XXXI Mostra de Valencia (4): lo grande y lo pequeño

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El misterio de los cines desaprovechados

Jerry Cotton de Cyrill Boss y Phillipp StennertSobre el papel en la Mostra todo se está haciendo a lo grande, incluido el, ya comentado y exagerado, desaprovechamiento de catorce salas, movidas además por extrañas razones. Así, por ejemplo, por la mañana la sala para las sesiones de prensa (cómoda, amplía, excelente, de buena proyección) se utiliza la sala 11. Nada que objetar salvo que los pocos asistentes a estas sesiones parecemos agujitas en un pajar. No creo que en ninguna sesión se haya superado el número de 10 personas. Todos ellos, eso sí, con cara, no sé si también con hechos, de ser profesionales en esto de acudir a certámenes cinematográficas y, por tanto, de escribir (o radiar crónicas) de ellos.

La sala está bien colocada además (último piso, último recodo) para ser aislada. Se supone que para evitar la invasión de toda la niñería que por las mañanas toman bastantes salas de las 14 de estos multicines, llenándolas. Al lado de la sala 11 se encuentra, como es natural la 12. Una de las salas más pequeñas existentes en los cines Lys, donde en días normales se suelen proyectar los estrenos más minoritarios. En estos días se utilizan para las ruedas de prensa que tienen lugar en ese pequeño recinto. Ruedas en las que puede haber más gente en la mesa que en la sala.

Entre ambas salas unas algo ridículas (queriendo imitar a los casilleros de prensa) estanterías donde sin ninguna certificación personal se incluyen notas para la prensa acreditada. Informaciones pasadas de moda y tiempo ya que en general son las mismas notas que se reciben el día anterior por correo electrónico. Enfrente de esos receptáculos, que pasan desapercibidos, se encuentra un improvisado bar para la prensa donde se puede tomar (de forma gratuita) café, refrescos, pastas… Todo el espacio que separa ambas salas desea imitar una inexistente sala de prensa, porque aunque no hay ordenadores sí se explicita claramente que es sitio wi-fi, o sea que el que quiera se puede llevar su ordenador para entretenerse entre película y película, o película y rueda de prensa, para preparar su crónica. Hay asientos, mesitas, dos o tres periódicos (mal contados) y… poco más.

Eso sí, ambas salas están cerradas por medio de indicaciones a otros públicos. Aquello, en la altura, es un lugar privilegiado donde quizás llegue la furia, también el ruido, pero evita el trato con espectadores molestos. O sea, en tal sitio estamos en el cielo, en el dominio de la divinidad, el resto se destina a la gran (o poca) cantidad de vulgares espectadores que han tenido a bien (o a mal) acudir a alguna sesión de este certamen.

Por la tarde las cosas cambian. La 12, sigue siendo lo que es, pero la 11 parece no utilizarse para nada y por arte de de magia los pases de prensa pasan a la sala 2, situada en la planta baja. Una sala más incómoda, más pequeña, donde se llevan a cabo los pases de prensa vespertinos y que, sorprendentemente, ya que no se venden entradas (al menos en taquilla), se llena de público, que, por sus trazas y formas, no tiene en general pinta de eruditos y sesudos periodistas acreditados. Es como la marabunta pero sin rugidos…

Jerry Cotton de Cyrill Boss y Phillipp Stennert

Se entienden más, los llenos de esa sala, cuando ves a espectadores despistados que han pagado la entrada (o tienen una de esas invitaciones que abundan) y que no saben a qué carta quedarse. Merodean como abejas pasando de flor en flor hasta encontrar aquella sala, o película, que puede ser interesante porque el cuadro electrónico cambiante de la entrada les dice muy poco sobre lo que se proyecta en cada sala. Como decíamos en una crónica anterior, las esforzadas taquilleras o taquilleros tampoco pueden ser sus samaritanos. Y menos si, como también comentamos, en el electrónico que cambia casi a velocidad de AVE, ponen esos extraños paréntesis de V.O.S.E. o el más peligroso de V.O. si especificar nacionalidad. Que también, aunque parezca extraño, existe esa última referencia encerrada entre paréntesis.

Eso sí, la intocable sala 12 sigue abierta para ruedas de prensa sobre películas proyectadas o para otros eventos. Teniendo en cuenta que como máximo hay tres (o cuatro, si se tercia) pases de prensa al día, y que una sala podía albergarlos en exclusividad, que otra sala se dedica para conferencias, ruedas de prensa, comprobamos que aún nos quedan 12 salas para posibles proyecciones que a un ritmo (dejemos a un lado la Mostreta infantil mañanera y centrémonos en las sesiones de tarde y noche) de cuatro pases por sala, el numero total de películas (series de televisión, documentales, cortos…) que podían pasarse diariamente sería de 48 películas. Pues bien a lo largo de la tarde y de la noche los títulos  que se proyectan no llegan a 30 (pocos además, que sobrepasan o se acercan a las dos horas pasan a la última sesión). Esa es la razón por la que digo que estas multisalas están desaprovechadas. No funcionan, como debieran, a pleno rendimiento.

