El retorno de Tim Burton
No era posible que al autor de Eduardo Manostijeras, Sleepy Hollow, Big Fish y Batman no le quedaran sorpresas por dar. El poco fuelle de la última etapa de Tim Burton nos tenía un poco preocupados, pero todo esto se desvanece ante Frankenweenie, su película más hermosa y más apasionada en mucho tiempo.
Han pasado casi 30 años desde que, en 1984, Burton realizara un cortometraje sobre un niño amante de la ciencia que devuelve la vida a su perro. Una pieza que realizó cuando todavía trabajaba de animador para la Disney y que más tarde, en 1994, solía acompañar la proyección de Pesadilla antes de Navidad en los cines. Medio perdida en el recuerdo, la historia recuperada del perro Sparky, en versión ampliada y en alucinante 3D, desató en su estreno en el auditorio del Festival de Sitges una ovación que contenía todos nuestros mejores recuerdos con el cine de Burton.
Con menos elementos de los usuales y una estética mucho más esencial, Frakenweenie nos cuenta una historia universal sobre la amistad, la infancia y los sueños, y nos pone en escena de un modo totalmente cercano todo el mundo del autor. Con una estética exquisita, muy bien equilibrada entre el burtonismo de costurones y melancolía y el retro, la película nos adentra en la vida solitaria y feliz del pequeño Victor Frankenstein, niño prodigio que tiene la suerte de pertenecer a una familia serena y comprensiva, pero la desgracia de vivir en New Holland, retrato de cualquier ciudad residencial de la América optimista y mediocre de los años 50 en la que Burton se crió.
Nada más empezar la película tendremos la sensación de que unos personajes nuevos, probables ancestros refinados de los de La novia cadáver, se han mudado a vivir al barrio en el que Eduardo hacía esculturas prodigiosas con los setos de los vecinos. Hay, desde el primer hasta el último fotograma, una atmósfera agradablemente familiar. Todo lo que vemos es reconocible a la luz de estos 30 años de carrera del autor sin que ni un solo dejà vu nos estropee la sensación constante de novedad.
Es difícil definir qué gusta más, si las deslumbrantes marionetas —niños, adultos, animales y monstruos—, la sensibilidad del guión, la cantidad de detalles que envuelven su forma o su forma misma.
Una textura bellísima, encajada entre la realidad aumentada del último 3D y el monocromo de las películas de monstruos de la Hammer, viste de gala cada escena. Al buen funcionamiento del conjunto hay que sumar la genialidad de que todo esté ocurriendo mientras se rinde uno de los mayores homenajes de la historia del cine al clásico de James Whale Frankenstein, de 1932.

Bajo la piel de la película, para todos los públicos y para todos los espectadores, un festival de guiños y malabarismos de guión encriptan un poema enamorado de juventud de Tim Burton al argumento de Mary Shelley y al cine de monstruos en general.
Frankenweenie bien podría ser un autorretrato de la preadolescencia de Burton. Un niño que hacía películas de monstruos en stop-motion grabado con super-8, prendado de los clásicos del fantástico antiguo y de las criaturas de Christopher Lee, Boris Karloff y Vincent Price.
A partir de ahí, todo son reverencias al género, emociones y aventura también para el espectador novel. No obstante, la mayor importancia del discurso que cargan las imágenes reside en su aire de consolidación. Burton consigue el esplendor de todos sus leit motiv, hasta el punto de construir una especie de canon sobre sus lugares comunes, un clasicismo de sí mismo sin trampas ni vanidades, muy bien definido y que deja el listón muy alto.
Un engranaje perfecto, una película hecha con el corazón, una declaración de amor de Tim Burton al cine, a sus mitos y al público. En definitiva, una obra maestra. De las mejores, sin duda, de su carrera en la animación.
Gracias, Tim.
Escribe Marga Carnicé
