La Santa Compaña
Escapar de la cárcel para buscar un tesoro, joyas, escondidas en una aldea perdida de la Galicia profunda, situada, eso sí, al lado del Camino de Santiago, y poder acabar con todos los males económicos, y sus derivados, para vivir holgadamente en una suerte de paraíso que uno mismo se encargase de fabricar. Esa es la intención de Ramón —al que da voz, figura e intenciones, y muy bien por cierto, Carlos Blanco—. Nada que objetar, claro; el problema está en que consiga hacerla efectiva.
Y ahí llegamos al lado humano, mágico, satírico, lúdico, irreverente, imaginativo de lo que se conoce como Camino de Santiago. Y lo hemos titulado como nos indica este O Apóstolo: La Santa Compaña; o sea, el peregrinar de los difuntos que aún no han encontrado la paz, dicen, y que buscan a quién endosar la cruz que les ha caído encima, y en esta ocasión la expresión es real y altamente significativa.
Que se lo digan a Ramón, y valdría para todos los protagonistas, de esta curiosa, caústica y saludable película —rodada con el nuevo sistema stop motion—, que al llegar a esa solitaria aldea, cerca del Camino, le salen al paso las almas en pena, y en más de un sentido, que desean, necesitan, que se quede con ellos para así engullirlo y librarse de su maldición impuesta de tanto y tanto penar.
Estos muñecos de plastilina vivientes, con las voces más adecuadas que uno imaginarse pueda, nos llevan, y nos traen, por esos vericuetos imposibles de una tradición que dicen inamovible, sagrada, inspirada, de un personaje que se fue de peregrinaje a Compostela, guiándose por lo que se conoce en el espacio como La Vía Láctea, y que a partir de ahí debía conocerse como Camino de Santiago.
Ningún historiador, investigador o similar, tiene certeza de si fue, en verdad, el apóstol Santiago el que realizó dicho peregrinaje; y si dejó escrito, o dicho, que se le conociese como “su camino”. El caso es que el invento de llamarlo así tiene su mérito; y su arraigo está en las tradiciones orales que acompañan a la historia, desde donde quiera que se escriba o transmita. Sí parece seguro, en cambio, que el sepulcro compostelano lo ocupa el obispo hereje Prisciliano. Todo un síntoma de tiempos turbulentos… ¿Cómo los de hoy?
Lo que sí tiene autor, y buena factura, es O Apóstolo. Así que Fernando Cortizo, director y guionista, en unión del equipo de producción y animación, y, por supuesto, de todos los actores, han logrado que nos sintamos partícipes de una andadura donde la ironía y el humor hacen una pareja excelente. Saber burlarse de uno mismo es el principio para entendernos mejor.
Esta obra tiene la peculiaridad de llevarnos a esas tradiciones que aprendemos de niños y que, en el fondo, siempre sospechamos que ocultaban algún secreto de nuestros antepasados. Que no era otro que fastidiarnos, y cuando fuésemos mayores ya comprenderíamos las cosas. Eso nos viene a decir Pablo —con la voz de Jorge Sanz, casi en la mejor interpretación de su carrera—, que sirve al Arcipreste, y que se siente engañado y quiere sacar a todos del error.

Primero al Arcipreste —estupendas las modulaciones de Paul Naschy, al que está dedicada la película—, sin menospreciar a la inefable Dorinda —inolvidable Geraldine Chaplin—, y a los demás, porque Pablo se presta a conjurar a la mismísima Santa Compaña y lo que ello supone. Lo consigue en un alarde de lógica y sensatez. No hay que olvidar que esa aldea es cuna, y sepultura, de esas almas en pena que llevan la cruz que ellos mismos se han impuesto.
Como no es cuestión de contarles el argumento, y menos el placer de los descubrimientos que su visionado provoca, digamos que películas así son útiles, necesarias, adecuadas, a los tiempos incómodos que vivimos, y de los que no nos atrevemos a burlarnos por miedo a que nos tachen de insolidarios. Por tanto, véanla sin ningún prejuicio y apreciarán las segundas intenciones de muchas de sus secuencias.
Y que van desde las alusiones a los libros antiguos donde se acumula el saber, hasta esas campanas de Bastabales, que Rosalía de Castro decía que cuando las oía sonar se moría de soledad; sin desdeñar los tesoros que acumulan las catedrales, y las múltiples prebendas de quienes las regentan, para terminar queriéndonos hacer creer, nunca mejor dicho, que todo era obra del Señor para una mejor y mayor propagación de la fe.
En otras palabras, O Apóstolo nos cuenta, con algunas faltas de ritmo que pudieron ser corregidas, y con una música de Philip Glass, Xavi Font y Arturo Vaquero de lo más idónea, una historia de superchería, tradiciones y medias verdades, que se vuelve más realista cuando más la pensamos. Ya lo dijimos: el humor, la ironía y la imagen nos pueden salvar de tantos modernos “apóstoles” de la cultura, maniqueos de armas tomar, que acechan al mundo del cine para intentar destruirlo.
Se supone que no lo conseguirán, porque el cine tiene su propio mecanismo defensivo, que somos los espectadores, propiciado por quienes nos invitan a ir para disfrutar de sus imágenes. Lo quieran o no, les guste o no a esos adocenados “culturitas” de hoy día, pone su granito de arena, para que esto sea posible este irreverente y necesario O Apóstolo.
Escribe Carlos Losada

| Título | O apóstolo |
| Título original | O apóstolo |
| Director | Fernando Cortizo |
| País y año | España, 2012 |
| Duración | 73 minutos |
| Guión | Fernando Cortizo |
| Fotografía | David Nardi |
| Música | Philip Glass, Xavier Font y Arturo Vaquer |
| Distribución | Aquelarre Cine |
| Voces doblaje | Carlos Blanco (Ramón), Jorge Sanz (Pablo), Paul Naschy (arcipreste), Geraldine Chaplin (Dorinda), Luis Tosar (Xavier), Celso Bugallo (Celso), Manuel Manquiña (Salustiano). |
| Fecha estreno | 31/10/2012 |
| Página web | http://www.oapostolo.es/ |