La cueva de los sueños olvidados (4)

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Nada es real

cave-of-dreams-0En el marco de Documenta Madrid 11 se ha estrenado en España Cave of forgotten dreams/La cueva de los sueños olvidados de Werner Herzog, coproducida en 2010, por Francia & Estados Unidos y cuya premiere tuvo lugar en el Festival Internacional de Toronto del pasado año.

La película, realizada en 3D, que ya ha pasado por la Berlinale y ha sido estrenada en otros países, ha cautivado a los espectadores españoles que tuvieron el privilegio de verla en los dos pases que realizó el festival, como prueba que se haya alzado con el premio del público dentro de la Sección Largometraje Internacional en que competía.

La cueva inmaculada

En diciembre de 1994 tres amigos apasionados a la espeleología, Jean-Marie Chauvet, Éliette Brunel y Christian Hillaire, descubrieron en un acantilado de caliza sobre el cauce superior del río Ardèche (afluente del Ródano), cerca de Pont d’Arc, al sur de Francia, la cueva con arte rupestre más antigua hallada hasta la fecha.

Sellada durante los últimos 20.000 años por un desprendimiento rocoso que ocultó su acceso principal, la entrada actual está franqueada por una puerta blindada que preserva su interior de los agentes externos.

Ningún cineasta hasta ahora había tenido el privilegio de filmar en el interior de la cueva. El director alemán con la humildad de los grandes, los mínimos recursos (una cámara no profesional y un escueto equipo técnico-humano) y la emoción artística de un observador-creador empedernido, emprende la aventura de adentrarse en un espacio desconocido, que a él en primera persona y por extensión a todos nosotros los espectadores, nos trasladará a una dimensión espacio-temporal de hace más de 30.000 años. 

El permiso del Ministerio de Cultura francés para grabar en la cueva llevaba aparejadas una serie de rígidas restricciones. El equipo de rodaje debía reducirse a sólo cuatro personas: el cámara, el sonidista, un auxilar y el propio director, encargado de la iluminación, la cual no podía emitir demasiado calor. El material no excedería del que entre ellos pudieran portar y la alimentación de los equipos debía ser por baterías. No se podían tocar las paredes ni caminar sobre el suelo de la gruta y el tiempo de permanencia en su interior, debido a los niveles de radon y dióxido de carbono, no debía exceder de cuatro horas por sesión, de un total de seis.

Desde su descubrimiento, cada año un grupo de científicos y expertos (arqueólogos, paleontólogos, geólogos, historiadores…) realiza dos campañas de campo anuales de quince días de duración para seguir investigando el hallazgo. En un recinto cercano, dotado de material informático avanzado, se reúnen los especialistas para analizar los datos y muestras recogidas durante las expediciones a la cueva. Concluido ese período quincenal cada uno continuará su labor en sus respectivos laboratorios.

Herzog realizó su primera incursión en la cueva acompañado de este grupo de expertos, cuyas opiniones y teorías incluye en la película. Un pasaje estrecho, que no es el acceso original, se abre al equipo cinematográfico, acompañado de la expedición científica. Ya en el interior, deben utilizar vestimenta y calzado no contaminado del exterior y caminar por una estrecha pasarela metálica de sesenta centímetros de ancho, absteniéndose de abandonarla durante todo el trayecto.

Un túnel claustrofóbico que baja hacia el interior de la cueva escoltado de estalagmitas y estalagtitas conduce a una gran nave principal donde una gran cascada de calcita que simula un mamut, recibe al visitante para según se va adentrando descubrir los primeros vestigios artísticos: un amplio panel de puntos rojos realizado con la palma de la mano.

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Los antiguos pobladores

El contenido inmaculado de la cueva, preservado durante los últimos doscientos siglos, conserva vestigios de la presencia sucesiva o incluso alternada, de los animales y hombres que durante la última era glacial dejaron allí huellas de su existencia.

Los animales, principalmente osos, aunque no se descartan los lobos, dejaron marcas de arañazos en las paredes, revolcaderos y especialmente huesos hoy calcificados, esparcidos por el suelo (el noventa por ciento de los restos hallados son esqueletos de osos, pero también los hay de hienas, alguna cabra montesa y un águila real…). 

De los pobladores humanos no existen restos óseos y apenas una representación femenina fragmentada, pero sí la huella de una pisada, quizás de niño por su pequeño tamaño, una calavera de oso colocada de forma significativa sobre un pedestal pétreo, restos de hollín de las antorchas y hogueras y una inmensa, sensible y original galería artística repartida por los muros de la cueva; la presencia más evidente de su humanidad.

