De mayor quiero ser soldado (1)

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¡Señor, sí, señor, equivocada! 

de-mayor-quiero-ser-soldado-0Sin ningún tipo de dudas, De mayor quiero ser soldado, de Christian Molina, es una película equivocada, aparte de un error manifiesto, más de resultados que de planteamiento, y en consecuencia lleva la equivocación por norma, y aquí queda muy bien decir por bandera, y a voz en grito, esto de “¡Señor, sí, señor, equivocada!”. Entonces, ¿por qué la Oficina del Defensor del menor y el Juez de menores de la Comunidad de Madrid la recomiendan? ¿Qué película, qué versión vieron?

Porque De mayor quiero ser soldado se rodó, entre 2009 y 2010, con sonido directo, en inglés; es decir, aquí se ve en original inglés, subtitulada en castellano. ¿Ellos vieron la versión doblada? Porque se ha visto un tráiler doblado, y no tiene nada que ver lo que dice el militar, amigo imaginario del protagonista, Álex, con lo que se escucha en inglés; y no una vez, sino hasta unas ocho veces, esas expresiones que están más allá de la grosería, y que se dicen en toda película que trata del aprendizaje de los soldados, se entiende que norteamericanos.

Los sargentos que se precien lo dicen a partir de los años ochenta, al parecer antes se enseñaba de otra manera, o se ocultaban las groserías, y es el mayor conjunto de tacos y salidas de tono que imaginarse pueda. Ni citaré una de esas películas, porque maldito si tienen ninguna importancia, tanto a nivel cinematográfico como social, para dedicarles más atención. Lo menciono porque Christian Molina sí ha debido de aprender de ellas, y como deseaba, eso parece, hacer una película sobre cómo debe educarse a los niños, pues lo ha retomado. No dudo que con buenísimas intenciones, pero el resultado final a la vista está.

Me temo que ha partido de un guión lleno de ilusión por mostrar cómo son los padres de hoy en día, que descuidan bastante la educación de sus hijos, sobre todo si otros están en camino, e ilustrarnos con las consecuencias de dejar que Álex se imagine amigos que le van educando.

Cuando interviene el astronauta, al principio quiere ser astronauta —tiene una escafandra como la que se usó en la Luna—, los momentos transcurren hasta con cierta sensibilidad, cuando mencionan a la estrella Alfa Centauri, por ejemplo, y las reacciones de Álex son las de un niño de su edad, entre 8 y 9 años, en todos los aspectos.

Sus reacciones cambian cuando los padres le dicen que va a tener hermanitos. El astronauta se convierte en militar y las expresiones de sargento veterano hacen su aparición para educación de Álex y sonrojo de todo espectador medianamente sensible al oírlas en boca del niño con todo el énfasis imaginable. No queda la cosa aquí, porque sus relaciones con los compañeros de estudios, no es que sean conflictivas, es que rozan la esquizofrenia, tanto por uno como por otros. ¿Qué pasa? ¿Que sus compañeros están sonados, que Álex está sonado? Y no hemos querido emplear la palabra loco adrede.

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Y llegan las entrevistas con los psicólogos. Antes, Álex ha conseguido que su padre le ponga una tele en su cuarto, donde ve, a instancias del amigo imaginario, reconvertido en militar, toda suerte de guerras y sangrientos enfrentamientos entre seres humanos, y así va labrando su idea de ser soldado que lucha por su patria, en contra de los asesinos, de los malos, como siempre le insinúa el imaginario amigo.

Si con eso quieren decirnos que el culpable de su educación es el padre al ponerle la tele en su cuarto, lo han hecho, lo han rodado de tal manera, que no nos lo creemos. En realidad, casi nada se cree. Todo está forzado, tanto en las expresiones como en los gestos de los actores. Menos en Fergus Riordan, que encarna a Álex con una naturalidad pasmosa, demostrando que los niños sí son dúctiles a las enseñanzas cuando se divierten. Aquí queda demostrado al contemplar la actuación de Riordan, que se lo pasó muy bien con lo que dice y las expresiones que le dijeron debía poner.

Lo demás, incluyendo esa incalificable secuencia final de la madre llevando de la mano a su hijo Álex por la casa, que pretende ser onírica, y se queda en ridícula, quiere ser constancia de lo fundamental que es la educación y de la importancia de que los padres se tomen en serio implantarla a sus hijos. Y como ejemplo, De mayor quiero ser soldado. Me dirán que hay que tomarla al revés, que está contada en clave y otras zarandajas que nada tienen que ver con la educación; y menos aún con el cine.

¿Qué hacer en casos así? Porque la secuencia inicial es aceptable —charla de Danny Glover con Riordan—, y la mencionada de Alfa Centauri, pero después de los títulos de crédito iniciales, todo se va envolviendo en un magma vidrioso que nada tiene que ver ni con imágenes y menos con educación, aunque digan que hay que verlo al revés, repito. Claro, es lógico que lo digan. La vida siempre se vive al revés. Por eso, tal vez, rodaron la película en inglés: el mercado americano. Sí, sobre todo con ese lenguaje cuartelero, que diríamos por aquí, en boca de un niño.

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Suponemos que por allí, como mucho, la conseguirán estrenar en DVD, y así pagar parte de su coste; porque ayudas sí ha conseguido, por casi toda la geografía nacional, la productora española Canónigo Films; y las tres americanas que intervienen, no sabemos bien para qué, salvo por el contrato de los actores, pues se limitarán a recoger las ganancias, si las hubiera.

¿A quién, a qué, benefician películas así? Una anterior de Christian Molina, Diario de una ninfómana (2008), no interesó a nadie, aunque fuese bien de taquilla, sin que esto sea un síntoma de bondad en ningún sentido. Por tanto, ¿a qué juegan? Películas como De mayor quiero ser soldado puede que enaltezca el ego de los sin sentido, pero no hay más allá. La educación es una cosa no solamente seria, sino que nos puede conducir a una vida para vivirla en plenitud y con todos los sentidos atentos a los acontecimientos diarios, a las vivencias de cada día, de pensamientos, de sentimientos. Y hacerlo al revés nos puede conducir al caos.

O sea, con películas como De mayor quiero ser soldado —la insistencia en llamarla película está dada con doble sentido, a ver si se enteran— nos conduce al desierto de la educación. No por saltarse normas, ni demás; sino porque alienta los peores aspectos del subconsciente humano, anidado sin solución de continuidad desde el principio de los tiempos, casi forzándole a las peores decisiones que pueda tomar, llevándole así a desquiciadas consecuencias.

Pues eso, que podrían explicarnos por qué se filmó De mayor quiero ser soldado y a quién beneficia. Y, de paso, por qué la recomiendan el Defensor del menor y el Juez de menores de la Comunidad de Madrid. Quede claro, una vez más, que esto tiene poco que ver con el cine, y mucho menos con la educación, con permiso de los productores, Christian Molina, el Defensor y el Juez. El resto, y perdón por la cita, debería ser silencio.

Escribe Carlos Losada