Tampoco se ayuda demasiado al sufrido visitante al no indicarle (si es una sesión de cortos, por ejemplo) cuáles van a ver en esa determinada sesión, pero es que salvo parafernalia a diestro y a siniestro no hay mucho de donde tirar. Y si no que se lo pregunten a los diferentes casetas en las que se ofertan diversos tipos de comics y cuya venta no es como para tirar cohetes. Pero es que, claro, una de las secciones, como se sabe, está dedicada al cómic. De ahí a pasar a promocionar un salón del cómic sólo hay un paso. Sólo que éste no es, con perdón, el salón del cómic de Barcelona. Quien lo quiera entender que lo entienda.

Dos directores, dos, han sido los encargados de realizar esta alucinada película, escrita por ambos sobre el personaje del título del filme

Jerry Cotton de Cyrill Boss y Phillipp Stennert
¿Parodia o tomadura de pelo?

Dos directores, dos, han sido los encargados de realizar esta alucinada película, escrita por ambos sobre el personaje del título del filme, creado en unas novelas escritas en Alemania y que alcanzaron popularidad en los años cincuenta.

No es ésta la única presencia de tal detective en la pantalla. Todos ellas de escaso o nulo interés

La que hemos visto en esta Mostra (en la denominada sección oficial) es un ejemplo del poco buen humor que es capaz de ofrecer el cine alemán. Y eso que Lubitsch y Wilder lo eran. Pero esta pareja ni sabe hacer humor ni parodiar.

Una intriga sin interés alguno. Un detective salido de una película de serie indefinida. Una historia que nos traslada a un imposible Nueva York repleto de agentes del FBI dominados por una especie de gobernanta, que luchan contra una banda criminal y mafiosa que, lógicamente, cuenta con mujer fatal y malos de pacotilla, uno de los cuales tiene una mano artificial y es tuerto. Naturalmente el jefe mafioso.

Los agentes del FBI son de opereta. Llevan distintivos de su organización por cualquier parte, incluidos unos primorosos vasos para tomar el café en la oficina. Para rematar la faena, el compañero a la fuerza de Jerry, es un especie de Jerry Lewis sin Jerry Lewis y sin gracia, experto en disfraces, sobre todo uno de chino que da grima.

Disparates sin cuento, personajes más cercanos de series de televisión tipo superagente 86, que a cualquier otra sobre agentes del FBI o detectives a prueba de balas.

Sus directores no se explican por qué 'Jerry Cotton' no ha tenido éxito en Alemania: ¿quizá no es evidente?

Los chistes son del tipo “¿Has oído hablar de Serrano?”. “De quién, el del jamón”.

Dijeron en la rueda de prensa que la película no había funcionado bien en Alemania porque no se había admitido bien que una película alemana imitase, o hablase, sobre policías o asuntos que transcurrían en Nueva York. ¿Acaso hay algún sitio donde la película haya funcionado bien? Lo dudo, pero no por lo que dicen sus autores sino porque el filme es tan malo que hasta me pregunto cómo alguien fue capaz de ponerlo en pie.

Por si fuera poco, se habla de agentes (algo tocados del ala) que deben contratarse porque son familia del senador. Se supone que no sólo él, también desde los jefes hasta el propio Jerry Cotton deben haber alcanzado sus puestos por recomendación de altas esferas del poder. O mejor del enemigo o de la mafia.

La mujer fatal, tampoco se sabe por qué, es interpretada por una actriz española, Mónica Cruz, cuya presencia en el cine ha sido escasa. Interpreta a una fatal Malena, que por supuesto no tiene nombre de tango, aunque a veces se dedique a bailar seductoramente en los bares malignos para atraer a las víctimas. Bobas víctimas capaces de dejarse engañar por falsas seductoras.

Victorio de Alex Noppel
Pendejadas

Victorio de Alex NoppelEsta película mexicana debe haber sido pescada en la estantería de una tómbola, donde dormía el sueño de los justos. Ahorita mismo, nos vamos para allá, para esa nueva cosa de acción y aventuras del otro lado del charco, debieron pensar los productores o quienes fueran. No se entiende muy bien si no: a) cómo llega acá, a este nuevo certamen, un filme con dos años a la espalda y que no debe haber visto casi nadie fuera de circuitos patrios y de escaso calado; b) qué pinta esta película en la temática ordenada por los dirigentes del certamen o las competentes (o incompetentes, según se mire) autoridades, esas que como pagan el evento tienen, en definitiva, la última palabra.

