesado en la serie Bond desde muchos años. Tan sólo la negativa de su
anterior socio, el productor y también director Irving Allen, impidió que
Broccoli se adelantara a Saltzman en la compra de los derechos. La razón por la
que Broccoli se asoció con Saltzman fue muy simple: el productor canadiense
comprobaba que expiraba el plazo de los derechos adquiridos a Fleming sin que
ningún estudio quisiera financiar el proyecto. Veintiocho días antes de que
venciese el plazo Saltzman entra en contacto con un productor inglés interesado
en colaborar con él. Se trata de Broccoli. Ambos llegan a plantear una
colaboración al 50%. No sin esfuerzos logran convencer a la exhibidora United
Artists para que se encargue de la distribución de la serie a nivel mundial.
Antes habían recibido la negativa de la todopoderosa Columbia. La serie puede
comenzar su andadura. Todo está ya preparado para ello.
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