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UN
INCOMPRENSIBLE AZAR
Por Mr. Arkadin
Cuento
de verano es quizás el filme (si eso es posible) que mejor define la idea de
Rohmer en cuanto a la vida y en cuanto al arte. Al menos por lo que se refiere a
la serie “estacional”. Personajes perdidos sujetos a las acechanzas de un
azar que les golpea llevándoles de un lado a otro. O quizás sea su misma
pasividad lo que les obliga a bailar sin enterarse de la pieza que tocan. De una
forma simple se consideran incapaces de reaccionar. Para qué, si el destino
–el azar- se encargará de hacerles felices o infelices. El maravilloso –o
desengañado o culpabilizado- azar o destino, como proclama Gaspar a Margot.
Una, en definitiva, forma de dejar todo en manos de otros, de evitar el
compromiso, las decisiones necesarias. Gaspar, el protagonista de ese filme, es
un reflejo de tantos otros seres rohmerianos. Un ejemplo del aquí y del ahora.
El
cine de Rohmer es un exponente de la vida de unos hombres y mujeres (en gran
parte jóvenes) de Europa en la última parte del siglo XX. No es raro que Woody
Allen haya tomado en su cine mucho de los rasgos del director francés. El
principal la mirada “realista” sobre unos personajes que se mueven
incesantemente sin saber ni hacia donde ni el porqué. Los diálogos, para
algunos excesivos de las películas de ambos directores, no hacen más que
expresar un hecho importante: la dificultad de pensar, la huida del silencio
reflexivo. Si Arthur Penn en La
noche se mueve hace decir a uno de sus personajes que ver una película de
Rohmer es como ver crecer una planta (así aparece en la versión doblada,
mientras según comenta Christian Aguilera en su libro “La generación de la
televisión”, en la copia original se puede escuchar que ver el cine de Rohmer
es como ver secarse una pintura). De cualquier forma con eso no se dice más que
en la obra (grande) del (gran) realizador francés no existen grandes historias,
ni pasan demasiadas cosas (novedosas) a sus personajes. Simplemente son (muy)
simples historias en las cuales la fauna que las habita trata de vivir amándose,
buscando (o buscándose), engañándose, alterando o siendo fieles a sus
sentimientos. Historias, pues, (muy) simples sobre la búsquedas del “amor”
o su (difícil) descubrimiento.
Cuentos de verano no es novedosa respecto a su obra anterior y
–hasta el momento escaso- posterior. No, Rohmer, que realiza esta (aparente)
comedia juvenil cuando tiene más de setenta años, sigue siendo fiel a sí
mismo. Nos habla de la incomunicación, de la soledad, de la búsqueda
(imposible) de la felicidad. Hombres y mujeres, bastante jóvenes en este caso,
tratan de encontrarse a sí mismos, aunque probablemente (lo dice Gaspar de
Solange pero podía aplicárselo a sí mismo) no pueden hacerlo porque están
demasiado pendientes (aunque parezca un contrasentido) de sí mismos. Sólo
piensan en ellos, en su felicidad, en su desgracia. Son seres egocéntricos que
hablan y hablan de sí mismos sin preocuparse de quien tienen al lado. Infelices
e inmaduros habitantes de un mundo viejo y caduco. Echan las culpas de sus males
al azar como medio de evitar su toma de posición frente a los hechos.
Dubitativos, incapaces de actuar, son como marionetas a expensas de lo que
dicten los otros.
Si
en anteriores películas es una mujer la que se encuentra “atrapada” por su
incapacidad de reacción, aquí será un joven, con cierta tendencia musical, el
que sufra la negación de unas propuestas razonables, digeridas, asumidas.
Gaspar es incapaz de tomar una decisión. Parece que deja al destino que tome la
decisión por él. Su incapacidad para introducirse en sí mismo, y ser
consciente de lo que hace, es manifiesta. ¿Qué actitud tomar? ¿Qué hacer
ante tal o cual situación? Simplemente esperar a que ocurran los hechos. Gaspar
se mueve entres tres mujeres en un pueblo de la Bretaña francesa en un verano.
Allí ha acudido buscando a una chica a la que considera, de forma más deseada
que real, su novia. Encuentra a otras dos chicas. Una, Margot, será su amiga
(la única amistad femenina que parece poseer), otra, Solange será una especie
de mujer-deseo más nacida desde ella misma y de la propia visión de Margot,
que desde la propia aceptación del indeciso Gaspar. Y es que Gaspar, aunque lo
niega o lo desdiga, está muy contento con dejarse querer o admitiendo que los
demás hagan o deshagan su vida.