Lo primero es claro, a este certamen, al menos en su primera edición, y por lo que se refiere a la sección llamada oficial, acude en general material de derribo. Lo segundo, algo que he comentado varias veces, se refiere a la propia especialización del certamen. Es tan amplia como indefinida. Todo tiene cabida… pero sobre todo, y eso es lo que abunda este año, películas que hablen de mafiosos de tres al cuatro, de drogas, de policías y de delincuentes, de ciudades o barrios violentos. Y, en definitiva, de historias lindantes con la marginalidad. O con convulsivos personajes que se buscan a si mismos, son perseguidos, se encuentran irremisiblemente solos en un mundo de horror y, en definitivamente, son victimas del sistema.

En Victorio (no se si tal nombre se ha buscado irónicamente como referencia a todo lo contrario de lo que es la vida de tal personaje) es un imposible filme de denuncia social, encerrado en la estructura tópica del más desaforado de los folletones o culebrones televisivos o cinematográficos que nos llegan de los países de habla hispana.

Bandas de pandilleros, familias hundidas en la miseria, personajes imposibilitados a salir del mundo en el que viven, enamorados de fulanas que, como ellos, están hundidas en el fango. Unan a todo ello un transexual que echa las cartas y que espera a su hombre, la prostituta que tiene SIDA y que, al parecer, por odio al mundo se lo quiere contagiar a todos. Incluido a su amorcito, Victorio. No puede faltar la familia marginal con una madre que fuma droga, unos niños a los que los matones infligen daños mil, un jefe mafioso que da grima de lo poco jefe que es…

Esta serie de personajes y de acciones, en manos de, por ejemplo, un Buñuel en su etapa mejicana, podría haberse convertido en una película que destrozara los esquemas del género o se convirtiera desde la ironía en una critica al sistema.

En manos de un debutante director como es Alex Noppel, se convierte en una historia imposible, demencial y, lo que es peor, mal contada. Parece un filme de aficionados que no saben cómo resolver una secuencia, poner la cámara en el sitio correcto, conseguir una cierta originalidad en lo que vemos o dar, simplemente, vida a la historia que se cuenta. No, nada hay que se pueda salvar de este culebrón, en el que incluso hasta la fotografía es mediocre….

Si se quiso realizar una película de denuncia de la marginalidad desde unos planteamientos cutres, lo planteado no lleva a la consecución de la idea. Todo lo contrario. La pobreza de las imágenes, la falta de resolución de las secuencias o el montaje nada tienen que ver con la marginalidad de la historia que va de mal en peor.

Como muestra: la prostituta, liada con el jefe malvado, y que desconoce que tiene el sida, le roba todo su dinero mientras éste se beneficia a otra pobre mujer. Con todo ese dinero huye con su amado Victorio (la historia de ¿amor? se las trae). Llegan a otro lugar donde al parecer, de la manera más tonta, les quitan el dinero. No se entiende demasiado bien el nuevo oficio de Victorio, que incluso parece ser un confidente policial, mientras ella acude a trabajar en una casa de citas, pero… utilizando condón para no contagiar a los clientes. Para remate queda embarazada. El jefe mafioso es asesinado por una banda más organizada (ojo al parche: la oficina de tal personaje está decorada con una inmensa representación del Sagrado Corazón de Jesús), que corta el brazo a un hermano pequeño de Victorio.

La prostituta escribe cartas y mas cartas al transexual, contestadas a su vez (que vamos escuchando mientras las leen una o la otra: el director intenta mostrar también de esta manera el paso del tiempo) y que conducen a: el más o menos descuartizamiento de Victorio (se habla de ello pero no se ve), el nacimiento de una niña que se supone (por los avances de la ciencia, como dice un experto médico) no tendrá sida, los primeros síntomas de la enfermedad de la madre, el transexual adoptando a la niña… Para qué seguir…

De todas formas, hay que recalcar que aquello que se narra podría ser salvado por la forma en que se narra, pero aquí en este caso, la dirección está a la altura de lo que se cuenta.

Un plano como el que muestra el paso de la noche al día haciendo que la cámara baje y luego suba por una especie de muro o la forma en la que se montan (por decir algo) las dos secuencias claves de las confesiones personales que han llevado al trío de personajes principales a estar donde están, muestran claramente las alarmantes carencias de un título que nos retrotrae a la calidad de algunas películas antiguas realizadas por aficionados en super 8. Algunas de aquéllas, por qué no, eran curiosas, interesantes, mostraban que allí había originalidad, clase… aquí todo es pobre, vulgar…

A su lado, un filme de serie Z como Machete es una obra maestra. Por citar un título cercano a la cutrería de la que está impregnada este filme. Y como forma de mostrar una marginalidad, un filme visto en la Mostra, como el español Bestezuelas, que es muy endeble, es una maravilla al lado de éste. Al menos allí había una cierta dignidad profesional.

Escribe Adolfo Bellido

un imposible filme de denuncia social, encerrado en la estructura tópica del más desaforado de los folletones o culebrones televisivos o cinematográficos que nos llegan de los países de habla hispana