Nueve días antes de la gala de los premios Goya se estrena en las “mejores salas” una de sus nominadas: Papá, soy una zombi.
Candidata al mejor largometraje de animación junto a Arrugas —la favorita, por lo que la peculiar zombi lo tendrá difícil— y Carthago Nova, parece la propuesta de animación más afín al entretenimiento del público infantil y juvenil.
La película se apoya en el triunfo de los cuentos oscuros y góticos en el mundo del cine de la animación, la mayoría firmados por Tim Burton, como Vincent, Pesadilla antes de Navidad (como productor) y posiblemente los referentes más directos y recientes, La novia cadáver (2005) y Los mundos de Coraline (2009), de Henry Selick.
También son apreciables los retazos de semejanza con otras míticas películas como El mago de Oz —el guiño al espantapájaros— o El carnaval de los huéspedes —el clímax en la casa de los espejos—.
Tampoco es casualidad que una producción como ésta nazca en medio de la explosión de la marca Monster high, unas muñecas que han desmontado el imperio Barbie precisamente añadiendo elementos tétricos y góticos a sus protagonistas. Una de las estrategias más inteligentes de marketing que han dejado echando humo la mayoría de las jugueterías.
Los gustos han cambiado, por lo que esta producción dirigida por Joan Espinoch y Ricardo Ramón es un buen ejemplo de cómo adaptarse a los cambios en el público y sobre todo al target al que va dirigido, ofreciéndoles un producto diferenciador que aparentemente piden.
Dixie es una adolescente profundamente marcada por el abandono de su madre y cuyo único apoyo es Ricardo, su estrafalario padre, propietario del tanatorio de Villahuesos. Sus amigas de infancia se alejan de ella, el chico que le gusta apenas sabe de su existencia y su aspecto gótico es motivo de burlas y risas de sus compañeras del colegio. Una de estas bromas es la causante de que Dixie tenga un accidente en el bosque y de su conversión en zombi. Allí conocerá a otros jóvenes zombis que lucharán por volver al mundo de los vivos aunque para ello deberán utilizar el colgante de Azoth, el umbral de regreso a la vida y vencer a Nigreda —que bebe de Maléfica de La bella durmiente—, la malvada bruja de este cuento. Algunos de sus compañeros serán la momia egipcia Isis, el pirata Gonner y la pequeña arpía y aliada de Nigreda, Piroska.
El conjunto es una producción más que digna que explota al máximo los limitados recursos que tiene: 80 minutos en los que se aprecia un entusiasmo volcado, un sentido de la aventura permanentemente encendido y una historia en la que las risas definitivamente superan a los bostezos, a pesar de sus baches rítmicos —allá por la incorporación de Gonner a la historia—.

La inclusión del zombi incógnito, Vitriol, con un parecido evidente a otro de los personajes de la película —a pesar de que este parecido nunca es oficialmente desvelado— potencia el factor icónico y alimenta el factor sorpresa para los niños. También son simpáticos los guiños “versión inframundo” a personajes históricos: la diosa Isis, la oficial sidekick de la película —o para entendernos, la Dori de Nemo— siempre fiel a nuestro personaje protagonista Dixie; o la caracterización de Piroska, con un hacha en la cabeza y un guiño peluquero a María Antonieta.
La música de Manel Gil se adapta bien a la mayoría de las escenas —las influencias de Danny Elfman son evidentes— a pesar de que durante algunas de las conversaciones el volumen es demasiado alto y en vez de ayudar a la fluidez de la escena, pueda resultar en ocasiones un ingrediente excesivo y sobrecargado. Este aspecto y algunos planos algo pobres acentúan el que a veces más que una película Papá, soy una zombi sufra el síndrome “juego de PC”.
Quizá no consiga la fuerza de la fantasía de otras de las películas ya mencionadas, pero no hay duda de que Papá, soy una zombi es una película con magia. La historia entre dos mundos de Dixie —la vida y la muerte o la infancia y la adultez— a pesar de sus imperfecciones, conquistará al público al que va dirigida e incluso gustará al adulto, y si no, al menos no dejará paso al aburrimiento.
Si algún padre o madre duda sobre llevar o no a su hijo a ver esta película —que dudo que haya llegado a oídos de un número considerable de niños— por miedo a que algún día su hijo se despierte con una revelación —o rebelión— tan impactante como el del título de la película, que se deje de tonterías y le acompañe a las salas de cine.
Escribe Juan Bernardo Rodríguez (Mr JotaBe)
| Título | Papá, soy una zombi |
| Título original | Papá, soy una zombi |
| Director | Ricardo Ramón y Joan Espinach |
| País y año | España, 2011 |
| Duración | 80 minutos |
| Guión | Daniel Torres |
| Producción | Patxi Peláez y Beñat Beitia |
| Música | Manel Gil |
| Distribución | Barton Films |
| Intérpretes | Animación |
| Fecha estreno | 10/02/2012 |
| Página web | http://papasoyunazombi.com/ |