|
|
MA VIE CHEZ ROHMERPor José Luis BarreraPrestad
atención: un
corazón solitario no es un corazón. A.
Machado
Me
ocurre muchas veces: cada vez que llego a casa con el paladar cinematográfico
atragantado por el empacho de haber tenido que ver películas de rabiosa
actualidad y enclenque factura, para reconstituirme, suelo acudir con el vídeo
conectado, al visionado de algunas películas de mis directores favoritos, entre
los que andan, claro está, el maestro Eric Rohmer. Entonces, en la casa de su
filmografía me refugio y mi vida parece otra. Porque por la pantalla el
cineasta francés me suele siempre ofrecer el espectáculo de la vida, tal y
como transcurre, sin artificios ni oquedades, de modo que lo que viven, sienten,
ríen y lloran sus personajes es lo mismo que lo que vivo, siento, río y lloro. Si
como alguien decía: “ver un filme de
Rohmer es como ver crecer una planta” es muy lógico que uno sienta una
gran sensación de ralajación y a la vez de sorpresa ante las aventuras y
desventuras a veces muy minimalistas que sus películas nos presentan: a fin de
cuentas, las plantas crecen muy despacio siguiendo un ritmo preestablecido y de
la misma manera, pero al final cada una de esas plantas suele constituir un
objeto orgánico diferente, de sorprendente gran belleza. Naturamente
es Ma nuit chez Maud uno de mis filmes favoritos y mi admiración hacia
esa obra nace ya desde cuando, aún casi un chaval, la vi por primera vez en
aquellas salas de arte y ensayo que eran por aquel entonces el único oasis
cultural en medio del desierto de la censura represiva con el que el régimen
franquista tenía aislado al cine. (Hoy el aislamiento del cine auténtico ya no
es de tinte político, sino económico: no sé qué puede ser peor.) Esa película
me abrió los ojos para descubrir un cine habitado por personajes, indecisos e
inseguros, contradictorios y atrevidos, que intentaban utilizar su libertad
frente al azar y el destino, pese a la casualidad y la influencia determinista
que les marcaba la trayectoria vital andada, la misma naturaleza y sus fenómenos
meteorológicos, el vivir en el pueblo o en una ciudad determinada, etc.
Personajes que como todos nosotros se sienten solos y que buscan salir de su
soledad. Esa
película era la tercera entrega de su larga serie titulada Cuentos
morales y en ella seguía el esquema consabido de toda la serie: un hombre
encuentra a una mujer de la que se enamora y que luego parece perder y en el ínterin
halla a otra, hasta que reencuentra de nuevo a la primera. Aquí es un ingeniero
que trabaja en la fabrica de Michelin de Clermont-Ferrand, capital de la región
montuosa de la Auvernia, la mujer de la que se enamora y que querrá convertir
en esposa es Françoise a la que ve por primera vez en la iglesia y Maud, una
bella divorciada y librepensadora, la mujer la mujer que se interpone en su
elección. Un muestrario del cine de RohmerMa
nuit chez Maud es
quizá una de las más atractivas y completas películas de Rohmer y además,
recorrida toda su filmografía, se nos muestra como un auténtico compendio de
todos los elementos estilísticos, artísticos, ideológicos, etc de toda su
obra posterior. Desarrolla eso que se ha venido a llamar documental sobre
personajes, movidos por una especie de teorema matemático que se desbarata por
la entrada de los siempre impredecibles sentimientos. Hay en toda la película
un aire de juego y, a la vez, un serio trabajo de investigación sobre unos
personajes que parecen jugar una partida de ajedrez contra sí mismos, dirigidos
por unas reglas de juego estrictas que el mismo impulso de la libertad personal
constantemente rompe. Con harta frecuencia en el filme aparece esa dicotomía
contrapuesta: una cosa son los principios, las reglas, las normas y el cálculo.
Otra, la vida. El
mismo tiempo filmado narrativo da esa sensación de contraposición. Mientras la
película se desarrolla en invierno, en un ambiente cerrado, claustrofóbico, de
interiores, en locales y habitaciones cerradas o en estrechas calles de la misma
ciudad, su epílogo nos lleva al verano, a la atmósfera abierta de una playa. A
la vez en esa fundamental secuencia final que parece abierta –la playa, la
zambullida en el mar de la familia construida por el ingeniero-, se vuelve a
cerrar con el gesto casi imperceptible de Françoise, la esposa, tocándose el
anillo de casada y lanzando una mirada soslayada a la vez que la voz en off decide ocultar una verdad. Y esa misma contraposición de
acontecimientos –que el especatador nunca sabe cómo van a acabar- dan al
filme una sutil aire hitchcockiano de suspense. ¿Conseguirá el ingeniero a
Françoise como esposa? ¿Hará el amor con Maud en esa trampa de la noche con
ella que le ha tendido su amigo Vidal? Con la excusa de buscar fuego para su
cigarrillo, ¿se quedará el ingeniero en la habitación de Françoise? ¿Sabe
lo que quiere nuestro protagonista en los momentos más álgidos de la película? La
sencillez de su puesta en escena, el subrayar la importancia de lo que se habla
no por las palabras dichas sino por los gestos de los que escuchan (evitando la
planificación campo-contracampo, para dar sensación de unidad grupal), el mimo
con que aparecen los más pequeños actos cotidianos (¿recuerdan cómo prepara
el té el ingeniero?), la magia que desprende la blanda caída de la nieve o las
mismas calles nevadas dan al filme un aire de ligereza, pese a su densidad,
admirable. Densidad que se nos muestra en los diálogos y temas que Vidal (el
profesor marxista), Maud y el ingeniero tratan en al principal y larga secuencia
central.
|