La masacre de Town Creek (Blood Creek) (0)

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Joel Schumacher resbala al salir del armario

Blood Creek, de Joel SchumacherYa estrenada su última película, Twelve, muchos se preguntaban por qué su anterior incursión en el cine de terror permanece casi invisible en todo el mundo, y más cuando el argumento (los esfuerzos del nazismo por alcanzar poderes gracias a ciertas prácticas ocultistas) ha sido un tema de moda en distintas épocas.

El 14 de diciembre de 2011, Blood Creek llega directamente a los videoclubs españoles, con el poco afortunado título de La masacre de Town Creek. Vista la película, todo tiene una explicación.

Hay cineastas cuyo prestigio entre algunos sectores de la crítica resulta cuanto menos sospechoso para este cronista, al menos a la vista de sus películas, único elemento que debería normalmente tenerse en cuanta a la hora de valorar su trabajo. Otra cosa es que el prestigio a algunos les llegue por su postura ideológica, su presunta originalidad o, por qué no, su carácter de outsider dentro del sistema. Algo de eso tiene la fama del neoyorquino Joel Schumacher

No son muchos los casos de gente de Hollywood que llegue a la dirección desde el campo de la dirección artística o el diseño de vestuario. Así de pronto, a la memoria siempre acude el caso emblemático de Mitchell Leisen… pero su capacidad de síntesis, de trabajar con la imagen y sugerir la trama no es algo fácil de conseguir para otros que lo han intentado, como bien demuestra Joel Schumacher, un hombre que debutó con La increíble mujer menguante (presunto remake feminista de la novela de Richard Matheson convertido en un vehículo para el lucimiento de la entonces estrella Lily Tomlin), y alcanzó el cenit de su efímera gloria al destrozar la franquicia de películas de Batman que comenzó con dos genuinos títulos de Tim Burton (Batman y Batman vuelve) y finalizó con dos disparates del propio Schumacher (Batman forever y Batman y Robin).

Acomodado en el Hollywood de primera línea durante los 80 y 90 (con títulos tan prestigiosos como Jóvenes ocultos, Línea mortal, Un día de furia o Tiempo de matar), en la última década sus títulos han sido menos habituales en las carteleras españolas, y tan sólo Última llamada obtuvo el beneficio del público, en gran medida por el hábil guión de Larry Cohen, y en parte por una inteligente campaña de marketing que subrayaba su supuesta equiparación del tiempo real en que sucede la trama con la duración real de la película, algo que, como siempre sucede en estos casos, es falso. Junto a ella, en el siglo XXI ha dirigido títulos como Verónica Guerin, El fantasma de la ópera o El número 23.

Joel SchumacherAsí las cosas, Schumacher, considerado en algunos sectores un abanderado del cine gay de su país (¿quizá por aquella olvidada comedia con Robert de Niro titulada Nadie es perfecto?), ha jugado la baza de la independencia (recordemos Tigerland con Colin Farell luciendo palmito en un pelotón del ejército, presentado con una puesta en escena “a lo Dogma”, y con un desfile continuo de tabletas de chocolate… para deleite del público femenino y del propio Schumacher, suponemos), sin olvidar algún coqueteo con el cine más o menos crítico (Verónica Guerin, Twelve) y, en fin, cualquier proyecto que a priori pudiera devolverle glorias pasadas (la malograda versión cinematográfica de El fantasma de la ópera).

Ahora, en 2011, vuelve a las pantallas con Twelve, una película de cierto éxito en su país, aunque su tufillo “a lo Wall Street” ―mezclado con más de una influencia del cine universitario de guapos niños ricos que quieren probarlo todo― no se lo ha puesto fácil a los espectadores españoles… y ha desaparecido raudo de las salas de cine, para ser pronto carne de una saludable carrera en DVD, donde este tipo de productos suele funcionar bien.

Pero antes de Twelve hubo un Schumacher absolutamente desconocido por todos, un título que fue sacrificado por su productora (¿les suena la prestigiosa Lionsgate?), en principio porque no acababa de cuajar en su línea de cine de terror duro (con la franquicia Saw a la cabeza), tampoco en su colección de piezas de orfebrería más o menos premiables. Finalmente, mucho nos tememos que el verdadero motivo es otro: la película es absolutamente deleznable. Tanto, que no parece de Schumacher.

Porque si algo hay que reconocerle a este antiguo decorador es su cuidado por la puesta en escena, su mimo por detalles a veces harto amanerados (¿alguien recuerda los pezones de látex en el traje de Robin para la cuarta entrega del hombre murciélago, Batman y Robin?), su toque de distinción en algunos detalles… aunque sólo sea en la disposición de los personajes en el encuadre.

Nada, nada de esto aparece aquí. Parece como si el increíble guión hubiera contagiado los demás elementos de la película, hasta el punto de resultar difícilmente reconocible la mano del otrora delicado Schumacher: planos burdos, mal ensamblados, torpeza narrativa, nula capacidad de sugerencia y rudos efectos gore inundan la mayor parte del metraje.

