Paula de Luque construye una trama —basada en la novela homónima de Jorge Coscia— dividida en tres partes: el amor, el odio y la revolución, que privilegia —poniendo en primer plano— la relación amorosa entre
Se toman algunos hechos cruciales en la historia argentina —tales como el terremoto que sacudió San
El desafío que toma el filme es el de haberse liberado de la necesidad omnímoda de imponer un sentido único que ahogaría la contradicción, el sinsentido y la paradoja, bastan las escenas que muestran a una Eva celosa, posesiva o puteadora, y un Perón si bien consistente en lo político, en aquel entonces estaba a cargo del Ministerio de Trabajo y Acción Social, emocionalmente se mostraba inestable, o bien, lábil, contradicciones que felizmente gravitan en el universo del filme.
Esa mujer
Lo interesante de la Eva construida por Paula de Luque es que propone una mirada diferente de las distintas facetas del mito —ya vistas y entrevistas hasta el hartazgo— como una forma de acercamiento y de identificación con el personaje de leyenda.
Nos muestra a una Eva en ciernes, como si su propia vida, en ese entonces como actriz radiofónica interpretando los actos heroicos de relevantes personajes femeninos, fuera un work in progress, un aprendizaje que luego, años más tarde, aplicaría en su vida política. Y uno de los recursos utilizados por la directora para lograrlo es el fuera de campo. Es decir, que todo lo que no está en ese rectángulo debe ser construido por nosotros los espectadores a través de lo que sí vemos.

Primeros planos del rostro de una Eva joven y apasionada. Intensísima. Visceral. Y en esos primeros planos llegamos a atisbar no sólo la pasión que Eva ya sentía por Perón, la misma pasión que luego se trasladaría al pueblo, sino la avidez por una guía, un ansia insaciable de conocimiento: hay un plano extraordinario de una Eva en bambalinas, curiosamente sorprendida por la elocuencia de una oradora sagaz, la agente de prensa de Perón, Blanca Luz Brum (María Ucedo) frente a una nutrida audiencia, escena especular que preanuncia el nacimiento de una Eva militante, carismática y bien plantada frente a una multitud.
También percibimos el temor que siente Eva por el rechazo y hasta el odio que genera no sólo en la oposición sino en el mismo entorno de Perón, bastaría recordar la escena en
Y en ese caldo de cultivo, en esa sustancia en ebullición que era el escenario político de entonces, que muy acertadamente jamás toma el rol protagónico en la historia, Eva resurge del pantano de su impotencia y a las puteadas se le planta a un abogado para solicitar un habeas corpus para su general encarcelado. Perón descubre que no sería Perón si no contara con Eva, y Eva, por su parte, llega a la misma conclusión.

La revolución
El filme despojado de conceptos reduccionistas de verdad y realidad, elude con sagacidad el previsible encuentro con el hecho infame o heroico según el lado del que estén los protagonistas, y prefiere o más bien elige demorarse en el detalle de una mirada o en el gesto de un momento aparentemente banal o intrascendente, y sin embargo cargado de significancia en el entramado de la historia.
En el momento más climático del filme, Eva, angustiada e impotente, mientras Perón está detenido en
Este gesto o acto impensado en cualquier ciudadano por otra parte bienpensante de aquellos años —invitar a fumar a la mucama— puede ser tan importante como un discurso de arenga como el que Perón dirigió desde la radio a los trabajadores para conseguir una movilización multitudinaria.
Cuando la narración se torna evocativa, sugerente y ambigua se vuelve más interesante y poderosa justamente por lo que provoca en la mente del espectador, que eso no dicho, o no escuchado, recordemos la escena en el Luna Park en
Escribe Gabriela Mársico