El director rumano Radu Jude —que fue asistente del filme Amén de Costa Gavras, y también de la ya consagrada La muerte del señor Lazarescu— escribió en colaboración con Augustina Stanciu un guión de 30 páginas sobre un hecho real que él mismo había filmado. Una adolescente había ganado un auto en un concurso pero la chica se sintió muy desdichada porque sus padres iban a venderlo para saldar una deuda.
En definitiva, La chica más feliz del mundo no cuenta más que esa mínima anécdota, pero lo que le interesa a Jude es todo lo que rodea al hecho casi trivial de ganar un concurso.
En primer lugar: la repercusión que ha tenido el capitalismo en un país que había estado bajo el régimen comunista de la trágica dictadura de Ceaucescu, los comportamientos que adoptan los rumanos con respecto al consumismo, pero también lo que le interesa a Jude son los compromisos asumidos o los que nunca se terminan de asumir, además de las mentiras, lo relativo que resulta la felicidad o la tristeza, y sobre todo, el tema paterno-filial: cuando los padres intentan explotar en este caso a su hija en el sentido más lucrativo del término, o bien despojar o privar a Delia de su bien más preciado: la libertad de elección. Cuyo margen es ya de por sí acotado, ya que Delia no sólo no sabe manejar sino que tampoco tiene licencia para conducir.
Delia Fratila, estudiante perteneciente a la clase trabajadora de un pueblo del interior de Rumania, viaja con sus padres hasta Bucarest para hacerse acreedora de un premio: un Dacia último modelo que ella querrá mostrar a sus amigos y sus padres venderlo para saldar deudas, además de ser la protagonista de un corto publicitario de la misma marca de refrescos de naranja que ha patrocinado el concurso del que Delia ha resultado ¿ganadora?
“Mi nombre es Delia Fratila y soy la chica más afortunada y feliz del mundo”. Como si se tratara de una afirmación holística, Delia la repetirá tantas veces hasta probar el sabor amargo de la fama y la celebridad: largas horas frente a cámara, teniendo que soportar no sólo el calor agobiante de las tórridas calles del centro de Bucarest, sino además acatar obedientemente las órdenes de un productor obsesivo y sádico que no descansará hasta ver a Delia despojada de su identidad, dignidad, y sí, hasta de sus bigotes…

La nueva ola del cine rumano
Con largos planos, narración en tiempo real, con una impronta del neorrealismo: escaso presupuesto, rodaje en locaciones reales, ausencia de música incidental y de artificios narrativos, el rumano Radu Jude emprende la búsqueda de la verdad a partir de una situación banal con estilo minimalista y tono mordaz de sátira para mostrar el estado de las cosas y de las personas en la nueva Rumania postcomunista y pseudo-capitalista, es decir de lo que hay o de lo que quedó después de la devastadora dictadura.
Si el viejo régimen dictatorial permitió que miles de rumanos murieran de hambre y de frío, Radu, digno heredero del espíritu tragicómico y absurdo del también rumano Ionesco, hará que Delia, muchos años después, ya no se congele sino que se calcine —para el caso lo mismo da— bajo el inclemente sol de una plaza pública de Bucarest, sea sofocada no sólo por el calor sino por la emanación de gases tóxicos del transporte público, con los nervios hechos trizas debido a los bocinazos y frenadas de los vehículos que por allí circulan, y termine saturada por la ingesta indiscriminada del empalagoso y poco nutritivo refresco.

Una farsa patafísica
Entre toma y toma, Delia será una especie de pugilista, a la que cada tres minutos mandarán al centro del ring, la harán sentarse frente al volante del Dacia que ganó, que a esta altura le está costando más lágrimas que sudor, para soportar la andanada de comentarios crueles e insidiosos sobre su aspecto y actitud de los nunca satisfechos productores del corto.
Deberá repetir una y mil veces: soy la chica más feliz del mundo casi al mismo tiempo en el que una maquilladora le retocará la cara, y un productor le hará tragar literalmente litros y litros de la ya empalagosa bebida, y por si no bastara ya con todo esto, deberá someterse a los requerimientos —con chantaje emocional incluido— de sus desesperados padres, que recurrirán a cualquier artilugio para salirse con la suya y conseguir que finalmente Delia firme el contrato para vender el auto.
La frase mágica, soy la chica más afortunada del mundo del mundo, repetida una y mil veces por la ya hastiada y agobiada protagonista, empezará a tornarse extraña, irreal, trágicamente absurda. La felicidad del comienzo pronto va a devenir en una profunda desdicha. La bebida que en un primer momento resultaba dulce y fresca se convertirá en una pócima indigerible, y hasta el mismísimo Dacia irá perdiendo todo atractivo, cuando Delia comprenda que nunca podrá tenerlo…
Es como si Jude, inmerso en el nuevo capitalismo rumano, comprendiera que este sistema también es sólo una fachada de bienestar y felicidad, que deja más bien insatisfechos y muy infelices a quienes se atreven a probarlo. Tanto uno como otro tienden a destruir sistemáticamente toda ilusión, toda esperanza de alegría o de felicidad.
La protagonista de La chica más feliz del mundo, digna heredera del absurdo más recalcitrante, lo que en verdad nos está diciendo tal vez sea exactamente lo opuesto.
Escribe Gabriela Mársico
| Título | La chica más feliz del mundo |
| Título original | Cea mai fericita fata din lume |
| Director | Radu Jude |
| País y año | Rumanía y Holanda, 2009 |
| Duración | 99 minutos |
| Guión | Radu Jude y Augustina Stanciu |
| Fotografía | Marius Panduru |
| Montaje | Catalin Cristutiu |
| Distribución | Pirámide Films |
| Intérpretes | Vasile Muraru, Andreaa Bosneag, Violeta Haret, Doru Catanescu |
| Fecha estreno | 25/11/2011 |
| Página web | http://www.ceamaifericitafatadinlume.ro/ |