Unos hermanos van a descubrir que no es tan fácil salir de esta granja

Nazis y ocultismo

Curiosamente, la película comienza con un prólogo elegante, refinado, justo lo que uno espera del director de Un toque de infidelidad (un título que, por cierto, inauguró en 1989 la moda hollywoodense de adaptar películas francesas, en este caso, Cousin, cousine de Jean Charles Tachella): estamos en 1936, en una granja de Virginia oeste regida por un inmigrante alemán, a la que llega un nazi con una misión secreta; pregunta por una vieja piedra tallada; la hija se acerca con él al sótano; intuimos algo maligno, tememos lo peor…

Nunca veremos el final de ese prólogo filmado con una iluminación expresionista, con unos colores desaturados que casi parecen blanco y negro, con un tono inquietante que el relato ya no recuperará en el resto del metraje y con una capacidad de elipsis que acaba precisamente ahí, en el prólogo.

Con el salto al presente vamos descubriendo lo que se supone el “gran tema” de la película: una caja negra, unos nazis buscando el poder eterno, unas piedras rúnicas llegadas a los Estados Unidos con los vikingos, mucho antes que Colón… todos los tópicos habituales de la moda de nazis a la búsqueda de poderes ocultistas, aderezados aquí además con la sangre y las vísceras propias del cine gore más rudimentario: muertos vivientes, un decorado único, una familia encerrada en sí misma, una amenaza interior, sangre a borbotones —literalmente— y el famoso tercer ojo que todo lo puede (un tercer ojo cuya desternillante materialización literal, en la frente del malo de turno, da lugar a una de las escenas más ridículas del cine del presente siglo).

Wirth aspiraba a ser el nuevo Saw de Lionsgate... pero les ha salido al tiro por... ¿la culata?

Quizá el gran problema es un guión que no hay por dónde cogerlo, un amasijo apenas hilvanado de los tópicos habituales en presuntos libros de investigación. Pero no es el único descalabro de la película.

Porque si la capacidad de insinuar temas apenas existe sobre el papel, su visualización por parte de Schumacher cae en un espantoso ridículo: se limita a mostrar literalmente unas ideas (el Mal, el Poder, la Vida Eterna, el Tercer Ojo) que presentadas en pantalla así, a pelo, provocan risa en la mayoría de ocasiones.

Y no era el humor precisamente el objetivo de esta producción de terror con generosas dosis de hemoglobina cuya mayor originalidad reside en el nombre del nazi que nunca puede morir (Wirth, un giro de birth, o sea, “nacimiento”, en alusión a la nueva raza aria), aunque para ello tenga que alimentarse a partes iguales de la piedra rúnica instalada en el sótano de la granja (no me pregunten por qué) y de la sangre de los incautos que van a parar a ese apartado paraje, incautos que no mueren, sino que son sacrificados poco a poco, encerrados en un contenedor, para alimentar la sed de sangre del renacido Wirth (lo que acaba convirtiéndolo en una variante de vampiro).

Para justificar que todo gire en torno a una granja y una familia (idea prestada de La matanza de Texas, con la que no guarda ningún otro parecido, qué más quisiera Schumacher) se acude a una peregrina explicación acerca de unos símbolos que impiden a Wirth entrar en la casa (las marcas en puertas y ventanas), pero también salir más allá de la valla que rodea la granja (no me pregunten por qué: está así en el guión y hay que creérselo). Ver al monstruo pararse de golpe frente a una puerta o una ventana con un cartelito es una de esas imágenes que produce una franca carcajada al repetirse en más de una ocasión. Humor involuntario, supongo.

No todos los planos son feos en Blood Creek: hay algunas imágenes atractivas... aunque pocas

Puestas así las cosas, que un caballo zombi entre en la casa para matar a coces a la familia (por orden hipnótica del malvado vampiro… y exigencias del guión, se entiende), que el nazi eterno se dedique a cabalgar dando vueltas alrededor de la granja (sí, sí, como los mismísimos indios de John Ford: inenarrable, oigan) o que Wirth se despelleje a sí mismo para mostrarnos cómo le crece el tercer ojo en mitad de la frente (exacto, así como suena) no hace sino confirmar la nula capacidad de Schumacher para dotar de lirismo o de misterio a lo que sobre el papel es (efectivamente, lo han adivinado) una soberana estupidez… cuidadosamente realzada por la torpeza del director a la hora de filmarla tal cual está escrita.

Visto el resultado final, se entiende que la película cambiara su título original, Town Creek, por uno presuntamente más comercial, Blood Creek; se comprende que Lionsgate (empresa a la que no le molesta distribuir títulos infames, como la serie Saw) se negara prácticamente a estrenarla en Estados Unidos; y casi se asume de manera natural que es mejor que siga sin estrenarse en ningún circuito de nuestro país, ni cinematográfico ni de videoclubes…

Semejante bodrio es mejor que permanezca en el olvido, aunque un visionado terapéutico puede ayudar a más de un crítico avispado a situar al insigne Joel Schumacher en el lugar que realmente le corresponde: ahora que ya está fuera del armario, mejor bajarlo un par de peldaños de ese imaginario pedestal en el que algunos lo situaron por su presunto cine «de qualité«.

Escribe Mr. Kaplan

 Título  Blood Creek
 Título original  Town Creek (Blood Creek)
 Director  Joel Schumacher
 País y año  Estados Unidos, 2009
 Duración  90 minutos
 Guión  David Kajganich
 Fotografía  Darko Suvak
 Música  David Buckley
 Productora  Gold Circle Films para Lionsgate
 Intérpretes  Dominic Purcell, Henry Cavill, Michael Fassbender, Emma Booth, Rainer Winkelvoss
 Fecha estreno  14/12/2011 (Estreno directo en DVD)
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