Las razones del corazón (3)

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“Madame Bovary soy yo”

las-razones-del-corazon-0Cuando Gustave Flaubert publicó por primera vez su novela Madame Bovary, el francés y su editor fueron acusados por la inmoralidad de la obra. Quién sabe si la fascinación de millones de lectores, desde hace décadas, por el personaje de Emma Bovary esté relacionada con la atracción hacia lo prohibido o quizás sea el morbo. Lo que es seguro es que Emma despertó en la sociedad del siglo XIX un modelo, una nueva visión del mundo más libertina y aún hoy en día, abierta a innumerables análisis e interpretaciones.

Al pasar las páginas de la novela de Flaubert lo más seguro es que el lector vaya haciéndose ideas contradictorias sobre el personaje principal. Nos encontramos ante una señorita de familia trabajadora que al casarse y aterrizar de pleno en los lujos de su nueva vida se convierte en una mujer fuerte, altiva, de mentón alzado y sobretodo (a juzgar por las muchas opiniones masculinas dentro de la lectura), una mujer atractiva.

Pero, ¿es ésta la auténtica realidad? “Egoísta, trepadora, infatil, ilusa”.

Arturo Ripstein, director de Las razones del corazón, nos pinta la otra cara de la moneda con estos adjetivos y razón no le falta. A medida que avanza la novela y los amoríos de su protagonista observamos que la frialdad seductora con la que se mueve Madame Bovary se transforma en la opinión de Ripstein: una mujer débil plagada de ñoñerías.

Sin embargo, aunque el director afirme que “Emma Bovary es un personaje antipático y despreciable” se le quedó la espinita clavada y resultó ser que no odiaba tanto al personaje, todo lo contrario, resultando así su último trabajo.

En este caso, Emilia es la protagonista de una historia situada en la ciudad de México DF, un ama de casa agobiada con la monotonía de su vida, de su matrimonio y maternidad fracasados. Arcelia Ramírez realiza una interpretación muy buena de su papel, con los altibajos que sufre Emilia, la ternura del amor hacia el amante en contraposición con la angustia y desesperación, los torbellinos de rabia que libera hacia el marido, su hija o cualquier cosa que la irrite, que viene a ser, cualquier cosa que no sea Nicolás.

Nico, el amante representado por Vladimir Cruz, es un saxofonista cubano que nos deleita en la película con su música (es la única música que se escucha en el film, salvo al principio y en el momento de la muerte de Emilia). Encarna a los que serían en la novela de Flaubert, Léon y Rodolphe, los amantes de Emma Bovary. Volviendo a Ripstein, Nico decide dejar a Emilia, lo que produce la descomposición emocional de la protagonista.

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Ésta es la debilidad de la que hablábamos antes, la contradicción de representar la liberación de las mujeres, mujeres fuertes y poderosas, con la esclavitud de las pasiones, lo cual genera de nuevo la dependencia y sumisión a los hombres.

El amor que vive Emilia no es un amor sano, mantiene una posición antisocial en la que solo caben dos elementos: yo y mi objeto deseado. La película hace incampié en esta contradicción, al ser las últimas 48 horas de vida de la protagonista. ¿Sería Emilia una mujer de mentón alzado como los primeros pasos de Madame Bovary antes de entregarse al saxofonista?

El dramatismo de la historia se incrementa por una particularidad del film: está rodada en blanco y negro, con una iluminación muy contrastada que permite diferenciar muy bien la forma del fondo. La fotografía es excelente. Esta ausencia del color, junto con la composición de las escenas rodadas exclusivamente en los pisos de un viejo edificio de la ciudad de México, aumenta la sensación de claustrofobia. Nos identificamos con los personajes y con sus continuos cambios de humor. El porqué de la decisión de rodar en blanco y negro (como ha hecho Ripstein en otras ocasiones) nos lo da el director: “Para mí, la vida es en blanco y negro”, comenta.

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La película fue rodada en apenas 24 horas, en ese mismo escenario. Quizás este hecho sea el que convierta a Las razones del corazón en un largometraje fluido, claro y riguroso. Vemos pasar escena tras escena de la manera más natural. Es decir, observamos lo cotidiano, la normalidad, la pantalla refleja algo real y los actores consiguen esa monotonía rabiosa, de la que Emilia está cansada.

Y decide ponerle fin. Cambiando el arsénico de Emma por mata-ratas, Emilia hace de su muerte una gran puesta en escena. El final que todos esperábamos. Sólo que esta vez el suicidio de la protagonista acerca al marido y al amante en un mismo objetivo: hacer feliz a la moribunda en sus últimos momentos de cordura, que casualmente sólo aparecen en los instantes cercanos a la muerte.

La historia de Madame Bovary y de Emilia no sólo es una simple historia de adulterio. Es un análisis de la humanidad, un ataque de la monotonía y las desilusiones de la vida burguesa en el primer caso y de la vida humilde en el segundo.

Probablemente he hecho mi mejor película” afirma Arturo Ripstein. Probablemente.

Escribe Paula González