El viaje de la vida
La eternidad es una de las muchas cosas que se nos escapan cual humo entre nuestros dedos, al fin y al cabo la vida sólo es un pequeño viaje individual que acotamos con los nombres de nacimiento y muerte. Durante el trayecto, acumulamos experiencias, vivencias que con el tiempo pueden llegar a ser incontables si como el protagonista de esta historia sabemos vivir de una manera, llamémosla completa.
Esta plenitud es la que Tiziano Terzani alcanzó al final de su vida y transmitió como último deseo a su hijo Folco, enriqueciendo su persona y llenando de sabiduría por muy joven que pudiera ser, pues como el propio Folco Terzani confesaba, la absorción del saber que te pueda transmitir una persona anciana hace que, siendo aún joven, sepas infinitamente más. Y así es como te empujas a seguir hacia adelante.
Las conversaciones que tienen lugar en el film, dirigido por Jo Baier, fundamentalmente director de documentales, son los monólogos que toma Folco de su padre como material del libro de su progenitor. Fueron rodados en el mismo escenario real donde Tiziano y su familia vivieron momentos de sus vidas: la casa perdida en un pueblecito humilde de la Toscana llamado Orsigna, donde Tiziano decide volver con su mujer Angela a pasar sus últimos momentos, después de un incansable viaje por todo el mundo acompañado por su pasión por el periodismo.
El florentino tubo la suerte o la desgracia, de poder vivir en primera persona muchos de los acontecimientos más importantes de la historia, tales como la guerra de Vietnam o la época de Mao Zedong. Viajó como corresponsal del sureste asiático para la revista alemana Der Spiegel, lo que hizo que se enamorara de Asia, concretamente de China, donde depositó todas sus esperanzas, representando sus ideales y valores y pasó de su ferviente admiración por el comunismo chino, a su decepción.
El guionista y productor de este proyecto de llevar a la gran pantalla esta historia tan profunda y espiritual, Ulrich Limmer, junto con Folco y Jo Baier coincidieron en que el actor idóneo para representar a tan gran periodista y autor era sin lugar a dudas Bruno Ganz.
Ganz encarna al italiano a la perfección, logrando una compenetración entre el personaje y todo lo que le rodea, haciendo que tenga sentido el paisaje, la situación, la conversación y el estado de ánimo que se intenta transmitir al espectador.

La intención del director no era otra que lo que vemos plasmado en la pantalla, sin embargo, el rodaje, aunque retocado con las interesantísimas intervenciones de Ganz sobre temas que comentaremos posteriormente, tiene un aire monótono que consigue que la brillante idea que se nos está contando, pierda valor. No es por la inexistencia de flash-backs de lo que Terzani nos cuenta, ahí es donde reside la peculiaridad de la película, en que no necesitamos de imágenes para imaginarnos todo cuanto escuchamos.
Es más por la falta de cuidado en los demás aspectos que no sea la figura de Tiziano. Por supuesto, él tiene el protagonismo, pero podemos observar cómo indirectamente el resto pierde importancia, convirtiendo por ejemplo el papel del hijo incluso de irrelevante.
Nos sumimos así en un aura de espiritualidad que nos transportan a las vivencias relatadas del anciano, como la estancia en el Himalaya durante tres años, tras conocer la noticia de su cáncer, que significó un punto clave en la historia de su vida, de su madurez, de su visión del mundo y, lo que es más importante, de la transformación del conocimiento de los conceptos que la vida abarca.
Tales conceptos son el núcleo de los monólogos de la película, en concreto uno: la muerte. La muerte está presente en todo el film, siendo incluso el tema principal. La muerte es, en boca de Tiziano “la última aventura que me queda por vivir”. Su concepción de la muerte llega a ser incluso positiva, y contemplamos en repetidas ocasiones cómo en la película en los momentos que se menciona a la muerte, Tiziano ríe estrepitosamente, concluyendo que desearía morir de esa manera, riendo.

Así pues, llegamos al convencimiento de la muerte como algo bueno, no como un fin, sino como un principio de algo nuevo y bueno.
El fin es mi principio es el título final del libro que contiene las memorias de Tiziano Terzani, haciendo referencia a esta idea de la muerte que cultivó el protagonista.
Un aspecto artístico muy destacable es la sensación de estar viendo el film pasando una fotografía tras otra. Los fondos desenfocados, hacen que nos centremos en el verdadero punto de interés en el momento preciso, pasando a planos panorámicos de los bellos paisajes italianos cuando sea necesario desconectar. Y es así como la película se convierte en una especie de terapia de relajación personal, al sumergirte en las explicaciones del sabio al borde de un acantilado o contemplando los planos de las hojas bailando con el viento, o el curso de un río te hace evocar su frescor.
En conclusión, El fin es mi principio es un largometraje de sentidos, que quizás habría obtenido mejor resultado al convertirlo en un documental, por la manera en que está hecho, pero tampoco desagrada al espectador, perfecto para una tarde tranquila sin más complicaciones, sin poder añadirle nada más de especial.
Escribe Paula González
| Título | El fin es mi principio |
| Título original | Das ende ist mein anfang |
| Director | Jo Baier |
| País y año | Alemania e Italia, 2010 |
| Duración | 98 minutos |
| Guión | Folco Terzani y Ulrich Limme |
| Fotografía | Judith Kaufmann |
| Música | Ludovico Einaudi |
| Distribución | Isaan Entertainment y Karma Films |
| Intérpretes | Bruno Ganz, Elio Germano, Erika Pluhar, Andrea Osvárt |
| Fecha estreno | 15/07/2011 |
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