Gaspar,
pues, se mueve entre tres mujeres, no tan distintas como parece, no tan
distintas de él. Lo que ocurre es que el filme (como otros de Rohmer) se
“ve” desde la perspectiva de “alguien”, del joven en este caso. Es una
especie de relato subjetivado de sus (aproximadamente) veinte días de estancia
en un pueblo de veraneo. La película comienza con la llegada de Gaspar y
termina con su marcha. No ha habido progresión en el personaje. Al final es
igual que al comienzo. Un ser que deja que las cosas pasen y exploten a su
alrededor. El mismo día, dice en un momento, que Lena le comentó que estaría
en esa localidad, un amigo le ofreció su casa en ese mismo lugar. Ahora se
marcha despidiéndose sólo de Margot. ¿Ha comprendido que quizás esa
amiga sea, o pudo ser, algo más que eso? Pero Margot ahora le anuncia la
vuelta inesperada de su novio. Antes Gaspar se ha comprometido con las tres
mujeres para un mismo viaje. ¿Por qué? Pues simplemente porque espera la
llamada de una de ellas, y son las otras las que le llaman. Y acepta lo que cada
una le va ofreciendo. ¿Y cuando llaman las restantes? Incapaz de tomar una
decisión dice sí a todo y cada vez se complica más su vida. Al final el azar
vuelve a plantear su ley. Gaspar recibe una llamada de un amigo que le indica
que debe volver urgentemente a la ciudad. Le salva de una situación
comprometida para él: no saber que hacer ante Solange, Lena y Margot. Las
dichosas llamadas telefónicas, o la ausencia de ellas, le ha llevado a tomar
una decisión, que después ser verá obligado a cambiar.
Gaspar
es, claramente, un indeciso. Prefiere que otros actúen por él, que decidan lo
que debe hacer. Su irreflexión es total y consecuencia, también, de no saber a
ciencia cierta qué es lo que quiere, qué representa su propio mundo, o si
acaso ese mundo existe. Probablemente Margot sea su gran, y desconocido, amor, y
quizás Margot sienta una cierta atracción por el indeciso muchacho, pero el
azar (y no la necesidad) se encarga de tomar la iniciativa. Ambos, que hablan de
amistad, negarán de una u otra forma sus propios sentimientos. Y eso que, si
hay que buscar un personaje positivo, eficiente, digno de ser salvado del caos o
de la estupidez humana, ese, con reservas, sería el de Margot. Al menos tiene
un trabajo, y no se dedica a jugar
con los demás como parte de una vida aburrida y con escaso sentido. Pero en
Margot también hay un fondo de inutilidad, un vacío existencial, una carencia
de ideales, una serie de lugares comunes y repetitivos.
Los
jóvenes de este extraordinario retrato de un momento de finales del siglo
pasado no parecen moverse por la cultura, por las conversaciones elevadas, por
cierta trascendencia. Simplemente hablan por hablar. Sus preocupaciones se
centran en aparente, e inútiles, sentimientos, en vagas (y no comprometidas)
relaciones de pareja inconsecuentes. El hablar por hablar es consustancial al
cine de Rohmer. Su obra, y por distintos motivos que la de Bresson o la de
Mankiewicz, es imposible comprenderla sin la existencia del cine “hablado”
(y no solamente del sonoro). En sus películas las palabras parecen una
metralleta que dispara constantemente. ¿Cómo reflexionar si no existe el
silencio? ¿Cómo ser capaz de tomar decisiones si los seres de Rohmer, en
general, y de esta película en particular, no entran en sí mismos? Seres
volcados en ellos como centro del universo y hacia el exterior. En su silenciosa
soledad se acompañan también de otros ruidos u otras esperas como la llamada
del teléfono.
Para
entrar en esos mundos “realistas”, crónica de un instante, Rohmer evita
desde hace mucho tiempo la música del filme. Si existe actualmente en sus películas
es porque alguien la hace sonar, no porque alguien la haya creado (exista un músico)
para el filme. Para dar un ambiente de realidad (de realidad fílmica) Rohmer
niega la posibilidad de una banda sonora musical en sus filmes. Es a la misma
conclusión que, por ejemplo, había llegado Bergman: no hay que distraer al
espectador con algo ajeno a la historia. Y, la música, para ambos realizadores,
es un elemento que impide centrarse en lo que se comunica por las imágenes. Aquí,
en Cuento de verano, la música está
pues ausente a pesar de que algunos de sus personajes (como Gaspar) se interese
por ella (y por las viejas canciones de pescadores).
Rohmer
es directo. Todo en su cine tiene la función de dar de manera clara lo que se
pretende. El continuo movimiento de sus protagonistas, el
no parar, el que la cámara les acompañe de una manera incesante, está
en función de la propia “intranquilidad” o seguridad de Gaspar. Desde el
primer momento “busca”, aunque no sepa muy bien qué. La inutilidad, y el
cansancio, de sus acciones viene dada de esa forma. Diálogos incesante, paseos
inacabables de unos seres que no dan a sus vidas un respiro, que caminan sin
saber hacia donde. Un ajetreo sin sentido en busca de falsas quimeras, de engaños
personales. Al final Gaspar estará como al principio. Se “vuelve” a la
ciudad sin haber encontrado lo que buscaba. Su continuo caminar ha sido inútil.
La,
aparente, identificación que se aprecia entre las películas de Rohmer y sus
personajes puede convertirlas en tan necias e inútiles como ellos aparecen. Y,
de hecho, en algunos títulos más que en otros, aparece este peligro. Algo
asumido, en su dificultad, por el propio director y que asegura el riesgo y
también la genialidad.
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