The Pelayos (2)

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A jugar que son dos días 

the-pelayosCon un ojo puesto en la saga Ocean’s eleven, de Steven Soderbergh y otro puesto en Casino, de Martin Scorsese, el director catalán Eduard Cortés, quien alcanzó cierta notoriedad con sus films Otros días vendrán y La vida de nadie, pero que últimamente parece haber perdido el favor de crítica y público (sólo hay que echar un vistazo al cruel recibimiento que tuvo Ingrid, su última y muy infravalorada propuesta), nos cuenta, de manera más o menos verídica, la historia de la familia Pelayo, un clan liderado por el patriarca Gonzalo García Pelayo que se dedicó en los años noventa a desvalijar todos los casinos que se ponían a su alcance, mediante un método eficaz basado en el estudio exhaustivo de las mesas donde se jugaba a la ruleta.

De dicha argucia explicaremos poco, pues destriparíamos algunas de las partes más entretenidas de la propuesta, pero vale la pena afirmar, aunque parezca mentira, que la táctica funcionó de tal manera que los empresarios dedicados a los juegos de casino tuvieron que idear la forma de contrarrestar la sangría monetaria que estaban sufriendo.

En la película que nos ocupa, el jefe de grupo está interpretado por un desaprovechado Lluis Homar, quien con total seguridad no recibirá otro Goya como el recién ganado por su rol de robot en Eva. Aquí vuelve a trabajar de nuevo con Daniel Brühl, quien da vida a su hijo Iván, un forofo del blues (con estética a lo John Belushi y Dan Aykroyd de The Blues Brothers: Granujas a todo ritmo) y de las Harley Davidson, aunque la química entre ambos actores no da los mismos frutos que en la ya mencionada Eva, de Kike Maíllo.

Tanto uno como otro parecen erráticos en sus respectivas actuaciones, acusando una falta de credibilidad que perjudica seriamente el conjunto, ya que constituyen el eje central de la narración. Junto a ellos, un buen puñado de secundarios entre los que vale la pena destacar a Miguel Ángel Silvestre, divertidísimo en un papel muy alejado de los de guaperas a los que nos tiene acostumbrado, dando vida al torpe de la familia; el descubrimiento de la actriz china Hui Chi Chiu, quien parece poco a poco hacerse un hueco en nuestro cine después de haberla visto recientemente en El sueño de Iván y haber acabado el rodaje de Huidas, un drama de Mercedes Gaspar; y por supuesto el siempre inconmensurable Eduard Fernández, que aquí clava al villano de la función, un director de casino que no está dispuesto bajo ningún concepto que unos chiquilicuatres de poca monta le levanten el negocio, en una recreación que iguala e incluso mejora la de Andy García en la citada trilogía de Ocean, dirigida por el protagonista de nuestro último Rashomon.

Menos brillantes pero igual de solventes se muestran Vicente Romero y Blanca Suárez, aunque el guión no les ha deparado en esta ocasión más que una repetición del personaje macarra de buen corazón a que nos tiene acostumbrado el primero y las consabidas escenas de cama para enseñarnos su escultural figura en el caso de la segunda.

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En cuanto a aspectos fílmicos se refiere, hemos de afirmar con rotundidad que el guión no está a la altura de la forma de rodar de Eduard Cortés, lo que resulta un tanto paradójico, pues es él mismo quien firma el libreto junto a Piti Español, escritor a su vez de los guiones de films como Otros días vendrán o Bullying.

El cineasta se maneja con soltura e incluso con alarde a la hora de rodar las escenas que se producen en los dos casinos donde operan los miembros de la familia. El ritmo de dichas secuencias es estupendo, y supera con creces la desaliñada y rutinaria puesta en escena del resto de situaciones del film (aunque pensamos que la labor de montaje del experimentado David Omedes también habrá tenido algo que ver).

Es una pena que se haya reservado el buen pulso tan sólo para esas localizaciones puntuales, ya que de esta manera los altibajos no marcarían tanto la pauta de lo narrado. Encontramos algún gag resuelto de manera brillante, e incluso alguna línea de guión luce por encima de lo banal, pero en cuanto la acumulación de personajes introducidos con calzador en ubicaciones donde no era necesaria su presencia y comienzan a hilvanarse subtramas que se dejan a medio explicar la ilógica se adueña del relato, como ocurre por ejemplo con la historia de amor entre uno de los primos de la familia y una crupier de la que se enamora, relación que podía haber dado mucho más de sí si no fuera porque el caprichoso libreto se empeña en hacer aparecer y desaparecer personajes como si del Guadiana se tratara, y de esbozar algunos temas interesantes, como el triángulo amoroso formado por padre, hijo y novia china, para luego resolverlos de un plumazo.

El desarrollo de la acción se antoja demasiado lineal y muy falto de suspense y dramatismo. Es cierto que la falta de presupuesto se traduce en que cualquier comparación con los films de factura americana que han tratado el mismo argumento no tenga ningún sentido, pero también lo es que no se ha aprovechado para nada el elemento de adrenalina que suele caracterizar a este tipo de films.

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No hay ni una escena de acción trepidante que echarse a la boca, ni una persecución ni una pelea cuerpo a cuerpo. Nada que pueda suscitar la atención del gran público salvo la propia intriga de conocer el truco del almendruco por el que se puede desbancar a los ricachones que se aprovechan del vicio ajeno.

El problema se intensifica cuando esta falta de chispa coincide con los instantes en los que, presumiblemente, deberíamos hallarnos ante el in crescendo que desemboque en la pirueta final del film. El enfrentamiento entre el genio que ha ideado el plan y su Némesis que intenta por todos los medios que éste fracase está resuelto de forma ramplona y poco imaginativa.

Eso se traduce en que el regusto que te queda una vez aparecen los títulos de crédito finales sea más bien amargo, aunque la óptima banda sonora de Micka Luna, reconocido compositor a nivel internacional (y autor de bandas sonoras como el documental Soon and Moon, diario de un astronauta), y un habitual en los films de Eduard Cortés, te invite a no abandonar la sala: en ese sentido también hay que alabar el resto de momentos musicales que jalonan la acción, con actuaciones de grupos de blues y jazz incluidas.

En definitiva, un ejercicio original en cuanto a su premisa, pues es difícil ver este tipo de temas tratados en nuestro cine, pero que por desgracia se va diluyendo a base de repeticiones y arquetipos que acaban por arruinar un inicio prometedor. The Pelayos ni aburre ni emociona, lo que se supone poco bagaje para un film al que se le suponían mayores ínfulas, y que, por ejemplo, ha sido elegido para dar el pistoletazo de salida de la XV edición del Festival de Cine Español de Málaga 2012, que se celebra del 20 al 28 de este mes de abril.

Escribe Francisco Nieto 

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Título The Pelayos
Título original The Pelayos
Director Eduard Cortés
País y año España, 2012
Duración 103 minutos
Guión Eduard Cortés y Piti Español
Fotografía David Omedes
Música Micka Luna
Distribución Sony Pictures Releasing de España
Intérpretes Daniel Brühl (Iván), Lluís Homar (Gonzalo), Miguel Ángel Silvestre (Alfredo), Blanca Suárez (Ingrid), Oriol Vila (Marcos), Vicente Romero (Balón), Marina Salas (Vanessa), Eduard Fernández (La Bestia), Huichi Chiu (Shui)
Fecha estreno 27/04/2012
Página web http://www.sonypicturesreleasing.es/watch/the-pelayos