No es la primera vez que se utiliza el tema de un largo viaje para mostrar las relaciones humanas y lo que eso comporta. De una forma sencilla, casi siempre creíble, su director, Pablo Giorgelli, nos lleva de la mano de un camionero avezado para hacernos partícipes del comportamiento, cuasi cotidiano, de unos seres humanos que parec
Cuenta Giorgelli que ha tardado algo más de tres años en preparar la que es su ópera prima, en el largometraje, y que tardó cinco semanas en rodarla. Comprensible; y no por tratarse de una primera película, con guión suyo y de Salvador Roselli, y con coproducción española, a cargo de Armónika Entertainment y la colaboración de Televisión Española, sino por el cuidado que ha puesto en los emplazamientos y en las situaciones que se van presentando; y también por una fotografía natural, a veces espontánea, como si no estuviesen los planos preparados. Y esto se lo debemos a Diego Poleri, su director de fotografía.
La historia se estructura en un tiempo continuo, como el propio viaje que la película propone, como crecen las acacias. Es decir, los acontecimientos se suceden, no ya en orden cronológico, sino con una cierta naturalidad que dan las situaciones.
Germán de Silva compone un camionero, Rubén, tan adecuado como creíble en gestos, lenguaje, miradas. La réplica está a cargo de Hebe Duarte, que incorpora a Jacinta, la mujer que le pide, por un amigo que tienen en común, viajar con él desde Asunción, en Paraguay, hasta Buenos Aires, en Argentina. Le iguala en sencillez y con un deje realista, sobre todo cuando atiende a su hija Anahí, que consigue hacernos cómplices de sus vivencias.
Y la relación que se establece entre ambos, desde un principio de amable hostilidad, se va ahondando en su roce cotidiano, en sus miradas furtivas y, sobre todo, cuando pasan la frontera y le preguntan a Jacinta por el padre de la criatura. “No tiene padre”, les dice con asombrosa naturalidad, con la mirada limpia. Ya sabemos que es una mujer libre, abrumada por problemas familiares, que no precisamos conocer al detalle, aunque los intuimos en sus medias palabras, y sin tener un hombro donde apoyarse.
Por parte de Rubén nos damos cuenta que la pequeña le hace añorar cuando su hijo era igual en tamaño, y piensa en los días, las horas, que le dedicaba. Surge la añoranza, y las lágrimas de la indecible Anahí hacen el resto. Empieza el entendimiento, que ya es mutuo, porque Jacinta sí agradece sus desvelos hacia su hija. Y cuando llegan a Buenos Aires, el final se presenta tan abierto como previsible.
La confrontación entre las vivencias de Rubén y Jacinta tiene su punto de encuentro, por decirlo así, en la necesidad humana de sentirnos poco menos que solos, desamparados, sin nadie que nos mire, se ocupe de nosotros. Esta realidad está tratada en Las acacias con el suficiente acierto, y a veces claridad, para que el visionado de la película de Giorgelli compense nuestra dedicación para comprenderla y aceptarla.

En el fondo sus relaciones son las que se dan entre las acacias, árbol oriundo de África, con espinas en sus ramas, de ahí su nombre, que oscilan entre querer y poder, con la sombra que proporcionan y el atractivo que revisten, pues son útiles para el suelo y hermosas en el paisaje.
Y que, de alguna manera, está relacionado con el dolor de Giorgelli con la desaparición de su padre, la separación de su primera compañera; y que a día de hoy no tiene descendencia con quien pueda hablar de su cine. Porque empezó estudiándolo en la escuela que dirigía Miguel Littín, y que desde 1993 se inició rodando cortos y algún documental. Lo más curioso, y casi sintomático, es que manifiesta lo mucho que le debe a su padre, porque a él está dedicada Las acacias, así como a los espectadores de la tercera fila: sabe, intuye, que la recibirán mejor.
No es difícil comprender esta película, porque al margen de ser premiada
Que la película no sea redonda no es mayor problema, porque lo que nos quiere decir, sus intenciones, lo hace bien. Y más por el cine que se postula, se lleva y se construye hoy en día, dado que así nos abocamos a desentrañar su forma de entender y plasmar las imágenes. El hecho de la abundancia de primeros planos, que a veces puede resultar cargante es, en Las acacias, motivo evidente de que cuenta con los espectadores para sus pases televisivos y los que consiga con su explotación en DVD.
Felicitamos a Pablo Giorgelli, a los actores, y a todo el equipo, animándoles a que sigan haciendo buen cine, del que no andamos, precisamente, sobrados. No os perdáis Las acacias.
Escribe Carlos Losada