Los restos corporales de unos y el alma improntada sobre sus muros de otros, nos hablan de un pasado compartido entre hombres y animales en que ambos alternaron el habitáculo con fines diferentes: los animales como refugio, y nuestros antepasados, recolectores-cazadores, de existencia nómada, como recinto artístico y ceremonial donde realizar sus rituales chamánicos.  

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Las pinturas

Dice John Berger que estas pinturas “fueron hechas para la oscuridad (…), para que lo que encarnaban sobreviviese a todo lo visible y fuera, quizás, una promesa de supervivencia”.

El conjunto iconográfico de la cueva es de tal riqueza y profusión que su estudio aún no ha concluido. La preservación a que las ha sometido su escondite las mantiene sensibles a los agentes contaminantes, pero luminosas y frescas para la contemplación.

Las imágenes que lo componen revelan una intencionalidad compartida entre naturalista y esquemática, figurativa y abstracta, representativa y conceptual. Datadas según los restos recogidos entre 30.000 y 32.000 años de antigüedad (periodo  Auriñaciense), fueron realizadas por un artista (aunque podría haber alguno más) de metro ochenta de alto que tenía una imperfección anatómica de la que ha dejado constancia en su obra.

La mano es símbolo de acción, potencia y dominio. Sirve de arma y utensilio, prolongación del brazo y de la mente del artista que la utiliza como signo que le representa a través de su huella y como herramienta, capaz de traducir los pensamientos a imágenes y símbolos. La mano y su utilización inteligente diferencian al hombre del animal.

En la cueva hay varios paneles con representaciones estampadas y estarcidas de manos. Las primeras con un carácter abstracto son impresiones positivas de la palma de la mano impregnada en pigmento rojo, en el que no aparecen los dedos, que simulan puntos ojos no uniformes. Las otras, manos negativas completas, estarcidas en tonos rojizos sobre fondo blanco y viceversa, realizadas soplando la pintura sobre ellas, revelan que el artista tenía el dedo meñique dislocado.

El bestiario representado sobre las paredes de la cueva impacta y sorprende por la profusión de especies salvajes que aparecen frente a la de animales de caza, habituales en cuevas paleolíticas similares. Especies ya extintas como mamuts, osos cavernarios, leones (sin melena), rinocerontes lanudos, ciervos megaceros, uros… comparten espacio junto a otras más comunes como bisontes, caballos, panteras… que parecen emerger de las protuberancias de la roca en composiciones de grupo o aislados, corriendo, luchando o enfrentados.

Es significativo el alto nivel de realismo de las figuras realizadas con trazos muy marcados, en su mayoría, negros (carbón de leña), pero también rojizos (óxido de hierro) u ocres. Los contornos (pintados o grabados) revelan un dominio muy preciso de la técnica del dibujo, además de cierta originalidad compositiva, intencionalidad de crear perspectiva (superponiendo unas figuras a otras) u omitirla modificando la escala a discreción y aportando sensación de volumen con sombreados, difuminados y diluidos.

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Los animales no son arquetipos que se repiten, parecen tener cada uno su propia singularidad. Estas particularidades se aprecian especialmente en algunos paneles de gran belleza y expresividad.

Muchas composiciones que en conjunto resultan abigarradas y desordenadas, adquieren intensidad cuando la cámara se acerca y resalta un fragmento concreto.

En el panel de los caballos también aparecen uros, bisontes y rinocerontes, pero es espectacular la representación de cuatro equinos que galopan superponiéndose unos a otros. Sus cuerpos no están esbozados, sólo resaltan sus cabezas, de gran tamaño, cada una diferente a la otra, realizadas con trazos negros, llenos de fuerza y determinación, que intensifican su presencia sobre el resto de elementos de la composición.

Compartiendo espacio sobre la misma roca anterior vemos dos figuras completas de rinocerontes enfrentados que al acercarse la imagen nos permite apreciar el detalle con el que están realizadas sus cabezas, buscando el volumen y con incisiones de silex que siluetean ciertos contornos de carbón para conseguir un mayor verismo.

Aislado también en este mismo panel, un bisonte con muchas patas parece simular el movimiento o la presencia de otras piezas situadas detrás.

Una pareja de leones, de tamaño natural, dibujados con una fina línea negra de dos metros de larga contornea la figura de ambos felinos, macho y hembra, superpuestos.  El artista ha atrapado con magistral dominio del dibujo el caminar cansino de ambos.

La sorpresa aumenta según nos adentramos en la cueva y descubrimos otros paneles como el de los cérvidos que presenta, además, uros, bisontes, caballos… o el panel de la pantera a la que acompañan una hiena, una cabra acéfala y un oso. Es significativo el panel de los rinocerontes, único en el arte parietal por el gran número de ejemplares representados en él, o el panel de los felinos en el que una gran manada de animales de diferentes especies desfilan en perspectiva hacia la izquierda.

