Seres morales
Cuando se elige una película argentina para ocupar la tarde, o cuando el director de Encadenados te encarga ir a verla para contar después en estas páginas su sentido o razón de ser, suele acudirse al cine con un esquema establecido de antemano, esquema fraguado en el amplio desarrollo que desde El hijo de la novia o Nueve reinas ha experimentado la filmografía de ese país, y que se materializa en cierto tono de comedia romántica aderezado, a veces más y a veces menos, con las ineludibles referencias a la situación social y política en la que se inscriben las historias contadas. Como en todo, caben las excepciones, los experimentos (la mayoría de las veces fallidos), pero lo que uno no espera es encontrarse ante una película, digamos, austríaca.
Eso es aproximadamente lo que ocurre con este Sin retorno, ópera prima del director Miguel Cohan, y galardonada en el último festival de Valladolid.
Lejos del tono agridulce y un tanto simplón con el que demasiadas veces nos hemos topado, en esta ocasión se trata de un relato duro, cortante, reflexivo, angustioso, sin apenas concesiones al espectador. Mucho más cercano a Haneke que al universo Darín.
Y el caso es que el tema elegido podía dar pie perfectamente a “otra película argentina”, esto es, a un repaso reivindicativo, aunque no exento de humor, de la corrupción en las altas esferas del país austral, de su reflejo en el seno de la sociedad, del dominio de los poderosos y de la sumisión de los de siempre. Y, aunque quien así lo desee podrá hacer tal lectura, excepción hecha de lo jocoso, la realidad es que la película la trasciende ampliamente. Es más: justo en la medida en que la niega consigue alzarse a cotas de calidad que de otro modo es difícil que hubiera podido alcanzar.
La clave del asunto radica en que lo social deja paso a lo personal, de forma que la película renuncia a ser política para pasar a ser moral. O en otras palabras: lo que la pantalla nos ofrece es una indagación en la conciencia moral de los personajes más allá del estatus o clase social a la que pertenezcan, una reflexión que los engloba, que los unifica en tanto que seres humanos, y que, por lo tanto, renuncia al maniqueísmo que implica la división entre buenos y malos.

Ni los culpables son esencialmente perversos, ni las víctimas son, sin más, inocentes damnificados por la injusticia. Todos ellos comparten más bien una visión compleja y contradictoria del género humano, un denso panorama de sus intereses, sus pasiones, sus conflictos y sus desgarros. La familia de Matías, los triunfadores sociales, tienen la misma reacción ante los hechos que tendría cualquier otro individuo, y les asaltan las mismas dudas y remordimientos que asaltarían a cualquiera.
De hecho el guión, que flojea en el mecanismo por el cual Federico descubre al verdadero culpable, descansa en la necesaria moralidad del causante del accidente, pues confía su descubrimiento a los remordimientos que sin duda provocará en él la presencia del injustamente condenado. Por otra parte la sed de venganza del padre es tan humana y tan hiriente como la que después sentirá Federico.
El director ha asumido el riesgo de presentarnos una situación en la que ser víctima de la injusticia no conlleva per se un ennoblecimiento del personaje, como no lo envilece absolutamente el hecho de estar en el otro extremo de la balanza. Y es que, si bien se mira, unos y otros no son sino marionetas a las que un ciego azar ha colocado en un lugar que los sobrepasa, que los domina y que los aboca a la destrucción.

Además esas circunstancias son insalvables. Una vez inmersos en ellas no hay referencia que sirva de amparo, de salida. El inexorable avance del proceso de condena concluye con un plano magnífico, el de la fiscal entretenida con su móvil cuando se está decidiendo la suerte del acusado por error. Es decir, la condena está establecida de antemano, y a sus autores no parece importarles las consecuencias que de ella se deriven, demostrando así la ceguera, en el peor sentido del término, de la justicia. Los condenados, culpables o no, están, desde el principio, abandonados a su suerte.
Todo ello hace de Sin retorno una película casi existencialista, en la que los personajes se encuentran solos frente a una realidad hostil. Miguel Cohan consigue transmitirnos una visión entre angustiada y fantasmal de lo que ocurre. La desolación de los espacios, casi siempre más vacíos de lo esperado, resulta abrumadora para los seres que deambulan por la pantalla. Por otra parte la paulatina constatación de que nada los puede salvar va cercenando poco a poco, pero sin pausa, las esperanzas de redención que el espectador pudiera albergar. Los temores se cumplen irremediablemente, y al final la empatía se mezcla con la pena, la solidaridad con la amargura, y la película se convierte en un espejo que nos interpela.

Y lo curioso del caso es que la identificación se consigue a través del distanciamiento. Se trata de una película fría, escueta, carente de cualquier redundancia. No existen discursos explicativos, y las elipsis, siempre que es posible, sustituyen a la narración explícita. Así, el accidente está contado con una concisión apabullante. La muerte del ciclista viene dada por un pitido y un travelling hacia un cristal traslúcido. El juicio se omite y se ofrece sólo su resolución, con esos magníficos planos en paralelo del padre de la víctima y la mujer del acusado. Y sabemos de la dureza de la cárcel únicamente con los planos que nos muestran lo que ocurre antes (sus compañeros de celda escrutándolo) y lo que ocurre después (el rostro devastado de Federico) del lapso de tiempo allí vivido. Del mismo modo sabemos del buen comportamiento del preso sin necesidad de ningún discurso ni de felicitaciones de ningún director de prisiones: basta el cartel que nos anuncia que han pasado tres años y medio.
Para llevar a buen fin la tarea acometida el director ha contado con la imprescindible colaboración de un grupo de actores en estado de gracia. Desde Federico Luppi o Leonardo Sbaraglia hasta Rocío Muñoz (Luciana, la hermana de Matías) o Arturo Goetz (el liquidador de la compañía de seguros), todos hacen un trabajo magnífico. Sólo así puede arriesgarse la película a sostener los largos planos con los que concluye sin venirse abajo. Cuando se decide a escrutar un rostro para descubrir lo que tras él se esconde, para saborear el gusto amargo de la batalla que en su interior se está librando, a la fuerza ha de contar con un soporte que resista el envite, y en este caso tal soporte posee carne, huesos, vísceras. En definitiva: verdad.
Sin retorno demuestra que, también en Argentina, otro cine es posible, un cine que sustituya a fórmulas que parecen más que agotadas.
Escribe Marcial Moreno
| Título | Sin retorno |
| Título original | Sin retorno |
| Director | Miguel Cohan |
| País y año | España-Argentina, 2010 |
| Duración | 104 minutos |
| Guión | Miguel Cohan |
| Fotografía | Hugo Colace |
| Música | Lucio Godoy |
| Distribución | Cameo |
| Intérpretes | Leonardo Sbaraglia, Martin Slipak, Bárbara Goenaga, Luis Machín, Ana Celentano |
| Fecha estreno | 18/02/2011 |
| Página web | www.sinretorno.com |