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La
película se hace eco del escándalo que saltó a las primeras páginas de
la prensa uruguaya en 1992, cuando se supo el calvario al que eran
sometidas mujeres de aquel país por parte de redes mafiosas que las
obligaban a prostituirse en régimen de casi esclavitud. Todo ello
desembocó en la publicación del libro El
huevo de la serpiente, obra de la periodista María Urruzola, en un
capítulo del cual se basa esta película.
Lo
primero que llama la atención, tratándose de un tema habitualmente tan sórdido,
es la ligereza con la que la protagonista llega a este mundo. Madre
soltera de dos hijos, y aspirante a peluquera, opta libre y alegremente
por el oficio de prostituta como medio para obtener los recursos que le
permitan realizar su sueño laboral. Como dice en un momento del film,
ella no es prostituta, sino que trabaja de prostituta.
El
planteamiento es legítimo. Con excesiva frecuencia asociamos la entrada
en este mundo con situaciones desesperadas. El mundo de la droga, la
violencia o la más absoluta miseria son los trampolines que impulsan en
una decisión de la que suele estar ausente toda decisión libremente
asumida. Y no es así. En muchos casos la prostitución es la
opción de quien quiere mejorar su nivel económico por una vía
relativamente rápida, sin por ello abandonar su profesión, clase social
o grupos de referencia. Desde este punto de vista la película incide en
esa visión normalizadora que, aunque chocante, no deja de ser real.
El
problema es que esta opción pesa como un lastre que resulta difícil de
abandonar. Cuando la protagonista comienza a adentrarse en los ámbitos más
escabrosos de este mundo, la sensación que transmite sigue asociada a la
jovialidad de partida. Aunque el marco en el que la historia está rodada
(el barrio chino barcelonés) no deja mucho margen a la esperanza, la
actitud de la protagonista constituye una negación fáctica a estas
condiciones. Es necesaria la paliza del proxeneta, a todas luces forzada
en su ilación dramática, para subrayar una tragedia que en ningún
momento llega a ser plenamente convincente. En cierto modo, la ingenuidad
con la que la protagonista accede a este mundo acaba contagiando el mismo
relato. Así, no se explica la libertad de movimientos de la que gozan las
prostitutas, quienes pueden charlar amablemente con la policía o acudir
si les place al consulado de su país, todo ello ante la tolerancia
comprensiva de sus explotadores. Explotadores que tampoco acaban de serlo
del todo, sino que se mueven en una ambigüedad moral, resuelta a fuerza
de virajes bruscos de guión, que, lejos de enriquecer sus personajes, los
hace increíbles.
Capítulo
aparte merece el personaje del policía bueno (el otro tampoco es malo) ¿Cómo
un hombre así puede estar separado de su mujer? Menuda arpía debe de
ser. Comprensivo, reflexivo, convincente, educado, tranquilo, un pelín
atolondrado (inenarrable la escena de la comisaría), y guapo. Claro está
que la protagonista se enamora de él. No queda otra opción. ¿Dónde
habrán encontrado los guionistas el modelo inspirador?
Al
final da la impresión de que la autora es consciente de la ligereza del
producto, y pretende resolverlo con ese discurso panfletario y postizo con
el que acaba la película. Sin duda no es Chaplin, aunque declaraba la
protagonista que había gustado mucho en Estados Unidos. Tampoco nos extraña.
Marcial Moreno
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EN
LA PUTA VIDA
Título
Original:
En
la puta vida
País
y Año:
Uruguay,
España, Bélgica, Cuba, 2001
Género:
COMEDIA
Dirección:
Beatriz
Flores Silva
Guión:
Beatriz
Flores Silva, Janos J. Kovacsi
Producción:
Saga
Film, BFS Producciones, Avalon Productions
Fotografía:
Francisco
Gozon
Música:
Carlos
da Silveira
Intérpretes:
Mariana
Santangelo, Silvestre, Josep Linuesa, Andrea Fantoni
Distribuidora:
Nirvana
Films
Calificación:
No
recomendado menores de 13 años
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