Ninguno de los animales representados a pesar de su ferocidad natural delatan el temor del artista, pero si un profundo respeto “fraternal e íntimo”. 

Muchos de estos paneles demuestran una clara intención de preparar la pared para realizar la composición, raspando la roca caliza para allanar las desigualdades hasta conseguir una gran superficie blanca y lisa sobre la que realizar el conjunto pictórico. En algunas de ellas afloran aún restos de dibujos anteriores sobre los que se superponen las nuevas representaciones.

En las figuras grabadas se aprecia también, sobre el proceso de raspado preliminar, una capa de arcilla plástica sobre la que se realizaban las incisiones. Con esta técnica encontramos un caballo blanco, que a pesar de su esquematismo nos permite apreciar la intención del artista de simular, con la insistencia de sus trazos sobre el cuerpo, la muda del pelaje en primavera, un mamut, un búho… además de marcas que simulan arañazos de los osos y otras líneas sinuosas, enmarañadas e inconcretas.

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Pero no todo son bestias, también hay signos (realizados con pintura roja) que parecen una mariposa, un insecto y un pájaro; y no todo es figuración, también hay lugar para la abstracción. En algunos muros aparecen puntos de diferentes tamaños y líneas colocadas sin relación aparente, signos, como una cruz latina… que revelan un contenido críptico. También hay fragmentos de animales inacabados, esbozos de figuras, contornos con pocos detalles…

El cineasta no puede por menos que emocionarse con el dinamismo de las figuras representadas y hacer su especial homenaje al origen del cine y su vinculación con aquel mundo de luces y sombras en que pintaban nuestros antecesores (homo sapiens sapiens), que posiblemente veían moverse sus figuras a la luz de las antorchas, como si de un Fred Astaire chinesco se tratara.

Una de las figuras más sugerentes de la cueva es la que representa, sobre un repliegue rocoso descendente, la imagen de la cabeza y cuartos delanteros de un bisonte yuxtapuestos sobre la mitad inferior de una figura femenina de caderas abultadas, triángulo púbico muy marcado y gruesas piernas; la única representación humana en toda la cueva. Esta imagen híbrida y simbiótica bisonte-mujer, recuerda a la Minotauromaquia picassiana y entronca con la Venus paleolítica encontrada recientemente cerca de allí.

En 2008 se descubría en Alemania, muy cerca de Chauvet, en una gruta de la región del Jura suavo, la Venus esteatopigia más antigua hallada hasta el momento. Datada en un período que coincide con la fecha de las pinturas de la cueva, entre 31.000 y 35.000 años. La Venus de Hohle Fels, como se la ha llamado, está tallada en marfil de mamut y presenta en sus escasos seis centímetros, atributos sexuales muy exagerados (pechos, caderas, vientre, muslos y vulva), cuya connotación va asociada a la representación de la fertilidad.

¿A que venían a la cueva estos cazadores-recolectores de existencia nómada que vivían en grupos reducidos de 25 a 30 individuos? ¿Qué les impulsaba a pintar? ¿Pintaban animales porque entonces eran ellos los dueños del planeta? ¿Lo hacían con fines mágicos o simplemente como un medio de expresión interior? Un aborigen australiano actual declara: “No pinto, son las manos las que pintan. Las manos de los espíritus”. El origen del arte sigue presentando múltiples preguntas que mientras se responden nos permiten seguir disfrutando de hallazgos tan singulares.

Ya en el exterior, el director-narrador recuerda la proximidad de la cueva al valle del Jura (apenas sesenta kilómetros) y recorriendo con la cámara los parajes exteriores del enclave, se deja poseer y encandilar por sus bucólicos paisajes que bien podrían inspirar una ópera de Wagner o a los románticos alemanes.

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3D e irrealidad

La fragilidad de las pinturas, que mantienen aún la frescura de su impronta, pero que cualquier agente externo puede hacer volatilizar, hace imposible que la cueva pueda ser expuesta al público. Este documento será pues de momento, la única y más cercana experiencia que cualquier curioso, aficionado, apasionado o amante del arte, la historia o la ciencia pueda tener de ella.

La tecnología estereoscópica permite al espectador vivir su recorrido a un ritmo impuesto, que sabe quebrarse cuando es preciso, y con una proximidad irreal, que lejos de ser una contrariedad aportan una vivencia más íntima y personal.

El interés por el 3D nació casi parejo al invento del cine, pero a pesar de sus múltiples intentos por hacerse un lugar en la historia, no ha sido hasta la fecha que ha conseguido abrirse un camino que parece resuelto a competir con el 2D en las preferencias del público. Sin embargo, pocos realizadores ven en él algo más que un medio de ganar espectacularidad y hacer taquilla.

Herzog ha sido bastante escéptico con las cualidades de este medio, aunque en esta ocasión lo ha creído el más idóneo. Como decíamos anteriormente no sólo porque permite experimentar la ilusión de penetrar en el interior de la cueva y acercarse a esos espacios sagrados y ocultos, sino porque su aspecto de irrealidad, al intentar invadir la espacialidad/realidad más allá de sí misma, favorece la ensoñación atemporal.

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Un viaje en el tiempo

La mirada del director se vuelve respetuosa y profunda en el interior de la cueva, cuyo vientre húmedo, oscuro y silencioso conjuga pasado y presente en una realidad artística y espiritual suspendida y atrapada para siempre en esta cápsula del tiempo.

La película es la evidencia de la vivencia, reflexión y emociones que su visita produjo en Herzog, un viaje en el tiempo y en el espacio, condicionados por su mirada y la intensidad de su impacto. Sin embargo, a través del montaje permite al espectador compartir su experiencia e incluso hacerla suya, ocasionalmente, y revivir la espiritualidad que el recinto convoca.  

Hay pasajes del film en los que el director permite que el silencio y la oscuridad, la música y las imágenes divaguen por la mente del visitante virtual con su propia cadencia emocional. Son esos momentos mágicos de la película, inmensos y atemporales que sólo llenan la rotundidad y belleza de sus pinturas, sin necesidad de aditivos complementarios.

La cueva de Chauvet se ha abierto al mundo a través de la mirada y las reflexiones de un cineasta singular que con profundo respeto recorre varias veces sus muros repasando sus composiciones con devota emoción, en estrecha comunión con el alma-mente de nuestros antepasados.

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Ficción y documental

Werner Herzog es uno de los cineastas más prestigiosos, personales y prolíficos del momento. Nacido en Munich, en septiembre de 1942, es un apasionado de su profesión, a la que se ha dedicado, en cuerpo y alma, desde la adolescencia y en la que además de director, ha ejercido labores de productor, guionista y actor.

Su filosofía del cine es una de sus señas de identidad, un camino incierto entre la ficción y el documental (concepción que le emparenta con el creador y cineasta español Basilio Martín Patino) no como inconcreción sino como posicionamiento activo frente a los límites que constriñen la creación.

Herzog tiene una extensa carrera cinematográfica, sus obras más difundidas pertenecen al género etiquetado como ficción, entre las que podemos recordar títulos míticos como Aguirre, la cólera de Dios (1972), El enigma de Gaspar Hauser (1974), Nosferatu, el vampiro de la noche (1979) o Fitzcarraldo (1982), y otros más actuales como Rescate al amanecer (2007) o Teniente corrupto (2009).

A partir de la década de los noventa se decanta por el documental, produciendo en los últimos veinte años más títulos de este género que de ficción, entre ellos  Las campanas del alma (1993) donde trata de representar el alma rusa; El pequeño Dieter necesita volar (1997), sobre la figura real del piloto Dieter Dengler, protagonista también de Rescate al amanecer; Mi enemigo íntimo (1999) donde desgrana su relación profesional con el actor Klaus Kinsi; o la impactante Grizzly Man (2005) sobre la personalidad del lunático ecologista Timothy Treadwell.

La esencia realista de su cine de ficción y la poética ficcional de sus documentales hace que esa frontera entre documento y realidad se diluya en confusas apariencias encontradas, que el autor no colabora en delimitar e incluso alenta.

Las huellas de la realidad crean, a veces, ficciones más irreales que las imaginadas y Herzog se permite en esta película exponer, investigar, conjeturar y divagar sobre su esencia íntima y secreta.

Cerca de la cueva, en Pierrelatte, existe una reserva natural donde se crían dos cocodrilos albinos, un extraño espécimen que nos habla de una realidad trastocada, que enfrentada a su propia imagen no sabe qué es verdad y qué no. Nada es real. ¿Somos nosotros los cocodrilos albinos?

Escribe Purilia

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 Título  Cave of forgotten dreams/La cueva de los sueños olvidados
 Título original  Cave of forgotten dreams
 Director  Werner Herzog
 País y año  Canada – USA – Francia – Alemania – Inglaterra, 2010
 Duración  95 minutos
 Guión  Werner Herzog, Judith Thurman
 Lugar rodaje  Chauvet-Pont-d’Arc, Ardèche, Francia
 Distribución  IFC Films (distribución mundial)
 Intérpretes  Werner Herzog, Dominique Baffier, Jean Clottes
 Fecha estreno  22/06/2012 
 Página web  http://www.caveofforgottendreams.co.uk/